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DIARIOS DE UN ECONOMISTA IV. Emociones electorales. La levedad del Secretario General

Joaquín Almunia dimitió. El PSOE convocó un congreso extraordinario. Escribí este inédito unas horas antes de la elección de secretario general. Me parecía que las reglas de votación propiciaban la designación de un nuevo secretario sin un apoyo mayoritario.

Sencillamente, me equivoqué. Puede más el instinto de supervivencia que el afán de poder.

Escrito en junio de 2000

Los delegados al próximo Congreso del PSOE (2000) tendrán que resolver un problema nada simple: ¿Cómo conseguir que las reglas de votación adoptadas para la elección del Secretario General permitan alcanzar el objetivo deseado: que el resultado de la votación sea satisfactorio para la mayoría de los delegados? Se puede asegurar que las reglas propuestas por la Comisión Política no son congruentes con este objetivo. Lo dice la razón.

Mayorías

La situación es la siguiente: cuatro candidatos se presentan a la elección de Secretario General del PSOE; presumiblemente, ninguno de los cuatro obtendrá más del 50% de los votos de los delegados. Nada extraño: es sabido que si el número de opciones en una decisión colectiva es elevado, pongamos que superior a dos o tres, es bastante probable que suceda este hecho. La consecuencia es que para la mayoría de los votantes el Secretario General elegido no constituirá la mejor opción.

La cuestión no es baladí. La teoría política y el análisis económico investigan desde hace dos siglos el diseño de reglas de voto, para que en circunstancias como las citadas el resultado de la votación sea consistente con las preferencias de la mayoría de los votantes. Una primera clase de procedimientos apunta al establecimiento de requisitos sobre mayorías y a la ponderación de las preferencias. En el primer caso, que es la regla propuesta por la Comisión Política, se considera ganador al candidato que ha obtenido más votos, aunque no alcance la mitad de los sufragios; en el segundo, los votantes deben expresar el orden de sus preferencias; después, se pondera con 4,3,2 ó 1 las opciones preferidas en 1º, 2º, 3º ó 4º lugar, si el número de candidatos es, por ejemplo, 4. Gana el candidato que obtiene más puntos o votos ponderados. Ninguno de los dos métodos resuelve el problema señalado. Supongamos que los candidatos A, B, C y D son preferidos en primera opción por, pongamos, el 26%, 25%, 25% y 24%, respectivamente. A sería el ganador, aunque bien podría suceder que el 74% de los votantes prefiriera B ó C a A.

La determinación de estas anomalías ha llevado a diseñar otras reglas de voto, precisamente, para que se alcancen las mayorías deseadas. Así, el Congreso podría emplear el método de El Gran Hermano o de descarte sucesivo. La eliminación de los candidatos conduce en la última etapa a que los votantes deban elegir entre dos opciones, con lo que se asegura que el ganador tiene más de la mitad de los votos. Lo malo es que el resultado puede ser bastante insatisfactorio. Como en los ejemplos anteriores, cabe que un candidato eliminado en las primeras votaciones sea preferido al ganador final. La elección a doble vuelta propuesta por algunos es una variante del Gran Hermano; con todo, cabe reconocer que el procedimiento ofrece ventajas estéticas con respecto a la mayoría simple: el ganador ha conseguido la mayoría absoluta en la última elección. Nadie se acordará de Nacho o Jorge cuando Iván o Ismael venzan en la última votación de El Gran Hermano. (Nadie se acuerda de nada)

Los Parlamentos suelen hacer frente al problema de las mayoría insatisfechas mediante la utilización de las Reglas de Robert. Se vota siempre entre dos opciones. En el caso que nos ocupa, ello llevaría a la celebración de una liga entre candidatos. El candidato que venciera al resto a través de las votaciones correspondientes disfrutaría de la mayoría requerida para ser declarado ganador. Lo malo es que si el número de opciones/candidatos y de votantes es elevado, tal procedimiento concluye en la peor de las paradojas: la mayoría cíclica. Es relativamente fácil demostrar que ningún candidato contará con la mayoría requerida. Supongamos el caso de 1001 electores y tres candidatos, A, B y C.

500 1 500
A C B
B A C
C B A

Los primeros 500 electores prefieren A a B, y B a C, y así sucesivamente para los otros quinientos electores y el elector. La celebración de esta liga, votación por pares, conduciría a que sendas mayorías preferirán A a B, B a C y C a A. Ningún candidato tendría la mayoría.

