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ARAGÓN LIBERAL IV. Cambio de Agenda

Podría empezar este artículo señalando que el siglo XXI deparará grandes sorpresas a la economía aragonesa. Podría, pero no lo haré: sería una tontería. Y es que basta con asomarse a las agendas políticas y colectivas de los países y regiones que aspiran a la prosperidad futura, para comprobar que existe una rara unanimidad sobre lo que hay que hacer para alcanzarla. Casualmente, los empeños coinciden con las claves del desarrollo de las economías occidentales a lo largo de los dos últimos siglos: conocimiento, internacionalización y buenas instituciones públicas y sociales. No debe sorprender que las ambiciones aragonesas sean , en ocasiones, atendidas con extrañeza fuera de la región: no siempre se corresponden con la agenda de la prosperidad.

Una de las claves principales de la nueva economía es el conocimiento. La OCDE viene constatando que existe una relación estrecha entre crecimiento económico e inversión en conocimiento. La tasa correspondiente, que mide la inversión en relación al PIB, alcanza valores próximos al 10% en Estados Unidos y algunos países europeos. La contabilidad de tal inversión suma el gasto en educación, innovación y software de información y comunicaciones, es decir, activos intangibles. Pues bien, las cifras españolas y aragonesas arrojan niveles muy inferiores. Por poner un ejemplo: el 82% de las empresas alemanas realizan regularmente algún tipo de innovación, frente a porcentajes aragoneses que no alcanzan el 10%. De lo anterior debe deducirse que la inversión en infraestructura física no es condición suficiente para la prosperidad; remediadas las carencias más críticas conviene orientar la atención al factor fundamental de crecimiento. Eso sí, con las cautelas debidas: en España, cuando queremos invertir en conocimiento, tenemos la rara costumbre de construir edificios.

Si se examina con cuidado el proceso de industrialización de la economía europea, de la mano, por ejemplo, de David Landes, cabe concluir acerca de la importancia de la movilidad internacional del capital humano. La forma más sencilla de aprender es la contratación de personas que en otros lugares han sabido desarrollar ideas y habilidades. A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX, Francia contrató ciudadanos alemanes expertos en metalurgia; Rusia atrajo a holandeses, alemanes y suecos; millares de artesanos británicos abandonaron el Reino Unido, en búsqueda de mejores condiciones salariales. En nuestros días, la mitad de los empleados de las empresas de Silicon Valley son individuos no nacidos en Estados Unidos. Los países más avanzados de la OCDE cuentan en la actualidad con programas agresivos de inmigración de técnicos e investigadores en áreas donde se detectan carencias importantes. Se les ofrece financiación para sus trabajos, carreras profesionales e incluso, como en Dinamarca, un tratamiento especial en el impuesto sobre la renta.

Se dirá, con razón, que la economía aragonesa muestra una gran apertura comercial al exterior. Es igualmente cierta la importante presencia de empresas multinacionales en la región. Con todo, en lo que nos ocupa, cabe plantear tres cuestiones decisivas. La primera es en qué medida Aragón contribuye a que las plantas de las empresas multinacionales compitan con ventaja con plantas de otros países en los incipientes mercados internos generados en el seno de tales empresas. La segunda cuestión tiene que ver con la cultura internacional de las medianas y pequeñas empresas aragonesas; se sabe que el número anual de alianzas internacionales por cien mil habitantes de las empresas alemanas o francesas triplica el de las protagonizadas por empresas españolas; la comparación con Aragón no ofrece resultados mejores. La tercera pincelada tiene que ver con nuestra universidad. Existe una correlación bastante estrecha entre la calidad de las universidades europeas, incluso españolas, y la internacionalización de sus plantillas de profesores. Desde hace algunos años la Universidad de Zaragoza viene practicando una curiosa política de profesorado de carácter autárquico, casi siempre inspirada en el argumento de que en otros sitios hacen lo mismo. Es posible, pero no constituyen el modelo que nos interesa.

La tercera clave guarda relación con la calidad de las instituciones. Robert Putnam (Making Democracy Work) ha examinado con agudeza la relación entre el crecimiento económico de las regiones italianas y la calidad de las administraciones regionales. El caso italiano presenta bastante interés para los españoles, ya que permite sacar conclusiones acerca de las ventajas regionales de los procesos de descentralización administrativa. Pues bien, por lo que parece las disparidades en el crecimiento de las diferentes regiones italianas tienen bastante que ver con el grado de ejecución de los presupuestos públicos, la calidad y sentido de las normas urbanísticas, la coherencia de la legislación local y regional, la responsabilidad de la administración frente al ciudadano o, por no seguir con la lista, la capacidad de innovación de la administración regional, es decir, la habilidad de importar cambios institucionales que hayan acreditado su conveniencia, frente a la práctica habitual de mimetizar lo próximo, tenga o no sentido. No es preciso señalar que el examen de lo acaecido en Aragón en los últimos años no invita al optimismo.

De lo anterior se deriva una reflexión política inmediata. Aragón ha sabido construir las instituciones públicas previstas en el Estatuto. Sin embargo, me temo que todavía no ha hecho uso de la autonomía. La agenda de la prosperidad no exige grandes inversiones en capital físico, ni está condicionada por restricciones presupuestarias rígidas. Muchas de las iniciativas desarrolladas en países periféricos, aunque prósperos, como Irlanda o Finlandia son perfectamente desarrollables en el marco actual de competencias. Putnam añadiría una condición: el abandono de la cultura de la queja; nada más alejado de las raíces de la prosperidad en el nuevo siglo.

Posted by Alberto Lafuente on at 12:36 PM in La temperatura de la cueva | Enlace permanente

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