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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XI. Recortes de legislatura. Astérix, en el 20-J

Me equivoqué: la primera de las declaraciones la hizo el ministro portavoz, a la sazón Pío Cabanillas, a las ocho de la mañana, al alba. Los telediarios de la televisión pública contribuyeron muy eficazmente al éxito político de la huelga. Empujaron a la gente a salir a la calle a manifestarse por la tarde

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en junio de 2002.

El próximo día 20-J escucharemos por la televisión dos declaraciones políticas importantes: la del secretario general del PP y la del Presidente del Gobierno. El primero dirá que la huelga general ha sido un fracaso; el segundo, que lo que ha sucedido desprestigia a España. Y, sin embargo, quiero demostrar que nos convendría a todos (sin excepción) la constatación de su éxito, con independencia del nivel de seguimiento o del aspecto de las fotografías del Paseo de la Castellana. Advierto que no utilizaré argumentos relativos a las razones formales de la huelga; una vez convocada, son irrelevantes.

Lo anterior obliga a echar un vistazo a las teorías sobre los conflictos sociales. Superada la tentación de desempolvar viejas lecturas, cabe adentrarse en los caminos más incómodos del análisis económico, que sin embargo ofrece una colección de buenas preguntas: ¿por qué, en ocasiones, los países grandes pierden guerras frente a naciones minúsculas? ¿Por qué la riqueza no constituye siempre refugio seguro frente a las amenazas? ¿ Por qué el gobierno del BOE palidece, de vez en cuando, frente a la protesta callejera? ¿Por qué, en fin, Astérix y los galos muestran una potencia extraña respecto de los romanos? Todo lo anterior tiene que ver con la denominada paradoja del poder, que tan bien ha alumbrado Jack Hirshleifer., futuro premio Nobel de economía, si todavía queda justicia.

En esencia, y ecuaciones aparte, la paradoja del poder (el ejemplo es mío) viene a señalar que el triunfo de Astérix sobre los romanos obedece a que los débiles están dispuestos a asignar una parte importante de su esfuerzo a la lucha, esto es, a arrancar una parte de la riqueza que los derechos de propiedad asignan a los poderosos. Estos, en cambio, prefieren dedicarse a la construcción del imperio. No vale la pena entablar un combate contra las moscas; es preferible ningunear al enemigo, aunque sea a costa de perder un poco de prosperidad, aunque sea a costa de pasar por tontos. La pócima mágica de Astérix es pues una metáfora de la socialdemocracia, esto es, de la redistribución de rentas en favor de los menesterosos. Se trata de un equilibrio relativamente satisfactorio para todos. Se trata, en definitiva, del Estado de Bienestar, financiado con un impuesto progresivo sobre la renta a cambio de que el conflicto social adopte formas no cruentas.

Pero las cosas no son lo que eran de un tiempo a esta parte. El mismo Hirshleifer ha demostrado que la naturaleza del conflicto es muy distinta si la tecnología del enfrentamiento permite que una de las partes produzca grandes daños a la otra. No es lo mismo una guerra de trincheras o una batalla cuerpo a cuerpo que la disposición de una técnica que permita arrasar al enemigo con un solo gesto. La primera clase de tecnologías tiende a producir empates sociales o, como se ha dicho antes, equilibrios socialdemócratas. La segunda, deriva hacia la sumisión de unos y al ejercicio ciego del poder por parte de otros. Para entendernos: el aniquilamiento de los sindicatos británicos por parte de la señora Thatcher en los años ochenta refleja una batalla dura; la huelga general de 1988 convocada en España ejemplifica la resolución de un conflicto cuando la tecnología del enfrentamiento es amable. Lo primero dio lugar a la muerte del viejo laborismo; lo segundo, a que los sindicatos españoles orientaran durante algunos años la estructura del gasto público.

No es el empeño lo que cuenta: si así fuera, el propósito del presidente del Gobierno (“no vamos a empatar, vamos a ganar”) despejaría cualquier duda. Mi interpretación del resultado analítico de Hirshleifer dice que el resultado final de la batalla depende mucho de la conflictividad que están dispuesto a soportar los generales y las retaguardias. La lectura de las memorias políticas de la señora Thatcher demuestra que su éxito tuvo bastante que ver con la postración del enemigo laborista y con la crisis de las finanzas públicas. Además, libró la batalla en su primer mandato; ni siquiera la patronal del Reino Unido pudo acompasar su voluntad de lucha. Ninguna de tales circunstancias se producen hoy en España. Adviértase que el vaticinio que cabe establecer sobre el efecto último de la huelga general es independiente de su éxito o fracaso reales. Probablemente, lo peor que puede suceder es esto último: daría lugar a una conflictividad más acentuada en los meses siguientes. A Obélix no le gusta perder. De todo lo anterior se sigue, pues, que nos conviene a todos que la huelga sea un éxito y que los generales romanos no pretendan dar sentido al último capítulo de su mandato mediante la insistencia, aunque no les guste la derrota.

Posted by Alberto Lafuente on at 07:06 PM in II.2 Recortes de legislatura | Enlace permanente

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Comentarios

es muy bueno pero no me gusto tanto
espero que hagan cosas enfocadas a los jovenes
ais tendra más bisita bueno me despido chaoooo
oooooooooooooo

Publicado por: roberto | junio 2, 2004 06:13 PM

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