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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XVII. Cuando la política acaba. El chiste más divertido del mundo.

Publicado previamente en Expansión, el 8 de noviembre de 2002.

Hace unos pocos meses el psicólogo británico Richard Wiseman quiso apoyar sus estudios sobre el humor humano con la creación de una base de datos sobre chistes. Solicitó para ello, con los auspicios de la British Association for the Advancement of Science, la cooperación de sus colegas a la que siguió la de varios miles de personas de todo el mundo. Hoy la base de datos ofrece algunos millares de chistes y también la valoración que merecen en una población importante de chisteadictos, así como las características personales de los mismos. Como cabía esperar, la orientación del sentido del humor no es universal. A los europeos les gustan los chistes que recrean situaciones absurdas; los norteamericanos prefieren los que ridiculizan caracteres humanos o personas. Los hombres se ríen sobre todo con los chistes agresivos; las mujeres prefieren los juegos de palabras.

En términos estadísticos, el chiste más divertido del mundo, o al menos el que recibió una mejor valoración de las personas que colaboraron en la construcción de la base de datos, es el siguiente. Dos amigos salen de caza. Uno de ellos sufre de repente un grave trastorno; cae en redondo y el color de su piel gana rápidamente un tono pálido. El otro hace uso de su teléfono móvil y pide auxilio. La telefonista le da instrucciones: “lo primero que tiene que hacer es asegurarse de que su amigo ha muerto”. Se oye un disparo y el cazador responde a la telefonista: “vale, y ahora ¿qué?”.

El chiste en cuestión retrata bien la tendencia de los hombres a resolver de manera pronta y eficaz las situaciones comprometidas, aunque sea a costa de disparar contra sus pies. Así deben verse las declaraciones recientes del presidente de la Comisión Europea sobre la racionalidad del Plan de Estabilidad, y de otros líderes europeos acerca de su vigencia, frente a la actitud bastante más sensata del responsable europeo de estos asuntos, Pedro Solbes. Y es que hay dos afirmaciones que admiten pocas dudas: la primera es que en ausencia de un marco institucional que propicie una política presupuestaria única, es imprescindible que los Estados miembros asociados al euro concierten y respeten algún límite de los déficits públicos; si no, el euro se sentará sobre una silla coja. La segunda dice que, probablemente, el diseño técnico del Pacto de Estabilidad es manifiestamente mejorable; prueba de ello es su fragilidad cuando han sobrevenido circunstancias económicas adversas. Llama la atención a este respecto que hayan sido las economías del euro de mayor tamaño (y responsabilidad) las que antes han mostrado su distancia respecto del Plan de Estabilidad. Urge pues el restablecimiento del crédito del Pacto, aunque sea a través de una reformulación explícita de sus criterios. De lo contrario, alguien tendrá la tentación de resolver sus problemas disparando sobre aquello que nos importa a todos: la reputación de la nueva moneda y de las instituciones políticas que le dan cobijo.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XVI. Cuando la política acaba. Teoría de la dimisión.

Ya he dicho que dimitió a tiempo. Los medios de comunicación locales no quisieron hacer sangre. Se conformaron con la pieza.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.

El anuncio realizado por el Consejero de Medio Ambiente de la Diputación General de Aragón respecto de su proyectada dimisión en fecha próxima aunque incierta invita a indagar la lógica de las dimisiones políticas. De entrada , cabe constatar que las doctrinas políticas al uso, que quieren encontrar asiento en discernimientos difíciles entre responsabilidades de diferente cuño, son de poca ayuda: adoptan tonos implacables cuando son dictadas por los partidos que todavía están en la oposición, y deliberadamente laxos cuando son referidas por los partidos que aún están en el gobierno. Por eso, merece mayor atención hurgar en el análisis económico. Algunas aportaciones del último economista laureado con el Premio Nobel son atinentes al caso. Debo el origen de la idea al colega Manuel Conthe.

Kahneman formuló hace algunos años el experimento siguiente. Un individuo recibe un premio de mil euros. Además, se le propone jugarse otros mil al cara o cruz; si tiene suerte, habrá ganado mil euros más; si no, se quedará con el premio inicial. Alternativamente, puede optar por renunciar al juego, en cuyo caso ganará, con toda seguridad, quinientos euros más. En esta tesitura, el experimento demostró que la mayor parte de los individuos parecen inclinarse por el pájaro en mano. La segunda parte del experimento era ligeramente distinta. Se obligaba al individuo premiado con los mil euros a elegir entre dos opciones distintas. O bien perder, con toda seguridad, quinientos euros; o bien participar en un juego de cara a cruz.

Ahora con la peculiaridad de que caso de ganar, el individuo podría mantener los mil euros iniciales; caso de perder, perdería esos mil euros. En esta segunda situación, la mayor parte de las personas parece inclinarse por jugársela, como mostró el experimento.

La asimetría de comportamientos (pájaro en mano, cuando se trata de tomar decisiones que pueden mejorar nuestra situación; jugársela, cuando se trata de hacer frente a un daño) hace a los hombres adversos al riesgo para unas cosas, y jugadores empedernidos para otras. Digamos que el primer comportamiento asocia la prudencia al éxito; mientras, el segundo es el origen de un fenómeno curioso: el miedo suele engendrar conductas heroicas y, en todo caso, extremadas, y la mala suerte lleva a los hombres a permanecer en la mesa de juego hasta perder el último euro. Cabría así reflexionar sobre asuntos de muy diferente índole: por ejemplo, la absurda tendencia de algunos automovilistas neófitos a apretar el acelerador cuando advierten un obstáculo, o las normas que obligan a contabilizar como pérdidas ciertas lo que todavía no se ha producido, o la obligatoriedad de algunos seguros de responsabilidad civil.

Nos fijaremos, sin embargo, en el examen de los comportamientos de los cargos políticos, cuando la opinión pública descubre la comisión de un error, merecedor, en primera instancia, de la reprobación social y, en última, de la dimisión. En lugar de aceptar de manera pronta que el apartamiento de la responsabilidad política es inevitable y que, en definitiva, procede la dimisión inmediata, es bastante habitual que opten por jugársela, sobrevalorando la probabilidad de que el asunto quede olvidado tarde o temprano entre los tinglados de la actualidad. En otros términos, los cargos políticos en dificultades suelen preferir la pérdida posible de sus dos reputaciones, la política y la personal, a la segura de una de ellas, la política. Simplemente, porque entienden que si los dioses son propicios, a lo mejor las cosas siguen como estaban. Tal género de irracionalidad no es propia de quienes se dedican a la política; como ha mostrado Kahneman, forma parte de la naturaleza humana.

Cabe, a partir de estos mimbres, formular algunas conjeturas acerca de las razones que llevan, por ejemplo, a los políticos británicos a una prión dimisionaria mucho mayor que la que se advierte últimamente entre los políticos españoles. A elegir: la memoria de los ciudadanos no admite el disimulo de los errores políticos; los políticos británicos creen que su reputación personal tiene un valor que quieren preservar; el reconocimiento de un error no afecta para siempre a la reputación política.
Volvamos a territorios españoles. De lo anterior debe concluirse que lo malo de las conductas empecinadas es que suelen multiplicar el coste político del error, soportado a medias por la formación política a la que pertenece y por el cargo público. Por eso, una vez que la dimisión se produce- pues la probabilidad de que el asunto terminara en el olvido había sido hinchada injustificadamente- es también bastante habitual que los compañeros de partido y de gobierno, así como el propio ex -político, se pregunten si no hubiera sido mejor para todos pasar el mal trago cuanto antes. Pero, entonces, es demasiado tarde.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XV. Cuando la política acaba. Otra teoría sobre la corrupción.

Sobre el tráfico de influencias

Publicado previamente en Expansión, el 7 de marzo de 2003.

Las teorías al uso sobre la corrupción pública en los asuntos económicos insisten en que su arraigo social se alimenta de dos condiciones fundamentales: las facultades discrecionales del Estado y la concentración del poder económico en unas pocas manos. Si no está al alcance de los administradores públicos beneficiar a unos pocos, porque no pueden beneficiar a nadie en particular o porque ese beneficio tendría una gran notoriedad social, y esos pocos nada pueden ofrecer a los administradores, el pacto es imposible y, por lo tanto, lo es la corrupción. Por eso se ha dicho que la competencia de los mercados constituye una barrera natural a la desviación del poder público. El buen capitalismo contribuiría así a la calidad de la democracia.
El origen de los fondos que financian las campañas de los candidatos en, por ejemplo, las elecciones presidenciales americanas es una buena ilustración de lo anterior.

Sin embargo, un pasaje de la historia del comunismo de Richard Pipes da cuenta, con mayor agudeza y precisión, de la naturaleza verdadera de la corrupción pública. La historia se desarrolla en Moscú, en los primeros años de la década de los setenta. Un ex -combatiente inválido del Ejército Rojo decide establecerse en un mercado popular de la capital. Vende nombramientos y rumores. Su servicio más apreciado es la admisión en las universidades rusas. Cobra por ello cuantías sustanciosas, que están en relación con el estado de atribulación de los padres. Si el joven no consigue el ingreso, el ex -militar devuelve el pago. Naturalmente, presume de sus buenas relaciones con la nomenklatura e, incluso, insinúa que la mayor parte del pago se destinará a “ablandar” las convicciones de los burócratas que tienen la última palabra. Al cabo de algún tiempo, le basta con mostrar a los clientes dudosos el altísimo porcentaje de estudiantes admitidos. Funciona el boca a boca. Como habrá adivinado el lector desconfiado, el excombatiente se limitaba a cobrar; no hacía nada más. Sucedía que los padres más interesados en el futuro de sus hijos, que eran los que estaban dispuestos a soportar el sacrificio económico, eran también los que antes habían vigilado más de cerca su educación y, en consecuencia, los estudiantes beneficiarios del tráfico de influencias eran, en cualquier caso, los más aptos para la educación universitaria.

Si el caso mencionado fuera generalizable, la corrupción pública, por ejemplo la aceptación de sobornos por parte de los servidores públicos, sería sobre todo una apariencia. El daño social resultante de la misma estaría más en relación con su impacto sobre los costes de transacción de las economías que con la adopción de decisiones perjudiciales para los ciudadanos. El origen de la corrupción sería, fundamentalmente, la ausencia de relación entre los administradores públicos y los ciudadanos: la patria de los intermediarios. Por eso quienes sitúan el fin de la corrupción en la separación de la política y de la economía deben a los ciudadanos el desarrollo de una fórmula que permita a estos tener una presencia mayor en los pasillos del Estado. No sé porqué pero me parece que la fórmula tendrá que ver con la explotación de las tecnologías de la comunicación en la nueva configuración de la e-democracia.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XIV. Cuando la política acaba. La captura del ministro

Releo el artículo y constato que la política española no transita por veredas tan sutiles como las exploradas aquí. Lo demuestran los culebrones veraniegos de Madrid y Marbella en 2003: simple compra de voluntades a plena luz y con taquígrafos. Sin embargo, acerté cuando afirmé que la regulación pública de una actividad económica, por ejemplo el suelo, propicia la perversión de la democracia. Naturalmente, la respuesta política será más control público sobre el destino del suelo. Se repetirán los culebrones, seguro.

Inédito

El análisis económico se ha ocupado poco del ejercicio del poder. La lectura rápida de cualquier manual informaría que la única noción de poder tratada es el poder de mercado, es decir, la capacidad del monopolio u oligopolio de fijar precios por encima del nivel propio de la competencia. Se sabe además bajo qué condiciones es más probable el poder de mercado: barreras a la entrada, concentración empresarial, ausencia de productos sustitutos, o falta de amenaza creíble de integración vertical hacia arriba de los clientes, es decir, ausencia de competencia.. En definitiva es relativamente sencillo observar si existe y por qué razones poder de mercado en un determinado sector de actividad.

Y, sin embargo, parece crucial sentar las condiciones que otorgan poder político a un grupo de interés; por ejemplo, una asociación de empresarios. Entenderemos por tal la capacidad de éste de influir sobre el Estado en beneficio propio y, en principio, en perjuicio de la sociedad. A efectos de presentación consideraremos el caso de un ministro regulador (MR) de una determinada actividad desarrollada por un grupo de interés (GI), que opera como una unidad de captura de MR. Supondremos inicialmente que el Estado no tiene otras instancias y que no existen otros GI concurrentes.

Imaginemos el caso particular de un GI que opera en un sector regulado por MR y solicita de éste la adopción de una decisión que tendrá como consecuencia principal el incremento de los precios del sector. Podemos suponer también que la evolución de los precio (se trata de un bien de primera necesidad) determina la valoración social y la reputación política de MR. Diremos que GI disfruta de poder político, si, a pesar suyo, MR se ve obligado a adoptar la decisión. ¿De qué manera conseguirá GI sus propósitos?.

En primer lugar, GI puede alterar las condiciones generales de la situación, operando sobre los incentivos y costes. Cabe, por ejemplo, reducir la visibilidad social y política de la decisión y sus efectos. Por ejemplo: eliminando la regulación sobre los precios, empaquetando la decisión con otras, pactando que el incremento inevitable de los precios se producirá una vez que MR haya abandonado la función ministerial o, por no seguir la larga lista, conviniendo un lenguaje que haga indescifrable el sentido de la decisión. Es obvio que el éxito de esta forma cooperativa de ejercicio del poder requiere el secreto y el pacto.
En segundo, GI puede ofrecer nuevos incentivos y generar nuevos costes condicionados a la conducta de MR. Así, GI puede equilibrar los costes de aceptación con la oferta de una carrera profesional, o reducirlos mediante una presentación favorable en los medios de comunicación, o incluso amenazar con un comportamiento futuro hostil en el caso de que no se adopte la decisión exigida.

En tercer lugar, GI puede optar por estrategias hostiles, si éstas son más económicas que las anteriores, es decir, generan menos coste de influencia: trasladar el ejercicio del poder al superior jerárquico de MR, forzando en su caso la dimisión o su promoción, devaluar la valoración social de MR, o ningunear a MR.

De lo anterior cabe deducir ciertas conclusiones. Primero, en general el ejercicio del poder es inobservable; la mecánica del poder conduce a la opacidad; sólo cabe aflorar realidades sepultadas por el pacto tácito o explícito. Segundo, la concentración del poder del Estado en una instancia y, en el límite, en una persona reduce el coste de ejercicio del poder y, en consecuencia, incrementa la capacidad de captura de los grupos de interés. Tercero, el crecimiento de la extensión y del ámbito del poder genera mayor capacidad de captura del Estado por parte de los grupos de interés; la concentración empresarial suele dar lugar a tales fenómenos. Cuarto, las barreras institucionales a la coordinación de conductas dificulta el ejercicio del poder político por parte de los grupos de interés.

Hasta aquí se ha supuesto, por razones de simplicidad, que la captura es una relación, sin testigos, entre MR y GI. Una aproximación más realista obliga a contemplar un tercer agente, la Administración, es decir, el cuerpo de funcionarios adscritos a la dirección política de MR.

Supondremos, a los efectos de esta discusión, que existe una separación nítida entre las funciones desempeñadas por MR y las propias de la Administración; supondremos también la inamovilidad de los funcionarios, con ocasión de cambios de la mayoría parlamentaria o de MR, aunque la relajación de esta hipótesis nos llevaría a analizar el impacto de un régimen general de cesantías sobre el poder político de los grupos de interés. Supondremos, finalmente, que existe asimetría de información entre MR y la Administración, es decir, el primero sólo puede tener conocimiento cabal de la naturaleza e impacto de la decisión X, si la Administración tutelada le facilita tal información o le alumbra sobre la necesidad de recabar una segunda opinión. Como en el caso de MR, no suponemos, ello complicaría el análisis, a la Administración y sus funcionarios objetivos distintos que los personales de promoción, consecución de capacidad de influencia y otros similares. En definitiva, el escenario propuesto se parece bastante a la situación retratada por la serie británica de televisión Sí, Ministro.

