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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXXXVI. Falta energía. La Economía de Kioto.
Las cosas van mejorando. Hace unos pocos años era inconcebible la existencia de un mercado de emisiones. Pronto, será una realidad. Sucedió lo mismo con la atención al medio ambiente. Tuvimos que entrar en Europa para averiguar que la contaminación no es una forma de desarrollo.
Uno de los aspectos más llamativos del debate sobre el cambio climático y el calentamiento del planeta es la afonía de los economistas. No quiero decir que la voz de esta profesión debería callar otras; simplemente, no parece ocioso intentar responder a tres preguntas elementales sobre el cambio climático: ¿cuánto cuesta? ¿Quiénes son los ganadores y perdedores? ¿De qué manera cabe hacer frente al problema de la manera menos costosa posible?. De paso a lo mejor entendemos porqué Estados Unidos ha rechazado el Protocolo de Kioto, y Japón ha puesto en cuarentena su posición hasta la próxima conferencia de las partes en Marraquech.
Publicado previamente en Expansión, el 21 de julio de 2001.
Desde hace más de un decenio, un puñado de buenos economistas académicos, fundamentalmente americanos, entre los que destacaría a Nordhaus, pretenden cuantificar el impacto del incremento medio de la temperatura del planeta. La contribución más reciente de este autor es Warming the World: Economic Models of Global Warming, The MIT Press. Los escenarios más plausibles señalan que en los próximos cien años la temperatura media aumentará de manera sostenida hasta alcanzar un nivel superior en 2,5º-3º C la temperatura registrada en la actualidad. Los análisis distinguen distintos tipos de efectos: agricultura, aumento del nivel de los océanos, salud, asentamientos humanos, ecosistemas y catástrofes naturales.
Naturalmente, los efectos asociados a realidades no mercantiles son de difícil estimación; también lo es el impacto de las eventuales catástrofes; simplemente, porque no existe un marco teórico robusto que relacione calentamiento y catástrofes naturales. Con todo, estudios recientes muestran que el impacto económico de, por ejemplo, los ciclones tropicales en Estados Unidos es limitado: aproximadamente el 0,08% del PIB en el periodo 1987-95. Pese a lo anterior, las estimaciones más recientes apuntan a que el coste del cambio climático podría ser equivalente al 0,5% del PIB mundial de 1990. El impacto alcanzaría el 2,5%, si el incremento medio de temperaturas fuera de 4ºC. Si dicha estimación fuera correcta, o los gobiernos lo creyeran así, no deberíamos esperar grandes esfuerzos en esta materia, especialmente por parte de los que no temen grandes perjuicios.
La segunda sorpresa tiene que ver con la lista de ganadores y perdedores. La modelización regional del impacto del cambio climático sugiere que hay países vulnerables y no vulnerables. Entre los segundos, Estados Unidos, Canadá, Japón e incluso Rusia, donde el calentamiento del planeta tendría efectos beneficiosos en la agricultura; entre los primeros, Europa, para la que los análisis vaticinan un perjuicio equivalente al 2% del PIB y, también países de bajo nivel de renta como India y la mayor parte de África.
Así es fácil comprender que una de las primeras decisiones del presidente Bush haya sido dar la espalda al protocolo de Kioto: parece que tiene confianza en los economistas del cambio climático. También lo es el cambio de actitud de Canadá y Japón; podría serlo, como se barruntan algunos, la modificación de la posición de Rusia. La tercera, y última, sorpresa deparada por los economistas es que una política eficiente orientada a resolver el problema no es muy costosa. Los costes correspondientes están en relación con los beneficios esperados, esto es, evitar una pérdida del 0,5% del PIB y los riesgos de pérdida de riqueza ecológica y de catástrofes. Lo malo es que las políticas más eficientes, es decir las que pasan con mejor nota el análisis coste-beneficio, tienen que ver con la creación de un mercado mundial de emisiones de CO2 y/o con la utilización de la fiscalidad de manera armonizada a escala internacional; digo lo malo porque el Protocolo de Kioto contempla de forma muy esquinada lo primero, porque la lista de países del Protocolo adelgaza por momentos, y porque en muchos lugares y sectores las emisiones de CO2 lejos de estar gravadas están subvencionadas. Lo peor es que la compatibilidad de las políticas eficientes con las necesidades de desarrollo económico de los países más pobres de la tierra no es inmediata. Y es que el desarrollo está muy ligado al consumo de energía y, en consecuencia, a las emisiones de gases de efecto invernadero.
La economía del cambio climático trae, además de sorpresas, una buena noticia. Habida cuenta de que el proceso de calentamiento observa ritmos seculares, cabe que la nueva fiscalidad sobre emisiones de gases de efecto invernadero registre niveles iniciales de presión bastante modestos, que se incrementarían de forma paulatina a lo largo de los próximos decenios; ello sería así incluso si los países más desarrollados asumieran una parte mayor de la futura carga. Lo cual viene a cuento del debate europeo de hoy sobre la instauración de un impuesto comunitario: ¿por qué no éste?
Posted by Alberto Lafuente on at 10:57 PM in VI. Falta energía | Enlace permanente
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