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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXVIII. Nuestro Capitalismo. El Estado de Bienestar de las Empresas
Publicado previamente en Expansión, el 16 de enero de 2002.
El concepto se refiere a la evidencia de que los Estados de las economías desarrolladas observan una cierta inclinación a compensar los reveses sufridos por las empresas, especialmente por las de mayor tamaño, con la aportación de ayudas, la adopción de marcos fiscales favorables u otras medidas de efecto equivalente. La elección del término no es inocente: pretende confrontar este Estado de Bienestar con la acepción más habitual que se refiere a los regímenes de fomento de la igualdad de oportunidades y de protección económica y social de los ciudadanos, es decir, la financiación pública y universalidad de la educación, sanidad o pensiones. La confrontación es especialmente útil cuando sucede alguna crisis empresarial o hay síntomas de empeoramiento del entorno, porque entonces surgen voces y argumentos de defensa del Estado de Bienestar de las empresas, que generalmente son atendidos por los gobiernos.
En otras circunstancias, la versión más ilustrada de la reforma del Estado de Bienestar de los ciudadanos hace hincapié en la responsabilidad de estos frente a su futuro; la demanda no suele hacer mención de la responsabilidad de los inversores frente a su patrimonio.
Ejemplos de lo que estamos hablando hay muchos y muy variados: las ayudas prestadas por el Estado alemán al sector financiero en los años 90; las otorgadas a las compañías aéreas norteamericanas como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre; las prestadas a los sectores pesqueros español y francés en 2000 para hacer frente a los incrementos de los precios de los hidrocarburos; o, últimamente, la reforma del impuesto de sociedades contemplada en la Ley de Acompañamiento vigente más el desenlace no conocido de la crisis argentina.. A todo lo anterior hay que sumar los programas de ayudas habituales en las economías avanzadas.
La consulta a las encuestas de ayudas públicas de la Comisión Europea revela el orden de magnitud del fenómeno en Europa: en torno al 2% del valor añadido bruto en la industria manufacturera, frente al 0,2% en Estados Unidos. La tendencia última es decreciente, aunque parece un incremento en el sector servicios. Con todo, tales estimaciones subestiman el alcance del Estado de Bienestar de las empresas.
Si, por simplificar, confundimos las empresas con su propiedad, entonces el concepto debe referirse a los mecanismos públicos de aseguramiento de las rentas del capital. Así entendido, el ámbito se amplía considerablemente y abarca, por ejemplo, la extensión de los mecanismos de garantía de depósitos bancarios a los fondos gestionados por las agencias de valores, aprobada a raíz del conocimiento público del caso GESCARTERA. Otra expresión del mismo fenómeno es el “too big to fail” (demasiado grande para quebrar), que subraya que el capital de las grandes empresas disfruta de una seguridad especial, que se deriva de que las consecuencias económicas, sociales y territoriales de sus crisis las hace inhábiles para la quiebra. Naturalmente, ello tiene un coste ligado a la ineficiencia resultante en la asignación de recursos.
Una tercera acepción del Estado de Bienestar de las empresas tiene que ver con la ausencia de competencia: el monopolio es la vida tranquila, decía el Premio Nobel John Hicks, para significar la ausencia de sobresaltos, es decir, de riesgo cuando se disfruta de este tipo de situaciones, que suelen coincidir, por otra parte, con regulaciones que trasladan a los consumidores los efectos de cualquier cambio adverso del entorno, en beneficio de la seguridad de las rentas de capital. Así, son muchos los que anticipan (¿consideran deseable?) que la ralentización del crecimiento de la economía europea va a dar lugar al estancamiento de los ritmos reformadores de los sectores de servicios básicos.
La consideración de estas acepciones alumbra la evidencia de que el Estado de Bienestar de las empresas es importante en términos de PIB, aunque su contabilización sea compleja por no tener algunos de sus componentes más importantes un reflejo en los presupuestos públicos. También, que la demanda de mecanismos de aseguramiento por parte de los grupos de interés concernidos guarda una relación estrecha (negativa) con el ciclo económico. Hasta aquí ninguna diferencia respecto de la demanda de Estado de Bienestar de los ciudadanos: la demanda social de seguro de desempleo también está relacionada con el ciclo. Sí cabe, sin embargo, traer a colación dos preguntas y una afirmación. La primera es porqué el ardor reformador del Estado de Bienestar de los ciudadanos, generalmente acompañado de juicios sobre la imposibilidad de sostenerlo en el largo plazo, suele ser abrumadoramente más intenso que el desplegado para el otro Estado de Bienestar. La segunda es porqué, a estas alturas, la práctica política parece dudar sobre si un euro invertido en educación rinde más, o menos, que aplicado al reembolso de las inversiones de GESCARTERA. La afirmación tiene que ver con la evidencia de que el debate sobre el Estado de Bienestar está relacionado con un asunto sobre el que habría que abundar: el efecto pernicioso del Estado de Bienestar de las empresas sobre la prosperidad.
Posted by Alberto Lafuente on at 07:33 PM in IV.1 Nuestro capitalismo | Enlace permanente
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