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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXV. La Guerra. Al Borde del Precipicio.

Era inevitable. La quería el hegemon.

Estábamos en los prolegómenos de la guerra de Irak. Observando un Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dividido y un gobierno americano que enseñaba un rostro impaciente.

Un amigo me reprochó la equidistancia del artículo. Ser equidistante en este género de circunstancias no es correcto políticamente.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en febrero de 2003.

Los próximos acontecimientos relativos a la adopción por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de la resolución que desencadenaría la intervención militar en Irak invitan a examinar su lógica. Hasta hoy, el enfoque predominante ha sido el de los principios morales; nada que objetar al respecto, sino es que, en bastantes ocasiones, la historia se conduce por derroteros distintos: todo el mundo pierde; ningún principio queda incólume. El economista que mejor ha contribuido a explicar la naturaleza de situaciones similares a la actual es Thomas Schelling (Arms and Influence).

Simplificaremos ésta, señalando que el conflicto de pareceres en el seno del Consejo opone a Estados Unidos y Francia y que está en juego la configuración del nuevo orden político internacional. Los dos países parecen haber adoptado el funambulismo (andan a ciegas sobre un delgado cable que pende en el vacío). Una estrategia de esta características consiste en crear un riesgo de pérdidas importantes para ambas partes, en la confianza de que ello obligará a la otra a negociar un acuerdo. En nuestro caso, Francia amaga con el ejercicio del derecho de veto sobre la aprobación de la segunda resolución; Estados Unidos con iniciar la guerra diga lo que diga el Consejo. Ambos países amenazan, en definitiva, con la muerte del actual orden político internacional. Está en sus manos. Conviene señalar al respecto algo que se olvida habitualmente: los equilibrios internacionales estables otorgan al hegemon la capacidad de imponer reglas de conducta a los otros países en beneficio propio, pero debe ofrecerles alguna ventaja. La hegemonía siempre comporta un elemento de cooperación y de participación en el proceso de toma de decisiones. No hay equilibrios hegemónicos puros. Decía que la postura de los dos países es igualmente amenazante, porque Francia parece negar la existencia del hegemon y Estados Unidos la conveniencia de la cooperación.

La resolución propuesta por Estados Unidos es una máquina del fin del tiempo. Establece el automatismo de la intervención militar vinculado a que en una fecha determinada el gobierno de Irak demuestre su propósito inequívoco de desarme. En general estas estrategias son bastante ineficaces. No consiguen los resultados apetecidos. Simplemente, porque la otra parte entiende que no son creíbles: Estados Unidos perdería mucho si comprometiera el actual equilibrio político internacional. Kennedy lo entendió así en la crisis de los misiles de 1962: no amenazó con una guerra nuclear; simplemente estableció un bloqueo naval sobre Cuba, lo que dio lugar a que Khrushchev ordenara el desmantelamiento de los misiles instalados en territorio cubano. Ambos pactaron tácitamente volver a territorios seguros , aunque el ganador de la crisis fue Estados Unidos. La estrategia francesa parece, por el contrario, más afinada. No amenaza abiertamente con el ejercicio de derecho de veto, cuyo anuncio no sería creíble y, en consecuencia, sería inútil. Más bien, parece decantarse por aducir que el asunto reviste gran importancia y que está dispuesto a presentar batalla, aunque no se sepa cuál sería el último episodio de esa batalla. Sin embargo, la estrategia americana goza de sutileza cuando se la enjuicia desde el punto de vista de un ingrediente básico del funambulismo estratégico: “no hay mucho tiempo para llegar a un acuerdo en el seno del Consejo”, es decir, puede llegar un momento en que ni siquiera nosotros (Estados Unidos) seamos capaces de controlar la situación. Interesa generar este tipo de riesgos cuando se adoptan tales estrategias. Así pues, nos encontramos frente al despliegue de dos ejercicios de funambulismo, el francés y el americano. Lo anterior debería servir para predecir un desenlace, pero antes conviene prestar atención a otro extremo.

En una situación de esta naturaleza conviene ser pacientes. Doy por sentado ahora, en consonancia con lo dicho antes, que tanto Estados Unidos como Francia están interesados en que lo que vaya a pasar resulte de una posición común del Consejo en la que ambos países estén presentes. Pues bien, un economista, Ariel Rubinstein, ha demostrado que la parte más impaciente por llegar a un acuerdo suele hacer concesiones pronto y de cierta magnitud, en beneficio de la otra parte. Por eso, quienes negocian con intereses políticos americanos saben que el tiempo es un aliado imprescindible. Sus medios de comunicación cultivan la impaciencia social y la sociedad americana gusta de pasar página rápidamente a los asuntos incómodos.

Podríamos ser pesimistas. De hecho, casi todo el mundo lo es. Sin embargo, a veces, la realidad es racional. No cabe descartar que, para sorpresa de todos y presiones aparte, alguna resolución concite un apoyo sustancial del Consejo de Seguridad, incluida Francia. Todo esto, claro está, siempre y cuando las gentes no decidan tirar contra sus pies. Por cierto, el no ejercicio del veto es una forma de acuerdo. Por cierto, nuestra pobre España quedaría más arrinconada que nunca. El único optimismo posible es el que lleva a predecir la supervivencia de la Organización de Naciones Unidas.

Posted by Alberto Lafuente on at 02:01 PM in III.3 La Guerra | Enlace permanente

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