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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XLIV. Economía y Política. Retrato de un Monopolista por un Radical.

El apartado quiere ser un corto recreo entre teorías y frescos de nuestro tiempo. El radical es Bertrand Russell (BR), el libro se titula Libertad y Organización, está escrito en 1934 y traducido al castellano por León Felipe (!!) en 1936 (Espasa Calpe). Recurrir a BR es casual pero no caprichoso: la caracterización del poder económico forma parte de una tradición radical que reúne a Sidney y Beatriz Webb, Rosa Luxemburgo, Henry George, Bohm-Bawerk, Galbraith, Sombart y BR, entre otros. Se prolonga en recuerdos como Baran y Sweezy y ofrece primeras formalizaciones en Dahl. Si aquí acogemos a BR es por tres razones: por radical, una perspectiva más, por traducido por León Felipe y porque denuncia/admira el poder económico.

“El radical que cree en la competencia está condenado a la derrota en cualquier lucha con las corporaciones modernas (...). Las organizaciones económicas en gran escala de los tiempos modernos son un resultado inevitable de la técnica, y la técnica tiende cada vez más a hacer inútil toda competencia. La solución para aquellos que no quieran ser oprimidos está en que estas organizaciones que otorgan el poder económico sean de propiedad pública (...). Mientras este poder esté en manos particulares, la igualdad aparente que confiere la democracia política no es más que un simulacro (...). Para conseguir esto se requiere una nueva filosofía popular, un nuevo servicio civil y una nueva inteligencia democrática”.

Comencemos por el retrato admirado de Rockefeller. Recuerda BR la educación dispensada por su padre:
“Yo engaño a mis hijos siempre que tengo ocasión. Quiero que salgan agudos. Comercio con ellos y los burlo. Y los castigo siempre que puedo. Quiero que salgan agudos”.

Más adelante, BR llama la atención sobre su austeridad, que le llevó a morir a los 95 años:
“No seáis joviales. Yo amo a mis semejantes y me inquieto por ellos. Pero no seáis joviales (...). Yo no puedo ser un camarada jovial. Todavía no he bebido un trago largo de whisky (...). Es equivocado suponer que los hombres de inmensa fortuna son siempre felices (...). El hombre que yo busco es el que vive para sus semejantes, el que vive abierto, desplegado, contento con su suerte y tratando de hacer todo el bien que pueda a los demás”.

Ahorramos al lector los avatares del primer millón de dólares. BR nos sitúa a Rockefeller al frente de una compañía de refino, Standard Oil Company; allí, asocia la compañía con refinerías competidoras de Filadelfia, Nueva York y Pittsburg. Sobre esta base, suscribe un contrato con compañías de ferrocarril, entonces no había oleoductos de larga distancia, que le permite un transporte más económico y, sobre todo, tener conocimiento de las políticas comerciales de las refinerías competidoras. Obtenido el control del monopolio natural ofrece a los competidores adquirir sus empresas a su verdadero valor.

“Tomad acciones de la Standard Oil y vuestras familias no conocerán nunca la miseria (...). Yo tengo medios de hacer dinero, de los cuales vosotros no sabéis nada”.

No le faltaban enemigos a Rockefeller. Los más temibles no eran los competidores: su interés no era distinto del que inspiraba a nuestro personaje; eso sí, a los ineficientes los arruinaba mediante guerras de precios. Cuando los refineros independientes quisieron construir una alternativa de transporte, Rockefeller respondió con la violencia: los empleados del ferrocarril colocaron un cañón en un lugar llamado Hancock; lo dispararon y resonaron las ventanas en muchas millas a la redonda. Dice el relato del suceso:
“Estos enemigos de la competencia estaban listos para matar, aún cuando sus derechos eran muy dudosos, y no podía esperarse que les defendiese la justicia si ocurriera alguna desgracia”.

Claro está, la Standard Oil se quedó con el oleoducto construido por los refineros independientes.
Tampoco fue enemigo el Congreso. Es cierto que, a instancias de los ciudadanos temerosos de los monopolios, se aprobó el decreto Sherman de 1890 contra los trusts, para evitar los males de los monopolios. Sin embargo, la Corte Suprema falló posteriormente que el decreto no podía aplicarse a las grandes corporaciones, aunque sí a las sociedades obreras; sobre la base del mismo cabía encarcelar a sus líderes. No le fue mejor a un líder socialista, llamado Eugene V. Debs, que terminó en la cárcel después de bastantes años de denuncia de las tropelías de Rockefeller.

Dejamos el relato aquí, aunque imaginemos al lector socialista ávido de nuevos episodios de la Standard Oil, quizá tan espantado como el propio BR. Sólo añadiremos dos noticias. La primera se refiera a una característica sustantiva del ejercicio del poder económico: el secreto. Contemplemos a Rockefeller negociando:
“Este contrato se hizo y ejecutó con todos los ritos secretos peculiares en los negocios de Rockefeller (...). El contrato se firmó de noche, en casa de Rockefeller (...), donde él exigió a todos los caballeros que no debían decir nada sobre el nuevo convenio ni aún a sus esposas, y que si ganaban dinero debían ocultarlo; que no hiciesen nada que llevase sospechas a la gente de que estaban obteniendo grandes ganancias en la refinería de petróleo. Esto incitaría a la competencia (...). Únicamente los contrabandistas y los ladrones rodeaban sus operaciones de más misterio.

Atención particular merece la relación entre el monopolista y el político enemigo del abuso de poder. Está descrita magistralmente por Adam Smith.

