DIARIOS DE UN ECONOMISTA I. PRESENTACIÓN
La sociedad americana disfruta de una tradición larga de lo que ellos llaman intelectuales públicos, es decir, de la presencia en los medios de comunicación de académicos que se pronuncian sobre lo que acontece. Siempre he admirado la libertad que conduce su escritura, aunque tienden, especialmente en el caso de los economistas, a redactar como oráculos. Ello les asimila a los analistas de bolsa, quiromantes y escritores de horóscopos, pero la libertad y, en bastantes ocasiones, el rigor lógico que emplean producen orientaciones útiles respecto del futuro.
En España, salvo excepciones, tal tradición está ausente. Los académicos sociales suelen referirse a la historia o a regularidades empíricas sin apellidos. Cuando se refieren al presente, despliegan todo género de condenas morales. Así, es bastante frecuente tropezar con ajustes de cuentas a políticos junto a vaticinios de sucesos minúsculos revestidos de trascendencia. Por lo anterior es inconcebible que se les exija prueba de la justeza de sus apreciaciones, como hace poco se ha requerido en Estados Unidos. Un académico de prestigio, Richard Posner, acaba de publicar un ensayo extenso sobre esta cuestión. El buen funcionamiento del mercado de las ideas requiere que los intelectuales públicos ayuden a la opinión pública a forma criterio respecto de la sensatez de sus apreciaciones; están obligados, para ello, a recoger en cualquier medio de libre acceso las columnas periodísticas publicadas en el pasado. De esta manera, los lectores pueden valorar la corrección de las opiniones del presente mediante la relectura de los artículos del pasado. Si se equivocan, que lo pague su reputación.
Lo que viene después es una recopilación ordenada de algunos de los artículos que he publicado en los últimos cuatro años en El País, Expansión y Heraldo de Aragón. Su relectura me ha llevado a concluir que son un Diario de la legislatura que muere, escrito por un economista. Así pues, no doy gato por liebre: es material ya publicado, salvo algunos textos inéditos que quedaron atrapados en el cajón. Mi atención personal al género de la columna periodística es reciente; apenas se remonta al final de la legislatura anterior. Se la debo a quienes me invitaron a colaborar en sus medios: por orden cronológico, Jesús Mota, de El País, Juan Urrutia, de Expansión, y Guillermo Fatás, de Heraldo de Aragón.
A lo largo de estos tres años he querido abordar todas las secciones de los medios de comunicación escritos: desde la política hasta la economía, pasando por el deporte. Pero siempre, o casi siempre, con el teclado propio de un economista, que es mi profesión. No creo en el imperialismo propio de la misma, especialmente en su vertiente académica, que empuja a los economistas a pronunciarse sobre todo lo que se mueve, en ocasiones de manera abusiva. Sin embargo, la economía es una sintaxis que en ocasiones alumbra las cosas de modo diferente. Aunque que se olvida fácilmente cuando se opina o se manda.
La selección de artículos se inicia en los prolegómenos de las elecciones generales de 2000 y está presentada por bloques temáticos. En general, he sacrificado el orden cronológico en aras del de las ideas. Naturalmente, el Diario no es crónica o almanaque, pues la atención personal respecto de lo que sucede es casi siempre caprichosa. Si tuviera, sin embargo, que poner algún apellido común a todas las miradas diría que los últimos cuatro años han visto renacer un cierto cansancio respecto de la política y su gramática, y que nos hemos hecho un poco más viejos. Por lo demás, la política española sigue pecando de radicalismo gratuito. A manos de los mismos.
Zaragoza, agosto de 2003
Posted by Alberto Lafuente on at 12:53 PM in Diarios de un economista | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack