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08/28/2004
La economía de las Olimpiadas
Falta menos de un año para saber si Madrid será la ciudad designada para albergar los Juegos Olímpicos de 2012. Por eso conviene saber que la factura de las Olimpiadas de Atenas excederá, de largo, los seis mil millones de euros previstos inicialmente. Serán más de diez mil, según The Wall Street Journal. Mucho dinero. Con resultados inciertos. Según Forbes, los presupuestos de las candidaturas a los juegos de 2012 oscilan entre los tres mil doscientos millones de dólares, Moscú, y los seis mil novecientos de París. Los Juegos Olímpicos padecen de gigantismo. Desde los celebrados en Los Ángeles, en 1984, el coste se ha multiplicado; como consecuencia de la competencia entre ciudades por hacerse con la organización. La puja por los juegos nos lleva al típico ejemplo de la maldición del ganador: gana la subasta aquella ciudad que concede más valor a los juegos. La más optimista; que, generalmente, coincide con la que más se equivoca.
Recientemente, The Economist publicaba un artículo que comenzaba con un ruego envenenado: “Háganle un favor a Londres: concedan las Olimpiadas a París”. A The Economist no le convencen los argumentos que nos hablan de las bondades económicas de las Olimpiadas. Y parece que no les falta razón; el European Economic Outlook, de PricewaterhouseCoopers, publicaba hace unos meses un análisis de los resultados económicos de los anteriores Juegos Olímpicos. Así, los juegos de Munich y Montreal resultaron un desastre financiero; en el caso de Montreal, de mil doscientos millones de dólares. Sus ciudadanos siguen pagando el agujero, treinta años después, con impuestos especiales. Por el contrario, Los Ángeles y Seúl ofrecieron abultados beneficios. Los resultados de Los Angeles dieron lugar a la leyenda que dice que las Olimpiadas resultan, necesariamente, una buena inversión. Como consecuencia, aumentó el número de ciudades interesadas en albergar las Olimpiadas. Y se dispararon los costes. De acuerdo al análisis, optimista, de PricewaterhouseCoopers, las últimas tres Olimpiadas habrían ofrecido resultados equilibrados. En cualquier caso, el éxito económico de Los Angeles fue atípico. Después del fiasco de Montreal, Los Angeles fue la única candidata a organizar los juegos del 84. Sus ciudadanos votaron en contra de la financiación pública de las infraestructuras olímpicas. Los Ángeles pudo permitirse el lujo de reducir al mínimo su inversión en infraestructuras. El COI tuvo que aceptar. Ninguna otra ciudad quería organizar los juegos.
Suele decirse que los Juegos Olímpicos traen la prosperidad económica para aquella ciudad que tenga la suerte de celebrarlos. Además, son buenos para el orgullo nacional; una bendición. Según The Economist, la cosa no está tan clara; muchas de las cuantiosas inversiones necesarias para celebrar las Olimpiadas carecen, en cualquier caso, de sentido económico; son innecesarias y difícilmente podrán ofrecer réditos futuros. Más bien al contrario. Habrá que pagarlas de alguna forma. También se nos dice que las Olimpiadas ejercen un atractivo irresistible para los turistas; The Economist lo pone en duda. En aquellas ciudades que, como Londres o París, ya aparecen en el mapa, The Economist nos cuenta que los Juegos Olímpicos podrían de hecho retraer la visita de turistas. El turismo sufre de economías de red negativas; el atractivo del Louvre para un turista determinado, se reduce con cada turista adicional con el que compite, a codazos, por un vistazo a La Gioconda. Respecto del boom para el comercio local, el impacto negativo de años sufriendo obras parece superar con creces la bonanza de las semanas de los Juegos Olímpicos. Así lo cuentan los comerciantes atenienses.
La literatura académica disponible da la razón a The Economist y otros críticos de las Olimpiadas a cualquier precio; según Robert Baade, economista especializado en eventos deportivos, los comités organizadores suelen exagerar los efectos positivos de los Juegos Olímpicos; pretenden así asegurar los fondos públicos necesarios y convencer a la opinión pública. Lo pintan de color de rosa. Sucederá con Madrid. Baade advierte también que no está claro que los efectos económicos, a corto o largo plazo, de las Olimpiadas sean suficientes para cubrir los gigantescos costes. De hecho, podría producirse un efecto sustitución; el incremento de actividad económica en la ciudad anfitriona se produciría, como en el caso de Sydney, a costa de un descenso de actividad en otras ciudades del mismo país.
Por supuesto, no todos pierden. John Lucas, catedrático en Penn State University, y especialista en la historia de los Juegos Olímpicos, lo tiene claro: “las Olimpiadas actuales operan en dos niveles: números rojos para el contribuyente y extraordinarios beneficios para contratistas y otros grupos de presión”. No es sorprendente que, al ser consultados recientemente, los neoyorquinos se manifestaran a favor de la celebración de los Juegos Olímpicos en su ciudad. Siempre y cuando, éstos no fueran sufridos por el erario público. Como en Los Ángeles. Gente sensata.
Publicado previamente en CincoDias, el 27 de agosto de 2004.
Posted by Ramón Pueyo on 08/28/2004 at 12:51 PM in El deporte como metáfora | Enlace permanente
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