La literatura económica vaticina que estas circunstancias facilitan la captura de MR por GI. La razón es que la inamovilidad de los funcionarios les exime del coste político resultante de la adopción de la decisión X, que es asumido íntegramente por MR. Sólo en el caso de que tal decisión les afecte, supuesto que se correspondería con el hecho de que la formalización jurídica de la decisión X se realice en el ámbito de la Administración, entonces cabe esperar que ésta constituya un factor de resistencia frente a la voluntad de captura de GI.
De lo anterior se sigue que el estudio y remedio de la anatomía del poder político y económico de los grupos de interés exige prestar atención a la relación entre Gobierno y Administración. En las circunstancias apuntadas, la ausencia de segundas opiniones sobre decisiones regulatorias, el funcionamiento deficiente de los órganos colegiados del Gobierno, la atribución a los funcionarios de responsabilidades difusas y la complejidad técnica de las tareas encomendadas al responsable político facilitan la captura del Estado a través de la Administración. Tales efectos son especialmente importantes cuando la existencia de relaciones cooperativas entre la Administración y el grupo de interés reporta beneficios actuales o futuros a los miembros de la primera; en este sentido, la cooperación es más probable si la rotación de los funcionarios es limitada. La Teoría de Juegos demuestra que en un contexto de juegos repetidos es más sencillo alcanzar equilibrios cooperativos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XIII. Cuando la política acaba.

La corrupción pública amenaza las reglas democráticas. Los economistas tienen algo que decir al respecto. Decir no más corrupción es no decir nada. Decir más control público sobre las actividades que la fecundan es, en bastantes ocasiones, fomentarla.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XII. Recortes de legislatura. La política vudú

El tiempo de la razón no llegará nunca. Y, por lo tanto, los homeópatas seguirán ganándose la vida con la desazón de las gentes.

Publicado previamente en Expansión, el 7 de febrero de 2003.

El término vudú ha servido en los últimos tiempo para adjetivar cierto tipo de seudociencia y también ha dado carácter a un género de política económica. Son raras sin embargo las piezas de opinión que han querido desarrollar el concepto en referencia a la actividad política. Urge, por tanto, dar cuerpo a lo que debe entenderse por política vudú; a lo mejor así empezamos a entender la razón de ser de la guerra contra Irak. En cuanto a la ciencia vudú, que tan bien ha sido caracterizada por Robert Park y Martin Gardner, sabemos que es una colección de afirmaciones revestidas de ropaje científico que no han sido demostradas adecuadamente o simplemente son un fraude. La fusión fría, las máquinas de movimiento perpetuo o la homeopatía son ejemplos de ciencia vudú. Su éxito social parece obedecer a varios factores; uno de los más importantes es que sus beneficiarios gustan de cultivar el secreto respecto de los fundamentos de sus propuestas y la sordera respecto de las evidencias contrarias. Hay cosas que no nos pueden revelar.

Más conocida es la economía vudú. El término fue acuñado por el viejo Bush en la elecciones primarias que desembocaron en la elección de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos. El padre del actual presidente se refería así a la promesa de Reagan de bajar los impuestos, alcanzar el equilibrio presupuestario y mantener los programas de asistencia social, y adquiría su expresión más elemental en la famosa curva de Laffer. El escepticismo del viejo Bush se trocó en entusiasmo cuando Reagan le propuso que le acompañara como vicepresidente. Hoy sabemos qué sucedió con el déficit público en la era Reagan y también con la pobreza; sin embargo, la magia de la economía vudú penetró para siempre en el hogar de los Bush. Lo ha dicho recientemente su hermano Jeb, gobernador de Florida, “es mejor coger una porción pequeña de un pastel grande que una porción grande de un pastel pequeño”. Quería demostrar por qué una disminución de los impuestos conduce a un incremento de la recaudación.

La política vudú guarda grandes semejanzas con las disciplinas anteriores. Así se dice hoy que la guerra de Irak es necesaria en orden a prevenir un ataque de Irak, puesto que de otra manera la economía sufriría graves perjuicios. Cuando la audiencia o el momento no aconsejan el empleo de razones económicas, se sustituye el término economía por el de seguridad. No cabe esperar argumentos de por qué la no guerra sería perjudicial, aunque el recuerdo de la última guerra contra Irak lleve a vaticinar niveles elevados de los precios del petróleo y una recesión económica profunda, y aunque las estimaciones del coste de esta guerra realizadas por la oficina de presupuestos del Congreso no computen los costes más importantes. Da igual: la respuesta será la misma : la no guerra entrañaría serios prejuicios para la economía. En cuanto a la seguridad, basta con constatar cómo se han resuelto las presuntas amenazas de Corea del Norte. Además, me atrevo a conjeturar que las pruebas de que Irak posee armas de destrucción masiva y, lo que es más determinante, de que su régimen puede tener la voluntad de emplearlas contra la civilización no llegarán nunca, o al menos no vencerán el saludable descreimiento de las gentes que no quieren estar sujetos al poder que se nutre de los secretos del vudú.


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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XI. Recortes de legislatura. Astérix, en el 20-J

Me equivoqué: la primera de las declaraciones la hizo el ministro portavoz, a la sazón Pío Cabanillas, a las ocho de la mañana, al alba. Los telediarios de la televisión pública contribuyeron muy eficazmente al éxito político de la huelga. Empujaron a la gente a salir a la calle a manifestarse por la tarde

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en junio de 2002.

El próximo día 20-J escucharemos por la televisión dos declaraciones políticas importantes: la del secretario general del PP y la del Presidente del Gobierno. El primero dirá que la huelga general ha sido un fracaso; el segundo, que lo que ha sucedido desprestigia a España. Y, sin embargo, quiero demostrar que nos convendría a todos (sin excepción) la constatación de su éxito, con independencia del nivel de seguimiento o del aspecto de las fotografías del Paseo de la Castellana. Advierto que no utilizaré argumentos relativos a las razones formales de la huelga; una vez convocada, son irrelevantes.

Lo anterior obliga a echar un vistazo a las teorías sobre los conflictos sociales. Superada la tentación de desempolvar viejas lecturas, cabe adentrarse en los caminos más incómodos del análisis económico, que sin embargo ofrece una colección de buenas preguntas: ¿por qué, en ocasiones, los países grandes pierden guerras frente a naciones minúsculas? ¿Por qué la riqueza no constituye siempre refugio seguro frente a las amenazas? ¿ Por qué el gobierno del BOE palidece, de vez en cuando, frente a la protesta callejera? ¿Por qué, en fin, Astérix y los galos muestran una potencia extraña respecto de los romanos? Todo lo anterior tiene que ver con la denominada paradoja del poder, que tan bien ha alumbrado Jack Hirshleifer., futuro premio Nobel de economía, si todavía queda justicia.

En esencia, y ecuaciones aparte, la paradoja del poder (el ejemplo es mío) viene a señalar que el triunfo de Astérix sobre los romanos obedece a que los débiles están dispuestos a asignar una parte importante de su esfuerzo a la lucha, esto es, a arrancar una parte de la riqueza que los derechos de propiedad asignan a los poderosos. Estos, en cambio, prefieren dedicarse a la construcción del imperio. No vale la pena entablar un combate contra las moscas; es preferible ningunear al enemigo, aunque sea a costa de perder un poco de prosperidad, aunque sea a costa de pasar por tontos. La pócima mágica de Astérix es pues una metáfora de la socialdemocracia, esto es, de la redistribución de rentas en favor de los menesterosos. Se trata de un equilibrio relativamente satisfactorio para todos. Se trata, en definitiva, del Estado de Bienestar, financiado con un impuesto progresivo sobre la renta a cambio de que el conflicto social adopte formas no cruentas.

Pero las cosas no son lo que eran de un tiempo a esta parte. El mismo Hirshleifer ha demostrado que la naturaleza del conflicto es muy distinta si la tecnología del enfrentamiento permite que una de las partes produzca grandes daños a la otra. No es lo mismo una guerra de trincheras o una batalla cuerpo a cuerpo que la disposición de una técnica que permita arrasar al enemigo con un solo gesto. La primera clase de tecnologías tiende a producir empates sociales o, como se ha dicho antes, equilibrios socialdemócratas. La segunda, deriva hacia la sumisión de unos y al ejercicio ciego del poder por parte de otros. Para entendernos: el aniquilamiento de los sindicatos británicos por parte de la señora Thatcher en los años ochenta refleja una batalla dura; la huelga general de 1988 convocada en España ejemplifica la resolución de un conflicto cuando la tecnología del enfrentamiento es amable. Lo primero dio lugar a la muerte del viejo laborismo; lo segundo, a que los sindicatos españoles orientaran durante algunos años la estructura del gasto público.

No es el empeño lo que cuenta: si así fuera, el propósito del presidente del Gobierno (“no vamos a empatar, vamos a ganar”) despejaría cualquier duda. Mi interpretación del resultado analítico de Hirshleifer dice que el resultado final de la batalla depende mucho de la conflictividad que están dispuesto a soportar los generales y las retaguardias. La lectura de las memorias políticas de la señora Thatcher demuestra que su éxito tuvo bastante que ver con la postración del enemigo laborista y con la crisis de las finanzas públicas. Además, libró la batalla en su primer mandato; ni siquiera la patronal del Reino Unido pudo acompasar su voluntad de lucha. Ninguna de tales circunstancias se producen hoy en España. Adviértase que el vaticinio que cabe establecer sobre el efecto último de la huelga general es independiente de su éxito o fracaso reales. Probablemente, lo peor que puede suceder es esto último: daría lugar a una conflictividad más acentuada en los meses siguientes. A Obélix no le gusta perder. De todo lo anterior se sigue, pues, que nos conviene a todos que la huelga sea un éxito y que los generales romanos no pretendan dar sentido al último capítulo de su mandato mediante la insistencia, aunque no les guste la derrota.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA X. Recortes de legislatura. Operación Intransigencia

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2002

Se dice que a los jóvenes no les interesa la política. Se dice también, con ánimo descalificatorio, que sólo les gusta El Gran Hermano, Operación Triunfo o (se dice) otras bazofias audiovisuales. Es posible, pero de ser así (que su atención se concentre en este género de fórmulas), no saben lo que se pierden.

Viene esto a cuento de mis preferencias en materia de televisión: las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros de cada viernes. Son televisadas en directo por CNN Plus con el apoyo de una gramática elemental: cámara fija, preguntas de los periodistas destacados en La Moncloa/respuestas del portavoz y de los ministros de turno, y ausencia de espacios publicitarios. Como la audiencia del programa es muy reducida, los ministros se comportan como personas y los periodistas como periodistas. Mi referencia a los programas juveniles de éxito responde a que ambos géneros televisivos comparten una sintaxis similar y, sobre todo, retratan bien la sopa primigenia de instintos, vergüenzas y noblezas que configuran la naturaleza humana. Los jóvenes están en lo cierto: se aprende más del origen del hombre en El Gran Hermano que en Atapuerca. Añadiré, y demostraré, que se aprende más de política en las Ruedas de Prensa de los Consejos de Ministros que en la sesión de control al Gobierno por parte del Congreso de los Diputados de los miércoles.

En la última Rueda de Prensa, el recién llegado ministro Zaplana tuvo ocasión de presentar un plan de choque contra la violencia doméstica. Programación veraniega; episodio repetido: desde 1998, el Gobierno ha aprobado tres planes (de choque), con los resultados conocidos. El hecho de que dos días antes el grupo parlamentario popular hubiera rechazado una proposición apoyada por el resto de grupos parlamentarios y un abanico amplio de asociaciones sociales me indujo a pensar que el nuevo ministro haría uso de los habituales argumentos esgrimidos en nuestra joven democracia, que suelen adoptar la fórmula “ad hominem” de la descalificación personal. En términos que ni los adolescentes comprenderían: Chenoa y Manu Tenorio cantan mal porque la primera tiene un carácter difícil y el segundo adopta en los últimos tiempos aires vanidosos. Pero no: el ministro se deslizó por una pendiente nueva que merece esta crónica encendida. Señaló que la iniciativa del PSOE era inconveniente porque su aplicación daría lugar a un empeoramiento del problema de los malos tratos a las mujeres y/o que en todo caso sería inútil, es decir, ineficaz. Naturalmente, no argumentó sobre ninguna de las dos tesis.

Afortunadamente, Albert Hirshman nos previno en 1991 de las formas que suele adoptar la retórica social y política de la intransigencia, esto es de la democracia pobre: entre otras, la tesis de la perversidad y la tesis de la futilidad. El uso de la primera conduce a compartir el propósito perseguido por el adversario político y, al mismo tiempo, a anunciar que la acción propuesta sólo serviría para exacerbar la condición que se desea remediar. El de la segunda pretende sostener que la tentativa de transformación social tiene por único final la melancolía del empeño estéril. La primera tesis es abogada con frecuencia por los adversarios del Estado de Bienestar: propicia la pereza. La segunda suele encontrar acomodo entre los economistas: nada puede alterar el curso natural de las cosas. No es habitual el empleo simultáneo de las dos tesis, por contradictorio, pero eso es lo que tienen de emocionante las ponderadas Ruedas de Prensa.
No pretende Hirshman que cualquier acción política con voluntad transformadora sea conveniente y eficaz; simplemente, nos pone en guardia contra la retórica del pensamiento reaccionario y fija el listón de las buenas prácticas democráticas: la deliberación civil y evitar que el debate político sea poco más que la continuación de la guerra por otros medios. Pese a lo anterior, debo convenir que el ministro Zaplana demuestra una finura en el ejercicio de la intransigencia política nada habitual en los tiempos que corren, tan dados a propiciar el ajuste de cuentas sobre la condición humana del adversario.

Creo que lo anterior es argumento suficiente para que la Ruedas de Prensa posteriores a los Consejos de Ministros sucedan al éxito de Operación Triunfo. Pero, por si no fuera suficiente y en atención al presunto sesgo audiovisual del sistema sensorial de nuestro jóvenes, advertiré una regularidad empírica sobre la que no he encontrado apoyatura teórica apreciable entre los se ocupan de la gramática de los gestos: quienes hacen uso de la retórica de la intransigencia concluyen sus afirmaciones con la mirada fija aunque distraída, mientras desplazan la masa corporal a la comisura izquierda de la boca, que regurgita los últimos gramos de vergüenza hacia un gran agujero negro. La mano sirve para tapar la digestión o para acunar la hambrienta mejilla. Conviene prestar atención porque el gesto dura unos segundos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA IX. Recortes de legislatura. El estilo barroco del gobierno

