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DIARIOS DE UN ECONOMISTA VI. Emociones electorales. Cuando se elige lo peor

Releo estas páginas cuando el presidente Aznar no ha manifestado todavía quién le sucederá. Las crónicas suelen pasar por alto en qué cometido. Por lo que parece, no será, al menos de forma inmediata, en la presidencia del PP; tampoco podría serlo (a no ser que las cosas cambien) en la presidencia del Gobierno (nuestro Gobierno no es hereditario).

Quería explicar cómo la rivalidad no siempre garantiza que el ganador sea el mejor. Sucede en política, pero también pasa en otros ámbitos sociales..

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2003

De entre las muchas situaciones absurdas que la política de nuestros días depara a los españoles no es la de más fácil discernimiento la determinación del candidato del PP para las próximas elecciones generales. No me voy a referir, claro está, a las viscosas declaraciones de los tres vicesecretarios generales de ese partido, quienes suman a este respecto los dos estados del alma humana: el ser y el no ser. Prefiero argumentar en favor de una tesis que debería merecer la atención de los analistas políticos: el candidato proclamado por el PP será el peor de los posibles. Dejo al cuidado del lector el significado de peor. Que yo sepa, la tesis en cuestión ha sido sostenida por gentes que hacen uso de la historia y de la psicología para vaticinar los futuros políticos. También, indirectamente, por Felipe González (ha apostado públicamente por Acebes), pero como últimamente el ex -presidente del gobierno suele ser muy parco en la exposición de las razones que le llevan a las conclusiones que defiende, no hay manera de comprobar la justeza de sus argumentaciones. En cuanto al uso de la historia, ciertas gentes creen que el modelo de ordenación política que tiene en la cabeza el todavía presidente del gobierno es el de la alternancia pactada entre los dos grandes partidos nacionales, que ya conoció España después de la primera restauración monárquica. Debo decir que mi confianza en la psicología, al menos a estos efectos, es limitada, por lo que ahorro al lector el dibujo de los vericuetos que conducirían al Sr. Aznar a designar un mal candidato. Sin duda, una vez más, es la economía la disciplina que ofrece una argumentación más trabada, aunque, para ser exactos, lo que aquí se va a decir viene de un matemático, Martin Gardner.

Supongamos un duelo a pistola que opone a tres contendientes, que llamaremos Mayor, Rato y Rajoy. Se decide al azar cuál de ellos dispara en primer lugar. Los disparos son consecutivos y de acuerdo con un orden también determinado al azar. La destreza de los contendientes es distinta. Supondremos que Rato no falla nunca, Mayor acierta el 80% de las veces y Rajoy el 50%. La asignación de tales destrezas a los tres tenores es irrelevante para la conclusión final. La pregunta a responder sería : ¿Quién sobrevivirá al duelo? ¿Quién será el ganador?. Imaginemos ahora que la suerte favorece a Rato, que disfruta de la posibilidad de disparar en primer lugar. ¿Contra quién lo hará?. Ciertamente contra Mayor, pues si apuntara a Rajoy, la probabilidad de sobrevivir al duelo se reduciría del 80% al 50%. Finalmente, el candidato más torpe tendría una probabilidad del 50% de salir victorioso del duelo. La última bala es suya. Pero es más, si correspondiera a Rajoy la fortuna de disparar en primer lugar, debería apuntar al aire, pues nada le conviene más que los candidatos aparentemente más diestros conserven sus vidas: ello les lleva al enfrentamiento mutuo y a la supervivencia del más débil, que es la suya. Martin Gardner estudió de manera exhaustiva todas las situaciones posibles en torno al caso, para concluir que la probabilidad de triunfo sería del 50% para Rajoy, 30% para Mayor y 20% para Rato. Los dioses parecen premiar a los más torpes. Conviene disimular la destreza.

Lo anterior es una fábula pobre de cosas que pasan todos los días. Por ejemplo, las competiciones deportivas que alumbran el éxito de un equipo mediocre, cuya victoria se ha fraguado en la guerra a muerte entre los equipos de mayor relumbrón; o la designación cansada de un candidato tapado cuando la madrugada alcanza y es la única manera de resolver un empate entre los candidatos que reunían más apoyos. Conviene ser la solución al problema.

Así pues, la apariencia de debilidad y el desinterés son armas cargadas de futuro. No es extraño, por tanto, que los candidatos a la candidatura a la presidencia del gobierno por parte del PP hagan mohines. En todo caso, el duelo se ha iniciado y conocemos el resultado: la designación del peor candidato (o de quien lo parezca). Sin embargo, los electores del PP no deben desconsolarse, ya que la economía también nos enseña que, en ocasiones y por otras razones, un mal candidato, desde el punto de vista de sus electores, puede ganar unas elecciones generales frente a un candidato ganador. Pero esta cuestión debe ser tratada en otros tiempos.

Posted by Alberto Lafuente on at 06:06 PM in II.1 Emociones electorales | Enlace permanente

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