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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XCI. Los misterios de la productividad. La Nueva Economía en España.
El Ministerio de Economía utilizó profusamente los resultados del estudio del Servicio del BBVA. El ministerio de Ciencia y Tecnología, no. Ni estaba, ni se le espera. Naturalmente, lo hizo sin citar la procedencia. Al (entonces) enemigo, ni agua.
El análisis del Servicio de Estudios del BBV sobre los beneficios derivados de la implantación de la nueva economía en España (Situación – octubre 2000) tiene entre sus muchos méritos el de centrar el debate económico sobre la cuestión. Ello no es poco, porque hasta la fecha la crónica de la nueva economía española había atendido a aspectos bastante marginales como ciertas exuberancias bursátiles o la adopción de fórmulas retributivas de los directivos desconocidas en estas latitudes.
Publicado previamente en El País, en 2000.
En pocas palabras, el análisis demuestra que el avance técnico vinculado a la nueva economía podría dar lugar en nuestro país a un incremento significativo de PIB (7,5%) y de la renta disponible de las familias (6,6%), así como a una disminución de los precios de producción y de consumo (12,7%). El uso del condicional (podría) no es caprichoso; nada asegura que así será, al menos en esta cuantía y en los plazos previstos (10 años). Que lo sea o no dependerá de que la economía española se adapte convenientemente a las exigencias derivadas de las nuevas técnicas. Es en este punto donde parece conveniente echar un vistazo a la realidad. Antes debe precisarse que las innovaciones tecnológicas que acompañan a la nueva economía no son de hoy; de hecho, la historia reciente de los ciclos técnicos sugiere que nacieron a mediados de los años setenta. Fue entonces cuando aparecieron los primeros ordenadores personales, que a pesar de las limitaciones de la época mostraban ya sus ventajas funcionales con respecto a los ordenadores mainframe. Algunos investigadores adscritos al NBER sitúan en estas fechas el origen de la nueva economía de nuestros días. Cabe, por tanto, valorar la capacidad de la economía española con respecto a la asimilación de este cambio técnico. Un informe reciente de la OCDE (Science, Technology and Industry 2000) permite abordar esta cuestión en términos comparados.
El término nueva economía es extremadamente ambiguo. Una primera acepción se refiere a lo que se ha convenido en denominar sociedad del conocimiento. Desde este punto de vista, la nueva economía se caracterizaría por la importancia del este factor como fuente de progreso económico. Prueba de ello es que las industrias y servicios intensivos en conocimiento, de acuerdo con una convención establecida por la OCDE, que incluye la manufactura de contenido tecnológico elevado y medio y los sectores que muestran una cierta intensidad en el uso de nuevas tecnologías, habrían crecido en los últimos diez años por encima del resto del sector empresarial. Pues bien, si examinamos lo acaecido en España podremos constatar, de acuerdo con los Main Industrial Indicators de la OCDE, que el peso del valor añadido de la economía del conocimiento en el conjunto de la economía española no parece haber experimentado variación alguna en los últimos diez años, a diferencia de lo sucedido en el resto de países de la OCDE: estábamos regular y seguimos estando mal. Dicho sea de paso: tal evidencia mostraría que es dudoso que el choque tecnológico deba beneficiar especialmente a una economía como la nuestra, especialmente, si no hace correctamente los deberes.
Una segunda acepción de la nueva economía es la referencia a la implantación de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones (TIC’s). Su valoración suele cifrarse en términos de tamaño del parque de ordenadores, número de usuarios de Internet o volumen de comercio electrónico. Naturalmente, nuestro país sale mal parado en este tipo de comparaciones internacionales. Sin embargo, lo más llamativo es que la inversión en hardware, software e infraestructura de telecomunicaciones viene creciendo en España según ritmos extremadamente modestos, de suerte que la tasa medida en relación al PIB es la más reducida de la Unión Europea, con excepción de Portugal.
La tercera acepción que nos interesa aquí vincula la nueva economía a la posibilidad de acercarnos a los índices de bienestar de los países más desarrollados. El optimismo nos llevaría a sostener que puesto que la prosperidad futura depende del conocimiento, basta con adquirirlo del exterior: sería una nueva versión del “que inventen ellos”. La tesis podría tener algún fundamento si se refiriera a la España y al mundo de, digamos, hace treinta años. Se sabe que en los años cincuenta y sesenta, los niveles de renta y productividad de la mayor parte de los países occidentales, incluido el nuestro, se aproximaron a los de Estados Unidos, gracias sobre todo a la adquisición de tecnología. Sin ir más lejos, los españoles aprendimos a fabricar automóviles gracias a la asimilación de tecnología de fabricantes extranjeros. Sin embargo, en los últimos años vienen confirmándose síntomas de que esto ya no es así: las tasas de convergencia en productividad y renta per capita tienden a disminuir. Algunos análisis recientes muestran que la aproximación a los países más ricos requiere la producción nacional de conocimiento; ello parece estar relacionado con la asignación de recursos a actividades de I+D. A este respecto cabe traer a colación dos evidencias que van más allá de las referencias habituales. En 1991, el gasto de I+D ejecutado en España (excluida la I+D vinculada a defensa) suponía el 0,76% del PIB; en 1999, el 0,63%. La exclusión del sector defensa no es caprichosa: España es el único país de la OCDE que ha incrementado el gasto de I+D con esta finalidad en los últimos cinco años. En este mismo sentido, en la primera fecha el gasto de I+D suponía el 1,5% del total de la OCDE; en 1999, el 1,2%.
Todo lo anterior reafirma el malestar de quienes pretenden valorar en qué medida nuestro país construye adecuadamente su futuro. La práctica habitual suele consistir en comparar con otros países la cuantía de las inversiones per capita en recursos de prosperidad. En gran medida, esas inversiones vienen determinadas por las diferencias en la renta per capita; sin embargo lo más llamativo es que ello no queda compensado, siquiera en parte, por una mayor asignación relativa de recursos a , en este caso, la nueva economía. Es posible que el cambio técnico de nuestros días sea muy beneficioso para la economía española; pero, para que sea así, hay que hacer los deberes.
Posted by Alberto Lafuente on at 08:38 AM in VII.1 Los misterios de la productividad | Enlace permanente
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