“Aquel miembro del Parlamento que apoye cualquier propuesta para reforzar (un) monopolio adquirirá no sólo la reputación de comprender los asuntos del comercio, sino una gran popularidad e influencia (...). Si, por el contrario, se opone a ellos y, más aún, si tiene autoridad suficiente para desbaratar sus propósitos, ni la probidad más reconocida, ni el rango más alto, ni los mayores servicios a la comunidad, pueden protegerle del abuso y la detracción más infame, de los insultos personales y, a veces, del peligro real procedente del odio insolente de monopolistas furiosos y frustrados”.

Volvamos, brevemente, a BR para continuar la excursión literaria. Ya no es un economista quien habla; es el propio Rockefeller quien juzga a un político radical, Roosevelt.

“Un hombre tan ocupado no puede tener siempre razón. Todos estamos sujetos a equivocarnos alguna vez. Creo que no siempre se ven claramente todos los lados de un problema. Alguna vez yo hubiese querido que fuese más justo. No quiere decir que sea conscientemente injusto. Frecuentemente está mal informado”.

El radicalismo de BR es consecuencia, en este caso, de la voluntad de articular marcos públicos compatibles con los valores democráticos clásicos, por ejemplo, la libertad, y el escepticismo respecto de la capacidad de las instituciones democráticas para hacer frente a dos compañeros de viaje: la técnica (tecnología) y evolución natural de la economía, y los monopolios. Así es, cuando cita a otro monopolista coetáneo de Rockefeller, Vanderbilt:
“No creo que mediante una ley pueda usted refrenar a tales hombres. Imposible. Estos hombres vencerán siempre”. (Hasta aquí Vanderbilt). Añade BR: “Tal era la oposición de Vanderbilt; y dentro de la estructura del sistema capitalista así es, en efecto”.

La afirmación de existencia de un conflicto entre competencia y progreso técnico y económico es recurrente en la literatura económica que se ha ocupado del poder. Pocos años después de BR, Schumpeter detallaba con precisión lo que hasta entonces había sido una intuición. En Capitalismo, Socialismo y Democracia, Schumpeter, que contempla ante sus ojos una economía similar a la analizada por BR, establece que la “nueva” competencia no se corresponde con el patrón clásico de mercado competitivo, donde la rivalidad tiene lugar en el terreno de los precios. La rivalidad schumpeteriana se desarrolla a través de innovaciones de producto, tecnológicas y organizacionales. Tal genero de competencia “exige” niveles de concentración sectorial elevados, que permitan la apropiación de resultados (beneficios) ligados al esfuerzo innovador desplegado por el monopolio/oligopolio. El crecimiento económico, en fin, se sustenta en el progreso técnico, el cual exige a su vez que se produzcan imperfecciones de la competencia tradicional, es decir, poder de mercado y limitaciones de la competencia.

Pocos años después, 1952, otro radical, Galbraith, vulgariza a Schumpeter en su American Capitalism, renueva el concepto de competencia situándolo en el ámbito de los mecanismos de compensación y de los grupos de interés enfrentados; todo ello para salvar el dilema radical entre progreso económico y técnico y democracia política.

Curiosamente, la práctica política de izquierdas sigue siendo cautiva de tal dilema, quizá porque es deudora del pensamiento radical más tradicional. La concentración del poder económico pone en peligro valores clásicos como la libertad y la igualdad, pero, sin embargo, es consecuencia directa de factores que no están bajo el control del poder político formal, por ejemplo, la globalización y el avance técnico, que sustentan el crecimiento económico y el progreso.

Tal práctica, sin embargo, tiende a ignorar lo que hoy constituye la mejor conclusión de los innumerables análisis sobre competitividad internacional de las naciones, orígenes de la eficiencia empresarial, o procesos desencadenantes de la innovación. A pesar de B.R., Schumpeter o Galbraith, y gracias a Arrow, hoy sabemos que la existencia de competencia efectiva, es decir, la represión del poder de mercado y del monopolio constituye la condición indispensable para que nazca la innovación, el progreso técnico, la competitividad empresarial y el crecimiento económico. No es necesario elegir entre libertad y organización. No hay dilema entre Estado garante de derechos y mercado.

Si esto es así es porque, en el límite, un monopolio no tiene apenas incentivos (interés) en generar progreso técnico; cualquier cambio de las reglas del juego de su mercado puede dañar su posición de dominio. Lo contrario sucede en el caso de una empresa que desarrolla sus actividades en un mercado competitivo; la mejor manera de huir de la lucha competitiva reside en adquirir alguna superioridad incontestable frente a las empresas rivales; ello suele ser el resultado de la introducción de algún tipo de innovación: de producto, proceso u organizacional. En el monopolio, la consecuencia de la innovación es seguir igual; en la competencia, obtener beneficios más elevados. El incentivo es, pues, más poderoso en la segunda que en el primero.

Se ha argüido que la existencia de algún grado de poder de mercado garantiza la apropiabilidad de la innovación; el argumento sólo se sostiene en ausencia de un derecho asentado de la propiedad industrial e intelectual. En todo caso, se opone a la evidencia de que la rentabilidad social de la innovación está ligada a la difusión de conocimientos, es decir, a los límites de esa propiedad. No hay razones sólidas que permitan relacionar la intensidad del progreso técnico con condiciones necesarias ligadas a la imperfección competitiva de los mercados. Sí las hay, sin embargo, para concluir que sin rivalidad entre las empresas no hay estímulo y, por tanto, tampoco generación de conocimientos y tecnologías y, en consecuencia, crecimiento económico a largo plazo.

Posted by Alberto Lafuente on at 09:32 PM in IV.2 Economía y política | Enlace permanente

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