DIARIOS DE UN ECONOMISTA VII. Emociones electorales. Voto inteligente

Seguí con bastante atención la campaña electoral de la autonómicas y municipales de 2003. Me pareció que, en general, los partidos ocultaban el rostro de los candidatos, con la única excepción de los cabezas de lista. Las webs electorales no ofrecían información sobre los méritos políticos y profesionales de los futuros diputados y concejales. Después entendí la razón.

Publicado previamente en el diario Expansión, el 1 de julio de 2003

La deserción de dos parlamentarios de las filas de PSOE en la Asamblea de Madrid ha dado lugar a una catarata de propuestas sobre la modificación del régimen de “propiedad” del escaño, cuya aprobación podría dar lugar a la separación de las cargos electos que adopten comportamientos “indignos”. En general, las propuestas parecen situarse en un lugar intermedio entre la improvisación, el derecho constitucional y la voluntad de regeneración de los usos democráticos. En todo caso, tienden a adoptar las fórmulas tan queridas en nuestro país del cambio de normas y del establecimiento de un marco sancionador ex –post de las conductas inapropiadas. Entiéndase por conducta inapropiada la deslealtad del cargo electo, sea o no indigno.

Convendría, a este respecto, echar un vistazo a la práctica política observada en otros países. Por ejemplo, el denominado Project Vote Smart, iniciativa social nacida en Estados Unidos a comienzos de los noventa, con el simple propósito de arrojar luz sobre el pasado y presente de los candidatos en las contiendas electorales. El proyecto mantiene una amplia base de datos acerca del curriculum, posiciones políticas mantenidas en el pasado, contribuciones a sus campañas electorales, opiniones acerca de asuntos que interesan al electorado americano, valoraciones de diferentes grupos de interés y, por supuesto, direcciones de contacto de un buen número de candidatos y cargos electos de Estados Unidos. Los promotores del proyecto, entre otros dos ex –presidentes, pretenden simplemente estimular el voto educado, es decir, informado en la democracia americana; en definitiva, potenciar el derecho de sufragio. Nótese que el mecanismo pone el foco donde es menester: en la biografía personal y política de los candidatos; además, parece estimular la dignidad en el momento procesal oportuno, es decir, antes de la elección.

Las recientes elecciones autonómicas y locales en España ofrecen un panorama bien distinto: ocultación de los perfiles personales de las listas (con la única excepción de las cabeceras), silencio de sus trayectorias personales y políticas, ausencia de webs y direcciones de contacto personales.
No es pedir mucho. Los políticos son productos de experiencia: sabemos cómo son una vez que han llegado al poder. En estas circunstancias, la reputación (y su pérdida) es un factor de atracción fundamental si se cumple una condición insoslayable: que el elegido tenga algo que perder si traiciona a los votantes. Para saberlo, sin embargo, es preciso conocer su biografía.

Podríamos suponer, igualmente, que los políticos son un producto de búsqueda: estamos en condiciones de vaticinar su comportamiento futuro antes de que accedan al poder. El supuesto conduciría a una conclusión similar a la anterior: mejor informar en el folleto acerca de su composición, indicaciones y modo de uso. De otra manera, nadie en su sano juicio los compra. Como los productos de alimentación infantil. La información tiene premio.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA VI. Emociones electorales. Cuando se elige lo peor

Releo estas páginas cuando el presidente Aznar no ha manifestado todavía quién le sucederá. Las crónicas suelen pasar por alto en qué cometido. Por lo que parece, no será, al menos de forma inmediata, en la presidencia del PP; tampoco podría serlo (a no ser que las cosas cambien) en la presidencia del Gobierno (nuestro Gobierno no es hereditario).

Quería explicar cómo la rivalidad no siempre garantiza que el ganador sea el mejor. Sucede en política, pero también pasa en otros ámbitos sociales..

