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Otra teoría sobre Irak

Brad Delong se pregunta si la invasión de Irak acabará siendo considerada el mayor engaño de la historia del espionaje. Eso parece creer Larry Johnson, ex-funcionario del gobierno de Estados Unidos. En The Guardian. Political Wire extractaba un par de párrafos jugosos.

"When the story ultimately comes out we'll see that Iran has run one of the most masterful intelligence operations in history. They persuaded the US and Britain to dispose of its greatest enemy."

"Some intelligence officials now believe that Iran used the hawks in the Pentagon and the White House to get rid of a hostile neighbour, and pave the way for a Shia-ruled Iraq."

La teoría no ha tenido, por el momento, excesivo eco en España.

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A perro flaco....

Haití vuelve a ser noticia. Como siempre, por motivos ajenos a su voluntad. Y es que, aunque parezca mentira (¿se acuerdan de acontecido a comienzos de año?), las cosas en Haití son siempre susceptibles de empeorar.

Tyler Cowen, coautor de Marginal Revolution, lo mejor que nos ofrece Internet, tiene un especial cariño por Haiti. Y ha dedicado algunos de sus posts a poner por escrito sus impresiones sobre el país; y sobre cómo éste ha llegado a convertirse en un “estado fallido”, en un desastre sin solución.

Aquí sobre porqué el país es semejante desastre. Aquí, algo sobre el sátrapa Aristide y sus cronies. Sobre la vida en Haití, en este otro. ¿Sabían que, según la ONU, la mitad de los haitianos no pueden conseguir ni siquiera el suficiente alimento para sobrevivir? Aquí lo tienen.

Para terminar, dos citas de Cowen:

"One of the most memorable accounts I read of Haiti concerned the time when a ferry sank off the coast, leading to hundreds of deaths (this has happened more than once, I might add). Oddly enough, a large number of employees were on hand to help bring in the bodies. Normally when a boat comes to shore it stops at a dock. Haiti could not afford the dock, so a large number of people are hired to wade out into the water and carry the passengers back to shore on their shoulders".

"How might Haiti recover? It is hard to see a case for optimism. In many ways the country was richer in 1840 than it was today. One huge problem has been unchecked environmental degradation, brought on by poorly-defined property rights and a tragedy of the commons. The destruction of trees and the erosion of soil are continuing unchecked. Haitians commonly cut down trees for firewood but the collective impact of this practice has taken the life out of the soil. The country, which already is a net importer of food, is on the verge of not being able to feed itself at all. It will struggle to maintain its current per capita income of $400, noting that some estimates run closer to $250. Many Haitians are now asking for reparations.

Add on a totally corrupt port, dishonest politicians, no good roads, hardly any infrastructure, the Duvaliers' destruction of intermediate civil society institutions, a rampant brain drain, few protections for foreign investors, and the complete absence of rule of law, and you have some real problems. The question is not so much how to improve policy, since policy does not reach most Haitians. Previous policies have destroyed so much value that it would be hard to find an institutional framework for current reforms, if Haiti's politicians were ever so inclined. Most Haitians live in something approximating the state of nature. They are ruled, if that word can be used, by local mafias rather than by the national government.

By the way, did I mention that 85 percent of the population is illiterate and 99.9 percent carry malaria?
Public safety is breaking down as well. I used to visit yearly, but the number of carjackings, many carried out in broad daylight, have scared me off for the time being."


Por cierto, si quieren echar una mano, Intermón OXFAM se ha puesto en marcha, como siempre, con celeridad y profesionalidad.

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Toma el dinero y corre

La edición correspondiente al año 2004 del Global Corruption Report de Transparency International, TI, nos regala, como siempre, algunos datos interesantes; este año, nos ofrece el primer ranking (que tengamos noticia) sobre cleptócratas. Gobernantes chorizos, para entendernos. Así, nos enteramos, a pesar de que TI deja claro que se trata de estimaciones, que la función pública, en algunos lugares, resulta sumamente lucrativa. Para algunos, claro. La clasificación de indeseables viene encabezada por el indonesio Suharto, quien a lo largo de sus veintidós años de gobierno, hasta 1998, se embolsó entre quince y treinta y cinco mil millones de dólares; le sigue de cerca Ferdinand Marcos, quien entre 1972 y 1986 utilizó entre cinco y diez mil millones de dólares para comprar zapatos a su mujer. También los infames Mobutu Sesse Seko, Zaire, y Sani Abacha, Nigeria, supieron aprovechar su oportunidad; cinco mil millones de dólares. Abacha se ha destapado como el más rápido; acumuló en cinco años, 1993-1998, lo mismo que Mobutu en treinta y dos, 1965-1997. Completan la lista los sospechosos habituales: Milosevic (Yugoslavia, 1989-2000), Jean Claude Duvalier (Haiti, 1971-1986), Alberto Fujimori (Peru, 1990-2000), Pavlo Lazarenko (Ucrania, 1996-1997), Arnoldo Alemán ) y Joseph Estrada (Filipinas, 1998-2001).

