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La próxima burbuja
Como es sabido, las burbujas especulativas son consideradas ejemplo de irracionalidad en el comportamiento colectivo; se producen cuando el precio de algún activo alcanza un nivel muy superior al de su valor real. Locuras colectivas. Su ciclo de vida es muy similar al de los esquemas piramidales, y podría resumirse con un aforismo: el último paga. Por alguna razón, el precio de un determinado activo comienza a aumentar; cada aumento de precio convence a la gente a participar en la burbuja, también quieren ganar; cada aumento sirve también para justificar las esperanzas de quienes ya participan. La cosa continúa hasta que la gente empieza a dudar. Los últimos en entrar en el mercado acaban con una mano delante y otra detrás. Nadie está dispuesto a pagar el precio que ellos pagaron. La burbuja se pincha y los precios retornan a niveles razonables; para desesperación de quienes pagaron los precios más altos.
Las burbujas especulativas no son un producto de la modernidad. Las fiebres vienen de lejos, y han tenido como objeto desde los valores de las compañías .com hasta los tulipanes; la fiebre de los tulipanes tuvo lugar en Holanda, durante el siglo XVII, y ha sido relatada por numerosos economistas, incluido J. K. Galbraith. Tuvo su origen, al parecer, en 1562, cuando llegaron a Holanda los primeros bulbos. Al cabo de algún tiempo, la valoración económica de los tulipanes comenzó a crecer. La posesión de estos bulbos se convirtió en una obligación social; en la década de 1630 parecía que el precio iba a aumentar indefinidamente. Cada aumento de precio convencía a quienes dudaban si entrar en el mercado. Nadie quería ser el primo que no iba a ganar montones de dinero con los tulipanes. Acabó convirtiéndose en un caso exacerbado de codicia. El caso es que el precio de los tulipanes se multiplicó de forma desquiciada. Cuenta Charles Mackay en su Extraordinary Popular Delusions And The Madness Of Crowds que un tulipán podía alcanzar en 1636 un precio principesco: un carruaje nuevo, dos caballos tordos y un arnés completo. Mucha gente se enriqueció en un corto espacio de tiempo. La tulipamanía terminó mal. En 1637, por unas u otras razones, la gente comenzó a vender. Renació la cordura. Se desató el pánico. El precio de los tulipanes cayó un noventa por ciento en el espacio de unas pocas semanas. Como siempre, los perdedores trataron de culpar a todo el mundo; esto es, a todos menos a su propia codicia. Buscaron la ayuda de las autoridades. Sin suerte. Durante algunos años, en Holanda, nadie quiso ni oír hablar de tulipanes.
Desde entonces, con una cierta frecuencia, las burbujas especulativas se han cobrado nuevas víctimas. Sobre todo en Wall Street y aledaños. A comienzos de los años sesenta, los inversores caían rendidos en brazos de cualquier compañía que añadiera a su nombre los sufijos tron o tronics. La cosa acabó en 1962. Mal. A finales de la misma década, la palabra mágica pasó a ser Silicon. El resultado final fue el mismo que en casos anteriores. Más recientemente, el fervor especulativo tuvo como objeto las compañías de Internet; época que alguien, apropiadamente, rebautizó posteriormente como locuras.com. Era normal que una compañía multiplicara su precio por tres el día de su salida a bolsa. El mundo estaba ávido por todo lo que oliera a Internet. Volvía a repetirse la historia de los tulipanes. VA Linux Systems, por ejemplo, estableció el record de revalorización en un solo día, multiplicando por siete su precio de salida, el nueve de diciembre de 1999. Aunque nada comparado con e-Bay, la compañía de subastas. Record absoluto; el veintitrés de septiembre de 1998, la compañía salió al mercado: el precio inicial fue de 18 dólares. Cerró el año en 241.25 dólares, una ganancia en esos tres meses del 1240.3%. También el caso de Terra, más cercano, podría servir de ejemplo. La cosa llegó hasta tal punto que alguna compañía, cuyo negocio nada tenía que ver con Internet, decidió añadir el sufijo .com a su nombre. Inmediatamente se multiplicó su valor en bolsa. Tal era la voracidad por todo lo que sonara a Internet. Al final, de poco sirvió. En la primavera de 2000 renació la cordura; el valor de una buena parte de las .com se desplomó. Muchas desaparecieron. Como ya había sucedido unos siglos antes en Holanda, los damnificados culparon a todo el mundo; menos, claro, a su propia codicia.
Tan sólo cuatro años después del colapso de la última burbuja especulativa, todo parece indicar que nos encontramos a las puertas de la próxima; así, al menos, parece entenderlo James Surowiecki, autor de un reciente artículo en la prestigiosa The New Yorker. La nueva fiebre tendría que ver con la nanotecnología, tecnología relacionada con la manipulación de átomos y moléculas. La nanotecnología puede servir para aumentar la capacidad de los discos de los ordenadores, como ya ha sido probado por IBM; también, parece tener aplicaciones más mundanas: prendas que repelen las manchas o ventanas que no se ensucian, por ejemplo. Sin embargo, buena parte de sus aplicaciones más interesantes parecen encontrarse a años, o décadas, de distancia. Durante el último año, según contaba Surowiecki, todas las compañías con alguna conexión con la nanotecnología han visto sus cotizaciones crecer de forma vertiginosa; al parecer el ambientillo es similar al de las primeras salidas a bolsa de compañías de Internet, allá por 1993. La fiebre por la nanotecnología tiene su explicación en la amplitud de sus posibles aplicaciones; se trata de una tecnología de propósito general, como también lo fueron el ferrocarril, la electricidad, o Internet. Podría tener la capacidad de revolucionar varias industrias. De ahí la fiebre.
Sin embargo, incluso si la tecnología está a la altura de lo que se espera de ella, una mayor parte de las compañías actualmente existentes, por no hablar de las que salgan al mercado en los próximos tiempos, habrán desaparecido en pocos años. Suele pasar; así se construyen las industrias. Se crearán una manada de empresas cuyo objeto será el desarrollo de aplicaciones para la nanotecnología. Las mejores sobrevivirán. La mayoría desaparecerá. El proceso será, al igual que en el caso de Internet, especialmente sangriento; la amplitud de posibles aplicaciones conducirá a que se pongan en marcha numerosos proyectos infructuosos. Ese es el precio de la innovación: el capital va a parar a algunos proyectos provechosos y a otros que no lo son. Aquí entra en juego el valor social de las burbujas; en el caso de las tecnología transformadoras (a diferencia de los tulipanes o, pongamos, la vivienda) las burbujas cumplen una función social. Éstas acaban permitiendo que se pongan en marcha más proyectos de lo que sería económicamente racional; se experimentan posibilidades y enfoques que no se experimentarían en ausencia de excesivo optimismo. Todos nos beneficiamos. Por ponerlo en palabras de Surowiecki: "en los sueños de la avaricia descansan las esperanzas de progreso".
Publicado previamente, por Ramón Pueyo, en Heraldo de Aragón, el 21 de marzo de 2004
Posted by Alberto Lafuente on at 08:19 AM | Enlace permanente
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