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2003

De entre las muchas situaciones absurdas que la política de nuestros días depara a los españoles no es la de más fácil discernimiento la determinación del candidato del PP para las próximas elecciones generales. No me voy a referir, claro está, a las viscosas declaraciones de los tres vicesecretarios generales de ese partido, quienes suman a este respecto los dos estados del alma humana: el ser y el no ser. Prefiero argumentar en favor de una tesis que debería merecer la atención de los analistas políticos: el candidato proclamado por el PP será el peor de los posibles. Dejo al cuidado del lector el significado de peor. Que yo sepa, la tesis en cuestión ha sido sostenida por gentes que hacen uso de la historia y de la psicología para vaticinar los futuros políticos. También, indirectamente, por Felipe González (ha apostado públicamente por Acebes), pero como últimamente el ex -presidente del gobierno suele ser muy parco en la exposición de las razones que le llevan a las conclusiones que defiende, no hay manera de comprobar la justeza de sus argumentaciones. En cuanto al uso de la historia, ciertas gentes creen que el modelo de ordenación política que tiene en la cabeza el todavía presidente del gobierno es el de la alternancia pactada entre los dos grandes partidos nacionales, que ya conoció España después de la primera restauración monárquica. Debo decir que mi confianza en la psicología, al menos a estos efectos, es limitada, por lo que ahorro al lector el dibujo de los vericuetos que conducirían al Sr. Aznar a designar un mal candidato. Sin duda, una vez más, es la economía la disciplina que ofrece una argumentación más trabada, aunque, para ser exactos, lo que aquí se va a decir viene de un matemático, Martin Gardner.

Supongamos un duelo a pistola que opone a tres contendientes, que llamaremos Mayor, Rato y Rajoy. Se decide al azar cuál de ellos dispara en primer lugar. Los disparos son consecutivos y de acuerdo con un orden también determinado al azar. La destreza de los contendientes es distinta. Supondremos que Rato no falla nunca, Mayor acierta el 80% de las veces y Rajoy el 50%. La asignación de tales destrezas a los tres tenores es irrelevante para la conclusión final. La pregunta a responder sería : ¿Quién sobrevivirá al duelo? ¿Quién será el ganador?. Imaginemos ahora que la suerte favorece a Rato, que disfruta de la posibilidad de disparar en primer lugar. ¿Contra quién lo hará?. Ciertamente contra Mayor, pues si apuntara a Rajoy, la probabilidad de sobrevivir al duelo se reduciría del 80% al 50%. Finalmente, el candidato más torpe tendría una probabilidad del 50% de salir victorioso del duelo. La última bala es suya. Pero es más, si correspondiera a Rajoy la fortuna de disparar en primer lugar, debería apuntar al aire, pues nada le conviene más que los candidatos aparentemente más diestros conserven sus vidas: ello les lleva al enfrentamiento mutuo y a la supervivencia del más débil, que es la suya. Martin Gardner estudió de manera exhaustiva todas las situaciones posibles en torno al caso, para concluir que la probabilidad de triunfo sería del 50% para Rajoy, 30% para Mayor y 20% para Rato. Los dioses parecen premiar a los más torpes. Conviene disimular la destreza.

Lo anterior es una fábula pobre de cosas que pasan todos los días. Por ejemplo, las competiciones deportivas que alumbran el éxito de un equipo mediocre, cuya victoria se ha fraguado en la guerra a muerte entre los equipos de mayor relumbrón; o la designación cansada de un candidato tapado cuando la madrugada alcanza y es la única manera de resolver un empate entre los candidatos que reunían más apoyos. Conviene ser la solución al problema.

Así pues, la apariencia de debilidad y el desinterés son armas cargadas de futuro. No es extraño, por tanto, que los candidatos a la candidatura a la presidencia del gobierno por parte del PP hagan mohines. En todo caso, el duelo se ha iniciado y conocemos el resultado: la designación del peor candidato (o de quien lo parezca). Sin embargo, los electores del PP no deben desconsolarse, ya que la economía también nos enseña que, en ocasiones y por otras razones, un mal candidato, desde el punto de vista de sus electores, puede ganar unas elecciones generales frente a un candidato ganador. Pero esta cuestión debe ser tratada en otros tiempos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA V. Emociones electorales. Regatas electorales

El PP inició más tarde que el PSOE la regata de Madrid. Respondió al temor de perder las municipales con la designación del mejor candidato posible, Alberto Ruiz Gallardón, quien se enfrentó a Trinidad Jiménez con un programa muy similar. El ganador siempre arranca más tarde.