Publicado previamente en El País, el 11 de febrero de 2001

Los lectores de páginas salmón lo tenemos complicado: la economía ayuda poco a entender la historia reciente de las liberalizaciones de los servicios básicos y mucho menos la acción del Gobierno en esta y otras materias. A falta de marco teórico suficiente y con ocasión de la celebración del año graciano (cuarto centenario del nacimiento de Baltasar Gracián) me atrevo a situar nuestra circunstancia en la frontera del viejo barroco español. Por intentar el entendimiento que no quede. Doy por recordado el magnífico ensayo de José Antonio Maravall (La Cultura del Barroco, 1975) ; en resumen, gobierno cortesano, presentación de lo viejo como nuevo, recurso a lo oscuro, preferencia por la extremosidad, concentración de la propiedad y mal gusto (Croce), además de decadencia.
La extremosidad barroca, que es algo más que exageración, queda evidenciada por los innumerables programas de liberalización aprobados estos años y los efectos atribuidos a los mismos. El último, de junio de 2000, fue presentado como el más ambicioso desde el Plan de Estabilización de 1958. Además, que yo recuerde, el sector del gas ha sido liberalizado no menos de cuatro veces, el sector eléctrico otras tantas, la sociedad de la información ha merecido innumerables iniciativas; rara es la semana que el Consejo de Ministros no aprueba un plan de choque contra algo, naturalmente efímero (el plan). Y es que el barroco es desbordamiento y reiteración. Tal profusión suele conducir a los medios de comunicación más desconfiados al ejercicio de una de las prácticas habituales del estilo: el desciframiento. Generalmente, con poco éxito. Ya lo dice el maestro Gracián en El Arte de la Prudencia (aforismo 99) : "Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son raros los que miran por dentro y muchos los que se contentan con lo aparente"
También es habitual el recurso a la oscuridad. Hoy nadie discute que la liberalización de los servicios básicos y la introducción de competencia en los mercados de servicios de la economía española recibieron un impulso doctrinal notable en la primera mitad de los años noventa. En la época, el Tribunal de Defensa de la Competencia publicaba de manera regular informes sobre los obstáculos a la competencia en sectores distintos, que aunque provocaban alguna escocedura en los departamentos ministeriales afectados significaban a la postre avances notables. No es casualidad que el Tribunal titulara sus informes de manera levemente ilustrada; probablemente sus autores odiaban como los ilustrados el barroco. Hoy, la consulta a la web del Tribunal informa que el último estudio de estas características está fechado en 1995. El culto a la oscuridad recibe apoyo de la práctica del conceptismo: las ayudas públicas al oligopolio eléctrico merecen el nombre de costes de transición a la competencia, la cobertura de los déficits de explotación de la industria de defensa queda honrada por la apelación a la investigación. Lo recomienda el mismo maestro (aforismo 253): "No explicar las ideas con demasiada claridad. La mayoría de la gente no estima lo que entiende, pero venera lo que no percibe". El amor a la oscuridad del hombre barroco viene acompañado, en los asuntos que nos afectan, por una desconfianza notable respecto de la competencia, que no es estímulo sino destrucción. Lo dice Gracián en el aforismo 114 del mismo libro:" Nunca competir...La competencia, para perjudicar, tiende al descrédito". Mejor la apariencia y el engaño.
Un apunte sobre los gobiernos cortesanos de estilo barroco, y otro final sobre el mal gusto. La literatura sobre lo primero señala que la crisis social sufrida en España entre 1590 y 1680 fue gobernada por un modelo de autoritarismo político que culminaba un complejo de intereses señoriales restaurados mediante el reforzamiento de su predominio en la propiedad de la tierra. En un modelo de estas características, la presencia en la Corte no es garantía suficiente de poder; por decirlo en términos de nuestros días no basta ser amigo, es preciso ser más amigo siempre. De aquí se sigue que el análisis económico de muchas de las decisiones adoptadas por un gobierno cortesano sea práctica inútil; es mucho más esclarecedor asomarse a la geometría de las relaciones de proximidad de quien ejerce el poder. No debe, en consecuencia, provocar extrañeza el abandono progresivo de las modernas técnicas de análisis bursátil en beneficio de la más probada aproximación biográfica a los círculos más íntimos. La manera más segura de saber si una empresa va a crear valor al accionista es saber si su presidente está en alza o baja. Ello nos lleva, sin necesidad de transición, al mal gusto. Está dicho por el autor referido: todo lo anterior desembocó en la extensión de una cultura de baja calidad, digamos de Tómbola, naturalmente subvencionada por los poderes públicos. Es la última consecuencia del integrismo y del secreto.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA VII. Emociones electorales. Voto inteligente

Seguí con bastante atención la campaña electoral de la autonómicas y municipales de 2003. Me pareció que, en general, los partidos ocultaban el rostro de los candidatos, con la única excepción de los cabezas de lista. Las webs electorales no ofrecían información sobre los méritos políticos y profesionales de los futuros diputados y concejales. Después entendí la razón.

Publicado previamente en el diario Expansión, el 1 de julio de 2003

La deserción de dos parlamentarios de las filas de PSOE en la Asamblea de Madrid ha dado lugar a una catarata de propuestas sobre la modificación del régimen de “propiedad” del escaño, cuya aprobación podría dar lugar a la separación de las cargos electos que adopten comportamientos “indignos”. En general, las propuestas parecen situarse en un lugar intermedio entre la improvisación, el derecho constitucional y la voluntad de regeneración de los usos democráticos. En todo caso, tienden a adoptar las fórmulas tan queridas en nuestro país del cambio de normas y del establecimiento de un marco sancionador ex –post de las conductas inapropiadas. Entiéndase por conducta inapropiada la deslealtad del cargo electo, sea o no indigno.

Convendría, a este respecto, echar un vistazo a la práctica política observada en otros países. Por ejemplo, el denominado Project Vote Smart, iniciativa social nacida en Estados Unidos a comienzos de los noventa, con el simple propósito de arrojar luz sobre el pasado y presente de los candidatos en las contiendas electorales. El proyecto mantiene una amplia base de datos acerca del curriculum, posiciones políticas mantenidas en el pasado, contribuciones a sus campañas electorales, opiniones acerca de asuntos que interesan al electorado americano, valoraciones de diferentes grupos de interés y, por supuesto, direcciones de contacto de un buen número de candidatos y cargos electos de Estados Unidos. Los promotores del proyecto, entre otros dos ex –presidentes, pretenden simplemente estimular el voto educado, es decir, informado en la democracia americana; en definitiva, potenciar el derecho de sufragio. Nótese que el mecanismo pone el foco donde es menester: en la biografía personal y política de los candidatos; además, parece estimular la dignidad en el momento procesal oportuno, es decir, antes de la elección.

Las recientes elecciones autonómicas y locales en España ofrecen un panorama bien distinto: ocultación de los perfiles personales de las listas (con la única excepción de las cabeceras), silencio de sus trayectorias personales y políticas, ausencia de webs y direcciones de contacto personales.
No es pedir mucho. Los políticos son productos de experiencia: sabemos cómo son una vez que han llegado al poder. En estas circunstancias, la reputación (y su pérdida) es un factor de atracción fundamental si se cumple una condición insoslayable: que el elegido tenga algo que perder si traiciona a los votantes. Para saberlo, sin embargo, es preciso conocer su biografía.

Podríamos suponer, igualmente, que los políticos son un producto de búsqueda: estamos en condiciones de vaticinar su comportamiento futuro antes de que accedan al poder. El supuesto conduciría a una conclusión similar a la anterior: mejor informar en el folleto acerca de su composición, indicaciones y modo de uso. De otra manera, nadie en su sano juicio los compra. Como los productos de alimentación infantil. La información tiene premio.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA VI. Emociones electorales. Cuando se elige lo peor

Releo estas páginas cuando el presidente Aznar no ha manifestado todavía quién le sucederá. Las crónicas suelen pasar por alto en qué cometido. Por lo que parece, no será, al menos de forma inmediata, en la presidencia del PP; tampoco podría serlo (a no ser que las cosas cambien) en la presidencia del Gobierno (nuestro Gobierno no es hereditario).

Quería explicar cómo la rivalidad no siempre garantiza que el ganador sea el mejor. Sucede en política, pero también pasa en otros ámbitos sociales..

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2003

De entre las muchas situaciones absurdas que la política de nuestros días depara a los españoles no es la de más fácil discernimiento la determinación del candidato del PP para las próximas elecciones generales. No me voy a referir, claro está, a las viscosas declaraciones de los tres vicesecretarios generales de ese partido, quienes suman a este respecto los dos estados del alma humana: el ser y el no ser. Prefiero argumentar en favor de una tesis que debería merecer la atención de los analistas políticos: el candidato proclamado por el PP será el peor de los posibles. Dejo al cuidado del lector el significado de peor. Que yo sepa, la tesis en cuestión ha sido sostenida por gentes que hacen uso de la historia y de la psicología para vaticinar los futuros políticos. También, indirectamente, por Felipe González (ha apostado públicamente por Acebes), pero como últimamente el ex -presidente del gobierno suele ser muy parco en la exposición de las razones que le llevan a las conclusiones que defiende, no hay manera de comprobar la justeza de sus argumentaciones. En cuanto al uso de la historia, ciertas gentes creen que el modelo de ordenación política que tiene en la cabeza el todavía presidente del gobierno es el de la alternancia pactada entre los dos grandes partidos nacionales, que ya conoció España después de la primera restauración monárquica. Debo decir que mi confianza en la psicología, al menos a estos efectos, es limitada, por lo que ahorro al lector el dibujo de los vericuetos que conducirían al Sr. Aznar a designar un mal candidato. Sin duda, una vez más, es la economía la disciplina que ofrece una argumentación más trabada, aunque, para ser exactos, lo que aquí se va a decir viene de un matemático, Martin Gardner.

Supongamos un duelo a pistola que opone a tres contendientes, que llamaremos Mayor, Rato y Rajoy. Se decide al azar cuál de ellos dispara en primer lugar. Los disparos son consecutivos y de acuerdo con un orden también determinado al azar. La destreza de los contendientes es distinta. Supondremos que Rato no falla nunca, Mayor acierta el 80% de las veces y Rajoy el 50%. La asignación de tales destrezas a los tres tenores es irrelevante para la conclusión final. La pregunta a responder sería : ¿Quién sobrevivirá al duelo? ¿Quién será el ganador?. Imaginemos ahora que la suerte favorece a Rato, que disfruta de la posibilidad de disparar en primer lugar. ¿Contra quién lo hará?. Ciertamente contra Mayor, pues si apuntara a Rajoy, la probabilidad de sobrevivir al duelo se reduciría del 80% al 50%. Finalmente, el candidato más torpe tendría una probabilidad del 50% de salir victorioso del duelo. La última bala es suya. Pero es más, si correspondiera a Rajoy la fortuna de disparar en primer lugar, debería apuntar al aire, pues nada le conviene más que los candidatos aparentemente más diestros conserven sus vidas: ello les lleva al enfrentamiento mutuo y a la supervivencia del más débil, que es la suya. Martin Gardner estudió de manera exhaustiva todas las situaciones posibles en torno al caso, para concluir que la probabilidad de triunfo sería del 50% para Rajoy, 30% para Mayor y 20% para Rato. Los dioses parecen premiar a los más torpes. Conviene disimular la destreza.

Lo anterior es una fábula pobre de cosas que pasan todos los días. Por ejemplo, las competiciones deportivas que alumbran el éxito de un equipo mediocre, cuya victoria se ha fraguado en la guerra a muerte entre los equipos de mayor relumbrón; o la designación cansada de un candidato tapado cuando la madrugada alcanza y es la única manera de resolver un empate entre los candidatos que reunían más apoyos. Conviene ser la solución al problema.

Así pues, la apariencia de debilidad y el desinterés son armas cargadas de futuro. No es extraño, por tanto, que los candidatos a la candidatura a la presidencia del gobierno por parte del PP hagan mohines. En todo caso, el duelo se ha iniciado y conocemos el resultado: la designación del peor candidato (o de quien lo parezca). Sin embargo, los electores del PP no deben desconsolarse, ya que la economía también nos enseña que, en ocasiones y por otras razones, un mal candidato, desde el punto de vista de sus electores, puede ganar unas elecciones generales frente a un candidato ganador. Pero esta cuestión debe ser tratada en otros tiempos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA V. Emociones electorales. Regatas electorales

El PP inició más tarde que el PSOE la regata de Madrid. Respondió al temor de perder las municipales con la designación del mejor candidato posible, Alberto Ruiz Gallardón, quien se enfrentó a Trinidad Jiménez con un programa muy similar. El ganador siempre arranca más tarde.

Publicado previamente en el diario Expansión, el 22 de enero de 2002.

La celebración próxima de elecciones primarias y la propia designación de candidatos a las elecciones municipales y autonómicas de 2003 en el PSOE parecen indicar el comienzo de la regata electoral que culminará en las elecciones generales de 2004. Cuando los partidos políticos se aprestan a preparar programas y confeccionar listas no parece ocioso preguntarse acerca de sus estrategias electorales.

Una primera cuestión es el entendimiento de las estrategias de los dos grandes partidos, PP y PSOE, respecto del contenido de los programas electorales. Viene a cuento el ejemplo de Dixit y Nalebuff sobre la final de la Copa América de 1983. El barco de Dennis Corner, Liberty, encabezaba la clasificación frente al otro finalista, el Australia II, por tres victorias a una en una serie de siete regatas. En la quinta, el capitán del Australia II optó por una estrategia curiosa: varió el rumbo con la esperanza de un posible cambio de viento. Mientras, el Liberty eligió el rumbo más apropiado. La apuesta funcionó; inopinadamente, el viento cambió, Australia II ganó la regata y, después, la final. La moraleja de la historia es que en una carrera en la que el primero disfruta de alguna ventaja respecto del segundo, la mejor estrategia del primero es imitar el comportamiento del segundo, aunque aparentemente sea irracional en las circunstancias presentes. En cuanto al segundo, sobre todo si parece condenado a perder la carrera, lo mejor que puede hacer es optar por una conducta que no sea imitable por el primero y confiar que el azar la haga después razonable.
Algo de esto sucedió en las últimas elecciones generales de 2000; la oferta de pacto electoral del PSOE a IU era la única manera de aspirar a la victoria. Lamentablemente para el PSOE, el viento electoral no cambió. Tampoco contribuyeron al éxito de la estrategia las peculiaridades de aquella IU. En este contexto, era la única estrategia ganadora posible, aunque no todos la entendieron.

Algo de esto no ha sucedido con la propiedad y uso del slogan del patriotismo constitucional, pero hoy quiero fijarme en otro asunto. El PSOE ha anunciado ya que los programas electorales de las municipales van a prestar atención especial a la seguridad ciudadana. Nada que objetar respecto de la importancia del asunto. Lo malo es que el anuncio temprano facilita la tarea al PP; a finales de este año sabremos que su programa electoral dedicará una atención singular a la seguridad ciudadana. También de que se avecinan tiempos de crónica negra y sucesos en los medios de comunicación, especialmente, las televisiones. Se dirá que es una visión cínica de las cosas. No lo es tanto: en los tiempos que corren se confunde la televisión de los problemas con sus soluciones. Vistos y denunciados igual a olvidados.

Una segunda cuestión tiene que ver con el momento de inicio de la regata. Sorprende que las estrategias de los dos grandes partidos sean tan distintas. El PSOE ha optado por iniciar inmediatamente la regata, mientras que el PP parece preferir dar comienzo a la misma unos pocos meses antes de las elecciones. Tales decisiones otorgan al PP una ventaja decisiva: la posibilidad de observar la campaña electoral del PSOE e imitarla, haciendo así lo previsto en el ejemplo de la Copa América. Los mismos autores citados anteriormente recuerdan las elecciones que enfrentaron a Thatcher y Kinnock. La única posibilidad del segundo consistía en hacer una campaña distinta de la de Thatcher, realzando el programa frente a una campaña centrada en el personaje o viceversa. Naturalmente, Thatcher retrasó al máximo el comienzo de la campaña para poder adoptar una estrategia de imitación de la campaña de Kinnock. Hoy sabemos cual fue el resultado.

Debe reconocerse, sin embargo, que los competidores que arrastran algún tipo de desventaja suelen mostrar una ansiedad especial en comenzar las carreras. No es sencillo explicar tal evidencia: quizá, porque desean que el mal trago pase cuanto antes; quizá, porque, piensan que la competición cambia la naturaleza de las cosas; quizá, porque adoptan estrategias perdedoras, lo que es bastante habitual entre los perdedores.

Es difícil saber qué nos deparará el futuro, pero, en todo caso, sí que cabe conjeturar que lo mejor que podría hacer el PSOE es entrenar y no precipitar el comienzo de la regata, y que lo que debería hacer el PP es, precisamente, lo que hace: esperar y ver. Lo sucedido recientemente con la (no) candidatura de Javier Solana a la alcaldía de Madrid parece indicar que, además, se prefiere correr con una desventaja inicial.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA IV. Emociones electorales. La levedad del Secretario General

Joaquín Almunia dimitió. El PSOE convocó un congreso extraordinario. Escribí este inédito unas horas antes de la elección de secretario general. Me parecía que las reglas de votación propiciaban la designación de un nuevo secretario sin un apoyo mayoritario.

Sencillamente, me equivoqué. Puede más el instinto de supervivencia que el afán de poder.

Escrito en junio de 2000

Los delegados al próximo Congreso del PSOE (2000) tendrán que resolver un problema nada simple: ¿Cómo conseguir que las reglas de votación adoptadas para la elección del Secretario General permitan alcanzar el objetivo deseado: que el resultado de la votación sea satisfactorio para la mayoría de los delegados? Se puede asegurar que las reglas propuestas por la Comisión Política no son congruentes con este objetivo. Lo dice la razón.

