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ARAGÓN LIBERAL V. Zaragoza despierta
Un ejercicio de patriotismo municipal. A ver si la ciudad se anima.
Por vez primera en bastantes años viene instalándose en la ciudad la percepción de que va a suceder algo importante, de que Zaragoza podría mudar su apariencia y cambiar de alma en los próximos tiempos. Probablemente, esa percepción es el precipitado del arranque de nuevos proyectos urbanísticos y de comunicaciones, pero también resulta de la constatación de que las costuras del traje tradicional están a punto de reventar y de que la ciudad se enfrenta a la necesidad de vestir un traje más holgado y moderno. Me fijaré en sus tres piezas fundamentales: la talla, el estilo y la calidad del paño.
La naturaleza de las ciudades tiene mucho que ver con su tamaño. Su crecimiento lleva a que se produzcan cambios cualitativos y aparezcan nuevos problemas y oportunidades. Creo que no exagero si digo que la nueva Zaragoza tendrá una población que en el largo plazo alcanzará el millón de habitantes; contribuirá a ello la integración de nuestra ciudad en el espacio metropolitano de Madrid y Barcelona y también el envejecimiento de la población de los territorios de Aragón y la inmigración. No es un secreto que la economía de mercado otorga una importancia creciente a las ciudades y que la contribución del sector primario europeo al crecimiento económico va a reducirse en los próximos años. En consecuencia, guste o no, el crecimiento de la ciudad es inevitable. Su encorsetamiento sólo produciría malestar.
Zaragoza, además, va a mejorar de manera muy significativa sus comunicaciones exteriores, es decir, su accesibilidad. El retraso del AVE es una anécdota de recorrido bufa. Sin embargo, el transporte colectivo doméstico y metropolitano es notoriamente insuficiente y, además, estrangula el remozado de calles y plazas y la propia movilidad de las gentes. No debe extrañar que sea citado por los ciudadanos como uno de los problemas más importantes de Zaragoza. En el horizonte de tamaño citado, la ciudad debería plantearse la posibilidad de hacer del metro la infraestructura básica de transporte colectivo. No es nada extravagante: lo están haciendo ya ciudades españolas con un tamaño próximo como Sevilla o Valencia. Lo ha hecho ya Bilbao. Lo hicieron Madrid o Barcelona cuando hace ya bastantes decenios quisieron apostar por este modo de transporte, contando con un tamaño de población no muy distinto del que estamos hablando.
La prosperidad de la ciudad exige que sus habitantes disfruten de niveles de renta elevados, lo que está muy relacionado con el tipo de especialización económica. Así, sabemos, con absoluta certeza, que en los próximos años la actividad económica que va a arrojar cifras mejores de crecimiento es la intensiva en conocimiento: es la que permite crear empleo cualificado y la que genera efectos multiplicadores superiores sobre el resto de la economía. Además, la economía del conocimiento es esencialmente urbana; si no arraiga en esta ciudad, lo hará en otras. Zaragoza sería entonces una ciudad grande y mediocre. Para evitarlo no hay que descubrir mediterráneos; basta con seguir la pauta de lo conseguido por ciudades europeas de tamaño y localización similar estos últimos años. Naturalmente, un ingrediente fundamental del nuevo modelo económico urbano es la confianza en la iniciativa privada y en un compromiso inteligente de ésta con el futuro de Zaragoza.
Pero la economía no es todo. El género de especialización económica que parece más atractivo viene acompañado de la aparición de una nueva industria que caracteriza a las ciudades prósperas: la industria de la cultura. Debe saberse que constituye el capítulo exportador más importante de algunas de las economías avanzadas y que, en todas, constituye un factor de atracción fundamental de nueva actividad económica, además de ser un argumento de bienestar urbano. Sin una oferta cultural rica y plural, Zaragoza nunca se incorporará a la nueva economía. El conocimiento y la creación están muy cerca.
Algunos de los cambios citados vendrán solos. El acierto o los errores de la administración municipal podrán encauzarlos o entorpecerlos. Otros, sin embargo, requieren una buena dirección política, planteamientos técnicos correctos y una lectura sobre el futuro de la ciudad que sea compartida por las gentes. La próxima campaña electoral es un buen momento para proponer la talla, el estilo y la calidad del nuevo traje. Los resultados electorales alegrarán a unos y llenarán de contrariedad a otros, pero lo fundamental es que determinarán quien procede a la demolición de las murallas de la vieja ciudad y levanta el plano de la nueva. Quien, en definitiva, promueve el primer ensanche del nuevo siglo. Por eso creo que son unas elecciones importantes y que quien las gane se enfrentará a tiempos exigentes y prometedores.
Posted by Alberto Lafuente on at 12:42 PM in La temperatura de la cueva | Enlace permanente
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