El informe de Transparency International incluye también el TI Corruption Perceptions Index ; elaborado anualmente desde 1995, éste índice otorga a los países del mundo una calificación de uno a diez en función de su nivel de corrupción, definida como el uso del poder público para beneficio privado, siendo el diez la nota más deseable. La no corrupción. Posteriormente, vistos los resultados, elabora un ranking de países. De mejor a peor.

Naturalmente, en organizaciones exitosas, sean éstas estados, municipios, empresas, o partidos políticos, la corrupción nunca puede ser generalizada. La generalización perjudica a los propios corruptos; todos los años, los puestos de “honor” del índice de Transparency International de suelen ocuparlo estados “fallidos”, auténticos desastres, mientras que las mejores posiciones, los primeros puestos de la clasificación, pertenecen a sociedades desarrolladas; los mejores puestos son ocupados por países en los cuales la corrupción no es inexistente, sino que ésta se mantiene por debajo del umbral en que acaba devorando las instituciones y destruyendo la posibilidad de construir un estado moderno. Hablando en términos de redes, esto quiere decir que, bien los corruptos tienen un número de enlaces reducido -la corrupción permanece aislada- o bien los corruptos se conforman con poco. Esta última explicación parece menos plausible. La explicación es que la corrupción sufre de economías de red negativas: la utilidad de la corrupción para cualquier corrupto disminuye con el número de corruptos existentes en su entorno. Mejor repartir las comisiones entre pocos. Lo explicaba bien Mancur Olson en su Power and Prosperity; una de las condiciones para el salto a la prosperidad estriba en que los delincuentes, léase caudillos, sean capaces de monopolizar los beneficios de la extorsión y, por tanto, evitar la aparición de bandidos con poca visión de futuro. Los primero tienen intereses en garantizar el bienestar futuro de la sociedad. Aumentará su porción de la tarta. Un mafioso de los de Coppola tiene interés en el bienestar de su barrio, de él depende el suyo propio. Atila, por el contrario, no tenía plan de pensiones. En fin, una vez más, el ranking de países más corruptos viene encabezado por Bangladesh, Nigeria y Haití. Éste último obtiene una puntuación de 1.5. Mala nota. Siete de los diez primeros puestos, los países menos corruptos, resultan ocupados por democracias europeas. Finlandia es el país mejor puntuado, con un 9.7. A los siete europeos se suman Nueva Zelanda, Australia y Singapore para completar el top ten. España aparece en el puesto veintitrés, justo por detrás de Francia. Con un 6.9.

El trabajo de Transparency International nos permite, también, llegar a conclusiones que pudieran parecer sorprendentes. O quizá no tanto; según publicaba hace unas semanas la revista norteamericana Newsweek, la confianza de los ciudadanos en sus gobiernos tiene poco que ver con el grado de corrupción que éstos demuestran. Más bien al contrario. Tomando datos del Foro Económico Mundial y de Transparency International, nos encontramos con que un 77% de los ciudadanos indios confían en su gobierno. A pesar de ocupar un mal puesto en el índice de Transparency Internacional. Sucede lo mismo con Indonesia, uno de los países más corruptos del mundo según TI y, sin embargo, uno de aquellos en los que sus ciudadanos demuestran más fervor por el gobierno. Lo mismo podría decirse de Argentina. Hay quién dice que las causas de este fenómeno hay que buscarlas en la (in)existencia de prensa independiente ; institución que suele gustar poco a los abusones.

Por Ramón Pueyo

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Ponga un meteorito en su jardín

El nuevo año vino para los españoles con un meteorito de regalo. Las crónicas hablaban de la alarma de la población y de la dificultad de encontrar el lugar del impacto. La alarma no estaba del todo justificada; la posibilidad de sufrir daños corporales como consecuencia del impacto de un meteorito es muy escasa; que se sepa, sólo un mamífero ha muerto como consecuencia del impacto de un meteorito: un pobre perro egipcio que paseaba por Alejandría, en 1911, cuando el cielo se desplomó sobre su cabeza. No nos ha llegado su nombre. En lo que se refiere a los posibles daños materiales, al bolsillo, los meteoritos son, sobre todo, una bendición. Me explicaré. En octubre de 2003, el reputado diario norteamericano The Washington Post daba cuenta de la historia de los propietarios de una tienda de regalos de Nueva Orleáns; al llegar a su casa un día del pasado mes de septiembre de 2003, descubrieron que algo había causado considerables daños. Al encontrar agujeros del tamaño de pelotas de tenis en el tejado, imaginaron que algo había caído de un avión en pleno vuelo. Fue la policía quien, una vez aplicadas sus dotes deductivas, les anunció que el causante no era otro que un objeto interestelar. Un meteorito. Fragmentos del mismo, incluyendo trozos del tamaño de una mano, fueron encontrados en la planta baja de la casa. La conclusión fue después confirmada por el departamento de geología de una universidad cercana.