Mayorías

La situación es la siguiente: cuatro candidatos se presentan a la elección de Secretario General del PSOE; presumiblemente, ninguno de los cuatro obtendrá más del 50% de los votos de los delegados. Nada extraño: es sabido que si el número de opciones en una decisión colectiva es elevado, pongamos que superior a dos o tres, es bastante probable que suceda este hecho. La consecuencia es que para la mayoría de los votantes el Secretario General elegido no constituirá la mejor opción.

La cuestión no es baladí. La teoría política y el análisis económico investigan desde hace dos siglos el diseño de reglas de voto, para que en circunstancias como las citadas el resultado de la votación sea consistente con las preferencias de la mayoría de los votantes. Una primera clase de procedimientos apunta al establecimiento de requisitos sobre mayorías y a la ponderación de las preferencias. En el primer caso, que es la regla propuesta por la Comisión Política, se considera ganador al candidato que ha obtenido más votos, aunque no alcance la mitad de los sufragios; en el segundo, los votantes deben expresar el orden de sus preferencias; después, se pondera con 4,3,2 ó 1 las opciones preferidas en 1º, 2º, 3º ó 4º lugar, si el número de candidatos es, por ejemplo, 4. Gana el candidato que obtiene más puntos o votos ponderados. Ninguno de los dos métodos resuelve el problema señalado. Supongamos que los candidatos A, B, C y D son preferidos en primera opción por, pongamos, el 26%, 25%, 25% y 24%, respectivamente. A sería el ganador, aunque bien podría suceder que el 74% de los votantes prefiriera B ó C a A.

La determinación de estas anomalías ha llevado a diseñar otras reglas de voto, precisamente, para que se alcancen las mayorías deseadas. Así, el Congreso podría emplear el método de El Gran Hermano o de descarte sucesivo. La eliminación de los candidatos conduce en la última etapa a que los votantes deban elegir entre dos opciones, con lo que se asegura que el ganador tiene más de la mitad de los votos. Lo malo es que el resultado puede ser bastante insatisfactorio. Como en los ejemplos anteriores, cabe que un candidato eliminado en las primeras votaciones sea preferido al ganador final. La elección a doble vuelta propuesta por algunos es una variante del Gran Hermano; con todo, cabe reconocer que el procedimiento ofrece ventajas estéticas con respecto a la mayoría simple: el ganador ha conseguido la mayoría absoluta en la última elección. Nadie se acordará de Nacho o Jorge cuando Iván o Ismael venzan en la última votación de El Gran Hermano. (Nadie se acuerda de nada)

Los Parlamentos suelen hacer frente al problema de las mayoría insatisfechas mediante la utilización de las Reglas de Robert. Se vota siempre entre dos opciones. En el caso que nos ocupa, ello llevaría a la celebración de una liga entre candidatos. El candidato que venciera al resto a través de las votaciones correspondientes disfrutaría de la mayoría requerida para ser declarado ganador. Lo malo es que si el número de opciones/candidatos y de votantes es elevado, tal procedimiento concluye en la peor de las paradojas: la mayoría cíclica. Es relativamente fácil demostrar que ningún candidato contará con la mayoría requerida. Supongamos el caso de 1001 electores y tres candidatos, A, B y C.

500 1 500
A C B
B A C
C B A

Los primeros 500 electores prefieren A a B, y B a C, y así sucesivamente para los otros quinientos electores y el elector. La celebración de esta liga, votación por pares, conduciría a que sendas mayorías preferirán A a B, B a C y C a A. Ningún candidato tendría la mayoría.

El análisis económico muestra que tales dificultades desaparecen si las preferencias de los votantes son unimodales. Si, por ejemplo, los votantes y los candidatos sitúan sus preferencias y sus posiciones políticas, respectivamente, en un eje izquierda-derecha, y además se produce alguna concentración de las preferencias en algún punto del eje, entonces el candidato ganador es el más próximo a ese punto. Las reglas de votación mencionadas anteriormente harán ganador al candidato más cercano al votante medio. Es posible que no cuente con mayoría, pero el resultado no será paradójico. Lo malo es que en el proceso electoral que nos ocupa, no se conoce la escala sobre la que los votantes definen sus preferencias y tampoco si la distribución de las mismas es unimodal. Por ponerse en la peor de las situaciones, cabe pensar que las preferencias se distribuyen de manera relativamente uniforme entre los candidatos; al menos, con la información disponible, no es absurdo sostener que la distribución no es unimodal. Como la Comisión Política ha recomendado a las delegaciones no pronunciarse sobre sus preferencias antes del Congreso, los candidatos no conocen la distribución de las mismas y, por tanto, no pueden ayudar a que el resultado de las elecciones sea satisfactorio para la mayoría.

Las cosas no podrían ir peor. Arrow demostró que en estas circunstancias no hay regla de votación que arroje un resultado satisfactorio . Sugirió, también, que no sería extraño que los votantes resolvieran el problema delegando en un individuo la designación del vencedor. La única manera de hacer frente al fallo de las reglas de voto elegidas es renunciando al derecho efectivo de sufragio.

Pactos

La literatura referida muestra que, en gran medida, la dificultad de conseguir resultados satisfactorios para la mayoría mediante el voto desaparece a través del intercambio de votos. Así se hace en los Parlamentos Supongamos que un determinado candidato desea muy intensamente formar parte de la futura Comisión Ejecutiva, y menos intensamente ganar la contienda electoral. Estará dispuesto a sacrificar lo segundo por lo primero. Si pacta con otro candidato cuyas preferencias son las alternativas, entonces ambos ganan respecto de la situación de no pacto; también ganan sus respectivos electores. El pacto es, por tanto, el mejor método para generar resultados satisfactorios para la mayoría en las democracias representativas cuando el número de opciones es elevado. Lo dejó escrito Lewis Carroll y lo han entendido Gaspar y Castells, que sí han pactado antes de la elección a la presidencia del FC Barcelona. No hay nada especialmente ético en la negación al pacto, sobre todo si lo que está en juego es alcanzar mayorías. Desde este punto de vista, no se entiende muy bien el rechazo de los candidatos respecto de este tipo de estrategias antes de la elección. La lógica de los hechos acabará imponiéndose en el Congreso y, por tanto, tampoco es baladí la cuestión de qué pactos se producirán.

De nuevo, el análisis económico acude en nuestra ayuda. Existen varias hipótesis explicativas de la formación de coaliciones. Las que me parecen más atinentes al hecho que nos ocupa proceden de Von Neumann y Morgenstern, Leiserson, y Axelrod. Los primeros señalaron que las coaliciones ganadoras no incluyen ningún candidato cuya aportación de votos no sea estrictamente precisa para ganar; el segundo estableció que sólo se formarán las condiciones con el menor número de candidatos, dos mejor que tres; el tercero probó que es improbable que un candidato que se sitúe en un extremo de la escala de preferencias (izquierda-derecha) forme parte de la coalición ganadora. Si lo anterior se aplica a nuestro caso, cabe prever dos posibles coaliciones ganadoras en la segunda vuelta del Congreso: la del más votado con el segundo, o con el tercero. Solamente en el caso de que el candidato más votado sintiera la necesidad de formar un equipo de dirección con más de, digamos, el 60% de los votos, la coalición ganadora estaría formada por tres candidatos. Lamentablemente, una negociación a tres es bastante más compleja que a dos; por tanto, no es absurdo prever que el esfuerzo para integrar al tercer candidato sea en parte fallido y que, en consecuencia, la mayoría alcanzada en la segunda votación no supere demasiado la suma de los votos de los dos primeros candidatos en la primera vuelta. Dicho en otros términos, el pacto posterior a la primera vuelta arrojará resultados bastante pobres en relación al caso de que se hubiera producido antes de la primera votación. De lo anterior se sigue que la elección de la Comisión Ejecutiva no resolverá el problema generado por la elección en vuelta única del Secretario General: déficit de legitimidad.

La paradoja es que la voluntad de introducir mecanismos electivos dentro del PSOE puede terminar en insatisfacción mayoritaria o convocatoria de providencias. El Secretario General lo tiene crudo si no se modifican las reglas de voto propuestas por la Comisión Política.


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DIARIOS DE UN ECONOMISTA III. Emociones electorales. Cañones o mantequilla el 12-M

La política empieza con la carrera hacia la obtención o conservación del poder. El PP ganó ampliamente las elecciones de 2000. Prometió menos impuestos. Conviene saber, sin embargo, que la presión fiscal ha crecido en España en los últimos años. En las próximas elecciones volverá a ofrecer menos impuestos. El PSOE más, o mejores, servicios públicos.

Pero las citas electorales son, sobre todo, un ejercicio de estrategia. Después, se comprueba que los perdedores han hecho todo lo posible por perder.

Publicado previamente en el diario Expansión, en febrero de 2000.

Las próximas elecciones generales del 12-M (de 2000) van a enfrentar a los votantes al dilema económico básico. Muchos economistas aprendimos, hace años, la primera lección de economía, y la naturaleza triste de esta disciplina, de la mano de Samuelson, quien en las primeras páginas de su manual recordaba que todas las sociedades deben elegir entre combinaciones distintas de cañones y mantequilla; eso sí, no es posible disfrutar simultáneamente de más cañones y más mantequilla. Era una manera eficaz de quitar el miedo a los neófitos: subrayando lo que todo el mundo sabe, esto es, que la administración de la escasez determina la experiencia vital. En definitiva, si queremos más alimentación (ahora colesterol), tenemos que renunciar a algo de seguridad nacional (ahora protección de los kosovares). Los paréntesis sugieren que, en la economía, las preferencias son el resultado de la proyección de valores sociales. A lo nuestro: la nueva versión del dilema que los partidos políticos nos proponen en la campaña electoral es (menos) impuestos o (más) servicios sociales. Como en el dilema anterior, la sociedad, mediante sus votos, se pronunciará sobre esta inevitable elección. No cabe la certeza de que las preferencias sociales sobre esta cuestión determinen el voto, cuyo destino puede responder a consideraciones de otro orden; en todo caso, no parece baladí examinar las percepciones de los ciudadanos españoles y europeos sobre esta cuestión. Para ello, basta con examinar las bases de datos del International Social Survey Programme, que promueve la investigación social en más de veinte países, entre ellos España, sobre temas de interés, por ejemplo, las percepciones sobre los desempeños de los gobiernos, y hacer un análisis estadístico elemental.

Los diseñadores del estudio que nutre estas líneas conocían también el dilema cañones/mantequilla. Por eso una de las preguntas formuladas fue: ¿Si el gobierno pudiera elegir entre rebajar los impuestos o incrementar el gasto en servicios sociales, qué cree usted que debería hacer?. Además, el cuestionario indicaba el significado, amplio, del término impuestos y del concepto servicios sociales (salud, seguridad social, pensiones y educación). El Cuadro 1 muestra las preferencias a este respecto de los ciudadanos europeos. Al igual, aunque en menor medida, que los británicos y los alemanes del este, y a diferencia de los franceses o los alemanes del oeste, los españoles encuestados revelaron una preferencia mayoritaria por el incremento de los servicios sociales frente a la rebaja de impuestos. A la vista de los resultados, no sería absurdo conjeturar una relación entre nivel actual de los servicios sociales y preferencia por el gasto social; allí donde tales servicios son percibidos como insuficientes, han sufrido deterioro o constituyen la última trinchera frente al abandono, las sociedades demandan un mayor gasto frente a la alternativa de reducir los impuestos.

El análisis estadístico de las demandas ciudadanas de rebajas fiscales y servicios sociales según voto recordado en las últimas elecciones proporciona algunas evidencias sugerentes. La primera es que los votantes del PSOE muestran unas preferencias similares a las del conjunto de la sociedad española, incluidos abstencionistas electorales y no respuestas sobre voto recordado. La segunda es que los votantes del PP y de IU tienen preferencias significativamente distintas respecto de ese conjunto. Los primeros tienden a preferir rebajas fiscales; los segundos desean, de manera rotunda, más servicios sociales. Si esto fuera cierto, cabe interrogarse sobre la efectividad electoral del anuncio de un mix impuesto/servicios sociales adaptado a las preferencias de los votantes fieles, aunque distante de las propias de votantes de otros partidos en las elecciones anteriores.

La misma encuesta da alguna pista sobre el grado de conformidad de los ciudadanos europeos respecto de los regímenes fiscales vigentes en cada país. En términos generales - España confirma y acentúa la regla - se entiende que la fiscalidad que afecta a las rentas bajas y medias es demasiado elevada y la que opera sobre las rentas altas es ligeramente inferior a los que sería correcto. El Cuadro 2 muestra las evidencias al respecto. La mejor lectura de las percepciones fiscales de los europeos y españoles es que existe una demanda de una mayor progresividad fiscal que debería beneficiar, por este orden, a las rentas bajas y medias. Conviene señalar que las valoraciones de los ciudadanos españoles no se aparta, en el sentido estadístico del término, de las propias de los alemanes del oeste y británicos.

En definitiva, una cierta preferencia por la ampliación de la oferta de servicios sociales, por la progresividad fiscal y porque, en todo caso, las rebajas de impuestos beneficien a las rentas más bajas. No debe extrañar, en consecuencia, que la búsqueda de mayorías electorales lleve a los partidos políticos a pronunciarse sobre las políticas sociales y la fiscalidad; deben entender que las valoraciones ciudadanas sobre sus ofertas condicionarán su voto. La cuestión decisiva es en qué medida los votantes saben economía, es decir, creen que es conciliable el incremento del gasto social y las rebajas generalizadas de impuestos. Afortunadamente para algunos, no hace falta saber demasiado: el conocimiento económico hunde sus raíces en la administración doméstica. Por mi parte, añado que cuando leí por vez primera el desarrollo de la metáfora cañones/mantequilla tuve la sensación de que había elegido unos estudios que iban a poner a prueba mi sentido común.

CUADRO 1- REBAJA FISCALES O GASTO SOCIAL.
a.Reducción de Impuestos (incluso si implica menos servicios sociales) b.Más Servicios Sociales (incluso si implica más impuestos)
Total a b
Alemania-Oeste 68 32 100
Alemania-Este 39 61 100
Gran Bretaña 27 73 100
Francia 74 26 100
España 44 56 100
Total 53 47 100

CUADRO 2- VALORACIONES(+) SOBRE PROGRESIVIDAD FISCAL
a.Impuestos s/Rentas Altas b.Impuestos s/Rentas Medias c. Impuestos s/Rentas Bajas
a b c
Alemania-Oeste 3,45 2,37* 1,82*
Alemania-Este 3,94 2,57 1,69
Gran Bretaña 3,33* 2,73 2,02
Francia 3,16 1,93 2,00
España 3,37 2,33 1,81
Total 3,43 2,36 1,85
(+) Escala utilizada: (1) excesivamente elevados; (2) demasiado elevados; (3) correctos; (4) demasiado bajos; (5) excesivamente bajos.
(*) Diferencias estadísticamente no significativas con España. En el resto de casos las diferencias son estadísticamente significativas.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA II. EL PODER DE NUESTROS DÍAS

El poder nos hace antiguos. Señala Elías Canetti en “Masa y Poder” que la orden es más antigua que el habla, si no, los perros no la podrían entender. El amaestramiento consiste precisamente en que los animales aprendan a comprender qué se quiere de ellos. Recibimos tantas órdenes que no sé cómo seguimos en pie.

El Diario es más modesto. Pretende fijarse en acontecimientos políticos recurrentes: cómo se ganan o pierden unas elecciones, cómo se ejerce el poder político, cómo muere la política. Releo los artículos de estos años aunque constato los límites de la economía. Creo que me sirvió para anticipar el alcance de la huelga general del 20-J de 2002, pero me confundió cuando quise adentrarme en la lógica de la elección del nuevo secretario general del PSOE, allá por el año 2000. Algo debía intuir porque no publiqué ese artículo. La captura del ministro es también material inédito. Forma parte de un largo ensayo que nunca vio la luz sobre el poder económico y el poder político en España. Tras mi experiencia en la Administración quise formular de qué manera el poder democrático está condicionado por los intereses económicos.

