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Economía al revés: mejor no dar consejos a nuestros seres queridos
En cualquier caso, no nos harán ni caso. O, mejor dicho, harán menos caso a nuestro consejo que a aquél que venga de un desconocido. Eso nos contaba esta semana Daily Favorite. El autor lo explica en términos de costes:
Suppose person A knows that she is loved by person B, which indicates that, in most case, the cost of ingoring person B's suggestion would be relatively smaller than ignoring other person's suggestion. It could be said that she is taking the love as granted. This happens more often when the person B loves person A more than other way around. I don't know how person A consider her benefit of following person B's suggestion. But it might be reasonable to infer that person A might consider person B's suggestion more seriously in the case that she could realize the cost of loosing person B's love could be beyond her ability to bear this cost. People don't care much about the things that are taken as granted. They change their attitude mostly at the moment when they could realize the cost of their ignorance.
Pues no sé que decirles pero, a mí, me parece un poco cogido por los pelos. Yo, por ejemplo, no hacía caso a mi hermana Tonia cuando ésta me aconsejaba encarecidamente no comer polos de limón. Obviamente, pasaron a ser mis favoritos. Cuando quedaba con ella después de salir (ella) de trabajar, solía comerlos de un mordisco. Para no dejar pistas. En una ocasión, antes de una de nuestras sesiones semanales de cine, me comí dos. Cuando llegué a la puerta del cine, ella me vió la cara de culpable. Yo negué tres veces. Aunque me encontraba regular. Entramos a ver la peli: creo recordar el título, A veintitrés pasos de Baker Street. Cuando el asesino se disponía a entrar en casa de la heroína (una joven ciega) me puse verde. Vomité. Mi hermana (yo tenía diez años) se resistió, al principio, a acompañarme al baño (eso no es nada, en otras ocasiones me amenazaba con dejarme sólo en el cine si me quedaba dormido; sucedía con frecuencia. Normal, si tenemos en cuenta que los gustos cinematográficos de personas de diez y veinticinco años suelen ser diferentes). Finalmente (después de ver que yo efectivamente agonizaba) se decidió a arrastrarme al baño. Entre promesas solemnes de no llevarme al cine nunca más. No cumplió su promesa; yo no volví a probar los polos de limón. Nunca supimos quién era el asesino.
A lo que iba: no creo que el seguir o no consejos dependa de un cálculo estratégico acerca de los costes que se imponen en una relación. Creo que depende más bien de la percepción sobre lo acertado o no del consejo. Generalmente creemos tener razón, somos así. Además, la gente cercana tiene la manía de dar consejos continuamente. Los descontamos. Pierden valor. Por otra parte, es poco frecuente recibir consejos de gente poco cercana. Cuando estos llegan, es normal que se les haga más caso.
Addendum
Después de leído este post, Aurelio me dice:
Creo que podrían encontrarse ejemplos para todas las posibilidades. Aunque no sea racional, el equilibrio entre las fuerzas opuestas "bajo coste de no seguir el consejo"/"beneficio de seguir un consejo bienintencionado" puede decantarse hacia cualquier lado. Lo mismo para consejos de extraños. Ahora bien: tu hermana no quería que comieses polos de limón y lo consiguió. Quizá lo podía haber conseguido más rápido aconsejándote lo contrario, pero el resultado habría sido más frágil.
Enviado por Ramón Pueyo el a las 07:25 PM en Cosas de Ramón Pueyo | Enlace permanente
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