Al parecer, la composición de los objetos, de nombre condritas, indicaba que procedían del cinturón de Asteroides entre Júpiter y Marte. Relativamente comunes. Como es natural, en un principio los propietarios estaban desolados. Sin embargo, el objeto presentaba ciertas particularidades; se trataba del primer meteorito que, se supiera, había caído en Nueva Orleáns; no sólo eso, sino que había caído en casa de alguien, lo que le confería un valor especial. La desazón de la familia terminó cuando alguien les contó que existía un mercado para ese tipo de cosas; que había gente dispuesta a pagar mucho dinero por el pedrusco que les había caído encima. De hecho, les contaron, existen intermediarios dedicados profesionalmente, a tiempo completo, a la compra y venta de meteoritos.

Al parecer, el mercado de meteoritos viene experimentando un boom en los últimos años; como consecuencia de Internet (suelen venderse en la casa de subastas eBay) y de los descubrimientos en el Sahara y otros lugares remotos, la oferta de material interestelar se ha multiplicado. Aunque no tanto como su demanda. Uno de estos profesionales, consultado por el Washington Post, declaraba que el valor del meteorito caído en Nueva Orleáns podría rondar los trescientos mil dólares. Millones de dólares si finalmente se hubiera descubierto que la roca procedía de Marte, o de la Luna. Los daños causados por el impacto ascendían a diez mil dólares. Un buen negocio.

Como es sabido, la escasez constituye un factor decisivo en el precio de un bien. Siempre que exista demanda para el mismo, claro. El caso anterior constituye un claro ejemplo; la diferencia de precio entre un canto rodado y un meteorito viene determinada fundamentalmente porque éste último viene de Júpiter. Hay pocos. El altísimo precio del caviar, introducido en Europa por mercaderes venecianos en el siglo XIV, y uno de los platos favoritos de Galileo, tiene como causa que el esturión es una especie en vías de extinción; además, el comercio de caviar está estrictamente regulado. Es escaso. De hecho, un contrabandista puede obtener en el mercado negro veinte mil dólares por el contenido de una maleta de caviar. El precio final al consumidor sería de cien mil dólares. Así lo cuenta Inga Saffron en su Caviar: The Strange History and Uncertain Future of the World's Most Coveted Delicacy (Broadway, 2002). La escasez no tiene porque ser natural; puede crearse artificialmente. Los meteoritos y el caviar parecen, por el momento, sufrir de escasez perenne. No siempre sucede lo mismo. Alguien podría decidir que para mejorar la cuenta de resultados no hay nada como regular la cantidad disponible de su producto en el mercado. Para esto último sólo hace falta que uno o varios productores disfruten del suficiente poder de mercado como para controlar la cantidad de producto disponible y, por tanto, su precio. Para evitar esa tentación existen los tribunales de defensa de la competencia. Conseguir escasez artificial ha sido, históricamente, la estrategia fundamental en algunas industrias. Esa parece ser la razón de la existencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, o de De Beers, el consorcio que controla buena parte de la producción de diamantes en el mundo y que nos hace creer que el precio de las piedras está justificado por su escasez.

En suma, la escasez es buena para quién la controla. Así que, la próxima vez que vean un meteorito, no duden en salir tras él.

Artículo publicado previamente por Ramón Pueyo, en Heraldo de Aragón, el 18 de enero de 2004.

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Vuelven los piratas

Hace unos días desaparecía un ferry de la compañía española Balearia en aguas del Océano Índico; se temía que la nave hubiera sido objeto de un ataque pirata. Aunque, al final, el problema fue consecuencia de una tormenta, que produjo una avería en el sistema de comunicaciones, el temor a los piratas no carecía de fundamento. Ni mucho menos.

Los piratas parecen estar viviendo una segunda edad de oro. Sólo durante la tercera semana del mes de enero de 2004, el Piracy Reporting Centre del International Maritime Bureau (IMB), organismo dependiente de la Cámara de Comercio Internacional, informaba de dos incidentes, ocurridos en Bangladesh y Ghana. Durante este último, piratas a bordo de dos lanchas motoras intentaron hacerse con un barco que transportaba gases licuados del petróleo. Afortunadamente, la tripulación consiguió dar la voz de alarma y rechazar a los intrusos. No se trata, desafortunadamente, de hechos aislados; los ataques de piratas se triplicaron en el espacio de cinco años; ciento seis barcos fueron atacados en 1998; trescientos setenta a lo largo de 2002; trescientos cuarenta y cuatro en los primeros nueve meses de 2003. Veinte marineros fueron asesinados en los primeros meses de 2003. Asia Foundation estimaba que el coste total de la piratería, en términos de cargamentos perdidos, buques robados y aumento de las primas de seguro, ascendería a 16.000 millones de dólares al año. Aunque más de dos tercios de todos los ataques piratas se producen en aguas de Indonesia, tampoco África está libre de estas versiones modernas de John Silver. De hecho, el IMB recomienda a todos los buques que se mantengan alejados de las costas de, por ejemplo, Somalia; allí, la posibilidad de un ataque pirata se convierte en certeza. Según el informe “Security In Martime Transport:
Risk Factors And Economic Impact”
publicado en Julio de 2003 por la OCDE, la piratería continúa siendo un negocio muy lucrativo: el secuestro de los miembros de la tripulación y petición posterior de rescate; el robo del buque con posterior cambio de nombre para poder ser utilizado como buque “fantasma”; y el robo del cargamento son las principales líneas de negocio de estos nuevos piratas.

