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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXI. El 11-S. La Economía de Nuestra Guerra.

Publicado previamente en Expansión, el 10 de octubre de 2001.

Los economistas de hoy han querido valorar en términos económicos el impacto de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Digamos que el diagnóstico más compartido apunta a que los stocks de factores productivos (la base productiva) no han sufrido una modificación apreciable; en consecuencia, el impacto tendrá que ver sobre todo con el comportamiento del consumo privado, sensible como se sabe a la incertidumbre sobre la evolución de las rentas personales y familiares. Se tratará, por tanto, de una crisis de demanda. Está implícito en este planteamiento que, desde el punto de vista de la oferta, el impacto económico del 11 de septiembre está vinculado a la destrucción física de factores productivos: limitado y no muy relevante a juzgar por el efecto conocido de algunas catástrofes naturales. El juicio de los economistas, que se expresa de manera disciplente en términos de décimas de PIB, contrasta con los temores de los ciudadanos, el ritmo trepidante de los líderes internacionales y la atención prestada por los medios de comunicación. ¿Miopía de los economistas o conmoción social transitoria?. Me temo que el inicio de la guerra el pasado domingo, con el primer bombardeo sobre Afganistán, ha dado fecha de caducidad a los análisis económicos al uso.

Si recordamos crisis económicas pasadas, por ejemplo la primera crisis del petróleo, podremos concluir rápidamente que el alcance de un shock, en aquel caso el incremento de los precios del petróleo, tiene que ver bastante con la destrucción del valor económico de los activos, simplemente porque las nuevas condiciones derivadas del shock dan lugar a que algunos activos dejan de ser idóneos. Ya no sirven. En el ejemplo que nos ocupa, la súbita obsolescencia económica de un buen número de equipamientos productivos y de transporte se derivó de su intensidad en el consumo de energía. Pasó bastante tiempo para que se produjera su sustitución por nuevos equipamientos; el necesario para la generación y desarrollo de innovaciones tecnológicas ahorradoras de energía. Todo ello dio lugar a una disminución de las tasas de crecimiento de la productividad, que tardaron bastante en recuperar la tendencia anterior. Todavía recuerdo los análisis económicos de 1974, que señalaban que el retorno a la felicidad económica de los sesenta era cuestión de un par de trimestres.

En términos más generales, la destrucción de riqueza es apenas un reflejo del verdadero alcance de los cambios inducidos por una crisis: se produce un incremento significativo de los costes de mantenimiento del orden económico; los costes de organización de la sociedad crecen más que las cifras de negocios de las empresas; el Estado reaparece como máximo reparador del desorden. Como señaló hace bastantes años F. Ewald, el accidente humano es el origen principal del Estado de Bienestar.

A mi juicio, probablemente apresurado, el impacto económico de los atentados terroristas tiene que ver con tres dimensiones principales de la economía de mercado, ocultas tras la contabilidad nacional al uso: la aglomeración, la movilidad y la seguridad. La aglomeración espacial y organizacional de las transacciones económicas viene determinada por la explotación de los rendimientos de escala y de las economías de proximidad: es el origen de las ciudades y las empresas. La movilidad de capitales, mercancías e ideas está en relación con la tendencia natural a la extensión de los mercados y, en cierta manera, es la otra cara de la aglomeración. La seguridad constituye una condición necesaria para que se puedan realizar transacciones económicas; sin seguridad no hay economía de mercado. Pues bien, los procesos económicos que desarrollan tales dimensiones requieren el concurso de determinados activos: generan costes.
Así, no cabe duda de que una buena parte de las infraestructuras de transporte aéreo, es decir del soporte del nomadismo global, se adapta mal a las nuevas exigencias de seguridad, al igual que los equipamientos de defensa a las nuevas amenazas. En los aeropuertos actuales no cabe tanto tráfico con tanta seguridad.

El capital institucional internacional, es decir, los mecanismos de represión de la violencia y de concierto de intereses, parece haber envejecido prematuramente estos últimos días. Las nuevas instituciones, que tendrán que vehicular la estrategia de asfixia financiera del terrorismo y de inclusión económica y cultural de la periferia, no han nacido. La seguridad que viene es extremadamente costosa; exige mucha inteligencia. Las grandes empresas, antes poderosas, nos ofrecen imágenes de fragilidad. Las ciudades no son un refugio seguro frente a los bárbaros.

Así pues, no parece extravagante conjeturar que la crisis del 11 de septiembre es una crisis de los estándares conocidos sobre aglomeración, movilidad y seguridad; afecta a las reglas del juego en un sentido que hoy es indeterminable; modificará los comportamientos de los agentes en una dirección
Cuando nos prometíamos la prosperidad extrema y el consumo de los enormes excedentes generados por las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, cuando vislumbrábamos la libertad máxima proporcionada por la red, cuando endeudábamos a nuestras familias y empresas confiados en el valor cierto de nuestra riqueza, nos vemos obligados a cavar trincheras para defendernos del enemigo y a aguzar el oído. Por eso me parece un error asimilar los atentados terroristas del 11 de septiembre a una catástrofe natural; porque es una catástrofe de origen humano, el género más temible de desórdenes. Por eso me parece que los economistas de hoy se equivocan.

Posted by Alberto Lafuente on at 09:10 AM in III.1 El 11-S | Enlace permanente

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