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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXVII. La Guerra. Anatomía del Poder Idiota.
La referencia a la biografía de Churchill no era caprichosa. Un buen cronista de la política española debe estar al tanto de las lecturas veraniegas de los presidentes del Gobierno.La foto de las Azores será pieza principal de lo que la historia diga de Aznar. Fue un ejemplo de sobreactuación.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en abril de 2003.
Una de las pocas cosas que he aprendido en lo últimos tiempos ha venido de la mano de un viejo amigo, Esteban Ormeche, quien intentó convencerme, con éxito, de la actualidad del síndrome de Abraham, que él prefiere llamar de Yahveh. Recordemos que, según la leyenda bíblica, Abraham es llamado por Yahveh a sacrificar a su único hijo, Isaac, origen previsto del pueblo escogido. El patriarca se dispone a hacerlo, hasta que un gesto último de Yahveh suspende el holocausto. Uno quiere ser dios; otro, su hijo predilecto; y, como el dueño y el esclavo, sólo pueden relacionarse a través del ejercicio déspota del poder. El síndrome se refiere, pues, a la práctica de la obediencia más allá de la razón, la aquiescencia dulce de la crueldad, la sumisión ciega al poder para ser parte del mismo, la renuncia voluntaria al ser. La muerte de la civilización, en definitiva. El síndrome tiene proyecciones distintas. Elegiré una, para ilustrar dos planos distintos del síndrome: el éxito de las convocatorias sacrificiales y la desconfianza respecto del poder: Yahveh frente al discreto Abraham.
La actualidad del síndrome del poder idiota recibe beneficio de un artículo reciente de Carlos Fuentes en “Le Nouvel Observateur”, revista de culto en otras épocas:
“¿Y si la razón psicológica del Apocalipsis fuese la vanidad de un niño de papá, que consiguió pasar por Yale con notas mínimas y ayudas máximas, y que tiene ganas de decirle a su progenitor: “Mira, papá, he sido capaz de hacer lo que tú no te atreviste a terminar””?. Diré que espero que Fuentes se ocupe pronto del hermano listo, Jeb.
La proyección política del síndrome se refiere, así, a la guerra de Irak y tiene que ver con la convocatoria de ritos sacrificiales: necesitamos la guerra para vivir en paz y seguir creyendo en nosotros mismos. Sabemos que una de las consecuencias principales de los atentados del 11-S ha sido que el presidente Bush y sus halcones gustan de amenazar regularmente a la sociedad americana con la (in)seguridad, y el nuestro a la española con el agravamiento de nuestro cáncer terrorista, si no nos sumamos a la próxima guerra. Parece ser que en beneficio de la responsabilidad política. La promesa del dolor social genera réditos políticos; lo descubrió Churchill según Jenkins. En otros asuntos, los económicos, prometen la felicidad: la guerra nos va a hacer más ricos, aunque no sepamos qué quiere decir ser más ricos.
Se nos reclama, en definitiva, un acto de fe, de aceptación del sufrimiento humano y de confianza en nuestro bolsillo futuro. “Créame” decía nuestro primer ministro Aznar en la entrevista de la semana pasada de Antena 3: una expresión pobre del poder vicario y una apelación fracasada a la confianza en la sinrazón
Frente a lo anterior, las manifestaciones del último sábado contra la guerra ilustran la resistencia humana de Abraham, debidamente pasado por internet: la convocatoria no ha fructificado por el auxilio de internacionales de partidos o de sindicatos, apuntados a última hora; ha sido, más bien, el resultado de la rebelión de las gentes. Y ya sabemos como son las gentes; hay de todas las condiciones económicas y sociales y tienen su pequeño corazón. Algunos intelectuales públicos parecen apostar por un renacimiento de la ciudadanía: es sobre todo la expresión de un deseo. Se quedan cortos; debemos confiar en la red, que ha convocado con éxito la primera manifestación universal contra el poder idiota. Quienes se burlan de la nueva modernidad, creyendo que estará sometida a las reglas de los gabinetes de comunicación, no se enteran: las gentes asociadas a internet y a las redes saben cómo saber quién sabe; y, además, quieren decidir. Su grado de globalización es superior a la de los gobiernos. Que tengan cuidado, la red está al acecho. Es el poder de las gentes. Lo ha dicho bien un editorial de The New York Times: en el mundo de hoy hay dos superpotencias, Estados Unidos y la opinión ciudadana, es decir, la red.
Los rituales del sacrificio antiguo exigen silencio y unanimidad. Por eso la presencia de algunas voces, como la de Carlos Fuentes, de los internautas, o de las plataformas de ciudadanos me permiten pensar, ahora, que la apelación a la fe no es ya la manera de resolver los problemas de todos, y que quizá ha llegado el día en que el hambre de razón y la entereza de Abraham empiece a prevalecer sobre la irresistible convocatoria al sacrificio, y, sobre todo, sepa hacer frente a la expresión más caprichosa del poder idiota. Por lo demás, Aznar ha conseguido, al fin, escribir su página. Y nos ha arrinconado, de nuevo, en una capítulo viejo de nuestra triste historia.
Posted by Alberto Lafuente on at 09:55 PM in III.3 La Guerra | Enlace permanente
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