Como suele suceder en estos casos, los afectados se lamentan de que nadie les hace caso, a pesar de que el 99% del trafico comercial del mundo es marítimo. Yo, en cualquier caso, prefiero a los de antes.

Por Ramón Pueyo

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Las dos culturas de Google

Finalmente, parece que va a suceder: la próxima salida a bolsa de Google constituirá el acontecimiento empresarial del año. El negocio del siglo, si hacemos caso a The Wall Street Journal. Fundada en 1998 por dos estudiantes de la Universidad de Stanford, Google es parada obligatoria para cualquier internauta. De hecho, a muchos nos resulta inconcebible Internet sin Google. Ya saben, Google es un buscador; permite al usuario encontrar lo que busca, de forma relativamente rápida, entre miles de millones de sitios de Internet. La historia de Google es interesante: mientras cursaban el doctorado, Larry Page y Sergey Brin, conscientes de que la tecnología de búsquedas en Internet era mejorable, presentaron un trabajo académico en el que describían un sistema que mejoraba sustancialmente lo que existía hasta la fecha; garantizaba al usuario que los resultados de la búsqueda eran los más relevantes. Poco después fundaban Google. Utilizando una tecnología superior, en poco tiempo se convirtió en el buscador favorito de los internautas.

Mientras otros llenaban sus páginas de información y prestaban poca atención a las búsquedas, Google tenía claro su modelo de negocio. Búsquedas; rápidas, útiles y relevantes. Y acertaron. Las empresas puntocom, en plena burbuja, se obsesionaban con las recompensas de salir a bolsa. Mientras, los promotores de Google mantenían una visión no instrumental de la empresa: ofreciendo un servicio útil a sus clientes, el dinero llegaría solo. Acertaron; hoy su buscador registra doscientos millones de búsquedas diarias. Tres de cada cuatro personas que buscan algo en Internet utilizan Google. Barrieron a la competencia; hasta su mayor competidor, Yahoo, decidió en su día utilizar su tecnología. Google es una de las marcas más valiosas del mundo.

Google hizo de la austeridad el sello de la casa; el núcleo de su negocio era el facilitar la búsqueda de información en la red. Nada de publicidad en la página de inicio: solamente el título y el formulario donde introducir los términos a buscar. La revista Barron estimaba recientemente los ingresos de Google entre setecientos y mil millones de dólares; los beneficios anuales, provenientes de la publicidad y las licencias de su tecnología de búsqueda, en varios cientos de millones; crecimiento anual cercano al cincuenta por ciento. Es difícil de saber, la compañía es celosa de su información. Ventajas de no salir a bolsa. (Poco después de escribir estas líneas, a finales de abril, la compañía hacía públicos sus números)
Los fundadores poseen, según The Wall Street Journal, el treinta por ciento de las acciones de la compañía. El resto queda dividido entre empleados de la compañía, algunos pequeños accionistas, competidores como Yahoo, y dos compañías de capital riesgo que en 1999 apostaron por la compañía. Estas últimas, Kleiner Perkins y Sequoia Capital, pagaron veinticinco millones de dólares por el veinticinco por ciento de las acciones de Google. Las previsiones de The New York Times otorgan a Google, tras la salida a bolsa, un valor de mercado de veinticinco mil millones de dólares; tal resultado convertiría la apuesta de las dos compañías de capital riesgo en una de las inversiones más rentables de la historia. El valor de mercado de Google superaría el de Nike, el fabricante de prendas deportivas. O el de Lockheed Martin, el fabricante de los cazas de combate norteamericanos.

Contrariamente a lo que dictaba la burbuja, los fundadores de Google nunca tuvieron prisa por salir a bolsa y hacer caja. Siempre les interesó más la posibilidad de construir naves espaciales o estudiar alguna fórmula para que la gente pudiera recibir información mientras piensa; implantando chips en el cerebro, por ejemplo (The New York Times dixit). De acuerdo a las crónicas, el desinterés por los réditos de la salida a bolsa, que catapultaría a los dos fundadores a los listados de personas más ricas del mundo, generó cierta tensión con el resto de accionistas; éstos, después de las montañas de dinero invertidas en proyectos puntocom fallidos, ven a Google como una oportunidad de desquite. Los fundadores, por su parte, disfrutan de la libertad que les otorga el no estar sujetos al estrecho marcaje de los reguladores y los mercados estadounidenses: pensar en viajes espaciales sin que a los accionistas se les pongan los pelos de punta.