El consejero del Gobierno de Aragón aludido en la teoría de la dimisión cesó en sus funciones. Afortunadamente para él, nadie se acuerda de los episodios que dieron lugar a la dimisión.

Zaragoza, 29 de agosto de 2003

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA I. PRESENTACIÓN

La sociedad americana disfruta de una tradición larga de lo que ellos llaman intelectuales públicos, es decir, de la presencia en los medios de comunicación de académicos que se pronuncian sobre lo que acontece. Siempre he admirado la libertad que conduce su escritura, aunque tienden, especialmente en el caso de los economistas, a redactar como oráculos. Ello les asimila a los analistas de bolsa, quiromantes y escritores de horóscopos, pero la libertad y, en bastantes ocasiones, el rigor lógico que emplean producen orientaciones útiles respecto del futuro.

En España, salvo excepciones, tal tradición está ausente. Los académicos sociales suelen referirse a la historia o a regularidades empíricas sin apellidos. Cuando se refieren al presente, despliegan todo género de condenas morales. Así, es bastante frecuente tropezar con ajustes de cuentas a políticos junto a vaticinios de sucesos minúsculos revestidos de trascendencia. Por lo anterior es inconcebible que se les exija prueba de la justeza de sus apreciaciones, como hace poco se ha requerido en Estados Unidos. Un académico de prestigio, Richard Posner, acaba de publicar un ensayo extenso sobre esta cuestión. El buen funcionamiento del mercado de las ideas requiere que los intelectuales públicos ayuden a la opinión pública a forma criterio respecto de la sensatez de sus apreciaciones; están obligados, para ello, a recoger en cualquier medio de libre acceso las columnas periodísticas publicadas en el pasado. De esta manera, los lectores pueden valorar la corrección de las opiniones del presente mediante la relectura de los artículos del pasado. Si se equivocan, que lo pague su reputación.

Lo que viene después es una recopilación ordenada de algunos de los artículos que he publicado en los últimos cuatro años en El País, Expansión y Heraldo de Aragón. Su relectura me ha llevado a concluir que son un Diario de la legislatura que muere, escrito por un economista. Así pues, no doy gato por liebre: es material ya publicado, salvo algunos textos inéditos que quedaron atrapados en el cajón. Mi atención personal al género de la columna periodística es reciente; apenas se remonta al final de la legislatura anterior. Se la debo a quienes me invitaron a colaborar en sus medios: por orden cronológico, Jesús Mota, de El País, Juan Urrutia, de Expansión, y Guillermo Fatás, de Heraldo de Aragón.

A lo largo de estos tres años he querido abordar todas las secciones de los medios de comunicación escritos: desde la política hasta la economía, pasando por el deporte. Pero siempre, o casi siempre, con el teclado propio de un economista, que es mi profesión. No creo en el imperialismo propio de la misma, especialmente en su vertiente académica, que empuja a los economistas a pronunciarse sobre todo lo que se mueve, en ocasiones de manera abusiva. Sin embargo, la economía es una sintaxis que en ocasiones alumbra las cosas de modo diferente. Aunque que se olvida fácilmente cuando se opina o se manda.

La selección de artículos se inicia en los prolegómenos de las elecciones generales de 2000 y está presentada por bloques temáticos. En general, he sacrificado el orden cronológico en aras del de las ideas. Naturalmente, el Diario no es crónica o almanaque, pues la atención personal respecto de lo que sucede es casi siempre caprichosa. Si tuviera, sin embargo, que poner algún apellido común a todas las miradas diría que los últimos cuatro años han visto renacer un cierto cansancio respecto de la política y su gramática, y que nos hemos hecho un poco más viejos. Por lo demás, la política española sigue pecando de radicalismo gratuito. A manos de los mismos.
Zaragoza, agosto de 2003

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ARAGÓN LIBERAL V. Zaragoza despierta

Un ejercicio de patriotismo municipal. A ver si la ciudad se anima.

Por vez primera en bastantes años viene instalándose en la ciudad la percepción de que va a suceder algo importante, de que Zaragoza podría mudar su apariencia y cambiar de alma en los próximos tiempos. Probablemente, esa percepción es el precipitado del arranque de nuevos proyectos urbanísticos y de comunicaciones, pero también resulta de la constatación de que las costuras del traje tradicional están a punto de reventar y de que la ciudad se enfrenta a la necesidad de vestir un traje más holgado y moderno. Me fijaré en sus tres piezas fundamentales: la talla, el estilo y la calidad del paño.

La naturaleza de las ciudades tiene mucho que ver con su tamaño. Su crecimiento lleva a que se produzcan cambios cualitativos y aparezcan nuevos problemas y oportunidades. Creo que no exagero si digo que la nueva Zaragoza tendrá una población que en el largo plazo alcanzará el millón de habitantes; contribuirá a ello la integración de nuestra ciudad en el espacio metropolitano de Madrid y Barcelona y también el envejecimiento de la población de los territorios de Aragón y la inmigración. No es un secreto que la economía de mercado otorga una importancia creciente a las ciudades y que la contribución del sector primario europeo al crecimiento económico va a reducirse en los próximos años. En consecuencia, guste o no, el crecimiento de la ciudad es inevitable. Su encorsetamiento sólo produciría malestar.

Zaragoza, además, va a mejorar de manera muy significativa sus comunicaciones exteriores, es decir, su accesibilidad. El retraso del AVE es una anécdota de recorrido bufa. Sin embargo, el transporte colectivo doméstico y metropolitano es notoriamente insuficiente y, además, estrangula el remozado de calles y plazas y la propia movilidad de las gentes. No debe extrañar que sea citado por los ciudadanos como uno de los problemas más importantes de Zaragoza. En el horizonte de tamaño citado, la ciudad debería plantearse la posibilidad de hacer del metro la infraestructura básica de transporte colectivo. No es nada extravagante: lo están haciendo ya ciudades españolas con un tamaño próximo como Sevilla o Valencia. Lo ha hecho ya Bilbao. Lo hicieron Madrid o Barcelona cuando hace ya bastantes decenios quisieron apostar por este modo de transporte, contando con un tamaño de población no muy distinto del que estamos hablando.

La prosperidad de la ciudad exige que sus habitantes disfruten de niveles de renta elevados, lo que está muy relacionado con el tipo de especialización económica. Así, sabemos, con absoluta certeza, que en los próximos años la actividad económica que va a arrojar cifras mejores de crecimiento es la intensiva en conocimiento: es la que permite crear empleo cualificado y la que genera efectos multiplicadores superiores sobre el resto de la economía. Además, la economía del conocimiento es esencialmente urbana; si no arraiga en esta ciudad, lo hará en otras. Zaragoza sería entonces una ciudad grande y mediocre. Para evitarlo no hay que descubrir mediterráneos; basta con seguir la pauta de lo conseguido por ciudades europeas de tamaño y localización similar estos últimos años. Naturalmente, un ingrediente fundamental del nuevo modelo económico urbano es la confianza en la iniciativa privada y en un compromiso inteligente de ésta con el futuro de Zaragoza.

Pero la economía no es todo. El género de especialización económica que parece más atractivo viene acompañado de la aparición de una nueva industria que caracteriza a las ciudades prósperas: la industria de la cultura. Debe saberse que constituye el capítulo exportador más importante de algunas de las economías avanzadas y que, en todas, constituye un factor de atracción fundamental de nueva actividad económica, además de ser un argumento de bienestar urbano. Sin una oferta cultural rica y plural, Zaragoza nunca se incorporará a la nueva economía. El conocimiento y la creación están muy cerca.
Algunos de los cambios citados vendrán solos. El acierto o los errores de la administración municipal podrán encauzarlos o entorpecerlos. Otros, sin embargo, requieren una buena dirección política, planteamientos técnicos correctos y una lectura sobre el futuro de la ciudad que sea compartida por las gentes. La próxima campaña electoral es un buen momento para proponer la talla, el estilo y la calidad del nuevo traje. Los resultados electorales alegrarán a unos y llenarán de contrariedad a otros, pero lo fundamental es que determinarán quien procede a la demolición de las murallas de la vieja ciudad y levanta el plano de la nueva. Quien, en definitiva, promueve el primer ensanche del nuevo siglo. Por eso creo que son unas elecciones importantes y que quien las gane se enfrentará a tiempos exigentes y prometedores.


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ARAGÓN LIBERAL IV. Cambio de Agenda

Podría empezar este artículo señalando que el siglo XXI deparará grandes sorpresas a la economía aragonesa. Podría, pero no lo haré: sería una tontería. Y es que basta con asomarse a las agendas políticas y colectivas de los países y regiones que aspiran a la prosperidad futura, para comprobar que existe una rara unanimidad sobre lo que hay que hacer para alcanzarla. Casualmente, los empeños coinciden con las claves del desarrollo de las economías occidentales a lo largo de los dos últimos siglos: conocimiento, internacionalización y buenas instituciones públicas y sociales. No debe sorprender que las ambiciones aragonesas sean , en ocasiones, atendidas con extrañeza fuera de la región: no siempre se corresponden con la agenda de la prosperidad.

Una de las claves principales de la nueva economía es el conocimiento. La OCDE viene constatando que existe una relación estrecha entre crecimiento económico e inversión en conocimiento. La tasa correspondiente, que mide la inversión en relación al PIB, alcanza valores próximos al 10% en Estados Unidos y algunos países europeos. La contabilidad de tal inversión suma el gasto en educación, innovación y software de información y comunicaciones, es decir, activos intangibles. Pues bien, las cifras españolas y aragonesas arrojan niveles muy inferiores. Por poner un ejemplo: el 82% de las empresas alemanas realizan regularmente algún tipo de innovación, frente a porcentajes aragoneses que no alcanzan el 10%. De lo anterior debe deducirse que la inversión en infraestructura física no es condición suficiente para la prosperidad; remediadas las carencias más críticas conviene orientar la atención al factor fundamental de crecimiento. Eso sí, con las cautelas debidas: en España, cuando queremos invertir en conocimiento, tenemos la rara costumbre de construir edificios.

Si se examina con cuidado el proceso de industrialización de la economía europea, de la mano, por ejemplo, de David Landes, cabe concluir acerca de la importancia de la movilidad internacional del capital humano. La forma más sencilla de aprender es la contratación de personas que en otros lugares han sabido desarrollar ideas y habilidades. A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX, Francia contrató ciudadanos alemanes expertos en metalurgia; Rusia atrajo a holandeses, alemanes y suecos; millares de artesanos británicos abandonaron el Reino Unido, en búsqueda de mejores condiciones salariales. En nuestros días, la mitad de los empleados de las empresas de Silicon Valley son individuos no nacidos en Estados Unidos. Los países más avanzados de la OCDE cuentan en la actualidad con programas agresivos de inmigración de técnicos e investigadores en áreas donde se detectan carencias importantes. Se les ofrece financiación para sus trabajos, carreras profesionales e incluso, como en Dinamarca, un tratamiento especial en el impuesto sobre la renta.

Se dirá, con razón, que la economía aragonesa muestra una gran apertura comercial al exterior. Es igualmente cierta la importante presencia de empresas multinacionales en la región. Con todo, en lo que nos ocupa, cabe plantear tres cuestiones decisivas. La primera es en qué medida Aragón contribuye a que las plantas de las empresas multinacionales compitan con ventaja con plantas de otros países en los incipientes mercados internos generados en el seno de tales empresas. La segunda cuestión tiene que ver con la cultura internacional de las medianas y pequeñas empresas aragonesas; se sabe que el número anual de alianzas internacionales por cien mil habitantes de las empresas alemanas o francesas triplica el de las protagonizadas por empresas españolas; la comparación con Aragón no ofrece resultados mejores. La tercera pincelada tiene que ver con nuestra universidad. Existe una correlación bastante estrecha entre la calidad de las universidades europeas, incluso españolas, y la internacionalización de sus plantillas de profesores. Desde hace algunos años la Universidad de Zaragoza viene practicando una curiosa política de profesorado de carácter autárquico, casi siempre inspirada en el argumento de que en otros sitios hacen lo mismo. Es posible, pero no constituyen el modelo que nos interesa.

La tercera clave guarda relación con la calidad de las instituciones. Robert Putnam (Making Democracy Work) ha examinado con agudeza la relación entre el crecimiento económico de las regiones italianas y la calidad de las administraciones regionales. El caso italiano presenta bastante interés para los españoles, ya que permite sacar conclusiones acerca de las ventajas regionales de los procesos de descentralización administrativa. Pues bien, por lo que parece las disparidades en el crecimiento de las diferentes regiones italianas tienen bastante que ver con el grado de ejecución de los presupuestos públicos, la calidad y sentido de las normas urbanísticas, la coherencia de la legislación local y regional, la responsabilidad de la administración frente al ciudadano o, por no seguir con la lista, la capacidad de innovación de la administración regional, es decir, la habilidad de importar cambios institucionales que hayan acreditado su conveniencia, frente a la práctica habitual de mimetizar lo próximo, tenga o no sentido. No es preciso señalar que el examen de lo acaecido en Aragón en los últimos años no invita al optimismo.

De lo anterior se deriva una reflexión política inmediata. Aragón ha sabido construir las instituciones públicas previstas en el Estatuto. Sin embargo, me temo que todavía no ha hecho uso de la autonomía. La agenda de la prosperidad no exige grandes inversiones en capital físico, ni está condicionada por restricciones presupuestarias rígidas. Muchas de las iniciativas desarrolladas en países periféricos, aunque prósperos, como Irlanda o Finlandia son perfectamente desarrollables en el marco actual de competencias. Putnam añadiría una condición: el abandono de la cultura de la queja; nada más alejado de las raíces de la prosperidad en el nuevo siglo.

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ARAGÓN LIBERAL III. Vamos a menos

Sucede lo mismo que con la bolsa. La agregación de todas las previsiones de crecimiento de las comunidades autónomas supera con mucho la realizada sobre el conjunto de la economía española. Luego, el INE pone las cosas en su sitio. Un par de años después. Ningún funcionario/analista se atreve a vaticinar un crecimiento menor. ¿Para qué tanta previsión?

Un estudio reciente del departamento de estadística regional de la Fundación de las Cajas de Ahorro Confederadas (FUNCAS) y firmado por un especialista de mérito, Julio Alcaide, ha estimado que la economía aragonesa ha observado en el período 1995-2000 un crecimiento significativamente inferior al de la economía española. De hecho, con excepción de Asturias, sería la región española con peores resultados económicos. El estudio ha concitado el interés de algunos columnistas de los medios de comunicación de Aragón, aunque sufre la debilidad de que está basado en estadísticas no oficiales, que son las que fijan la historia. Por eso vale la pena echar un vistazo a lo que dicen las estadísticas españolas públicas, es decir, del Instituto Nacional de Estadística (INE). Tal organismo ofrece valoraciones del Producto Interior Bruto (PIB) de las comunidades autónomas desde 1995 hasta el pasado año, 2001.
Pues bien, el INE no se aparta sustancialmente de lo que señala FUNCAS. Primero, entre los años 1995 y 2001 el crecimiento de la economía aragonesa ha sido bastante inferior al de la economía española; así, la tasa acumulativa anual de crecimiento del PIB aragonés se sitúa seis décimas de punto porcentual por debajo de la tasa correspondiente a la economía española; una estimación similar a la del estudio de FUNCAS. A algunos no les parecerá mucho, pero otros, por menos, dicen que los presupuestos generales del Estado de 2003 son una quimera. Digamos que nuestro declive respecto de España equivale a perder, año a año, casi la quinta parte de nuestra agricultura y ganadería. Lo anterior explica que la economía aragonesa representara en 1995 casi el 3,3% de la economía española y que en 2001 el porcentaje supere con dificultades el 3,1%. El fenómeno no es nuevo: en 1960, el PIB de Aragón alcanzaba el 3,9% del español. Las estimaciones históricas apuntan a que en 1800 suponía el 5,7%. Es la tendencia secular decreciente de la participación de la economía aragonesa en la economía española, que, por lo que parece, la autonomía política de la región no ha sabido remediar.

