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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CIII. Lo que viene. La Era de Torvalds.
Después, pude conocer de cerca a algunas gentes pertenecientes a la secta de los torvaldianos. Aunque la comunicación no es sencilla (no hay intérpretes y se es o no se es), ofrecen una psicología social muy interesante. Creo que esta iglesia va a influir mucho sobre el devenir de la sociedad. Están aquí. Probablemente, son vecinos.
Quizá, una de las principales innovaciones sociales derivadas de la extensión de la sociedad on line tenga que ver con la aparición de nuevas fórmulas de provisión de bienes públicos. Mi ejemplo preferido es la iniciativa de un joven finlandés estudiante de informática Linus Torvalds, quien en 1991 decidió desarrollar un sistema operativo propio para su ordenador 80386 . Después de algunos meses de trabajo y de disponer de una primera versión utilizable, Torvalds solicitó ayuda para su perfeccionamiento a través de Internet a la comunidad (virtual) de programadores. Curiosamente, la respuesta fue muy favorable: desde entonces el sistema, Linux, ha madurado gracias al esfuerzo no condicionado de un gran número de usuarios y programadores; además, cualquiera, haya colaborado o no en su gestación, ha podido hacer uso del mismo de manera gratuita desde su nacimiento.
Publicado previamente en Expansión, en 2001.
No es preciso señalar que una situación como la descrita es imposible en el mundo off-line. Cualquier economista aventuraría que ningún programador estaría dispuesto a perder parte de su tiempo en el empeño de proveer un bien del cual podría sacar provecho sin ese esfuerzo. Cualquier programador-economista aventuraría el fracaso de la empresa y, en consecuencia, se ahorraría la frustración de un empeño inútil: está en los libros que la búsqueda del provecho personal siempre prevalece sobre el interés despertado por los logros colectivos. No es extraño, por tanto, que algunos etnógrafos, de visita en el mundo on line, hayan querido dar cuenta de esta anomalía de la doctrina clásica de los bienes públicos; por ejemplo, Smith y Kollock (Communities in Cyberspace)
Las tesis avanzadas prestan atención, en primer lugar, a los costes de provisión de bienes públicos digitales, cuando su producción resulta de múltiples iniciativas personales no jerarquizadas; en segundo, se fijan en las motivaciones que guían a los individuos de ésta y otras comunidades virtuales. Lo primero es bastante obvio: los costes de comunicación y multiplicación del bien, al igual que los de coordinación, son prácticamente nulos; ello conduce a que un esfuerzo individual pueda situar una buena idea en la órbita de los bienes públicos. Lo segundo no lo es tanto: las tesis más compartidas apuntan a la notoriedad y la reciprocidad.
El propio Linus Torvalds ha querido explicar el éxito de su iniciativa sobre la base de dos hipótesis. De un lado, es preciso que un individuo o un grupo de tamaño reducido hagan el trabajo necesario para diseñar una primera versión del programa; la elaboración colectiva de bienes públicos digitales no surge espontáneamente; en su origen, siempre hay un empeño individual. De otro, el proyecto debe presentar algún atractivo. Sería raro que la comunidad virtual de programadores produjera, por ejemplo, un procesador de textos: demasiado aburrido, según Torvalds. Las dos explicaciones sugieren que la motivación de los promotores de bienes públicos digitales tiene que ver, en primer lugar, con la afirmación pública de capacidades y talentos; algo bastante parecido al proceso creador. Sin embargo, la tesis etnográfica más conocida se refiere a la reciprocidad positiva. Las comunidades productoras de bienes públicos se regirían por la economía de la donación generalizada. El juego de las identidades personales, la persistencia de las comunidades y el carácter bien definido de éstas propiciarían un marco de cooperación no apto para comportamientos oportunistas. Curiosamente, la tesis etnográfica de la reciprocidad negativa ha merecido menos atención, quizá por ser menos tranquilizadora.. La economía experimental ofrece un marco de referencia para entender tales fenómenos.
Fehr y Gachter han desarrollado un experimento revelador. La situación contemplada se refiere a un grupo de cuatro individuos, cada uno de los cuales dispone inicialmente de veinte monedas. Pueden asignar libremente la totalidad o una parte de su dotación a la producción de un bien que genera una renta de 0,4 monedas por moneda invertida a cada uno de los miembros del grupo, es decir, 1,6 monedas en total. Si todos los individuos decidieran asignar la totalidad de sus dotaciones a la financiación de ese bien, sus rentas personales alcanzarían la suma de 32 monedas; sin embargo, es dudoso que sucediera así; como el beneficio privado de la no contribución (una moneda) es superior al coste de oportunidad privado (0,4 monedas), no habrá contribuciones personales a la financiación de ese bien y, finalmente, las rentas de los miembros del grupo permanecerán inalteradas en una cuantía igual a 20 monedas. Eso sí todos los individuos tendrán la esperanza de que los demás hagan este tipo de contribución. Hasta aquí nada nuevo: simple aplicación de la teoría clásica de los bienes públicos.
El experimento consistió en replicar esta situación un cierto número de veces; además, cada miembro del grupo puede penalizar a los individuos que no han realizado ningún tipo de contribución reduciendo en x monedas sus rentas; al hacerlo incurre en un coste de (1/3)x. Los comportamientos personales son perfectamente observables, al igual que las sanciones. El experimento en cuestión fue desarrollado en dos versiones distintas. La primera, o del socio, consistió en la formación de 6 grupos de 4 personas enfrentadas a la situación anterior; la composición de los grupos permaneció inalterada. En la segunda, o del extranjero, la composición personal cambió en cada réplica del juego, de suerte que la sanción de un determinado individuo sobre otro no podía tener contestación en situaciones posteriores, ni había experiencia previa de cooperación con los mismos individuos.
Pues bien, la realización del experimento mostró que el disfrute por parte de los individuos de la facultad de sancionar tiene efectos muy beneficiosos sobre el nivel de las contribuciones personales al bien público; sin esa facultad, la contribución media tendía a converger a niveles muy reducidos en cualquiera de las dos versiones del experimento; es cierto, sin embargo, que la contribución media fue mayor en la versión del socio, pero siempre cuando los individuos ostentaban el derecho personal a sancionar que, por cierto, ejercían con profusión en el experimento. Lo anterior no debe provocar extrañeza: los etnógrafos de las comunidades virtuales han dado cuenta de episodios de violencia grupal contra los individuos que se apartan de la norma colectiva imperante. Si lo anterior fuera cierto, pesará más el miedo a la sanción que el afán de pertenencia a una comunidad.
El experimento ofrece la cara menos amable de la era de Torvalds. Es posible que la sociedad on line produzca de forma natural más bienes (y males) públicos que la sociedad off line, pero lo que es seguro es que la descentralización del monopolio de la coerción y de la sanción, hasta ahora en manos del Estado, nos hará actores del espectáculo del castigo público: una nueva lógica del poder.
Posted by Alberto Lafuente on at 04:07 PM in VII.4 Lo que viene | Enlace permanente
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