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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CIV. Lo que viene. Economía del Zoco.

Pero la Sociedad General de Autores (SGAE) sigue en lo suyo. Si pudieran, patentarían la paella. Mientras tanto, los nuevos cocineros españoles hacen como sí sus platos no tuvieran secreto. Les va mejor, pero los otros disfrutan del celo de la propiedad.

Las ciudades españolas han visto renacer los mercadillos callejeros. Me refiero a los mercados manteros especializados en la venta de prendas de marca falsificada, algo de artesanía y, sobre todo, discos y videojuegos. Me fijaré en estas dos últimas clases de productos. El éxito de los mercadillos responde a que los precios de discos y videojuegos son muy inferiores a los de los productos originales, esto es, fabricados y distribuidos a través de los circuitos legales. En el caso de los discos, seis euros con posibilidad de regateo frente a precios que no suelen bajar de quince euros. La razón última de tal diferencia es que la tecnología permite realizar copias mediante inversiones mínimas y los costes de reproducción son insignificantes en relación al precio final. Los precios tienen que ver poco con los costes de multiplicación de los discos. Aparentemente, la competencia de los mercados callejeros daña de manera sustancial los intereses de empresas y establecimientos comerciales. El hecho, con todo, no es enteramente nuevo. Prestaré atención a dos precedentes; uno de ellos próximo.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.

Es sabido que una de las razones del éxito de los diarios (cuando lo tienen) es que una proporción importante de sus lectores no los compran; acceden de forma gratuita a sus páginas mediante la lectura del periódico cuando toman el café de media mañana en el bar próximo al trabajo o al domicilio. De hecho, si la lectura de los diarios no fuera gratuita en determinadas circunstancias, el número de lectores sería significativamente inferior. La lectura del periódico en los bares es equivalente a la reproducción de discos no controlada por las compañías. La Sociedad General de Autores ha logrado que la producción de discos vírgenes esté sujeta a un canon, cuyos ingresos compensarán a los autores por los ingresos no percibidos mediante la venta ordinaria. De acuerdo con la misma lógica, los diarios, y sus columnistas, deberían beneficiarse de un canon impuesto a los bares sobre la venta de servicios de café. Naturalmente, nadie en su sano juicio plantearía tal iniciativa; sucede que, en ocasiones, la gratuidad es un buen negocio para quien la disfruta, pero también para quien la otorga.

El segundo precedente es histórico y procede de dos economistas de la información, Varian y Shapiro. El negocio del alquiler de libros surgió en el Reino Unido en la primera mitad del siglo XIX. Antes, el número de lectores de libros era muy reducido, apenas 80.000 personas; entre otras razones, porque los libros eran muy caros y no estaban al alcance de la mayor parte del pueblo británico: sus precios equivalían al salario semanal de un trabajador. Como no era posible leer, ¿para qué dedicar tiempo y esfuerzo a la adquisición de una habilidad que después no se podía utilizar?. La aparición de la novela inglesa (empezaba a ser divertido leer) y el alquiler de libros, a un precio mucho más modesto que el de adquisición (empezaba a ser posible leer) tuvo un efecto inmediato: la multiplicación del número de lectores, la ampliación de las tiradas, la disminución de los precios de los libros y, finalmente, el nacimiento de la industria editorial moderna. Naturalmente, los editores de la época pretendieron que el Gobierno prohibiera el préstamo de libros. Afortunadamente para ellos, sin éxito.

Podríamos citar muchas situaciones similares; simplemente, abundaríamos en un denominador común: la gratuidad puede ser un buen negocio; al menos en los productos digitalizables. Esta afirmación sorprenderá viniendo de un economista, pero creo que es la mejor interpretación de lo que sucede en el zoco de Independencia. Los discos de Operación Triunfo han salvado el año al sector discográfico español. Hasta el mes de diciembre de 2001 las ventas habían bajado un 8% respecto del año anterior. La venta de un millón de discos (legales) en las últimas semanas de diciembre permitió recuperar las cifras alcanzadas en 2000. Cabe pensar que una de las razones del éxito reside en que los discos de Operación Triunfo se venden a precios callejeros, seis euros, tanto en mercadillos como en establecimientos comerciales. Las ventas ilegales son mucho menores. Lo curioso es que frente a la evidencia de que es beneficioso para todos (con la excepción de los comerciantes del zoco) reducir los precios de los discos, las compañías discográficas siguen manteniendo sus políticas de precios elevados. Se conducen como los editores de antaño.
El oficio de economista permite mirar el mundo con anteojos laicos, además de dar cuenta de paradojas sociales. La referencia a Operación Triunfo obliga a recordar a los intelectuales ingleses de la época del nacimiento de la novela inglesa y las librerías de préstamo. “Literatura bazofia”, decían de la primera; “pereza y sensibilidad empalagosa”, atribuía Coleridge a sus lectores. Suena tan mal como la crítica a la televisión de hoy. ¿O no?.

Posted by Alberto Lafuente on at 05:59 PM in VII.4 Lo que viene | Enlace permanente

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