Publicado previamente en el diario Expansión, el 22 de enero de 2002.

La celebración próxima de elecciones primarias y la propia designación de candidatos a las elecciones municipales y autonómicas de 2003 en el PSOE parecen indicar el comienzo de la regata electoral que culminará en las elecciones generales de 2004. Cuando los partidos políticos se aprestan a preparar programas y confeccionar listas no parece ocioso preguntarse acerca de sus estrategias electorales.

Una primera cuestión es el entendimiento de las estrategias de los dos grandes partidos, PP y PSOE, respecto del contenido de los programas electorales. Viene a cuento el ejemplo de Dixit y Nalebuff sobre la final de la Copa América de 1983. El barco de Dennis Corner, Liberty, encabezaba la clasificación frente al otro finalista, el Australia II, por tres victorias a una en una serie de siete regatas. En la quinta, el capitán del Australia II optó por una estrategia curiosa: varió el rumbo con la esperanza de un posible cambio de viento. Mientras, el Liberty eligió el rumbo más apropiado. La apuesta funcionó; inopinadamente, el viento cambió, Australia II ganó la regata y, después, la final. La moraleja de la historia es que en una carrera en la que el primero disfruta de alguna ventaja respecto del segundo, la mejor estrategia del primero es imitar el comportamiento del segundo, aunque aparentemente sea irracional en las circunstancias presentes. En cuanto al segundo, sobre todo si parece condenado a perder la carrera, lo mejor que puede hacer es optar por una conducta que no sea imitable por el primero y confiar que el azar la haga después razonable.
Algo de esto sucedió en las últimas elecciones generales de 2000; la oferta de pacto electoral del PSOE a IU era la única manera de aspirar a la victoria. Lamentablemente para el PSOE, el viento electoral no cambió. Tampoco contribuyeron al éxito de la estrategia las peculiaridades de aquella IU. En este contexto, era la única estrategia ganadora posible, aunque no todos la entendieron.

Algo de esto no ha sucedido con la propiedad y uso del slogan del patriotismo constitucional, pero hoy quiero fijarme en otro asunto. El PSOE ha anunciado ya que los programas electorales de las municipales van a prestar atención especial a la seguridad ciudadana. Nada que objetar respecto de la importancia del asunto. Lo malo es que el anuncio temprano facilita la tarea al PP; a finales de este año sabremos que su programa electoral dedicará una atención singular a la seguridad ciudadana. También de que se avecinan tiempos de crónica negra y sucesos en los medios de comunicación, especialmente, las televisiones. Se dirá que es una visión cínica de las cosas. No lo es tanto: en los tiempos que corren se confunde la televisión de los problemas con sus soluciones. Vistos y denunciados igual a olvidados.

Una segunda cuestión tiene que ver con el momento de inicio de la regata. Sorprende que las estrategias de los dos grandes partidos sean tan distintas. El PSOE ha optado por iniciar inmediatamente la regata, mientras que el PP parece preferir dar comienzo a la misma unos pocos meses antes de las elecciones. Tales decisiones otorgan al PP una ventaja decisiva: la posibilidad de observar la campaña electoral del PSOE e imitarla, haciendo así lo previsto en el ejemplo de la Copa América. Los mismos autores citados anteriormente recuerdan las elecciones que enfrentaron a Thatcher y Kinnock. La única posibilidad del segundo consistía en hacer una campaña distinta de la de Thatcher, realzando el programa frente a una campaña centrada en el personaje o viceversa. Naturalmente, Thatcher retrasó al máximo el comienzo de la campaña para poder adoptar una estrategia de imitación de la campaña de Kinnock. Hoy sabemos cual fue el resultado.

Debe reconocerse, sin embargo, que los competidores que arrastran algún tipo de desventaja suelen mostrar una ansiedad especial en comenzar las carreras. No es sencillo explicar tal evidencia: quizá, porque desean que el mal trago pase cuanto antes; quizá, porque, piensan que la competición cambia la naturaleza de las cosas; quizá, porque adoptan estrategias perdedoras, lo que es bastante habitual entre los perdedores.

