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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LIX. ¿Qué necesitamos para ser ricos? ¿Cómo va España?

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.

De vez en cuando conviene salir al paso de la críticas a la calidad de la política española. No porque sean injustas, que no suelen serlo, sino porque pecan de los mismos males que objetan; entre otros, el tremendismo. Cabe a este respecto echar mano de recuerdos personales o, alternativamente, prestar atención a cómo nos ven por ahí fuera. Tal perspectiva puede estar desenfocada, pero goza de la virtud de la relevancia: influye sobre las decisiones de inversión directa de empresas extranjeras en nuestro país y, en general, del grado de atracción que la sociedad española ejerce sobre la economía internacional. En definitiva, alumbra bien los aspectos más brillantes u oscuros de la reputación económica nacional.

Pues bien, el World Economic Forum presenta todos los años una clasificación de un buen puñado de naciones de acuerdo con su competitividad internacional, es decir, en función de su capacidad de crecimiento a medio y largo plazo. La medida de la competitividad se alimenta de las opiniones de expertos, directivos de empresas multinacionales, además de la valoración de datos estadísticos. La clasificación en cuestión goza de bastante crédito entre quienes se ocupan de saber cómo va el mundo y sus países, esto es, analistas de inversiones y funcionarios de organizaciones multilaterales. El último informe de World Economic Forum proporciona algunas evidencias interesantes referidas a España. Por ejemplo, el crecimiento último de la economía española ) nos sitúa en un honorable 17º lugar; sin embargo, la valoración de su competitividad actual y futura nos llevaría hasta el puesto 22º. Dicho en otros términos, el futuro económico de España va a ser un poco peor que el pasado reciente; tal efecto puede ser valorado indirectamente en un menor crecimiento anual algo superior al 0,5% anual, cifra que habrá que detraer a la diferencia entre la evolución de la economía internacional y la de nuestro país.

Pero quizá, el interés mayor del informe reside en que aporta un diagnóstico de los males de la economía española en términos poco visitados por los focos españoles de opinión económica. Por sintetizar: el hecho de pertenecer a la Unión Europea nos permite alcanzar el puesto 15º en la clasificación de estabilidad económica, tan buena para la economía. Sin embargo, la valoración de la tecnología empleada por las empresas españolas nos empuja hasta el puesto 24º del concierto de países, aunque donde parece que tenemos más problemas es en la apreciación de la instituciones públicas españolas, que nos lleva hasta el lugar 26º. El informe citado permite desentrañar la razones de tan escasa valoración. Citaré dos: la desconfianza del World Economic Forum respecto de la administración española de justicia (ocupamos el puesto 46º del mundo) y también respecto de la neutralidad y transparencia de las administraciones públicas en la gestión de los contratos y compras públicas, cuya valoración nos deja en un puesto similar.

Este último extremo permite subrayar la importancia de las noticias relativas a presuntos comportamientos desviados de nuestras administraciones públicas: cuestan mucho más a todos de lo que aprovechan a algunos. Las sospechas de favoritismo de las administraciones es un repelente eficacísimo contra la instalación en España de empresas de otros lugares, especialmente en los ámbitos económicos donde el Estado, en todas sus instancias, tiene la facultad de condicionar el juego de la economía. Conviene recordar además que, más o menos, la mitad del gasto público español es decidido por las administraciones regionales y locales, por lo que, al menos a este respecto, éstas tienen responsabilidades mayores en la imagen exterior de la economía española.

Se equivocan quienes creen que siempre ha sido así. No lo es: hace unos pocos años nuestra clasificación era mucho peor; incluso era inexistente. Hoy, a pesar de todo, contamos con un entramado institucional comparable formalmente al de los países más desarrollados. Por decirlo de manera breve: los mercados de valores españoles eran trampas para incautos, el favoritismo de las administraciones públicas constituía la regla, invertir en España era ante todo un ejercicio de captura del Estado. La asociación de España al proyecto de construcción europea limitó considerablemente la discrecionalidad del Estado. Sin embargo, algo debe estar sucediendo últimamente para que nuestra posición en el ranking del World Economic Forum empeore, especialmente en lo que depende de nosotros: la calidad de las instituciones públicas. Para mí que este fenómeno puede responder a la administración masiva en la sociedad española de uno de los más poderosos narcotizantes: “todo va bien” (ponga el lector en “todo” la instancia territorial que estime oportuna), es decir, la autocomplacencia, pase lo que pase. Y, claro, lo que ha sucedido al fin es que hemos despertado del sueño cuando el chapapote nos llega ya a las rodillas.

Posted by Alberto Lafuente on at 06:18 PM in IV.4 ¿Qué necesitamos para ser ricos? | Enlace permanente

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