Segundo, en el período citado, la economía aragonesa parece haber observado peores registros de crecimiento que la mayor parte de las regiones españolas, con excepción de Asturias, Castilla León, y por poco Galicia. Otras regiones del interior peninsular y/o limítrofes, como es el caso de Navarra, Rioja, Castilla La Mancha o Extremadura han observado trayectorias más meritorias, lo que parece desmentir la afirmación de que el interior de España padece algún género de injusticia metafísica, como han querido argüir los últimos presidentes de nuestra comunidad mediante una actualización invertida de una teoría que hizo furor en la Latinoamérica de los años setenta: la teoría del desarrollo desigual entre el centro y la periferia: ahora, a favor de la periferia. De igual manera, la evidencia de que algunas regiones más ricas que la nuestra hayan observado un comportamiento mejor parece desmentir la tesis de que el declive aragonés sería consecuencia de un proceso de convergencia entre regiones pobres y ricas. Por lo demás, tampoco es tranquilizador que nuestro crecimiento sea el más bajo de las regiones asociadas al valle del Ebro.

Pero el interés mayor de los datos proporcionados por el INE reside en que corresponden a años muy distintos: entre 1995 y 2001 ha habido ejercicios de crecimiento intenso y modesto, buenos y malos para la industria, estupendos y horribles para el sector de automoción, mejores y peores para los servicios avanzados, de escasa o suficiente inversión pública, de gobiernos regionales del PP o del PSOE. Da igual: desde 1996, no se ha podido incrementar el peso de la economía aragonesa respecto de la española en ninguno de los ejercicios anuales. Es cierto que el fenómeno se ha mitigado en los últimos tres años, pero también lo es que la desaceleración económica suele repartirse de manera bastante uniforme entre países y regiones. Vamos a menos.

Así, cualquiera podría deducir de lo anterior que el declive de Aragón sería un asunto de debates políticos intensos, discusiones entre economistas, o manifestaciones fundamentadas de los principales actores sociales de la región. Se equivocaría. No hay tales. Por eso, en vísperas de la apertura de la campaña electoral de las elecciones autonómicas, me pregunto: ¿alguien, por ahí, tiene alguna idea?. A ser posible, por favor, que no sea la prédica de que el futuro de Aragón es esplendoroso. Porque, respecto a lo que estamos hablando, el pasado (y algunos dirán que el presente) no lo ha sido. Además, y a ser posible, evítese la reinvención de la realidad. Háblese de ello; como, sin duda, se haría y mucho si en los últimos seis años la economía española hubiera crecido menos que la europea.

Posted by Alberto Lafuente on at 12:33 PM in La temperatura de la cueva | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack

ARAGÓN LIBERAL II. Pérdidas de Energía

Viviendo aquí, es inevitable escribir sobre el agua. A pesar de que para un economista es un asunto estadísticamente menor, a pesar de que diría que la política agraria de la Unión Europea es un disparate y que ha llegado la hora de permitir que los productos agrícolas de los países pobres abastezcan a los países ricos. Tenemos la fortuna de poder conservar nuestros ríos y nuestra montaña. Además, la cesta de la compra nos saldrá más barata. Alguien debería explicar la naturaleza del conflicto.

La simplicidad del lenguaje binario (si/no) conduce a obviar que existe una tercera situación, que es anterior a la decisión de hacer o no hacer, de optar por x o por y, o de hablar o callarnos definitivamente, y que nos sitúa en un lugar incierto entre el on y el off. Me refiero a esa instancia vital tan frecuente que es el stand-by, o la espera con opción a pronunciarnos. Cuanto más dramática es la decisión, más intensa es la tentación de refugiarnos en el privilegio de la duda. Sin embargo, conviene caer en la cuenta de que retrasar por mucho tiempo el ejercicio de la facultad de decidir tiene costes importantes y de que, en consecuencia, no cabe prolongar demasiado nuestra permanencia en el limbo. Pondré dos ejemplos.

El primero se refiere a una buena parte de nuestros electrodomésticos. Casi todos ellos (televisores, equipos de audio, microondas, o vídeos) pueden estar en tres regímenes distintos: funcionando, en stand-by, o apagados. En ocasiones, no siempre, el propio aparato nos advierte a través de una luz piloto de la segunda situación; ni una cosa, ni otra. En la práctica, salvo con ocasión de ausencias prolongadas del domicilio familiar, los aparatos están siempre en uno de los dos primeros regímenes. La razón es que suele ser bastante incómodo desenchufar el aparato. Pues bien, hoy sabemos que las pérdidas de electricidad asociadas al stand-by pueden encarecer el recibo de la luz de manera muy significativa: 13% en Australia, 14% en Japón y porcentajes similares en otras economías avanzadas. No hay estudios sobre España. En hogares muy equipados, el consumo inútil de energía puede llegar a alcanzar el 20% del consumo familiar de electricidad. Y es que un DVD o un receptor de televisión por satélite consumen casi lo mismo en stand-by y en funcionamiento pleno. No es extraño que la Agencia Internacional de la Energía y la propia Comisión de la Unión Europea empiecen a ocuparse de esta cuestión. Ahí es nada: reducir de un plumazo más del 10% del consumo de electricidad de los hogares. La vía más prometedora consiste en facilitar al usuario el apagado completo del aparato mediante una modificación del diseño técnico y en reducir la potencia del mismo en la situación de stand-by.

El primer ejemplo es simplemente una metáfora del segundo, que parece importarnos más a los aragoneses. No cabe duda de que existe una mayoría social muy amplia en contra del trasvase del Ebro, pero nos separa la opinión respecto de la regulación del agua y de los modos de abastecimiento para el riego en Aragón. Por decirlo de manera probablemente inexacta: los intereses del llano son contradictorios con los de la montaña. La raíz última de la confrontación tiene que ver con las afecciones sociales y medioambientales de los embalses, de un lado, y la necesidad de contar con una cierta garantía de suministro de agua, de otro. Las manifestaciones masivas contra el trasvase apenas pueden ocultar nuestro conflicto. Y lo cierto es que el piloto encendido del televisor mudo constituye una amenaza permanente para unos, una esperanza devaluada para otros y, en todo caso, consume la energía de ambos de manera inútil. En Aragón, el agua está en stand-by. Dejo al cuidado del lector asociar la lucecilla roja a lo que crea oportuno: el Pacto del Agua, el Plan Hidrológico Nacional o la suma de reivindicaciones históricas no satisfechas.

Por eso no estaría de más que, de una vez por todas, supiéramos qué hacer con el televisor: si considerarlo un mueble más, o si disfrutar por fin de las películas, aunque después comprobemos que son horrorosas, abandonando así el oprobio del stand-by. Se dirá que la mejor manera de dirimir estas cuestiones consiste en contar votos. No debe serlo porque disfrutamos de una democracia desde hace un cuarto de siglo y seguimos igual: perdiendo energía. Por lo tanto, sin perjuicio de que sigamos manifestándonos a favor de nuestros acuerdos, convendría que empezáramos a hablar de los desacuerdos. Esto es a qué hora ponemos el televisor y qué canales conectamos. Así sabremos, también, a qué horas debe estar apagado y no tendremos que esforzarnos en empeños absurdos.

El stand-by del agua en Aragón es algo más que una pérdida de energía: es la razón última de que las administraciones públicas no se ocupen debidamente de los territorios de Aragón; es la razón por la que no existe una política de desarrollo rural digna de tal nombre; es la razón de la ausencia de asistencia a las explotaciones agrícolas familiares; es también la razón por la que venimos asistiendo a una intensificación de la emigración hacia Zaragoza, esta vez más silenciosa que en épocas anteriores. Y que no me hablen de comarcalización, por favor. Es confundir el campo con los funcionarios.

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ARAGÓN LIBERAL I. Zaragoza se queda

El director de Heraldo de Aragón me propuso escribir una columna quincenal. La circulación del medio invitaba a tratar asuntos de la capital aragonesa. Disfruté. Aprendí, sin embargo, que es menos comprometido escribir sobre la guerra de Irak que sobre lo que acontece cerca. La proximidad genera densidad y dificulta la mirada. Por eso tengo muchas dudas acerca de las virtudes de nuestro Estado de las autonomías. Prefiero un Estado lejano a éste, metido en la comunidad de vecinos.

Por lo demás, Zaragoza constituye un buen ejemplo de ciudad sin rumbo. De las muchas que hay en España interior, es decir, sin tradición portuaria, es decir, sin la visita inesperado del extranjero, de lo extraño. Afortunadamente, las cosas pueden cambiar. Ha bastado con que gentes vivían accidentalmente en la ciudad hayan decidido que vale la pena censarse para vivirla. Por ahora son extranjeros de su ciudad.

Los artículos de la serie Aragón Liberal amanecieron en la prensa de algún día de los últimos cuatro años.

Hace algunos meses Pascual Maragall tuvo la idea feliz de iniciar un debate de alcance general mediante la publicación, en las páginas de EL PAIS, de un artículo titulado “Madrid se sale”. Después vinieron una conversación educada entre el promotor del debate y Ruiz Gallardón sobre el reparto territorial de la prosperidad en España, y una visita desafortunada del presidente del Gobierno a Cataluña. El último y más acabado episodio ha sido la publicación por parte del Círculo de Economía de Barcelona de un documento que pretende salir al paso de los desequilibrios territoriales que rigen la sociedad española. Los ecos principales del debate han enfrentado la prosperidad de Madrid con la pérdida de peso de Barcelona en los ambientes de la economía y la empresa. He tenido ocasión reciente de asistir a una presentación del informe referido. “Peor que vosotros”, dije cuando el presidente del Círculo pidió noticia de nuestra situación, aludiendo a mi condición de zaragozano.

Una de las principales preocupaciones catalanas tiene que ver con la pérdida de sedes principales de empresas; por ejemplo, con ocasión de los procesos de privatización.. Es sabido que un territorio prospera más fácilmente si cuenta con la sede principal (donde se adoptan las decisiones importantes) de empresas que desarrollan actividades en mercados amplios. Pues bien, sucede que la reconstitución de ENDESA ha desplazado a Madrid la sede operativa de antiguas empresas eléctricas públicas, como FECSA y ENHER. La queja me parece un poco exagerada; al fin y al cabo, el mismo proceso trasladó la sede de RETEVISIÓN a Barcelona; de la misma manera, la creación de GAS NATURAL SDG. benefició a la capital catalana. Con todo, la preocupación es oportuna. Sucede lo que ocurría con las antiguas bicicletas de piñón fijo: cuando se deja de pedalear, te caes.

Sin embargo, lo que me parece más llamativo es que Zaragoza ha perdido bastante más, sin que haya habido pronunciamiento al respecto en nuestra ciudad: Eléctricas Reunidas de Zaragoza (ERZ) era ayer una empresa; hoy es una marca comercial en proceso de desaparición; hasta 1996, Zaragoza era la cabecera de una dirección regional de Telefónica que dirigía las actividades de la empresa en el noreste de España y empleaba a más de 1100 personas; hoy, la dirección regional de Telefónica está en Bilbao, la ocupación de la empresa en la ciudad se ha reducido en aproximadamente mil empleos, y corren rumores de que los edificios de Vía Universitas y del centro nacional de formación de La Bombarda están en venta. Dentro de poco, Telefónica será en Zaragoza la suma del 1004, un puñado de subcontratas y una plantilla de menos de doscientos trabajadores.

Los empresarios de Barcelona también están preocupados por la distribución territorial del gasto nacional de investigación y desarrollo (I+D). La razón es que la proximidad física de la producción de conocimientos es síntoma y condición de bienestar. Pues bien, es fácil comprobar cómo las estadísticas aragonesas no levantan cabeza, mientras que las catalanas suponen ya el 27% del total de España, frente al 20% de 1994. Ello es consecuencia de la creación de nuevos centros de investigación y, sobre todo, de la ambición de aproximarse a cifras y esfuerzos europeos.

El debate presta atención también a otros indicadores tales como la cuota de mercado nacional de las instituciones feriales, las conexiones internacionales de los aeropuertos, el peso en la economía española de las empresas con sede social en Barcelona o Madrid, o la oferta de servicios a las empresas. No es preciso señalar que todas las evidencias apuntan a que, trasladado el diagnóstico catalán, la posición de Zaragoza no es precisamente ventajosa.

Pero quizá, lo más interesante del tiene que ver con la configuración del Estado español. Los empresarios catalanes proponen una aproximación al modelo alemán, que suma a la descentralización administrativa la deslocalización de una parte del Estado central. Así, algunas agencias reguladoras se asientan fuera de Berlín; en ocasiones, como la que se ocupa de la electricidad, en ciudades más pequeñas que Zaragoza. Creo que la consideración de este tipo de fórmulas habría desvinculado, para bien de casi todos, la configuración del Estado de los nacionalismos. El asunto no es menor: Barcelona aspira a albergar la sede de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria. No me consta que Zaragoza haya presentado nunca una candidatura en condiciones para cobijar una institución europea; por cierto, España acoge ya a dos, en Bilbao y Alicante.

Siempre me ha parecido admirable que la ambición ciudadana se exprese a través de informes de situación y estadísticas, aunque ello no convenga al poder político. No es extraño que el documento del Círculo haya recibido una acogida fría por parte de la Generalitat: pone en evidencia el alcance de sus logros. En Aragón, el eco principal del debate relatado ha sido el pronunciamiento repetido del presidente de la Comunidad sobre la necesidad de equilibrar el crecimiento de la España del interior con el de la periferia, sobre todo con ocasión de la deliberación del Plan Hidrológico Nacional. Aparte de constatar que no hay una sola mención a esta última cuestión en el documento del Círculo, vale la pena subrayar que la aportación al debate se ha expresado, hasta la fecha, en términos tan retóricos y con argumentos tan alejados de la política y economía de nuestros días que uno debe concluir que, efectivamente, Madrid se sale, Barcelona busca su futuro y Zaragoza se queda.

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Emociones, fuera.

Conviene prestar atención a las actitudes y valores de los jóvenes. Por ejemplo, porque son consumidores importantes, inclinan el resultado de las convocatorias electorales de un lado u otro, o anuncian la evolución próxima de los signos de la convivencia. Para ello basta con echar un vistazo al Trend Observer (Ipsos Observer) sobre las tendencias emergentes de las juventudes de Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Francia. Cabe esperar que, tarde o temprano, serán las de la nuestra y, en todo caso, iluminan el futuro económico y político. Pues bien, algo ha pasado en los últimos años. Me fijaré en lo importante, es decir, en las pautas que rigen su inconformismo.

Primero, no creen en los milagros, en las promesas extravagantes. Aspiran simplemente a que quienes pretenden quedarse con su bolsillo o su voto les expliquen qué van a hacer con uno u otro. Se acabaron las trampas y las emociones. Segundo, aman la incorrección política, especialmente cuando propone una mirada distinta sobre algo importante, ofrece una sintaxis nueva para su interpretación o desencadena la sátira. Diesel ha inaugurado el nuevo género, ofreciendo las imágenes de un mundo en el que África disfrutaría de la opulencia y los países occidentales se verían obligados a mendigar la ayuda humanitaria. Tercero, los gestos autoritarios tienen fecha de caducidad: no más lecciones de comportamiento, suspenso a la altivez, las marcas deben ser irreprochables. Sin más. Nike ha abandonado recientemente el “Just do It”.

Pero también me fijaré en la última paradoja. Esos jóvenes inconformistas parecen mostrar un conservadurismo extremo respecto de los valores. Primero, aman la pequeña felicidad procurada por lo cotidiano; hasta el metro es un buen lugar para tropezar con algunos átomos de satisfacción: siempre con los otros: ignoran la destreza del héroe. Segundo, son globalizadores: del medio ambiente, de la paz y de las oportunidades brindadas por el comercio, la transculturalidad o de las nuevas identidades colectivas. Tercero, según Ipsos Observer, son pocos los jóvenes que manifiestan un desacuerdo radical con los mimbres de la sociedad en la que viven, a pesar de la amenazas percibidas y de la incertidumbre. Son conservadores de la libertad y de la convivencia con el planeta.