Es difícil saber qué nos deparará el futuro, pero, en todo caso, sí que cabe conjeturar que lo mejor que podría hacer el PSOE es entrenar y no precipitar el comienzo de la regata, y que lo que debería hacer el PP es, precisamente, lo que hace: esperar y ver. Lo sucedido recientemente con la (no) candidatura de Javier Solana a la alcaldía de Madrid parece indicar que, además, se prefiere correr con una desventaja inicial.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA IV. Emociones electorales. La levedad del Secretario General

Joaquín Almunia dimitió. El PSOE convocó un congreso extraordinario. Escribí este inédito unas horas antes de la elección de secretario general. Me parecía que las reglas de votación propiciaban la designación de un nuevo secretario sin un apoyo mayoritario.

Sencillamente, me equivoqué. Puede más el instinto de supervivencia que el afán de poder.

Escrito en junio de 2000

Los delegados al próximo Congreso del PSOE (2000) tendrán que resolver un problema nada simple: ¿Cómo conseguir que las reglas de votación adoptadas para la elección del Secretario General permitan alcanzar el objetivo deseado: que el resultado de la votación sea satisfactorio para la mayoría de los delegados? Se puede asegurar que las reglas propuestas por la Comisión Política no son congruentes con este objetivo. Lo dice la razón.

Mayorías

La situación es la siguiente: cuatro candidatos se presentan a la elección de Secretario General del PSOE; presumiblemente, ninguno de los cuatro obtendrá más del 50% de los votos de los delegados. Nada extraño: es sabido que si el número de opciones en una decisión colectiva es elevado, pongamos que superior a dos o tres, es bastante probable que suceda este hecho. La consecuencia es que para la mayoría de los votantes el Secretario General elegido no constituirá la mejor opción.

La cuestión no es baladí. La teoría política y el análisis económico investigan desde hace dos siglos el diseño de reglas de voto, para que en circunstancias como las citadas el resultado de la votación sea consistente con las preferencias de la mayoría de los votantes. Una primera clase de procedimientos apunta al establecimiento de requisitos sobre mayorías y a la ponderación de las preferencias. En el primer caso, que es la regla propuesta por la Comisión Política, se considera ganador al candidato que ha obtenido más votos, aunque no alcance la mitad de los sufragios; en el segundo, los votantes deben expresar el orden de sus preferencias; después, se pondera con 4,3,2 ó 1 las opciones preferidas en 1º, 2º, 3º ó 4º lugar, si el número de candidatos es, por ejemplo, 4. Gana el candidato que obtiene más puntos o votos ponderados. Ninguno de los dos métodos resuelve el problema señalado. Supongamos que los candidatos A, B, C y D son preferidos en primera opción por, pongamos, el 26%, 25%, 25% y 24%, respectivamente. A sería el ganador, aunque bien podría suceder que el 74% de los votantes prefiriera B ó C a A.

La determinación de estas anomalías ha llevado a diseñar otras reglas de voto, precisamente, para que se alcancen las mayorías deseadas. Así, el Congreso podría emplear el método de El Gran Hermano o de descarte sucesivo. La eliminación de los candidatos conduce en la última etapa a que los votantes deban elegir entre dos opciones, con lo que se asegura que el ganador tiene más de la mitad de los votos. Lo malo es que el resultado puede ser bastante insatisfactorio. Como en los ejemplos anteriores, cabe que un candidato eliminado en las primeras votaciones sea preferido al ganador final. La elección a doble vuelta propuesta por algunos es una variante del Gran Hermano; con todo, cabe reconocer que el procedimiento ofrece ventajas estéticas con respecto a la mayoría simple: el ganador ha conseguido la mayoría absoluta en la última elección. Nadie se acordará de Nacho o Jorge cuando Iván o Ismael venzan en la última votación de El Gran Hermano. (Nadie se acuerda de nada)

Los Parlamentos suelen hacer frente al problema de las mayoría insatisfechas mediante la utilización de las Reglas de Robert. Se vota siempre entre dos opciones. En el caso que nos ocupa, ello llevaría a la celebración de una liga entre candidatos. El candidato que venciera al resto a través de las votaciones correspondientes disfrutaría de la mayoría requerida para ser declarado ganador. Lo malo es que si el número de opciones/candidatos y de votantes es elevado, tal procedimiento concluye en la peor de las paradojas: la mayoría cíclica. Es relativamente fácil demostrar que ningún candidato contará con la mayoría requerida. Supongamos el caso de 1001 electores y tres candidatos, A, B y C.