El análisis económico muestra que tales dificultades desaparecen si las preferencias de los votantes son unimodales. Si, por ejemplo, los votantes y los candidatos sitúan sus preferencias y sus posiciones políticas, respectivamente, en un eje izquierda-derecha, y además se produce alguna concentración de las preferencias en algún punto del eje, entonces el candidato ganador es el más próximo a ese punto. Las reglas de votación mencionadas anteriormente harán ganador al candidato más cercano al votante medio. Es posible que no cuente con mayoría, pero el resultado no será paradójico. Lo malo es que en el proceso electoral que nos ocupa, no se conoce la escala sobre la que los votantes definen sus preferencias y tampoco si la distribución de las mismas es unimodal. Por ponerse en la peor de las situaciones, cabe pensar que las preferencias se distribuyen de manera relativamente uniforme entre los candidatos; al menos, con la información disponible, no es absurdo sostener que la distribución no es unimodal. Como la Comisión Política ha recomendado a las delegaciones no pronunciarse sobre sus preferencias antes del Congreso, los candidatos no conocen la distribución de las mismas y, por tanto, no pueden ayudar a que el resultado de las elecciones sea satisfactorio para la mayoría.

Las cosas no podrían ir peor. Arrow demostró que en estas circunstancias no hay regla de votación que arroje un resultado satisfactorio . Sugirió, también, que no sería extraño que los votantes resolvieran el problema delegando en un individuo la designación del vencedor. La única manera de hacer frente al fallo de las reglas de voto elegidas es renunciando al derecho efectivo de sufragio.

Pactos

La literatura referida muestra que, en gran medida, la dificultad de conseguir resultados satisfactorios para la mayoría mediante el voto desaparece a través del intercambio de votos. Así se hace en los Parlamentos Supongamos que un determinado candidato desea muy intensamente formar parte de la futura Comisión Ejecutiva, y menos intensamente ganar la contienda electoral. Estará dispuesto a sacrificar lo segundo por lo primero. Si pacta con otro candidato cuyas preferencias son las alternativas, entonces ambos ganan respecto de la situación de no pacto; también ganan sus respectivos electores. El pacto es, por tanto, el mejor método para generar resultados satisfactorios para la mayoría en las democracias representativas cuando el número de opciones es elevado. Lo dejó escrito Lewis Carroll y lo han entendido Gaspar y Castells, que sí han pactado antes de la elección a la presidencia del FC Barcelona. No hay nada especialmente ético en la negación al pacto, sobre todo si lo que está en juego es alcanzar mayorías. Desde este punto de vista, no se entiende muy bien el rechazo de los candidatos respecto de este tipo de estrategias antes de la elección. La lógica de los hechos acabará imponiéndose en el Congreso y, por tanto, tampoco es baladí la cuestión de qué pactos se producirán.

De nuevo, el análisis económico acude en nuestra ayuda. Existen varias hipótesis explicativas de la formación de coaliciones. Las que me parecen más atinentes al hecho que nos ocupa proceden de Von Neumann y Morgenstern, Leiserson, y Axelrod. Los primeros señalaron que las coaliciones ganadoras no incluyen ningún candidato cuya aportación de votos no sea estrictamente precisa para ganar; el segundo estableció que sólo se formarán las condiciones con el menor número de candidatos, dos mejor que tres; el tercero probó que es improbable que un candidato que se sitúe en un extremo de la escala de preferencias (izquierda-derecha) forme parte de la coalición ganadora. Si lo anterior se aplica a nuestro caso, cabe prever dos posibles coaliciones ganadoras en la segunda vuelta del Congreso: la del más votado con el segundo, o con el tercero. Solamente en el caso de que el candidato más votado sintiera la necesidad de formar un equipo de dirección con más de, digamos, el 60% de los votos, la coalición ganadora estaría formada por tres candidatos. Lamentablemente, una negociación a tres es bastante más compleja que a dos; por tanto, no es absurdo prever que el esfuerzo para integrar al tercer candidato sea en parte fallido y que, en consecuencia, la mayoría alcanzada en la segunda votación no supere demasiado la suma de los votos de los dos primeros candidatos en la primera vuelta. Dicho en otros términos, el pacto posterior a la primera vuelta arrojará resultados bastante pobres en relación al caso de que se hubiera producido antes de la primera votación. De lo anterior se sigue que la elección de la Comisión Ejecutiva no resolverá el problema generado por la elección en vuelta única del Secretario General: déficit de legitimidad.

La paradoja es que la voluntad de introducir mecanismos electivos dentro del PSOE puede terminar en insatisfacción mayoritaria o convocatoria de providencias. El Secretario General lo tiene crudo si no se modifican las reglas de voto propuestas por la Comisión Política.


Posted by Alberto Lafuente on at 01:21 PM in II.1 Emociones electorales | Enlace permanente

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