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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CV. Lo que viene. Ofertas de Empleo.
Supe después que una parte importante de las ofertas de empleo, especialmente las anunciadas por grandes empresas, son ficticias. Los curricula van directamente al cubo de la basura. Lo hacen porque queda bien, es barato y parece que la empresa va viento en popa, lo que conviene a los gestores. Son más auténticas las ofertas de sexo.
Confieso que siento una predilección especial por la sección de los medios de comunicación escritos que se ocupa de las ofertas de empleo. No me pierdo una. Mi interés obedece a dos razones. La primera es que constituyen un magnífico observatorio de la economía. Las fases de auge económico coinciden con anuncios amplios y abundantes; las crisis adelgazan misteriosamente los suplementos laborales. También ofrecen una vista panorámica sobre el estado de avance de las nuevas tecnologías: hasta hace unos pocos meses eran numerosas las ofertas de empleo vinculadas a las tecnologías de la información y las comunicaciones; hoy, son casi la excepción y, aparentemente, rozan las condiciones del subempleo. En definitiva, el examen de la sección es más ilustrativa de cómo van las cosas de la economía que la lectura de las estadísticas del INE, o que la comprobación de la salud de Internet a través de la consulta del Estudio General de Medios.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.
Pero la razón más estimulante tiene que ver con el hecho de que la lectura de las ofertas de empleo permite conocer los modos imperantes de la seducción pública en España. Al fin y al cabo un buen anuncio propicia que la empresa oferente de un puesto de trabajo acceda a una gama amplia de historiales profesionales y, lo que es más importante, atraiga la atención de la persona que necesita. La oferta de un empleo, al igual que la publicidad de un producto, es pues un ejercicio de seducción. Sin embargo, cabe constatar dos extremos a este respecto. El primero es que los argumentos de la seducción laboral varían de manera notable a lo largo de cada ciclo económico. Sin ir más lejos, ahora mismo, las ofertas más prometedoras son bastante escuetas: puesto de trabajo fijo, remuneración a convenir y, en su caso, coche de empresa. En cuanto al mercado de trabajo de los jóvenes, las diferencias son si cabe mucho mayores: en lo peor del ciclo, la única alegría que se promete es la del aprendizaje de buenos hábitos laborales; en lo mejor, las ofertas proponen a los jóvenes carreras profesionales envidiables. El segundo extremo es que, en cada momento, los anuncios laborales guardan una sintaxis tan uniforme como la propia de las ofertas periodísticas de sexo; en definitiva, repetición. Nada que ver con la publicidad de productos o servicios, donde reina la creatividad. Hoy, el trabajo es apenas una necesidad y no vale la pena informar acerca del atractivo de un puesto de trabajo. Las personas son así perfectamente intercambiables.
La redacción de las ofertas de empleo ilustra bien cómo somos y dónde estamos. Es obligado, pues, echar un vistazo a otras latitudes. Sigo con igual atención las ofertas de empleo de medios de comunicación de otros países, para saber cómo van allí las cosas. He de decir que mi oferta de empleo preferida apareció en la prensa británica hace bastantes decenios. La anunció uno de los primeros exploradores de Antártida, Mr. Stackelton. Pretendía reclutar caballeros fuertes y valientes para su expedición. Decía:
“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.
Toda broma tiene su moraleja. La de ésta tiene que ver con su improbabilidad en nuestra España y en estos tiempos, y también con las ofertas de trabajo que no suelen dar lugar a anuncios en la sección de empleo; me refiero a las generadas por el mercado de empleos políticos, aunque igualmente podría referirme a las dificultades de reclutamiento de personal sufridas por las congregaciones religiosas. Se quejan en voz baja los partidos políticos de que no son capaces de convocar gentes de edad temprana: es inevitable la referencia a la despolitización de la juventud y a la estrechez de su mirada. Y cuando lo consiguen, más parecen futuros jefes de negociado que otra cosa. Sin ir más lejos, es clamorosa la ausencia de las agrupaciones juveniles de los partidos mayoritarios en cualquier cosa que se mueva, por ejemplo, la primera hora de la limpieza del desastre del “Prestige”: debían estar prometiéndose felicidades post-electorales en alguna convención de fin de semana. Igualmente, llama la atención que, en parecidas circunstancias, las ONG´s y los profesores de instituto sean capaces de arrastrar tantos ardores juveniles. Probablemente, lo anterior tiene una explicación bastante sencilla. Los primeros ofrecen trabajo; los segundos proponen aventuras. ¿Quién, en su juventud, no habría mandado el curriculum a Mr. Stackelton?.
Posted by Alberto Lafuente on at 09:47 PM in VII.4 Lo que viene | Enlace permanente
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