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Adiós a la paradoja del agua y los diamantes

Ya saben; el agua es imprescindible para el ser humano. Y sin embargo su precio es muy reducido. Por el contrario, los diamantes son prescindibles. Pero su precio es sustancialmente superior al del agua. Acuñada en su día por Adam Smith, quizá haya llegado el momento de que los economistas le cambien el nombre. Los diamantes artificiales o sintéticos tienen la culpa. Las peores pesadillas de De Beers, el cartel del diamante, parecen a punto de convertirse en realidad. Dos pequeñas compañías, Gemesis, y Apollo parecen decididas a convertir en obsoleta la paradoja del agua y los diamantes. Nos lo contaba Wired. Lo reproducía Mahalanobis.

A mí, que quieren que les diga, la aparente pérdida de control de De Beers del negocio del diamante me produce sentimientos encontrados. Y es que, a lo largo de sus más de cien años de historia, la compañía ha sido fuente inagotable de anécdotas jugosas. Algunas, simpáticas; otras, no tanto.

Como cuando el infame Coronel Bokassa tomó el poder en la República Centroafricana; después de proclamarse emperador -la ceremonia le costó a las arcas centroafricanas alrededor de 200 millones de dólares- amenazó con nacionalizar la principal mina de diamantes del país. Propiedad de De Beers. La compañía accedió a compartir los beneficios con el recién creado Imperio Centroafricano. Sin embargo, esto no bastó. El emperador demandó que se le presentara de forma voluntaria un diamente de grandes proporciones. Sin embargo, los diamantes de grandes dimensiones no se encontraban facilmente en las minas del país. ¿Debía el consorcio De Beers comprar uno en el mercado abierto? Después de pensarlo, decidieron que no merecía la pena gastar el dinero. Al fin y al cabo, Bokassa no era tratande de diamantes. Decidieron regalarle una piedra industrial. Enorme. Pero cuyo valor a duras penas sobrepasaba los cien dólares. La piedra fue pulida y, en su interior, se incrustó una pequeña piedra de un cuarto de quilate. El regalo se entregó con la preceptiva pompa y boato. Se le dijo que la piedra representaba a Africa. El pequeño diamante en su interior representaba la capital del Imperio Centroafricano. A Bokassa se le dijo que el valor de la piedra superaba el medio millón de dólares. Él, iluso, lo enseñaba a todo dignatario que se atrevía a poner pies en su territorio de caza. Nunca sospechó nada.

Preguntados por el valor de la piedra, los responsables de De Beers respondían que "su valor era incalculable". Por lo bajo, sonrientes, añadían: "siempre y cuando el emperador no trate de venderla, claro".

Posted by Ramón Pueyo on at 06:57 PM in Cosas de Ramón Pueyo | Enlace permanente

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