500 1 500
A C B
B A C
C B A

Los primeros 500 electores prefieren A a B, y B a C, y así sucesivamente para los otros quinientos electores y el elector. La celebración de esta liga, votación por pares, conduciría a que sendas mayorías preferirán A a B, B a C y C a A. Ningún candidato tendría la mayoría.

El análisis económico muestra que tales dificultades desaparecen si las preferencias de los votantes son unimodales. Si, por ejemplo, los votantes y los candidatos sitúan sus preferencias y sus posiciones políticas, respectivamente, en un eje izquierda-derecha, y además se produce alguna concentración de las preferencias en algún punto del eje, entonces el candidato ganador es el más próximo a ese punto. Las reglas de votación mencionadas anteriormente harán ganador al candidato más cercano al votante medio. Es posible que no cuente con mayoría, pero el resultado no será paradójico. Lo malo es que en el proceso electoral que nos ocupa, no se conoce la escala sobre la que los votantes definen sus preferencias y tampoco si la distribución de las mismas es unimodal. Por ponerse en la peor de las situaciones, cabe pensar que las preferencias se distribuyen de manera relativamente uniforme entre los candidatos; al menos, con la información disponible, no es absurdo sostener que la distribución no es unimodal. Como la Comisión Política ha recomendado a las delegaciones no pronunciarse sobre sus preferencias antes del Congreso, los candidatos no conocen la distribución de las mismas y, por tanto, no pueden ayudar a que el resultado de las elecciones sea satisfactorio para la mayoría.

Las cosas no podrían ir peor. Arrow demostró que en estas circunstancias no hay regla de votación que arroje un resultado satisfactorio . Sugirió, también, que no sería extraño que los votantes resolvieran el problema delegando en un individuo la designación del vencedor. La única manera de hacer frente al fallo de las reglas de voto elegidas es renunciando al derecho efectivo de sufragio.

Pactos

La literatura referida muestra que, en gran medida, la dificultad de conseguir resultados satisfactorios para la mayoría mediante el voto desaparece a través del intercambio de votos. Así se hace en los Parlamentos Supongamos que un determinado candidato desea muy intensamente formar parte de la futura Comisión Ejecutiva, y menos intensamente ganar la contienda electoral. Estará dispuesto a sacrificar lo segundo por lo primero. Si pacta con otro candidato cuyas preferencias son las alternativas, entonces ambos ganan respecto de la situación de no pacto; también ganan sus respectivos electores. El pacto es, por tanto, el mejor método para generar resultados satisfactorios para la mayoría en las democracias representativas cuando el número de opciones es elevado. Lo dejó escrito Lewis Carroll y lo han entendido Gaspar y Castells, que sí han pactado antes de la elección a la presidencia del FC Barcelona. No hay nada especialmente ético en la negación al pacto, sobre todo si lo que está en juego es alcanzar mayorías. Desde este punto de vista, no se entiende muy bien el rechazo de los candidatos respecto de este tipo de estrategias antes de la elección. La lógica de los hechos acabará imponiéndose en el Congreso y, por tanto, tampoco es baladí la cuestión de qué pactos se producirán.

