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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XCVIII. La Reforma de la Universidad. Viejos y nuevos tiempos.

Hasta donde me alcanza la memoria, la universidad ha disfrutado siempre de puesto de privilegio en las listas populares de instituciones en crisis. Sin embargo, a diferencia de la universidad, otras instituciones como el Estado de Bienestar, la familia, o la selección nacional de fútbol, se han beneficiado de algunos periodos vacacionales e incluso de esplendor. Lo malo es que la depresión que afecta al mundo universitario es bastante estéril. Lo cierto es que el asunto no es banal, si convenimos que nuestra universidad es una pieza esencial de la sociedad. También que la ira idiota de algunos ha desfigurado de manera notable la realidad de la universidad española. Guiados, simplemente, por la extraña razón de que la mejor manera de explicar una reforma consiste en tratar a los reformados como delincuentes.

Publicado previamente en Expansion, el 15 de julio de 2000.

Examinemos brevemente la historia penúltima de la universidad española. A lo largo de los ochenta y hasta, pongamos, 1994, la institución tuvo que hacer frente a tres tipos de exigencias: la extensión de la enseñanza universitaria a capas amplias de la sociedad española, la instauración de criterios internacionales en la asignación de fondos públicos para la financiación de la investigación, y la transferencia de resultados de investigación y prestación de servicios a la sociedad. Y es así como, en el período referido, la universidad española logró que el porcentaje de titulados universitarios respecto de la población activa se sitúe hoy en el promedio de la OCDE; multiplicó por cuatro la cuota de producción científica española respecto de la mundial; y llegó a facturar anualmente en concepto de servicios más de 20.000 millones de pesetas, cifra imprevisible en épocas anteriores. A ello hay que añadir que la consecución de estos logros se hizo de manera bastante económica: el gasto por estudiante, corregido por paridades de poder de compra, apenas alcanzaba en 1995 el 60% del correspondiente a los países de la OCDE, al igual que la remuneración media del profesorado español. Cierto es que los indicadores mencionados tapan realidades muy heterogéneas y que, en consecuencia, es posible encontrar en la universidad española despropósitos e incurias. Ello, en parte, responde a que el constituyente optó por otorgar libertad a la universidades: es sabido que la libertad suele conducir a la diferencia. En todo caso, creo que, con todas las salvedades y matizaciones que se tenga por oportuno establecer, la universidad española atendió correctamente las exigencias mencionadas. Sin ánimo de molestar, cabe decir que la universidad llegó a desempeñar las funciones encomendadas con una eficacia perfectamente comparable a la propia de otras funciones del Estado como la justicia, la defensa o la cooperación exterior.
Después vinieron tiempos peores: la búsqueda de equilibrios presupuestarios y, en algunos casos, la transferencia de las universidades a las Comunidades Autónomas, dieron lugar a dificultades insalvables para incorporar a la carrera profesional a un buen número de doctores, a la congelación de las ayudas a la investigación y, en particular, al empobrecimiento de las dotaciones de infraestructuras científicas y técnicas, y, por no seguir con la lista, a un malestar de la comunidad universitaria fácilmente constatable. Por poner un ejemplo: el gasto de I+D por investigador universitario se redujo, en pesetas constantes, un 15% entre 1992 y 1997. Y esta es, más o menos, la situación actual. En consecuencia, antes de proyectar nuevas exigencias sobre la universidad española, sería bueno cerrar dignamente el cielo abierto a comienzos de los años ochenta; no es difícil, basta con un pequeño empujón presupuestario que permita resolver algunas penurias.

Porque el nuevo ciclo que se abre – que, de hecho, está abierto desde mediados del decenio anterior – plantea exigencias de naturaleza muy distinta, que están en relación con lo que se ha convenido en denominar sociedad del conocimiento, nueva economía o sociedad emprendedora. Aunque la proximidad impide situar con precisión la nueva frontera, cabe conjeturar que las nuevas demandas tienen que ver con la contribución de la universidad a la formación de capital humano creativo, nómada y con capacidad para trabajar en espacios de cooperación amplios. Entiendo por lo primero, la facilidad para generar nuevas ideas y estructurar problemas complejos; por lo segundo, la ambición por transitar permanentemente entre ideas, proyectos y geografías; por lo tercero, la aptitud para interactuar con otros en proyectos de interés común. Aquí empiezan los problemas de la universidad española porque, al igual que una buena parte de las europeas, se ha dotado de tecnologías organizativas aptas para producir grandes volúmenes de acreditaciones homogéneas, y de culturas internas que propician la uniformidad; ambos extremos están reñidos con las nuevas exigencias apuntadas.

Si el diagnóstico anterior se aproximara a la realidad, sería bastante inmediato determinar los cambios requeridos. Primero, la universidad no puede ser ya unidad de decisión y gestión en materia docente o investigadora; es preciso proceder a una descentralización acusada del proceso de toma de decisiones. Segundo, es necesario eliminar una buena parte de las normas que estructuran sobre bases de uniformidad el quehacer universitario. Por poner un ejemplo de esto último, los planes de estudio tal y como son concebidos ayudan mediante fórmulas de menú único -todo lo más con tres primeros y segundos a elegir- la labor de la cocina, pero son incongruentes con la evidencia de que la sociedad no demanda economistas o ingenieros, sino más bien paquetes consistentes de actitudes y aptitudes, que suelen rebasar las fronteras de las áreas de conocimiento y, desde luego, de la noción tradicional de carrera. Además, los estudiantes saben lo que está en juego: de hecho, cuando concurren a procesos de selección de personal detallan mucho más lo que han hecho "fuera" de la carrera que en la misma.. Tercero, las universidades deben ofrecer espacios de acogida a profesores y estudiantes nómadas, e incitar este comportamiento entre los suyos. Cuarto, hay que propiciar la experimentación, es decir, la libertad dentro de la institución universitaria como fórmula de generación de nuevas ideas, al igual que el aprendizaje de innovaciones organizacionales ajenas. Por decirlo de manera plástica: la creación debería prevalecer sobre la manufactura; el criterio de los nómadas, ser tan importante como el de los vecinos; el cambio, imponerse a la voluntad de rutinizar comportamientos. Es posible que una universidad concebida en estos términos tenga una apariencia caótica; si fuere así, se parecerá algo más a la nueva sociedad.

Posted by Alberto Lafuente on at 05:56 PM in VII.2 La reforma de la universidad | Enlace permanente

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