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Carteles Electorales
A lo largo de los próximos meses la política española va a cambiar de rostro. Pase lo que pase, el tiempo que viene borrará de los informativos la estampa de personajes tan señeros como Pujol, Arzalluz o Aznar. Además, es probable que se produzca la retirada del paisaje parlamentario de quienes, como Felipe González, quisieron posponerla tras la derrota electoral de 1996. Se va definitivamente la generación política de la transición y comienza a hacerlo la siguiente.
Las próximas elecciones generales enfrentarán por vez primera a los nuevos líderes de los principales partidos nacionales, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. Es una buena noticia para los españoles, pues, cualquiera que sea el resultado, recuperaremos el sosiego político que hurtó José María Aznar cuando empezó a ambicionar el gobierno de España. También, los enfrentarán por última vez: salvo empate, el perdedor concluirá la próxima legislatura aburrido en el escaño.
Habida cuenta del carácter económico de esta revista conviene hacer una precisión previa. Según las tesis más simples, el voto sería el premio o castigo a la evolución última de la economía y a las expectativas de orden económico. En consecuencia, la consideración del factor económico llevaría a vaticinar una victoria clara del PP. Sin embargo, como ha demostrado José María Maravall en “El Control de los Políticos”, la relación entre economía y voto en España es bastante más compleja, de manera que unos buenos resultados de la política económica pueden conducir a la derrota electoral. Cabe, por tanto, explorar otras avenidas.
Biografías
Las biografías de los dos candidatos guardan una similitud interesante: se asomaron al mundo de la política sin haber construido antes una carrera profesional, aunque hay que mencionar que Rajoy aprobó antes una oposición difícil, la de registrador. Resalto este extremo porque siendo casi inevitable en los años de la transición parece haberse consolidado después. Otra, igualmente interesante, es que se trata de políticos perfectamente previsibles. Nadie les atribuiría la capacidad suarista de dar un golpe de mano o la de poner la política al servicio de las grandes ambiciones para España, à la González.
En cuanto al estilo político de ambos, parece corresponder al de las zorras, con perdón y de acuerdo con la célebre taxonomía de Isaiah Berlin, quien rememorando uno de los fragmentos conservados del poeta Arquíloco (“Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”), proponía la distancia que separa a quienes razonan en torno a un único principio universal, ensamblador de sucesos minúsculos y ordenador de todos los acontecimientos a los que entienden que el todo es tumultuoso, inaprensible y que sólo cabe enfrentarse a lo particular. Me parece que la generación política entrante pertenece más a la tribu de las zorras que a la de los erizos, lo cual es acorde con el signo de los tiempos, que inclinan las preferencias de los ciudadanos hacia el éxito mediocre, renunciando así a la gran solución única de los problemas, inequívocamente fatal. Ese carácter viste de ironía a Mariano Rajoy y de parsimonia a Rodríguez Zapatero. Se admite, igualmente la hipótesis de que ambas presuntas virtudes responden sobre todo al miedo a perder o ganar las elecciones, respectivamente.
Empeños
Ambos líderes se enfrentan, por otra parte, a una decisión difícil: la conformación de sus equipos. La siguiente es una historia de primeros y segundos. Digamos que Rajoy pretende ganar las elecciones de la mano de los primeros de la época última, mientras que Rodríguez Zapatero se presenta al lado de los segundos de la antepenúltima, pues abundan en la Comisión Ejecutiva del PSOE jefes de gabinete, secretarios de grupo parlamentario, vocales asesores de ministerio o coordinadores de área del partido, casi todos ellos con un curriculum fechado en la memoria de gobierno del PSOE. En beneficio de Rodríguez Zapatero debe decirse que el equipo actual de gobierno de su partido se compara bien con el de 1981; sin embargo, su calidad palidece ante la del gobierno de 1982. En perjuicio de Mariano Rajoy, cabe señalar que se enfrenta a la difícil asignatura de conformar un equipo acorde a su estilo: sobran pues mayores orejas, ratos o cascos, y desde luego la expresión populista que anida en el PP de la mano de personajes del género Villalobos. Naturalmente, el cambio de rostro del PP sólo será posible en caso de victoria.