Vuelven, pues, los tiempos de la modestia, de la contabilización minuciosa de los méritos y de la desconfianza respecto del poder, cualquiera que sea su signo y origen. En definitiva, debe concluirse que quienes creemos en la teoría histórica de las generaciones asistimos consolados a la muerte del modelo juvenil auspiciado por la efervescencia empresarial de los últimos años del milenio anterior: a la muerte del héroe. Y, también, asistimos esperanzados a que la nueva generación traiga un poco más de sosiego, razón e incorrección política. Les llaman “brights”. Que así sea.

Publicado previamente en el diario Expansión


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Economía del Tabaquismo

Los fumadores se enfrentan a un endurecimiento generalizado de las condiciones económicas y sociales que rigen el consumo de este bien (dicho sea en sentido económico): un incremento notable de los impuestos que lo gravan; restricciones administrativas variadas sobre los lugares donde se puede consumir y respecto de los grupos sociales que lo pueden adquirir; y, finalmente, un aluvión de información pública negativa en relación a este hábito, que suele insistir en los efectos nocivos para la salud. Que yo sepa, ningún economista español ha querido abordar el signo de las actuales políticas públicas, que sin embargo parecen asentarse en la dudosa premisa (para un economista liberal) de que el Estado está llamado a reprimir los hábitos de conducta que perjudican la salud de los individuos.

Sí lo han hecho, sin embargo, varios economistas americanos. Hace años, Gary Becker, quien postuló la racionalidad del hábito cuando el abandono del vicio es costoso, aunque mejore la calidad de vida actual y futura del individuo, y más recientemente Kip Viscusi (Harvard Law School) y Jonathan Gruber (MIT). Conviene partir de algunas evidencias empíricas, todas ellas referidas a la sociedad americana. Primera, no parece que el hábito genere coste neto alguno para la sociedad; es cierto que empeora la salud de los fumadores y, en consecuencia los costes de la atención médica, pero también lo es que acorta su vida y, en consecuencia, los costes futuros de esa atención o las pensiones. Sin, embargo, el tabaquismo genera un flujo notable de ingresos fiscales. Segunda, la sociedad tiende a sobrevalorar el impacto del hábito sobre la salud; por ejemplo, las mejores estimaciones científicas muestran que el tabaquismo acorta la esperanza de vida en torno a 6/7 años, mientras que las percepciones sociales sitúan tal efecto en 10 (hombres) y 14 años (mujeres). Por cierto que los jóvenes son menos optimistas que los adultos a estos efectos. Tercera, según Viscusi, las evidencias científicas respecto de las consecuencias sobre la salud del tabaquismo pasivo son mucho más débiles que las que se refieren al activo. A partir de aquí el debate.

No cabe discrepancia respecto de la necesidad de restringir el consumo de tabaco en lugares públicos; simplemente porque la gente lo quiere así y en la medida que lo desee. Digo esto, aunque el concepto de libertad negativa me ha parecido siempre vaporoso: no tiene límite superior. Sí que se puede debatir acerca de los impuestos sobre el consumo de tabaco. Ya hemos sugerido que su cuantía puede exceder en bastante el coste social derivado del tabaquismo. En consecuencia, los actuales niveles impositivos sólo pueden responder a la voluntad del Estado de mejorar la salud de sus ciudadanos. La fundamentación técnica más perfeccionada de este género de intervención pública guarda asiento en la teoría del nuevo paternalismo público que ha reclamado Matthew Rabin y, en particular, en la hipótesis de la inconsistencia temporal de los comportamientos individuales. La fundamentación ideólogica es mucho más primitiva: el Estado está llamado a decidir por nosotros. Me fijaré en la primera. El número de verano del Journal of Economic Perspectives publica un interesante artículo de Rabin. El desarrollo de algunos experimentos parece demostrar que los humanos tendemos a adoptar conductas inconsistentes a lo largo del tiempo. ¿Qué prefiere, 100 dólares hoy o 112 dentro de una semana?. Algunos individuos eligieron la primera opción. ¿Qué prefiere, 100 dólares dentro de un año, o 112 dentro de un año y una semana?. Curiosamente, una buena parte de los individuos que eligieron la primera opción en la primera pregunta prefirieron la segunda cuando se les formuló la segunda. Somos impacientes respecto de lo inmediato, naturalmente epicúreos y socialmente apresurados. Ello conduce a la adopción de conductas inconvenientes (para nosotros mismos). El Estado debe impedirlo.

Lo cierto es que la imposición de impuestos elevados sobre el consumo de tabaco puede reconducir los comportamientos. Así, parece probado que la elasticidad-precio de la demanda de cigarrillos es bastante elevada: un incremento de los precios de un 10% reduce el consumo en un 7%. Adviértase, sin embargo, que el hecho imponible no es significativamente distinto del que resultaría de la consideración de la ingestión de pastelería industrial, los baños de sol o una afición desmedida al paddle. En cuanto a la justificación técnica , cabe encontrar este tipo de fenómenos en las compras de automóviles, la decisión de contraer matrimonio y cualquier otra decisión que tenga consecuencias futuras. Nadie en su sano juicio, sin embargo, invitaría al Estado a corregir las estupideces que pueden acompañar tales decisiones. Una cosa es que los poderes públicos deban tener en cuenta que los individuos pueden conducirse irracionalmente y otra bien distinta es que les priven del derecho a la irracionalidad o sacar partido de la misma.

Hasta aquí el debate entre Gruber (paternalismo público contra el tabaquismo ejercido vía impuestos) y Viscusi (limitación de los lugares públicos donde está permitido fumar, sin impuestos específicos de naturaleza regresiva). Véase la revista Regulation. Creo que el segundo está más cerca de la buena economía que el primero; sin embargo, el signo de los tiempos confirmará la hipótesis de la inconsistencia temporal como fallo del mercado de cigarrillos. Será cuando el votante mediano sea no fumador. Aplaudirá la subida de impuestos sobre los vicios ajenos. Entonces, no habrá tabaquismo ni ingresos fiscales. Desaparecerá la especie de los fumadores. Y habrá ganado, una vez más, la corrección social.


Publicado previamente en el diario Expansión

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Carteles Electorales

A lo largo de los próximos meses la política española va a cambiar de rostro. Pase lo que pase, el tiempo que viene borrará de los informativos la estampa de personajes tan señeros como Pujol, Arzalluz o Aznar. Además, es probable que se produzca la retirada del paisaje parlamentario de quienes, como Felipe González, quisieron posponerla tras la derrota electoral de 1996. Se va definitivamente la generación política de la transición y comienza a hacerlo la siguiente.

Las próximas elecciones generales enfrentarán por vez primera a los nuevos líderes de los principales partidos nacionales, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. Es una buena noticia para los españoles, pues, cualquiera que sea el resultado, recuperaremos el sosiego político que hurtó José María Aznar cuando empezó a ambicionar el gobierno de España. También, los enfrentarán por última vez: salvo empate, el perdedor concluirá la próxima legislatura aburrido en el escaño.

Habida cuenta del carácter económico de esta revista conviene hacer una precisión previa. Según las tesis más simples, el voto sería el premio o castigo a la evolución última de la economía y a las expectativas de orden económico. En consecuencia, la consideración del factor económico llevaría a vaticinar una victoria clara del PP. Sin embargo, como ha demostrado José María Maravall en “El Control de los Políticos”, la relación entre economía y voto en España es bastante más compleja, de manera que unos buenos resultados de la política económica pueden conducir a la derrota electoral. Cabe, por tanto, explorar otras avenidas.

Biografías

Las biografías de los dos candidatos guardan una similitud interesante: se asomaron al mundo de la política sin haber construido antes una carrera profesional, aunque hay que mencionar que Rajoy aprobó antes una oposición difícil, la de registrador. Resalto este extremo porque siendo casi inevitable en los años de la transición parece haberse consolidado después. Otra, igualmente interesante, es que se trata de políticos perfectamente previsibles. Nadie les atribuiría la capacidad suarista de dar un golpe de mano o la de poner la política al servicio de las grandes ambiciones para España, à la González.

En cuanto al estilo político de ambos, parece corresponder al de las zorras, con perdón y de acuerdo con la célebre taxonomía de Isaiah Berlin, quien rememorando uno de los fragmentos conservados del poeta Arquíloco (“Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”), proponía la distancia que separa a quienes razonan en torno a un único principio universal, ensamblador de sucesos minúsculos y ordenador de todos los acontecimientos a los que entienden que el todo es tumultuoso, inaprensible y que sólo cabe enfrentarse a lo particular. Me parece que la generación política entrante pertenece más a la tribu de las zorras que a la de los erizos, lo cual es acorde con el signo de los tiempos, que inclinan las preferencias de los ciudadanos hacia el éxito mediocre, renunciando así a la gran solución única de los problemas, inequívocamente fatal. Ese carácter viste de ironía a Mariano Rajoy y de parsimonia a Rodríguez Zapatero. Se admite, igualmente la hipótesis de que ambas presuntas virtudes responden sobre todo al miedo a perder o ganar las elecciones, respectivamente.

Empeños

Ambos líderes se enfrentan, por otra parte, a una decisión difícil: la conformación de sus equipos. La siguiente es una historia de primeros y segundos. Digamos que Rajoy pretende ganar las elecciones de la mano de los primeros de la época última, mientras que Rodríguez Zapatero se presenta al lado de los segundos de la antepenúltima, pues abundan en la Comisión Ejecutiva del PSOE jefes de gabinete, secretarios de grupo parlamentario, vocales asesores de ministerio o coordinadores de área del partido, casi todos ellos con un curriculum fechado en la memoria de gobierno del PSOE. En beneficio de Rodríguez Zapatero debe decirse que el equipo actual de gobierno de su partido se compara bien con el de 1981; sin embargo, su calidad palidece ante la del gobierno de 1982. En perjuicio de Mariano Rajoy, cabe señalar que se enfrenta a la difícil asignatura de conformar un equipo acorde a su estilo: sobran pues mayores orejas, ratos o cascos, y desde luego la expresión populista que anida en el PP de la mano de personajes del género Villalobos. Naturalmente, el cambio de rostro del PP sólo será posible en caso de victoria.

La memoria política de Rajoy deja algunos instantes de sabiduría, esfuerzo y apresuramiento. En cuanto a lo primero, la dirección de las crisis de las vacas locas y de las últimas campañas electorales; el Prestige, respecto de lo segundo; “sólo quieren hacerse una foto”, en las horas inmediatamente posteriores a la oferta de pacto antiterrorista por parte del PSOE, si nos queremos referir a lo tercero. Nada cabe decir de su ejecutoria en los ministerios de administraciones públicas o educación, salvo que ha hecho malos a sus sucesores. Lo del Ministerio de Interior no merece comentario: el ruido terrorista da lugar a que su desempeño no pueda ser escrutado en España.

Lo anterior apunta a que se trata de un corredor de fondo, no un sprinter. No ha habido muchos sprints en la historia de la joven democracia española: el de Suárez en las elecciones de 1979 y el de Felipe González en las de 1993. En consecuencia, se trata de una virtud poco frecuente. En cuanto a José Luis Rodríguez Zapatero, conviene concederle este mérito, pues ganó una carrera difícil, la que le llevó a ser secretario general de su partido, en el último minuto y de penalti. Antes se había distinguido por seguir la pista de la promesa electoral del PP, en 1996, de suprimir unos cuantos millares de altos cargos. La confrontación parlamentaria con Rajoy terminó como es habitual: la eliminación de las estadísticas publicadas por el Ministerio de Administraciones Públicas que se refieren al registro de altos cargos. Se acabó la rabia.

Derrotas

La carrera electoral enfrentará, pues, a un corredor de fondo, que parte con ventaja, a un mediofondista poco aficionado a los codazos de las curvas. El primero ha hecho gala de sabiduría electoral. No hace mucho dio a conocer una suerte de decálogo sobre cómo ganar las elecciones. Lo cierro a mi manera en dos mandamientos: no crees problemas donde no los hay y ofrece lo que viene solo. En cuanto al candidato del PSOE, parece decantarse por apostar por el esfuerzo último. En esta fecha, desconocemos si los candidatos optarán por centrar la campaña en el programa o en sí mismos, aunque da la impresión de que Rajoy optará por lo primero. Así, acaba de presentar las líneas programáticas de su política económica; no debe sorprender que uno de los tres pilares sea la mejora de la productividad y la inmersión en la sociedad del conocimiento. No debe sorprender, pues es idéntico a lo que viene predicando el PSOE. Y es que lo mejor que puede hacer el maillot amarillo es seguir de cerca la pista del segundo. No en vano Rajoy es aficionado al ciclismo. En lo que se refiere a Rodríguez Zapatero, cabe prever una campaña centrada en el programa, entre otras razones porque no va a tener la oportunidad de debatir por la televisión con Rajoy. Además, es probable que la economía no sea terreno buscado de confrontación por parte de Zapatero, aunque sí por Rajoy, lo que conduce al vaticinio de que disfrutaremos de una campaña electoral clásica: estado de bienestar versus crecimiento económico, con las adherencias del modelo de España y de la seguridad ciudadana.

Pero, quizá, el factor más determinante de los resultados de una convocatoria electoral sea la ambición. A posteriori siempre se comprueba que el perdedor ha hecho todo lo posible por perder: es lo que caracteriza a quienes temen la victoria. Es difícil saber qué género de miedo anida en el alma de Zapatero y Rajoy. Fíjense, sin embargo, en la gramática de sus gestos y en el rostro de sus partidarios. Queda dicho.

Publicado en La Actualidad Económica, diciembre de 2003

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Poder de mercado y poder político en España. Inédito. 1999

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Diarios de un economista. Freebook, en proyecto.

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Parmalat, la teoría de la hucha y el capitalismo asiático

Como es sabido, la crisis asiática de finales de los años noventa, 1997-1999, mostró a occidente las prácticas de gobierno corporativo imperantes en una buena parte de los países del Sudeste de Asia. El control de grandes empresas ejercido por familias prósperas parecía regirse por la máxima: “Lo rentable para mí. El resto para los otros accionistas”. La concentración del poder de decisión sobre empresas cotizadas en manos de determinadas familias, junto con la connivencia de los poderes públicos y la pasividad de los reguladores de los mercados de capitales condujeron a muchos inversores extranjeros a salir por piernas. Y con la cartera vacía. Los trasvases de activos rentables a compañías controladas por la familia, la venta a las compañías cotizadas de activos no rentables, y los préstamos de las compañías a las familias propietarias, en condiciones financieramente amables, eran algunas de las prácticas más habituales; en suma, el saqueo sistemático de todo aquel que no era primo hermano. Así lo cuenta Michael Backman en Asian Eclipse (John Wiley & Sons, 2001). También en Japón las cosas andaban mal; en los mismos años, el 94% de las compañías cotizadas celebraron en 1996 su junta general de accionistas el mismo día, el veintisiete de junio. Difícil acudir a dos a la vez. La duración media fue de veintiséis minutos. Capitalismo asiático.

La cultura corporativa mediterránea

El caso Parmalat viene a demostrar, pues, que los mercados de capitales viven bajo el mismo sol. En los últimos días, Enrico Tonna, antiguo director financiero, ha confesado que Parmalat ha sido, sobre todo, la Publicado, junto con Ramón Pueyo, en el diario El País, el 18 de enero de 2004.
hucha de su fundador, Calisto Tanzi. Al parecer, Tonna construyó una red de sociedades ubicadas en paraísos fiscales con el objeto de inventar activos que respaldaran, sobre el papel, la deuda de la compañía. Según contaba Tonna a las autoridades, los movimientos de fondos entre compañías del grupo eran considerables; la teoría de Parmalat como hucha de su fundador toma cuerpo en uno de los movimientos de fondos relatados por Tonna a las autoridades: quinientos millones de euros fueron traspasados de Parmalat a compañías turísticas de la familia Tanzi. El concepto de empresa como hucha para uso y disfrute de su propietario o máximos ejecutivos ha atravesado también el Atlántico. Alcanzó su esplendor máximo con la quiebra de TYCO, durante el annus horribilis iniciado por ENRON. Las revelaciones acerca del estilo de vida de Dennis Kozlowsky, consejero delegado de TYCO, permitieron conocer sus preferencias personales en materia de cortinas de baño, en las que gastó seis mil dólares, quince mil en la adquisición de una sombrilla, o más de dos millones de dólares en el cuarenta cumpleaños de su mujer. Una fiesta en la que la estrella era una réplica del David, pero con la peculiaridad de orinar vodka. Todo, faltaría más, a cuenta de la empresa.

