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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXV. Nuestro Capitalismo. Cuento de Navidad
Era una manera de quitarse de encima el pringue de la solidaridad navideña y del amor ilimitado entre los hombres. En ocasiones, la desigualdad es preludio de la bonanza personal. En las sociedades donde nada se mueve, la prosperidad ajena es interpretada siempre como la desdicha propia.
Publicado previamente en Expansión, el 20 de diciembre de 2002.
Se preguntaba Albert Hirschman hace ya bastantes años (Essays in Trespassing) en qué medida y de qué maneras afecta a los individuos el bienestar de los demás. Lo hacía a través de una metáfora: la felicidad o enfado del automovilista que queda atrapado en un atasco dentro de un túnel de dos carriles viarios (en el mismo sentido). La falta de perspectiva le impide saber la razón del atasco y, en consecuencia, el tiempo que va a permanecer en tal situación. En este estado de cosas, la única información a disposición del conductor es lo que sucede con la circulación en el otro carril. Sostiene Hirschman que la observación de que los automóviles del otro carril empiezan a moverse producirá una cierta satisfacción en nuestro conductor; no porque éste pueda ponerse en marcha, pues sigue parado, sino porque interpreta que el atasco ha sido solucionado y que, por lo tanto, no pasará mucho tiempo antes de que él sea también beneficiado. En definitiva y en ocasiones, la felicidad del otro nos complace, pues deducimos de la misma que el horizonte de la nuestra empieza a despejarse. En ese momento, la mano ansiosa busca el cambio de marchas.
Naturalmente, la satisfacción que se deriva de la felicidad del prójimo tiene límites: a partir de un cierto tiempo de inmovilidad, los conductores del otro carril son percibidos, simplemente, como unos tramposos. En otros términos, surge la envidia, que es el pecado ordinario cuando pensamos que la felicidad ajena es consecuencia de la desgracia propia. Además, obedece al mismo fenómeno, aunque en el sentido contrario, el impacto de las noticias de atascos circulatorios, cuando son recibidas por los conductores que han debido aparcarse en el hogar a lo largo de un puente español: la próxima vez les pasará a ellos; por lo tanto, se quejan amargamente de su suerte, mientras se dan a la vida muelle.
Lo anterior tiene aplicaciones distintas. Explica, por ejemplo, el contagio de expectativas en agentes económicos situados en ambientes entre los que la única relación es la información. Pero, hoy, vale la pena detenerse en un asunto de nuestros días: las navidades. La solidaridad humana tiene un gradiente geográfico: simpatizamos con la felicidad del otro cuando es víspera de la nuestra, lo que sucede cuando ambos estamos a la vista. Además, a nadie conviene que alguien saque varias cabezas en esta carrera: suscitaría la envidia y el entorpecimiento mutuo. Por eso, las navidades son unas fechas eminentemente familiares y, además, duran poco (algunos pensarán que demasiado). Es posible que lo dicho hasta ahora disfrute de la exactitud propia del cinismo, pero, en todo caso, parece más soportable que tener que escuchar, un año más, que todos hemos tenido suerte porque el premio gordo de la lotería nacional ha quedado muy repartido. Felices navidades lejanas. Aunque, a lo mejor, sucede que los economistas no entendemos nada.
Posted by Alberto Lafuente on at 07:08 PM in IV.1 Nuestro capitalismo | Enlace permanente
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