La memoria política de Rajoy deja algunos instantes de sabiduría, esfuerzo y apresuramiento. En cuanto a lo primero, la dirección de las crisis de las vacas locas y de las últimas campañas electorales; el Prestige, respecto de lo segundo; “sólo quieren hacerse una foto”, en las horas inmediatamente posteriores a la oferta de pacto antiterrorista por parte del PSOE, si nos queremos referir a lo tercero. Nada cabe decir de su ejecutoria en los ministerios de administraciones públicas o educación, salvo que ha hecho malos a sus sucesores. Lo del Ministerio de Interior no merece comentario: el ruido terrorista da lugar a que su desempeño no pueda ser escrutado en España.
Lo anterior apunta a que se trata de un corredor de fondo, no un sprinter. No ha habido muchos sprints en la historia de la joven democracia española: el de Suárez en las elecciones de 1979 y el de Felipe González en las de 1993. En consecuencia, se trata de una virtud poco frecuente. En cuanto a José Luis Rodríguez Zapatero, conviene concederle este mérito, pues ganó una carrera difícil, la que le llevó a ser secretario general de su partido, en el último minuto y de penalti. Antes se había distinguido por seguir la pista de la promesa electoral del PP, en 1996, de suprimir unos cuantos millares de altos cargos. La confrontación parlamentaria con Rajoy terminó como es habitual: la eliminación de las estadísticas publicadas por el Ministerio de Administraciones Públicas que se refieren al registro de altos cargos. Se acabó la rabia.
Derrotas
La carrera electoral enfrentará, pues, a un corredor de fondo, que parte con ventaja, a un mediofondista poco aficionado a los codazos de las curvas. El primero ha hecho gala de sabiduría electoral. No hace mucho dio a conocer una suerte de decálogo sobre cómo ganar las elecciones. Lo cierro a mi manera en dos mandamientos: no crees problemas donde no los hay y ofrece lo que viene solo. En cuanto al candidato del PSOE, parece decantarse por apostar por el esfuerzo último. En esta fecha, desconocemos si los candidatos optarán por centrar la campaña en el programa o en sí mismos, aunque da la impresión de que Rajoy optará por lo primero. Así, acaba de presentar las líneas programáticas de su política económica; no debe sorprender que uno de los tres pilares sea la mejora de la productividad y la inmersión en la sociedad del conocimiento. No debe sorprender, pues es idéntico a lo que viene predicando el PSOE. Y es que lo mejor que puede hacer el maillot amarillo es seguir de cerca la pista del segundo. No en vano Rajoy es aficionado al ciclismo. En lo que se refiere a Rodríguez Zapatero, cabe prever una campaña centrada en el programa, entre otras razones porque no va a tener la oportunidad de debatir por la televisión con Rajoy. Además, es probable que la economía no sea terreno buscado de confrontación por parte de Zapatero, aunque sí por Rajoy, lo que conduce al vaticinio de que disfrutaremos de una campaña electoral clásica: estado de bienestar versus crecimiento económico, con las adherencias del modelo de España y de la seguridad ciudadana.
Pero, quizá, el factor más determinante de los resultados de una convocatoria electoral sea la ambición. A posteriori siempre se comprueba que el perdedor ha hecho todo lo posible por perder: es lo que caracteriza a quienes temen la victoria. Es difícil saber qué género de miedo anida en el alma de Zapatero y Rajoy. Fíjense, sin embargo, en la gramática de sus gestos y en el rostro de sus partidarios. Queda dicho.
Publicado en La Actualidad Económica, diciembre de 2003
Posted by Alberto Lafuente on at 11:39 AM in Artículos recientes | Enlace permanente
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