Por otro lado, la prisa del resto de accionistas parece razonable; algunos analistas opinan que Google ha alcanzado su techo. Según Financial Times, el éxito de Google fue debido a la miopía de los gigantes de Internet: creyeron que en materia de buscadores todo estaba inventado. Ya no; Yahoo y Microsoft han preparado el contraataque. La primera anunció recientemente que no renovaría la licencia con Google; está desarrollando su propia tecnología. La segunda ha comunicado que, en 2006, su tecnología de búsqueda quedará incorporada al paquete de software de Windows; esta estrategia ya fue utilizada por Microsoft en el caso de los navegadores y sirvió para barrer al, por aquel entonces, líder, Netscape. Otro problema al que podría enfrentarse Google es precisamente su especialización en búsquedas; no cuenta con contenidos únicos y por tanto no mantiene relaciones a largo plazo con sus clientes. Éstos no se lo pensarán dos veces a la hora de cambiar de buscador. Por ejemplo, Amazon, la librería de Internet, lanzaba recientemente un servicio que permite al cliente, a la vez que ofrece resultados de búsqueda, leer extractos de libros en los que se mencionan los términos de búsqueda. También Yahoo, por ejemplo, hace algo parecido con respecto a las compras online. A ello se añade la aparición de competidores en el mercado de búsquedas, como Teoma, que se apoya en la clasificación de expertos independientes; o Mooter, que utiliza el historial de búsquedas del usuario para ofrecer resultados más personalizados.

El entorno parece dar la razón a quienes tienen prisa por ver a Google cotizando; además, la teoría de la selección adversa nos dice que deberíamos desconfiar cuando las compañías salen a bolsa. Al fin y al cabo, si la compañía tiene un futuro tan brillante, ¿porqué querría nadie compartir los beneficios? Como en el timo de la estampita. En cualquier caso parece que, en el caso de Google, la racionalidad del resto de inversores ha podido con el idealismo de los fundadores. Uno de éstos, al ser preguntado hace algún tiempo por una posible salida a bolsa respondía: “eso es mucho trabajo, y yo soy muy vago”.

Publicado previamente, por Ramón Pueyo, en Heraldo de Aragón, el 16 de mayo de 2004.

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Buscando a Nemo

Disney ha sido siempre una compañía especial. "Trabajamos mientras otros se divierten", es uno de sus eslóganes. En uno de los programas de formación para altos directivos se pide a éstos que recorran durante unas horas los parques de la compañía, disfrazados de alguno de los famosos personajes Disney. A muchos, al parecer, les gusta. Los nuevos empleados de la compañía son también adoctrinados durante una temporada en la Universidad Disney. Allí se les enseña que el mantenimiento de la magia Disney requiere reglas estrictas; nada de bigote ni de pelo largo, los actores que recorren los parques de atracciones disfrazados de personajes de dibujos animados no deben nunca hablar ni quitarse el disfraz en público. Tienen además que aprender a hablar el lenguaje Disney. Por supuesto, nada de piercings en el ombligo.

La compañía, fundada a comienzos de la década de los veinte del pasado siglo por Walt y Roy Disney ha sido un éxito empresarial indiscutible, aunque también ha pasado por dificultades; la muerte de Walt Disney en 1966 inició una larga decadencia. Incluso estuvo en cuestión la propia supervivencia de la compañía. La travesía en el desierto terminó con la incorporación a Disney, en 1984, de su actual presidente ejecutivo, Michael Eisner; desde su llegada, y hasta 1998, logró multiplicar por seis los beneficios de la compañía. El valor de mercado de las acciones se multiplicó por treinta; la cifra de negocio, por quince. Un éxito sin precedentes que llevó a Michael Eisner a convertirse en uno de los ejecutivos mejor pagados de la historia; sólo en el año 1997 se embolsó quinientos setenta millones de dólares. The Economist valoraba recientemente en unos mil millones de dólares los ingresos de Michael Eisner desde su llegada a la compañía. Trabajando por cuenta ajena. Para que luego digan que nadie se hace rico trabajando.

Pero nada es eterno; a partir de mediados de los noventa comenzó a cometer errores; la compra de la cadena de televisión ABC, transformada en una máquina de triturar billetes, las alocadas adquisiciones durante la euforia .com, la pérdida del liderazgo en dibujos animados, y la continua desbandada de ejecutivos, hartos de las maneras imperiales del presidente, contribuyeron a chamuscar la imagen de Eisner. Y a dañar las cuentas de la compañía; desde 1998, los beneficios cayeron en picado. Así, en los últimos tiempos, los problemas de Disney son legión; hace tan sólo unos días, Pixar, la productora de "Toy Story" o "Buscando a Nemo", anunciaba su decisión de no renovar el contrato de distribución con Disney. De acuerdo a The Wall Street Journal, este contrato es responsable de más de la mitad de los beneficios de Disney desde 1999. Un desastre. Al parecer, Pixar ha acabado cansándose de la personalidad del presidente de Disney, Eisner. Además, son legión los detractores del estilo de gestión del actual equipo directivo liderado por Michael Eisner. Entre ellos, Roy Disney, el sobrino del fundador. Éste presentó su dimisión alegando que el actual presidente ha contribuido a construir una compañía rapaz, antipática; más preocupada por el dinero fácil que por sus clientes. También algunos inversores institucionales tienen reservas; parecen insatisfechos con las prácticas de gobierno corporativo de Disney en la era Eisner. No es de extrañar, un reciente estudio sobre una muestra de 1800 empresas cotizadas estadounidenses, sitúa a Disney entre las diez empresas peor gobernadas de Estados Unidos. Al parecer, Eisner gusta de consejos de administración amables, que no le tosan; de ahí la tendencia a nombrar como consejeros sólo a amigos y simpatizantes. Disney no es una compañía, es una dinastía, dicen los críticos.