De nuevo, el análisis económico acude en nuestra ayuda. Existen varias hipótesis explicativas de la formación de coaliciones. Las que me parecen más atinentes al hecho que nos ocupa proceden de Von Neumann y Morgenstern, Leiserson, y Axelrod. Los primeros señalaron que las coaliciones ganadoras no incluyen ningún candidato cuya aportación de votos no sea estrictamente precisa para ganar; el segundo estableció que sólo se formarán las condiciones con el menor número de candidatos, dos mejor que tres; el tercero probó que es improbable que un candidato que se sitúe en un extremo de la escala de preferencias (izquierda-derecha) forme parte de la coalición ganadora. Si lo anterior se aplica a nuestro caso, cabe prever dos posibles coaliciones ganadoras en la segunda vuelta del Congreso: la del más votado con el segundo, o con el tercero. Solamente en el caso de que el candidato más votado sintiera la necesidad de formar un equipo de dirección con más de, digamos, el 60% de los votos, la coalición ganadora estaría formada por tres candidatos. Lamentablemente, una negociación a tres es bastante más compleja que a dos; por tanto, no es absurdo prever que el esfuerzo para integrar al tercer candidato sea en parte fallido y que, en consecuencia, la mayoría alcanzada en la segunda votación no supere demasiado la suma de los votos de los dos primeros candidatos en la primera vuelta. Dicho en otros términos, el pacto posterior a la primera vuelta arrojará resultados bastante pobres en relación al caso de que se hubiera producido antes de la primera votación. De lo anterior se sigue que la elección de la Comisión Ejecutiva no resolverá el problema generado por la elección en vuelta única del Secretario General: déficit de legitimidad.

La paradoja es que la voluntad de introducir mecanismos electivos dentro del PSOE puede terminar en insatisfacción mayoritaria o convocatoria de providencias. El Secretario General lo tiene crudo si no se modifican las reglas de voto propuestas por la Comisión Política.


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DIARIOS DE UN ECONOMISTA III. Emociones electorales. Cañones o mantequilla el 12-M

La política empieza con la carrera hacia la obtención o conservación del poder. El PP ganó ampliamente las elecciones de 2000. Prometió menos impuestos. Conviene saber, sin embargo, que la presión fiscal ha crecido en España en los últimos años. En las próximas elecciones volverá a ofrecer menos impuestos. El PSOE más, o mejores, servicios públicos.

Pero las citas electorales son, sobre todo, un ejercicio de estrategia. Después, se comprueba que los perdedores han hecho todo lo posible por perder.

Publicado previamente en el diario Expansión, en febrero de 2000.

Las próximas elecciones generales del 12-M (de 2000) van a enfrentar a los votantes al dilema económico básico. Muchos economistas aprendimos, hace años, la primera lección de economía, y la naturaleza triste de esta disciplina, de la mano de Samuelson, quien en las primeras páginas de su manual recordaba que todas las sociedades deben elegir entre combinaciones distintas de cañones y mantequilla; eso sí, no es posible disfrutar simultáneamente de más cañones y más mantequilla. Era una manera eficaz de quitar el miedo a los neófitos: subrayando lo que todo el mundo sabe, esto es, que la administración de la escasez determina la experiencia vital. En definitiva, si queremos más alimentación (ahora colesterol), tenemos que renunciar a algo de seguridad nacional (ahora protección de los kosovares). Los paréntesis sugieren que, en la economía, las preferencias son el resultado de la proyección de valores sociales. A lo nuestro: la nueva versión del dilema que los partidos políticos nos proponen en la campaña electoral es (menos) impuestos o (más) servicios sociales. Como en el dilema anterior, la sociedad, mediante sus votos, se pronunciará sobre esta inevitable elección. No cabe la certeza de que las preferencias sociales sobre esta cuestión determinen el voto, cuyo destino puede responder a consideraciones de otro orden; en todo caso, no parece baladí examinar las percepciones de los ciudadanos españoles y europeos sobre esta cuestión. Para ello, basta con examinar las bases de datos del International Social Survey Programme, que promueve la investigación social en más de veinte países, entre ellos España, sobre temas de interés, por ejemplo, las percepciones sobre los desempeños de los gobiernos, y hacer un análisis estadístico elemental.

Los diseñadores del estudio que nutre estas líneas conocían también el dilema cañones/mantequilla. Por eso una de las preguntas formuladas fue: ¿Si el gobierno pudiera elegir entre rebajar los impuestos o incrementar el gasto en servicios sociales, qué cree usted que debería hacer?. Además, el cuestionario indicaba el significado, amplio, del término impuestos y del concepto servicios sociales (salud, seguridad social, pensiones y educación). El Cuadro 1 muestra las preferencias a este respecto de los ciudadanos europeos. Al igual, aunque en menor medida, que los británicos y los alemanes del este, y a diferencia de los franceses o los alemanes del oeste, los españoles encuestados revelaron una preferencia mayoritaria por el incremento de los servicios sociales frente a la rebaja de impuestos. A la vista de los resultados, no sería absurdo conjeturar una relación entre nivel actual de los servicios sociales y preferencia por el gasto social; allí donde tales servicios son percibidos como insuficientes, han sufrido deterioro o constituyen la última trinchera frente al abandono, las sociedades demandan un mayor gasto frente a la alternativa de reducir los impuestos.

