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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XVII. Cuando la política acaba. El chiste más divertido del mundo.

Publicado previamente en Expansión, el 8 de noviembre de 2002.

Hace unos pocos meses el psicólogo británico Richard Wiseman quiso apoyar sus estudios sobre el humor humano con la creación de una base de datos sobre chistes. Solicitó para ello, con los auspicios de la British Association for the Advancement of Science, la cooperación de sus colegas a la que siguió la de varios miles de personas de todo el mundo. Hoy la base de datos ofrece algunos millares de chistes y también la valoración que merecen en una población importante de chisteadictos, así como las características personales de los mismos. Como cabía esperar, la orientación del sentido del humor no es universal. A los europeos les gustan los chistes que recrean situaciones absurdas; los norteamericanos prefieren los que ridiculizan caracteres humanos o personas. Los hombres se ríen sobre todo con los chistes agresivos; las mujeres prefieren los juegos de palabras.

En términos estadísticos, el chiste más divertido del mundo, o al menos el que recibió una mejor valoración de las personas que colaboraron en la construcción de la base de datos, es el siguiente. Dos amigos salen de caza. Uno de ellos sufre de repente un grave trastorno; cae en redondo y el color de su piel gana rápidamente un tono pálido. El otro hace uso de su teléfono móvil y pide auxilio. La telefonista le da instrucciones: “lo primero que tiene que hacer es asegurarse de que su amigo ha muerto”. Se oye un disparo y el cazador responde a la telefonista: “vale, y ahora ¿qué?”.

El chiste en cuestión retrata bien la tendencia de los hombres a resolver de manera pronta y eficaz las situaciones comprometidas, aunque sea a costa de disparar contra sus pies. Así deben verse las declaraciones recientes del presidente de la Comisión Europea sobre la racionalidad del Plan de Estabilidad, y de otros líderes europeos acerca de su vigencia, frente a la actitud bastante más sensata del responsable europeo de estos asuntos, Pedro Solbes. Y es que hay dos afirmaciones que admiten pocas dudas: la primera es que en ausencia de un marco institucional que propicie una política presupuestaria única, es imprescindible que los Estados miembros asociados al euro concierten y respeten algún límite de los déficits públicos; si no, el euro se sentará sobre una silla coja. La segunda dice que, probablemente, el diseño técnico del Pacto de Estabilidad es manifiestamente mejorable; prueba de ello es su fragilidad cuando han sobrevenido circunstancias económicas adversas. Llama la atención a este respecto que hayan sido las economías del euro de mayor tamaño (y responsabilidad) las que antes han mostrado su distancia respecto del Plan de Estabilidad. Urge pues el restablecimiento del crédito del Pacto, aunque sea a través de una reformulación explícita de sus criterios. De lo contrario, alguien tendrá la tentación de resolver sus problemas disparando sobre aquello que nos importa a todos: la reputación de la nueva moneda y de las instituciones políticas que le dan cobijo.

Posted by Alberto Lafuente on at 05:22 PM in II.3 Cuando la política acaba | Enlace permanente

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