Por si fuera poco, Disney se ha visto también sometida a una investigación por el regulador de los mercados estadounidenses, la Securities and Exchange Commission (SEC); al parecer, la SEC está prestando especial atención a la decisión de Disney de contratar a tres de los hijos de los consejeros; y a la mujer de uno de ellos. La feliz esposa goza de un salario de, todo incluido, un millón de dólares. Quién pudiera.

Además, estos días se dilucida la oferta de adquisición lanzada por Comcast sobre Disney; según The Wall Street Journal, Comcast pretende comprar Disney por sesenta mil millones de dólares. La oferta tiene un añadido novelesco: Stephen Burke el actual presidente de Comcast abandonó Disney en 1998, por discrepancias con Eisner. Se la tienen guardada. Como es sabido, la existencia de un mercado de compraventa de empresas contribuye a mantener alerta a los directivos. Si no lo hacen bien, alguien podría entender que comprando la empresa, y cambiando a los directivos, podría obtener unos resultados mejores. La oferta de Comcast es, por lo tanto, una mala noticia para los actuales ejecutivos de Disney, especialmente para Michael Eisner; así, no es de extrañar su rotundo rechazo a ser comprados. Nunca dirían que temen perder el empleo, claro.

Publicado previamente por Ramón Pueyo en Heraldo de Aragón, el 22 de febrero de 2004.

Addendum

El pasado 29 de abril Comcast decidía retirar la OPA hostil Sobre Disney. "Está claro que no hay interés por parte de la dirección de Disney y su Consejo de unir Comcast y Disney", explicaba el CEO de Comcast, Brian Roberts. Roberts dejó en su día Disney por desavenencias con Michael Eisner. Se ha quedado sin venganza.

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La próxima burbuja

Como es sabido, las burbujas especulativas son consideradas ejemplo de irracionalidad en el comportamiento colectivo; se producen cuando el precio de algún activo alcanza un nivel muy superior al de su valor real. Locuras colectivas. Su ciclo de vida es muy similar al de los esquemas piramidales, y podría resumirse con un aforismo: el último paga. Por alguna razón, el precio de un determinado activo comienza a aumentar; cada aumento de precio convence a la gente a participar en la burbuja, también quieren ganar; cada aumento sirve también para justificar las esperanzas de quienes ya participan. La cosa continúa hasta que la gente empieza a dudar. Los últimos en entrar en el mercado acaban con una mano delante y otra detrás. Nadie está dispuesto a pagar el precio que ellos pagaron. La burbuja se pincha y los precios retornan a niveles razonables; para desesperación de quienes pagaron los precios más altos.

Las burbujas especulativas no son un producto de la modernidad. Las fiebres vienen de lejos, y han tenido como objeto desde los valores de las compañías .com hasta los tulipanes; la fiebre de los tulipanes tuvo lugar en Holanda, durante el siglo XVII, y ha sido relatada por numerosos economistas, incluido J. K. Galbraith. Tuvo su origen, al parecer, en 1562, cuando llegaron a Holanda los primeros bulbos. Al cabo de algún tiempo, la valoración económica de los tulipanes comenzó a crecer. La posesión de estos bulbos se convirtió en una obligación social; en la década de 1630 parecía que el precio iba a aumentar indefinidamente. Cada aumento de precio convencía a quienes dudaban si entrar en el mercado. Nadie quería ser el primo que no iba a ganar montones de dinero con los tulipanes. Acabó convirtiéndose en un caso exacerbado de codicia. El caso es que el precio de los tulipanes se multiplicó de forma desquiciada. Cuenta Charles Mackay en su Extraordinary Popular Delusions And The Madness Of Crowds que un tulipán podía alcanzar en 1636 un precio principesco: un carruaje nuevo, dos caballos tordos y un arnés completo. Mucha gente se enriqueció en un corto espacio de tiempo. La tulipamanía terminó mal. En 1637, por unas u otras razones, la gente comenzó a vender. Renació la cordura. Se desató el pánico. El precio de los tulipanes cayó un noventa por ciento en el espacio de unas pocas semanas. Como siempre, los perdedores trataron de culpar a todo el mundo; esto es, a todos menos a su propia codicia. Buscaron la ayuda de las autoridades. Sin suerte. Durante algunos años, en Holanda, nadie quiso ni oír hablar de tulipanes.