El análisis estadístico de las demandas ciudadanas de rebajas fiscales y servicios sociales según voto recordado en las últimas elecciones proporciona algunas evidencias sugerentes. La primera es que los votantes del PSOE muestran unas preferencias similares a las del conjunto de la sociedad española, incluidos abstencionistas electorales y no respuestas sobre voto recordado. La segunda es que los votantes del PP y de IU tienen preferencias significativamente distintas respecto de ese conjunto. Los primeros tienden a preferir rebajas fiscales; los segundos desean, de manera rotunda, más servicios sociales. Si esto fuera cierto, cabe interrogarse sobre la efectividad electoral del anuncio de un mix impuesto/servicios sociales adaptado a las preferencias de los votantes fieles, aunque distante de las propias de votantes de otros partidos en las elecciones anteriores.

La misma encuesta da alguna pista sobre el grado de conformidad de los ciudadanos europeos respecto de los regímenes fiscales vigentes en cada país. En términos generales - España confirma y acentúa la regla - se entiende que la fiscalidad que afecta a las rentas bajas y medias es demasiado elevada y la que opera sobre las rentas altas es ligeramente inferior a los que sería correcto. El Cuadro 2 muestra las evidencias al respecto. La mejor lectura de las percepciones fiscales de los europeos y españoles es que existe una demanda de una mayor progresividad fiscal que debería beneficiar, por este orden, a las rentas bajas y medias. Conviene señalar que las valoraciones de los ciudadanos españoles no se aparta, en el sentido estadístico del término, de las propias de los alemanes del oeste y británicos.

En definitiva, una cierta preferencia por la ampliación de la oferta de servicios sociales, por la progresividad fiscal y porque, en todo caso, las rebajas de impuestos beneficien a las rentas más bajas. No debe extrañar, en consecuencia, que la búsqueda de mayorías electorales lleve a los partidos políticos a pronunciarse sobre las políticas sociales y la fiscalidad; deben entender que las valoraciones ciudadanas sobre sus ofertas condicionarán su voto. La cuestión decisiva es en qué medida los votantes saben economía, es decir, creen que es conciliable el incremento del gasto social y las rebajas generalizadas de impuestos. Afortunadamente para algunos, no hace falta saber demasiado: el conocimiento económico hunde sus raíces en la administración doméstica. Por mi parte, añado que cuando leí por vez primera el desarrollo de la metáfora cañones/mantequilla tuve la sensación de que había elegido unos estudios que iban a poner a prueba mi sentido común.

CUADRO 1- REBAJA FISCALES O GASTO SOCIAL.
a.Reducción de Impuestos (incluso si implica menos servicios sociales) b.Más Servicios Sociales (incluso si implica más impuestos)
Total a b
Alemania-Oeste 68 32 100
Alemania-Este 39 61 100
Gran Bretaña 27 73 100
Francia 74 26 100
España 44 56 100
Total 53 47 100

CUADRO 2- VALORACIONES(+) SOBRE PROGRESIVIDAD FISCAL
a.Impuestos s/Rentas Altas b.Impuestos s/Rentas Medias c. Impuestos s/Rentas Bajas
a b c
Alemania-Oeste 3,45 2,37* 1,82*
Alemania-Este 3,94 2,57 1,69
Gran Bretaña 3,33* 2,73 2,02
Francia 3,16 1,93 2,00
España 3,37 2,33 1,81
Total 3,43 2,36 1,85
(+) Escala utilizada: (1) excesivamente elevados; (2) demasiado elevados; (3) correctos; (4) demasiado bajos; (5) excesivamente bajos.
(*) Diferencias estadísticamente no significativas con España. En el resto de casos las diferencias son estadísticamente significativas.

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