Sin embargo, entre los conglomerados industriales, pongamos, indonesios y los enrones y parmalats había una diferencia fundamental: la adopción formal de prácticas avanzadas en materia de gobierno corporativo era mucho más infrecuente en Asia que en las empresas occidentales. Sin embargo, el número y alcance de los escándalos de gobierno corporativo en las empresas americanas, y ahora europeas, permite que constatar que la simple adopción de políticas formales en materia de gobierno corporativo no es vacuna suficiente para evitar catástrofes empresariales. El papel lo aguanta todo. Parmalat había adoptado formalmente el Código Preda; por decirlo rápidamente, el Código Olivencia italiano.

Cabría recordar a este respecto el último informe sobre prácticas de gobierno corporativo en Europa, elaborado por la firma Heidrick y Struggles en 2003; al parecer, sólo las compañías españolas y portuguesas estarían peor gobernadas que las italianas. En dicho informe se reseñaba que uno de los principales desafíos a los que se enfrentaban las compañías cotizadas italianas era la mejora de la comunicación con los reguladores e inversores. También el Comité de Gobierno Corporativo del Mercado de Valores italiano había emitido recomendaciones a este respecto: refuerzo del papel de independientes, separación de los roles de presidente del consejo y primer ejecutivo, así como la introducción de nuevos mecanismos de medición de los resultados. Parmalat declaraba haber asumido las recomendaciones de gobierno corporativo emitidas por los reguladores italianos. Sin embargo, en Parmalat, y como casi siempre, la adopción estaba limitada a algunos aspectos. Así, la figura de presidente del consejo de administración y de primer ejecutivo de la compañía estaban concentradas en una sola persona; sólo tres de los trece miembros del consejo eran independientes; y, por último, la comisión de auditoría del consejo de administración no estaba conformada por una mayoría de consejeros independientes. Además de lo anterior cabría destacar que la compañía no contaba con un código ético ni, por supuesto, contaba con los sistemas para implantar dicho código a lo largo y ancho de su actividad empresarial. Lo anterior lleva a concluir que, en materia de gobierno corporativo, la virtud a medias no es virtud y, también, a temer que la adopción formal de códigos de gobierno, sin más, no debería sosegar a los inversores. Al fin y al cabo, son muchas las empresas que nos rodean que incumplen las reglas de buen gobierno en los mismos términos que Parmalat.

La civilización viene de Oriente

La historia de la caída de Parmalat tiene, como decíamos, una larga lista de antepasados en extremo oriente. Charn Uswachoke fue durante algún tiempo el genio oficial de la bolsa tailandesa. Presidente de Alphatec Electronic, productor de circuitos integrados, fundó la empresa en 1988; la compañía se convirtió pronto en la primera de su sector en Tailandia. En 1995, descubierta ya la nueva fuente de fondos que suponía el mercado de valores (léase las carteras de los incautos accionistas), Alphatec fundó Submicrón primer fabricante de chips del país. En poco tiempo, el grupo Alphatec extendió sus actividades a treinta países. En 1997, la compañía comenzó a tener problemas para pagar a sus proveedores y acreedores. Después de mucho insistir, los acreedores consiguieron que se acometiera una auditoria independiente. Concluyó que la compañía manejaba dos contabilidades distintas, habiendo reportado falsas ganancias en la oficial. Además, había concedido ciento veintisiete millones de dólares a empresas propiedad exclusiva de su fundador. La cifra de negocios pública multiplicaba por diez la real. Finalmente, se habían falsificado facturas para dar cierto brillo occidental a la compañía. Pretendían dar cuenta de las relaciones de la empresa con grandes compañías occidentales. Con tan mala suerte que los nombres de las multinacionales extranjeras estaban, en muchos casos, mal escritos. Como el de Philips. Las prácticas de gobierno imperantes en Tailandia permitieron que Charn y su familia, después de las revelaciones del auditor, no sólo siguieran en el consejo de administración sino que ejercieran el derecho de veto sobre los planes de reestructuración. Consiguieron despedir al nuevo auditor y contratar a otro más simpático.

Las prácticas anteriores resultarán familiares a quién haya seguido el caso Parmalat. En el número correspondiente al doce de enero de este año, la revista norteamericana Newsweek se preguntaba si el escándalo no sería la punta del iceberg de las prácticas seguidas por las empresas familiares italianas. También acusaba al gobierno de Berlusconi de incentivar, al relajar las reglas de fraude empresarial, este tipo de comportamientos. Lo más jugoso: la imagen de los ejecutivos de la compañía haciendo manualidades para falsificar un documento de Bank of America que atestiguaba que la compañía tenía un depósito de cuatro mil seiscientos millones de euros. Y es que, como decía Backman, "el buen gobierno corporativo, como la virginidad, está bajo la amenaza constante de la tentación". Amén.

Publicado, junto con Ramón Pueyo, en el Diario El País, el 18 de enero de 2004

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Sexo, codicia y mentiras en el capitalismo americano

Publicado previamente, junto con Ramón Pueyo, en el diario El País, el 28 de septiembre de 2003.

Ésta es la historia de un descalabro. Ésta es la historia más reciente del capitalismo americano. En España, ha pasado desapercibida entre los rigores estivales. El pasado mes de junio de este año, Martha Stewart, icono de la moda del hogar en Norteamérica, y su agente de bolsa, Peter Bacanovic, fueron acusados de fraude por el organismo regulador del mercado de valores norteamericano, la Securities and Exchange Commission (SEC).

Hasta hace poco, Martha Stewart engrosaba la lista más selecta de empresarios americanos hechos a sí mismos. Incluso formaba parte del Consejo de Administración de la Bolsa de Nueva York. Allí, tuvo el honor de compartir responsabilidades con David Komansky, consejero delegado de Merrill Lynch, que pagó cien millones de dólares para resolver las demandas por conflictos de interés entre sus divisiones de análisis y banca de inversión; o con Jean Marie Messier, ex de Vivendi Universal, a quien su antigua compañía acabó llevando a los tribunales por discrepancias sobre su millonaria indemnización por cese; también con el gran Richard Grasso, de quien recientemente se ha sabido que recibió el año pasado 140 millones de dólares como retribución como presidente de ese Consejo. Martha Stewart era (y es, pero ahora por otras razones) uno de los personajes más famosos de Estados Unidos; su imagen pública lideraba un imperio de la decoración, la moda, la cocina y el estilo de vida. En 1999, decidió consolidar sus negocios en una compañía, Martha Stewart Living Omnimedia, de la que posee el 61% de las acciones y el 94% de los derechos de voto. La compañía tenía en su fundadora, ex-modelo, su principal activo. Martha Stewart era un icono; tenía sus propios espacios en alguno de los programas más populares de la televisión norteamericana. Hasta junio de 2003 continuaba presidiendo la compañía. Tuvo que dimitir.

La Cocina de Martha

Según la acusación, Martha Stewart utilizó información privilegiada cuando un buen día de diciembre de 2001 vendió las acciones que poseía de la compañía de biotecnología Imclone. La venta de Stewart no pudo ser más oportuna; un día después, el organismo estadounidense competente, la FDA, anunciaba la decisión de no autorizar la salida al mercado del Erbitux, medicamento contra el cáncer en el que Imclone tenía depositadas una buena parte de sus esperanzas. Meses más tarde, en junio de 2002, el presidente de la compañía, Sam Waksal, era arrestado; se le acusaba de vender, el día anterior al anuncio de la FDA, las acciones que poseía de la compañía y de invitar a su familia - su padre y dos de sus hijas siguieron su sabio consejo-, y amigos a hacer lo mismo. Entre estos últimos se encontraba Peter Bacanovic, el mismo corredor de bolsa de Merrill Lynch que había recomendado a Martha la venta de sus acciones. Entre lágrimas, Sam Waksal fue condenado en junio de 2003 a siete años de prisión y a pagar más de tres millones de dólares de multa. El pobre Waskal seguramente pensó que no era preceptivo pasar por la vergüenza de perder unos millones de dólares; había atajos, y los miembros de su consejo de administración los conocían bien. De hecho, uno de sus consejeros, John Mendelsohn, había sido también miembro del comité de auditoría de ENRON. A Waksal no se le pasó por la cabeza que las autoridades pudieran tener interés en conocer las razones que llevaban al presidente de Imclone a vender parte de sus acciones justo el día antes de que se anunciara una decisión que podía poner en un aprieto el futuro de la compañía.

La diligencia bursátil permitió a Martha Stewart salvar casi 50.000 dólares, la minusvalía en la que hubiera incurrido si hubiera mantenido su cartera hasta cierre del mercado en el día en el que se anunció la decisión de la FDA; su fortuna estaba valorada en aquel momento en aproximadamente mil millones de dólares. Debería haber mantenido las formas: recordemos que Martha Stewart era consejera de la Bolsa de Nueva York. Sin embargo, no fue la única en vender: su hija, y una amiga, también vendieron sus acciones oportunamente. Los cincuenta mil dólares han acabado costándole varios cientos de millones de dólares, según estimación de la propia directiva. Se enfrenta, además, a una petición condena de treinta años de cárcel. Cincuenta mil dólares bastante caros. Quizá, debería haber aprendido de su amigo Michael Milken, redimido ex rey de los bonos basura durante los años ochenta, condenado subsecuentemente por fraude a diez años de prisión, ahora libre, y a quien Martha prologó su libro de cocina.

Hasta aquí, la simple narración de un caso de utilización de información privilegiada; simple codicia. A veces, la gente inteligente se comporta de forma estúpida. Por ejemplo, es habitual que los humanos manifiesten actitudes distintas cuando se enfrentan a situaciones que pueden mejorar o empeorar su situación. La asimetría de comportamientos (pájaro en mano, cuando se trata de tomar decisiones que pueden mejorar nuestra situación; jugársela, cuando se trata de hacer frente a un daño) hace a los hombres adversos al riesgo para unas cosas, y jugadores empedernidos para otras. Digamos que el primer comportamiento asocia la prudencia al éxito; mientras que el segundo es el origen de un fenómeno curioso: el miedo a perder suele engendrar conductas aventuradas. Lo demostró hace bastantes años Kahneman, Premio Nobel de Economía.

Relaciones de Parejas

Hasta la acusación, parecía que las culpas iban a recaer exclusivamente sobre Waksal. No por mucho tiempo. Las relaciones personales entre los protagonistas de esta historia eran demasiado intensas como para que fueran pasadas por alto por los responsables de la SEC.

Sólo dos años antes, Waksal era uno de los empresarios más admirados en Wall Street: filántropo, coleccionista de arte y muy rico. Sam Waksal y Martha Stewart se conocían bien; durante años Waksal fue el novio de la misma hija que había vendido las acciones antes del anuncio de la FDA. Todos formaban parte, junto con Bacanovic –sí, el corredor de bolsa de Stewart- del mismo círculo social. Bacanovic trabajó durante dos años para Imclone. Fue contratado después por Merrill Lynch, donde disfrutó de la vida contemplando el subidón bursátil y comerciando con las acciones de Imclone. Mientras Bacanovic daba a sus amigos el chivatazo sobre Imclone, después de hablar con Waksal y Stewart, su amigo Eric Hecht, jefe de biotecnología en Merrill Lynch, recomendaba la compra del valor. Martha Stewart y Sam Waksal empezaron a intimar cuando éste último salía con la hija de aquélla. De casi yerno, Waksal pasó a ser pareja de Martha Stewart. La bolsa y los negocios unen mucho; además, sus biografías son similares.

Waksal era también un empresario hecho a sí mismo; Sam Waksal y su hermano Hakal –a quien Sam debe agradecer el chivatazo acerca de la decisión de la FDA- fundaron Imclone en 1984. Las similitudes no acaban ahí: tanto Sam como Martha decidieron abandonar a sus parejas anteriores una vez alcanzada la cima de su éxito. En el caso de Martha Stewart, después de veintinueve años de matrimonio. Sam abandonó a su mujer e hijos para vivir con la hija de Martha, Alexia, poco después de conocerla, y antes de preferir a su madre (de Alexia). Aunque la antropología de los Ceo´s es una disciplina académica joven, ha establecido evidencias robustas sobre la prión de los triunfadores al divorcio y a la liposucción. Nada raro: los millonarios sobrevenidos suelen cambiar de pareja y amigos. Se avergüenzan de quienes los conocieron antes de ser emperadores. Además, les cansa tener que volver a casa a sacar la basura y soportar la celulitis y/o calvicie de su pareja, después de ocho horas de adulación y reinado absoluto. USA Today interrogó a una muestra de presidentes de compañías americanas divorciados sobre las razones de la incompatibilidad entre matrimonio y dinero. La explicación era sencilla: ego y oportunidad. Ego, porque los triunfadores quieren estar con quienes les conocen en sus ámbitos profesionales; son reyes. Oportunidad, porque el poder provee escarceos. En este mismo sentido, conviene prestar atención a la psicología de los Ceo´s americanos, tan bien estudiada por Steven Berglas, del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard, ahora en UCLA: los CEOs en la cumbre son pros a tres tipos de patologías: comportamientos autodestructivos, desdén por las consecuencias perjudiciales de sus decisiones y una desmedida afición al sexo.

Sin embargo, el vínculo amoroso suele ceder ante el instinto de especie cuando las cosas vienen mal dadas: Waksal se declaró culpable de los cargos que se le imputaban a cambio de que fueran retirados los que recaían sobre su padre y su hija. Quizá, la actitud respecto de su amiga Martha sea distinta: un informativo de la CNN debatía hace unas semanas la posibilidad de que Sam Waksal cooperara con las autoridades en contra de Martha Stewart, para ver así reducida la duración de su condena. Bajo presión, claro. Está por ver.

Inocencia

A la codicia y el sexo se une un tercer factor propiciador de las decisiones insensatas en el capitalismo último: la confianza en las propias decisiones. No tiene que ver con la arrogancia; determinada gente, al alcanzar el éxito, tiende a considerarse invulnerable. La acumulación de victorias les lleva a ignorar la posibilidad de cometer errores de juicio. Se acomodan en el éxito permanente. Los principales protagonistas de la tragedia de Imclone eran gente de fortuna. “He venido a hablar de mi ensalada” fue la airada respuesta de Stewart al ser preguntada en la televisión norteamericana por sus manejos con Imclone, cuando el escándalo comenzaba a adquirir forma. Había acudido a presentar su último libro de cocina. Después se supo que Stewart se había puesto de acuerdo con Bacanovic para mentir ante los investigadores de la SEC declarando que había establecido una orden de venta con Bacanovic por medio de la cual la venta de Imclone sería inmediata cuando el valor cotizara por debajo de sesenta dólares. Pretendían que la mentira les sacara de apuros. Por supuesto, lo documentos que demostraban esta orden de venta nunca salieron a la luz; los reguladores añadieron unos años más de petición de condena.

Naturalmente, la confianza conduce inevitablemente a refugiarse en la mentira y en la negación de la verdad, cuando el desastre amanece. Sólo así puede explicarse el anuncio a toda página publicado en USA Today por Martha Stewart el día después de que se la acusara formalmente. Dirigido a “amigos y leales seguidores”, decía así: “Quiero que sepáis que soy inocente y que lucharé por limpiar mi nombre...Los intentos del Gobierno de criminalizarme no tienen ningún sentido. Tengo confianza en que seré exculpada de estas acusaciones sin pruebas.”

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