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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XX. El 11-S. La Economía de Armagedón.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2001.

El entendimiento de las consecuencias políticas de los atentados terroristas sobre la sociedad americana requiere despojarse de los hábitos propios de un cínico europeo y vestir la túnica de los americanos creyentes. Probablemente, la referencia mítica más citada por las cadenas de televisión de Nueva York a lo largo del 11 de septiembre fue Armagedón, lugar donde dice el Apocalipsis de Juan tendrá lugar la gran batalla catastrófica librada por Dios omnipotente . A lo largo de sus mandatos, Ronald Reagan solía hacer uso de la voz revelada: “ por primera vez en la historia, todo está en su sitio para la batalla de Argamedón" o “no es inminente Armagedón”, en función de los ritmos pedidos por el electorado americano. George W. Bush se ha referido más discretamente al diablo.

En cuanto a la economía, la valoración del impacto de las catástrofes no cuenta con una larga tradición entre los economistas atentos al mundo. Si nos referimos a la economía de Estados Unidos, sin embargo, cabe recordar algunos estudios que se han ocupado de valorar en términos de PIB, el coste económico de dos tipos de catástrofes. En promedio, el coste de los mayores tifones apenas alcanza el 0,08% del PIB de la economía americana, cifra muy inferior al error de medición de esta variable económica. Por otra parte, la mayor crisis padecida por la economía americana a lo largo del siglo XX, la gran depresión de 1929, facturó el 25% del PIB de la época. De lo anterior se deduce que las catástrofes más costosas no son las naturales, sino más bien las que resultan de la conducta de los hombres, aunque no disfruten del carácter destructor de las primeras. Me da la impresión de que los actos terroristas corresponden al género de la catástrofe natural por su apariencia, y al de la catástrofe humana por su origen. De aquí la dificultad de hacer vaticinios y la conveniencia de prestar más atención a las consecuencias sociales y políticas que a las económicas más inmediatas.

No sé de muchos científicos que se hayan ocupado del origen y consecuencias de Armagedón. Entre los no científicos, las contribuciones más esclarecedoras han sido escritas por Gore Vidal. También, Juan Aranzadi se ha ocupado recientemente de explicar el milenarismo americano en su obra "El Escudo de Arquíloco". Me viene a la memoria un breve escrito de Stephen Jay Gould, autoridad reconocida en dinámica evolutiva y científico liberal, publicado en 1999 en The Times Higher Education Supplement. Brevemente: Gould nos recuerda que en el primer cambio de milenio de la era cristiana, Europa (occidente) temió todas las profecías sangrientas asociadas a Armagedón; también señala que la expresión del miedo colectivo en el segundo cambio de milenio de la era cristiana registraba, en la fecha, niveles comparativamente pueriles: el efecto 2000 de los ordenadores. De ahí concluía, con satisfacción, la levedad progresiva del milenarismo. Estaba equivocado.

Pero, lo más importante del escrito de Gould es que formula de manera sintética la lógica de la dinámica evolutiva de la sociedad humana: la tecnología y la conducta humana interaccionan de manera extraña. Un sistema complejo puede ser destruido en una fracción ínfima del tiempo que fue necesario para su construcción: un incendio destruyó un milenio de conocimiento acumulado en la Biblioteca de Alejandría; el último moa de Nueva Zelanda pereció de un disparo o de un golpe de un ser humano, aunque fuera el resultado de la evolución de un millón de años. La discordancia entre el progreso de la técnica y la natural ausencia de acumulación de capital moral es el motor de la inestabilidad, que se expresa en décimas de tiempo secular. Los cambios no son graduales, sino explosivos. La naturaleza da saltos.

La reflexión de Gould ilumina lo que todos sabemos: un acto humano concebido en un lugar apartado del planeta social puede generar grandes alteraciones, en virtud de la técnica que nos hemos dado. Es la otra cara de la globalización. Así, un estudiante filipino de informática puede infectar todos los ordenadores del planeta, de la misma manera que un rumor de origen desconocido puede convertirse en creencia universal. La técnica de nuestros días multiplica los efectos externos de nuestros actos. Curiosamente, la gestión de la brecha que separa el progreso técnico y la moral de los hombres suele apuntar a la técnica o al envilecimiento. Como acaba de decir el vicepresidente Cheney, "puede que la CIA necesite algunos indeseables"; como está por venir, nada escapará, en principio, al escrutinio del ojo del Estado.

La triple referencia a Reagan, Armagedón y Gould no es caprichosa: alumbra la percepción milenarista de que nada va a ser igual después del 11 de septiembre. Basta con volver a vestir los hábitos de un cínico europeo, para concluir que los economistas del siglo XXI tendrán que suponer escenarios sociales integristas, que la libertad de pensamiento es un valor a la baja y que no hay otra meta posible que la victoria. Malos tiempos para los cínicos europeos. En cuanto a la economía, bastante dependerá del grado de despliegue del buen pragmatismo americano.

Posted by Alberto Lafuente on at 09:06 AM in III.1 El 11-S | Enlace permanente

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