Desde entonces, con una cierta frecuencia, las burbujas especulativas se han cobrado nuevas víctimas. Sobre todo en Wall Street y aledaños. A comienzos de los años sesenta, los inversores caían rendidos en brazos de cualquier compañía que añadiera a su nombre los sufijos tron o tronics. La cosa acabó en 1962. Mal. A finales de la misma década, la palabra mágica pasó a ser Silicon. El resultado final fue el mismo que en casos anteriores. Más recientemente, el fervor especulativo tuvo como objeto las compañías de Internet; época que alguien, apropiadamente, rebautizó posteriormente como locuras.com. Era normal que una compañía multiplicara su precio por tres el día de su salida a bolsa. El mundo estaba ávido por todo lo que oliera a Internet. Volvía a repetirse la historia de los tulipanes. VA Linux Systems, por ejemplo, estableció el record de revalorización en un solo día, multiplicando por siete su precio de salida, el nueve de diciembre de 1999. Aunque nada comparado con e-Bay, la compañía de subastas. Record absoluto; el veintitrés de septiembre de 1998, la compañía salió al mercado: el precio inicial fue de 18 dólares. Cerró el año en 241.25 dólares, una ganancia en esos tres meses del 1240.3%. También el caso de Terra, más cercano, podría servir de ejemplo. La cosa llegó hasta tal punto que alguna compañía, cuyo negocio nada tenía que ver con Internet, decidió añadir el sufijo .com a su nombre. Inmediatamente se multiplicó su valor en bolsa. Tal era la voracidad por todo lo que sonara a Internet. Al final, de poco sirvió. En la primavera de 2000 renació la cordura; el valor de una buena parte de las .com se desplomó. Muchas desaparecieron. Como ya había sucedido unos siglos antes en Holanda, los damnificados culparon a todo el mundo; menos, claro, a su propia codicia.

Tan sólo cuatro años después del colapso de la última burbuja especulativa, todo parece indicar que nos encontramos a las puertas de la próxima; así, al menos, parece entenderlo James Surowiecki, autor de un reciente artículo en la prestigiosa The New Yorker. La nueva fiebre tendría que ver con la nanotecnología, tecnología relacionada con la manipulación de átomos y moléculas. La nanotecnología puede servir para aumentar la capacidad de los discos de los ordenadores, como ya ha sido probado por IBM; también, parece tener aplicaciones más mundanas: prendas que repelen las manchas o ventanas que no se ensucian, por ejemplo. Sin embargo, buena parte de sus aplicaciones más interesantes parecen encontrarse a años, o décadas, de distancia. Durante el último año, según contaba Surowiecki, todas las compañías con alguna conexión con la nanotecnología han visto sus cotizaciones crecer de forma vertiginosa; al parecer el ambientillo es similar al de las primeras salidas a bolsa de compañías de Internet, allá por 1993. La fiebre por la nanotecnología tiene su explicación en la amplitud de sus posibles aplicaciones; se trata de una tecnología de propósito general, como también lo fueron el ferrocarril, la electricidad, o Internet. Podría tener la capacidad de revolucionar varias industrias. De ahí la fiebre.

Sin embargo, incluso si la tecnología está a la altura de lo que se espera de ella, una mayor parte de las compañías actualmente existentes, por no hablar de las que salgan al mercado en los próximos tiempos, habrán desaparecido en pocos años. Suele pasar; así se construyen las industrias. Se crearán una manada de empresas cuyo objeto será el desarrollo de aplicaciones para la nanotecnología. Las mejores sobrevivirán. La mayoría desaparecerá. El proceso será, al igual que en el caso de Internet, especialmente sangriento; la amplitud de posibles aplicaciones conducirá a que se pongan en marcha numerosos proyectos infructuosos. Ese es el precio de la innovación: el capital va a parar a algunos proyectos provechosos y a otros que no lo son. Aquí entra en juego el valor social de las burbujas; en el caso de las tecnología transformadoras (a diferencia de los tulipanes o, pongamos, la vivienda) las burbujas cumplen una función social. Éstas acaban permitiendo que se pongan en marcha más proyectos de lo que sería económicamente racional; se experimentan posibilidades y enfoques que no se experimentarían en ausencia de excesivo optimismo. Todos nos beneficiamos. Por ponerlo en palabras de Surowiecki: "en los sueños de la avaricia descansan las esperanzas de progreso".


Publicado previamente, por Ramón Pueyo, en Heraldo de Aragón, el 21 de marzo de 2004

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Sexo, estafa y gobierno corporativo

No sorprenderá a nadie, pero lo contamos. El verano pasado, investigadores de la Universidad de Estocolmo publicaban en la revista Nature los resultados de un curioso estudio; pretendían conocer las pautas de comportamiento sexual de cerca de tres mil suecos, de entre dieciocho y setenta y cuatro años de edad. A bote pronto, la intuición nos llevaría a dividir el número de contactos sexuales entre los participantes en el estudio. Entenderíamos que el resultado, la media, vendría a ser un dato representativo de los contactos sexuales de un individuo cualquiera. Pues no.

