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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XLV. Economía y Política. Historias Ejemplares.

Microsoft domina de manera abrumadora el mercado mundial de sistemas operativos. La empresa fue acusada por sus competidores de práctica contrarias a la competencia. Bush ganó y el asunto Microsoft quedó enterrado. Acerté. No era difícil.

Quería poner de manifiesto que, en Estados Unidos, la concentración de poder económico es sospechosa. No porque perjudique a los consumidores, que sí, sino sobre todo porque puede dañar a la democracia.

Publicado previamente en El País, en 2001.

Sin duda, uno de los manuales de estrategia empresarial más sugerentes entre los publicados recientemente es el compendio de hechos probados por el juez Thomas Penfield Jackson sobre el proceso Estados Unidos contra Microsoft. El fallo condenatorio subsiguiente considera que la empresa de Bill Gates ha violado las secciones primera y segunda de la Ley Sherman. No cabe que una empresa que disfruta de poder de mercado haga uso del mismo limitando la competencia de otras empresas; tampoco cabe según las reglas de la libertad económica que una empresa saque provecho de la circunstancia citada, el poder de mercado, para restringir la competencia en otros mercados mediante la exigencia de la compra exclusiva de sus productos, o a través de ventas ligadas. La sección segunda de la Ley Sherman prohíbe que los monopolios impidan la competencia; la primera, que los monopolios extiendan su poder a otros mercados de manera indebida.

Los capitanes de la industria.

El juez Thomas Penfield Jackson nos ha recordado que el sueño del empresario ingenioso es perpetuar el rendimiento de sus ideas, impidiendo que surjan mejores; sobre esta base, es fácil imponer sus productos en otros mercados como si fueran únicos. Pero, quizá, la mejor contribución del juez reside en la descripción de las prácticas limitativas de la competencia por parte de un monopolio. Ello invita a rescatar del pasado a los capitanes de la industria americana en otro período histórico de globalización económica, el que transcurrió entre 1870 y 1913, que como el de nuestros días fue fértil en episodios de concentración empresarial. Sin ánimo de construir vidas paralelas, es inevitable recordar que el éxito empresarial de J.Rockefeller y la Standard Oil consistió en eliminar cualquier posibilidad de competencia por parte de los refineros independientes mediante guerras de precios y la exclusividad del transporte por ferrocarril de sus productos; el éxito patrimonial de Carnegie residió en su contribución a la formación del monopolio de acero, United States Steel Corporation, lo que le convirtió en el hombre más rico de la época; el éxito personal de J. P. Morgan resultó de la confianza depositada por un sinfín de pequeños inversores. Podemos encontrar las mismas claves en el capitán de la nueva economía, B. Gates. Microsoft luchó, dice Jackson, para evitar que las tecnologías de middleware propiciaran el desarrollo de aplicaciones multiplataforma; amenazó a los fabricantes de PC’s para favorecer su producto, Internet Explorer, en contra del competidor, Netscape Navigator; castigó a los consumidores que optaron por este navegador mediante la introducción de incompatibilidades técnicas entre Windows y el navegador competidor; disfrutó, sin embargo, de la confianza ciega y de la admiración de una buena parte de sus clientes cautivos.

La confección de la galería de raros exige la presencia de dos protagonistas principales: ayer T. Roosevelt; hoy, B.Clinton. El primero se enfrentó con más voluntad que eficacia a la formación de monopolios en la economía americana. Mereció la displicencia por parte de Rockefeller: “un hombre tan ocupado no puede tener siempre razón (...) No quiero decir que sea conscientemente injusto. Frecuentemente está mal informado”. "Votaría incluso al candidato demócrata con tal de arrojar a este hombre fuera de la Casa Blanca", repetía Morgan con ocasión de la aplicación de la Ley Sherman a The Northern Securities Company, formada por Morgan y Hill para dominar los ferrocarriles del Noroeste. El asunto llegó al Tribunal Supremo, quien con una celeridad insólita, parece que empujada por el propio Roosevelt, ordenó la disolución de la empresa. El segundo, Clinton, ha visto correspondida su preocupación por la vigencia de las reglas de la competencia con una respuesta igualmente displicente: “la intromisión del Gobierno (...) dañará a los consumidores y dificultará el uso de los ordenadores” (Nota de prensa de Microsoft). Gates lo tiene más fácil que Morgan: Clinton termina su segundo mandato; si gana Bush, las cosas le irán mejor.

El abuso de la virtud

Es cierto que las crónicas judiciales de los capitanes de la industria registran múltiples y variados actos de bandidaje anticompetitivo; también lo es, sin embargo, que Rockefeller dio un impulso decisivo a la disponibilidad de una nueva energía primaria, el petróleo; además, entendió y explotó el vínculo tecnológico entre el refino y la logística del transporte a larga distancia. Fueron méritos de A.Carnegie la adopción de la nueva tecnología siderúrgica de Bessemer, y el entendimiento de las ventajas de la integración vertical en el sector del acero. Por su parte J.P. Morgan estableció las bases de la banca de negocios moderna. Gates ha sido protagonista principal del nacimiento y desarrollo de las nuevas tecnología de la información. Una catecismo civil de la época de los capitanes anteriores decía: “¿Quién hizo el mundo, niño?”. Respuesta: “Dios hizo el mundo en el año 4004 antes de Jesucristo; pero en 1901 lo reorganizaron J.J. J. Hill, J.P. Morgan y J.D. Rockefeller”. Aunque la primera afirmación está hoy sujeta a revisión, nadie duda que los empresarios citados han contribuido de manera decisiva a configurar sectores impulsores del crecimiento económica: ayer, las industrias básicas y la banca; hoy, las tecnologías de la información. Sucede, sin embargo, que virtudes y abusos no suman: son magnitudes heterogéneas.

Con una cierta cadencia, la historia americana de los negocios regala al mundo encontronazos entre empresas que disfrutan de posiciones indiscutible de liderazgo empresarial y tecnológico y el Departamento de Justicia con motivo de la violación de la Ley Sherman. Empresas como la citada Standard Oil, ATT, Kodak, Du Pont de Nemour, IBM o ahora Microsoft han debido dar cuentas de sus prácticas entorpecedoras de la competencia. Quizá la consecuencia más importante de estos episodios judiciales se inscribe en el ámbito educativo. Los ciudadanos del resto del mundo aprendemos que no cabe prohibir el poder: sería tan necio como pretender erradicar la inteligencia. Si cabe, sin embargo, impedir que el poder quiera perpetuarse mediante la limitación de la libertad. Este principio también rige en economía.

Posted by Alberto Lafuente on at 11:50 PM in IV.2 Economía y política | Enlace permanente

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