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02/08/2004

DIARIOS DE UN ECONOMISTA XLVII. Mercado y competencia. El Mercado Único Europeo.

Publicado previamente en Expansión, en 2002.

Sin duda, la iniciativa europea más importante de los últimos veinte años en favor de la competencia en Europa ha sido el Acta Única, que entró formalmente en vigor en 1987 y que dio lugar a un ambicioso Programa de acciones orientadas al supresión de obstáculos a la circulación de bienes y servicios, y a la libertad de establecimiento. Lo cierto es que la estrategia dibujada en aquellos años muestra síntomas de agotamiento, a pesar de la voluntad política de reanimar el empeño. Todas las evidencias sugieren que no se han logrado avances significativos estos últimos tiempos. Así, a pesar de que en los últimos treinta años los oferentes nacionales de la Unión Europea han sufrido una disminución de sus cuotas de mercado en beneficio de oferentes de otros países de la Unión o de países terceros, la tendencia no se ha reforzado desde la culminación del Programa del Mercado Interior, especialmente en el caso de los países de mayor tamaño. En general, el Programa no ha eliminado las distorsiones derivadas de la existencia de fronteras, al menos en la proporción esperada.

El análisis comparado de la fragmentación nacional de los mercados europeos y del nivel de integración de los mismos mercados dentro de cada Estado-miembros permite valorar la importancia económica de las fronteras. Algunos estudios recientes ofrecen evidencias de interés sobre el efecto de las fronteras en la configuración de los flujos comerciales, tanto entre Estados Unidos y Canadá como entre los Estados- miembros de la Unión Europea. Así, se sabe que los flujos comerciales entre las provincias canadienses son entre 10 y 20 veces superiores a los que vinculan esas provincias con los estados de Estados Unidos.

La estimación del factor frontera se basa, naturalmente, en el control previo de las distancias geográficas, que presumiblemente determinan los costes de transporte y de obtención de información, y que por tanto podrían explicar la desviación de comercio hacia el mercado nacional. Helliwell concluye que el efecto frontera también es significativo entre los países de la Unión Europea, aunque su magnitud es notablemente menor. El efecto se estima en 6,5 veces, reduciéndose hasta 3,7 si el análisis se realiza sobre unidades geográficas que comparten un mismo idioma.

Otros indicadores de integración prestan atención a la dispersión espacial de precios en el seno de la Unión. En un mercado integrado rige la ley del precio único; en ausencia de costes de transporte, la competencia asegura que en cada momento todas las transacciones de un determinado mercado se realicen a un precio similar. Los estudios de dispersión de precios consisten, básicamente, en la comparación de los precios de determinados bienes de consumo (marcas) en una muestra de ciudades europeas. Estos estudios constatan que existen diferencias sistemáticas entre países, que superan las registradas en el seno de cada Estado- miembro. En este sentido, un análisis reciente de Serres, Hoeller y Maisonneuve , basado en una muestra de precios de productos manufacturados, observados en un número amplio de ciudades de 11 Estados- miembros, demuestra que las diferencias de precios entre Estados son, en promedio, un 20-25% más elevadas que las diferencias intranacionales. Esta estimación resulta después de haber eliminado los efectos de la distancia geográfica y de las características de las ciudades donde se hicieron las tomas de precios.

Desde una perspectiva más amplia, hay evidencias sólidas de que, en un conjunto amplio de productos de consumo, especialmente de alto valor, las empresas adaptan sus precios a las peculiaridades de los diferentes mercados nacionales. Naturalmente, ello es posible por la existencia de barreras comerciales y de restricciones verticales que afectan a los canales de distribución. A este respecto, la dispersión internacional de precios en el seno de la Unión Europea apenas descendió en el período 1993-98, lo que demuestra una cierta fatiga del proceso de convergencia económica, si bien es cierto que algunas evidencias apuntan a una recuperación de la tendencia histórica en los dos últimos años. El hecho de que la dispersión internacional de precios duplique la dispersión intranacional ofrece oportunidades obvias para mejorar el funcionamiento de la economía. La aceleración del proceso de convergencia de precios hacia los niveles más bajos registrados hoy propiciaría, de acuerdo con algunos análisis , una disminución de los precios en torno a un 3% a lo largo de los próximos cinco años en la zona euro, y un porcentaje algo superior en la Unión Europea.

La Comisión Europea valoró, en 1997, el grado y ritmo de consecución de los objetivos contemplados en el Programa del Mercado Único. En primer lugar, el Programa se había desarrollado con un ritmo inferior al esperado; desde luego, no está hoy en pleno vigor, ocho años después de la fecha prevista. En segundo lugar, la traducción política de las iniciativas técnicas, que exige el trámite del Consejo de Ministros de la Unión, ha desnaturalizado una buena parte de las mismas, en bastantes ocasiones por la necesidad de alcanzar las mayorías políticas requeridas. Finalmente, los Estados-miembros han venido aprobando, al margen del Programa, iniciativas que suponen el establecimiento de nuevas restricciones a la actividad económica, en ocasiones con el amparo (forzado) de la Comisión Europea. No debe extrañar, en consecuencia, que el descontento llevara, en 1997, a la adopción del Plan de Acción para el Mercado Único (PAMU), y en 1999 a la propuesta de una nueva Estrategia para el Mercado Interior con el propósito común de mantener vivo el empeño político del Acta Única. Está previsto proceder a un balance de la Estrategia en la presidencia española, que deberá ser negativo. Quizá sea también la ocasión de alcanzar el acuerdo político exigido para su relanzamiento.

Así, parece imprescindible la adopción de decisiones relativas a la apertura de los mercados públicos nacionales, que constituyen el 14% del PIB comunitario, la homogeneización de los impuestos especiales, la recuperación efectiva del principio de reconocimiento mutuo en cuanto a las normas técnicas, la materialización del mercado único de los servicios financieros o una nueva consideración de las acuerdos verticales entre empresas, como acaba de hacerse con el sector del automóvil.

Es cierto, sin embargo, que la situación actual de parálisis del Mercado Único podría verse modificada como consecuencia del deterioro de las expectativas económicas en la zona euro. La desaceleración económica y las limitaciones de las políticas macroeconómicas , por ejemplo del Programa de Estabilidad Fiscal de la Zona Euro, quizá den lugar a un nuevo impulso a la adopción de reformas estructurales orientadas a la profundización del Mercado Único y a la extensión de las reglas de la competencia. Por ahora, es más una necesidad que una previsión fundada.

Posted by Alberto Lafuente on 02/08/2004 at 12:49 PM in IV.3 Mercado y competencia | Enlace permanente

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