Sexo

Al parecer, la distribución de los contactos sexuales de la muestra analizada sigue una distribución no normal; un pequeño número de individuos disfruta de un número muy alto de parejas, mientras que la mayoría ha tenido que conformarse con pocos contactos sexuales. No sorprenderá a nadie, pero lo contamos. La constatación que las relaciones sexuales siguen este tipo de distribución tiene varias implicaciones de salud pública; se aplica, a lo que la bragueta se refiere, la famosa ley de los seis grados de separación de Milgram. Ésta constituye quizá la interpretación más popular acerca de la teoría de redes para la comprensión de los fenómenos sociales; viene a postular que la distancia entre cualesquiera dos individuos no es muy amplía; esto es, la cadena de relaciones que permitiría a un español trasladar un mensaje al presidente de Estados Unidos podría ser sorprendentemente corta. La teoría fue puesta a prueba por Stanley Milgram, catedrático en Harvard, en 1967. Pretendía demostrar que vivimos en una sociedad interconectada, que las redes sociales no están aisladas y que la distancia entre individuos es siempre pequeña. De ahí los famosos seis grados de separación. De acuerdo con el estimulante estudio sueco, la distancia entre dos camas cualquiera podría ser muy corta. Las conclusiones del estudio parecen también concordar con la famosa regla 80/20 propuesta por Pareto. A saber, la distribución de la riqueza en el conjunto de la sociedad no es normal, sino que sigue un patrón determinado; el 80% de la riqueza es poseída por el 20% de la población, independientemente del país o periodo de tiempo analizado. La evidencia empírica parece haber trasladado la regla de Pareto a otros campos; por ejemplo, las averías de los artefactos: cuando sale malo, sale malo.

El definitivo advenimiento de la era de Internet nos ha traído algunos regalos; entre ellos, nos ha ofrecido un buen campo de pruebas para el avance en el estudio de la teoría de redes. Y para la aplicación de dicha teoría a un conjunto amplio de fenómenos sociales. Los últimos avances en la materia vienen a sugerir que las redes de la vida real tienen unas características especiales; una sorprendente tiene que ver con la distribución no normal del tamaño de los nodos que conforman dichas redes. Como las redes de camas suecas. Por aclararnos: un pequeño número de nodos goza de un número alto de enlaces, mientras que la mayoría cuenta con un número pequeño. La distribución sigue, por lo tanto, una ley potencial. No normal. La famosa campana de Gauss no vale. Así, la inmensa mayoría de los websites cuentan con un número de enlaces entrantes muy pequeños, mientras que una minoría cuenta con un número de enlaces sorprendentemente algo. A comienzos del año 2003, se publicaba un estudio de relevancia sobre bitácoras en Internet; dos de los 433 weblogs analizados sumaban el 5% de los links entrantes. Los doce más populares (menos del 3% del total) disfrutaban del 20% de los links entrantes. Los cincuenta más populares (algo más del 10& del total) acaparaban el 50% de los links entrantes. Se rompen de nuevo los patrones de las distribuciones normales; de acuerdo a éstas, un pequeño número de websites contarían con un número muy alto de enlaces entrantes, una mayoría dispondría de un número medio de enlaces, y una minoría dispondría de un número muy pequeño de enlaces. Las distribuciones no normales no siguen ese patrón. Ese comportamiento lo encontraríamos también en otros fenómenos económicos; como el tamaño o las tasas de extinción de las empresas.

Estafa

La ciencia no para. Investigadores británicos de Volterra Consulting publicaban recientemente los resultados de un análisis sobre comportamiento criminal juvenil. Dicho estudio seguía el comportamiento de dos grupos de jóvenes a lo largo de varios años. Si la distribución de dicho comportamiento fuera normal, observaría la pauta siguiente: un pequeño numero de jóvenes habrían cometido muchos crímenes o ningún crimen, mientras que la mayoría habría cometido un número de crímenes considerado medio. Sin embargo, el estudio concluía que la distribución del número de crímenes no registraba una distribución normal; así, la inmensa mayoría de los sujetos no habían cometido ningún crimen, mientras que un pequeño grupo de ellos habría cometido un número de crímenes muy superior al que dictaría la media. Cuando quedaban excluidos de la distribución aquellos jóvenes que habían perpretado algún delito, el número de crímenes cometido por un individuo cualquiera puede tomar cualquier tamaño. Así, el factor crucial en el progreso criminal de un individuo parece estar determinado por el atrevimiento para cometer el primer crimen. Una vez cometido, cualquier cosa puede pasar.

Gobierno corporativo

La aplicación del razonamiento anterior, unido a la observación de los escándalos empresariales de los últimos tiempos, parece sugerir que la distribución de las malas prácticas empresariales es también no normal; un pequeño número de empresas se ven envueltas en escándalos de enormes proporciones, mientras que la inmensa mayoría son inocentes. Esto es, la distribución del total de delitos empresariales seguiría una distribución no normal, una ley potencial. Una buena parte del total de delitos se concentraría en unas pocas empresas. Lo anterior nos llevaría a estudiar la validez de las normas de gobierno corporativo; el hecho de que la ley potencial funcione en lo que se refiere a las malas prácticas corporativas implica niveles elevados de concentración de la estafa: poquitos grandes estafadores, muchos honestos. Esto nos llevaría a cuestionar la obligatoriedad de los códigos de gobierno corporativo: serían costosos e inútiles para la mayor parte de las empresas, gobernadas por tipos honestos; por el contrario, serían inútiles y engañosos para las empresas estafadoras, gobernadas por gentes a las que los códigos de gobierno no les imponen ningún respeto.

Así, al igual que concluían los investigadores británicos respecto de la delincuencia juvenil, la clave podría estar en la tolerancia respecto del primer delito. Cuando el primero “cuela”, los subsiguientes imponen menos respeto. Los pecadillos serían preludio de aventuras mayores. No hay que pasar la primera.

Por Alberto Lafuente y Ramón Pueyo

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