DIARIOS DE UN ECONOMISTA XII. Recortes de legislatura. La política vudú

El tiempo de la razón no llegará nunca. Y, por lo tanto, los homeópatas seguirán ganándose la vida con la desazón de las gentes.

Publicado previamente en Expansión, el 7 de febrero de 2003.

El término vudú ha servido en los últimos tiempo para adjetivar cierto tipo de seudociencia y también ha dado carácter a un género de política económica. Son raras sin embargo las piezas de opinión que han querido desarrollar el concepto en referencia a la actividad política. Urge, por tanto, dar cuerpo a lo que debe entenderse por política vudú; a lo mejor así empezamos a entender la razón de ser de la guerra contra Irak. En cuanto a la ciencia vudú, que tan bien ha sido caracterizada por Robert Park y Martin Gardner, sabemos que es una colección de afirmaciones revestidas de ropaje científico que no han sido demostradas adecuadamente o simplemente son un fraude. La fusión fría, las máquinas de movimiento perpetuo o la homeopatía son ejemplos de ciencia vudú. Su éxito social parece obedecer a varios factores; uno de los más importantes es que sus beneficiarios gustan de cultivar el secreto respecto de los fundamentos de sus propuestas y la sordera respecto de las evidencias contrarias. Hay cosas que no nos pueden revelar.

Más conocida es la economía vudú. El término fue acuñado por el viejo Bush en la elecciones primarias que desembocaron en la elección de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos. El padre del actual presidente se refería así a la promesa de Reagan de bajar los impuestos, alcanzar el equilibrio presupuestario y mantener los programas de asistencia social, y adquiría su expresión más elemental en la famosa curva de Laffer. El escepticismo del viejo Bush se trocó en entusiasmo cuando Reagan le propuso que le acompañara como vicepresidente. Hoy sabemos qué sucedió con el déficit público en la era Reagan y también con la pobreza; sin embargo, la magia de la economía vudú penetró para siempre en el hogar de los Bush. Lo ha dicho recientemente su hermano Jeb, gobernador de Florida, “es mejor coger una porción pequeña de un pastel grande que una porción grande de un pastel pequeño”. Quería demostrar por qué una disminución de los impuestos conduce a un incremento de la recaudación.

La política vudú guarda grandes semejanzas con las disciplinas anteriores. Así se dice hoy que la guerra de Irak es necesaria en orden a prevenir un ataque de Irak, puesto que de otra manera la economía sufriría graves perjuicios. Cuando la audiencia o el momento no aconsejan el empleo de razones económicas, se sustituye el término economía por el de seguridad. No cabe esperar argumentos de por qué la no guerra sería perjudicial, aunque el recuerdo de la última guerra contra Irak lleve a vaticinar niveles elevados de los precios del petróleo y una recesión económica profunda, y aunque las estimaciones del coste de esta guerra realizadas por la oficina de presupuestos del Congreso no computen los costes más importantes. Da igual: la respuesta será la misma : la no guerra entrañaría serios prejuicios para la economía. En cuanto a la seguridad, basta con constatar cómo se han resuelto las presuntas amenazas de Corea del Norte. Además, me atrevo a conjeturar que las pruebas de que Irak posee armas de destrucción masiva y, lo que es más determinante, de que su régimen puede tener la voluntad de emplearlas contra la civilización no llegarán nunca, o al menos no vencerán el saludable descreimiento de las gentes que no quieren estar sujetos al poder que se nutre de los secretos del vudú.


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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XI. Recortes de legislatura. Astérix, en el 20-J

Me equivoqué: la primera de las declaraciones la hizo el ministro portavoz, a la sazón Pío Cabanillas, a las ocho de la mañana, al alba. Los telediarios de la televisión pública contribuyeron muy eficazmente al éxito político de la huelga. Empujaron a la gente a salir a la calle a manifestarse por la tarde

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en junio de 2002.

El próximo día 20-J escucharemos por la televisión dos declaraciones políticas importantes: la del secretario general del PP y la del Presidente del Gobierno. El primero dirá que la huelga general ha sido un fracaso; el segundo, que lo que ha sucedido desprestigia a España. Y, sin embargo, quiero demostrar que nos convendría a todos (sin excepción) la constatación de su éxito, con independencia del nivel de seguimiento o del aspecto de las fotografías del Paseo de la Castellana. Advierto que no utilizaré argumentos relativos a las razones formales de la huelga; una vez convocada, son irrelevantes.

Lo anterior obliga a echar un vistazo a las teorías sobre los conflictos sociales. Superada la tentación de desempolvar viejas lecturas, cabe adentrarse en los caminos más incómodos del análisis económico, que sin embargo ofrece una colección de buenas preguntas: ¿por qué, en ocasiones, los países grandes pierden guerras frente a naciones minúsculas? ¿Por qué la riqueza no constituye siempre refugio seguro frente a las amenazas? ¿ Por qué el gobierno del BOE palidece, de vez en cuando, frente a la protesta callejera? ¿Por qué, en fin, Astérix y los galos muestran una potencia extraña respecto de los romanos? Todo lo anterior tiene que ver con la denominada paradoja del poder, que tan bien ha alumbrado Jack Hirshleifer., futuro premio Nobel de economía, si todavía queda justicia.

En esencia, y ecuaciones aparte, la paradoja del poder (el ejemplo es mío) viene a señalar que el triunfo de Astérix sobre los romanos obedece a que los débiles están dispuestos a asignar una parte importante de su esfuerzo a la lucha, esto es, a arrancar una parte de la riqueza que los derechos de propiedad asignan a los poderosos. Estos, en cambio, prefieren dedicarse a la construcción del imperio. No vale la pena entablar un combate contra las moscas; es preferible ningunear al enemigo, aunque sea a costa de perder un poco de prosperidad, aunque sea a costa de pasar por tontos. La pócima mágica de Astérix es pues una metáfora de la socialdemocracia, esto es, de la redistribución de rentas en favor de los menesterosos. Se trata de un equilibrio relativamente satisfactorio para todos. Se trata, en definitiva, del Estado de Bienestar, financiado con un impuesto progresivo sobre la renta a cambio de que el conflicto social adopte formas no cruentas.

Pero las cosas no son lo que eran de un tiempo a esta parte. El mismo Hirshleifer ha demostrado que la naturaleza del conflicto es muy distinta si la tecnología del enfrentamiento permite que una de las partes produzca grandes daños a la otra. No es lo mismo una guerra de trincheras o una batalla cuerpo a cuerpo que la disposición de una técnica que permita arrasar al enemigo con un solo gesto. La primera clase de tecnologías tiende a producir empates sociales o, como se ha dicho antes, equilibrios socialdemócratas. La segunda, deriva hacia la sumisión de unos y al ejercicio ciego del poder por parte de otros. Para entendernos: el aniquilamiento de los sindicatos británicos por parte de la señora Thatcher en los años ochenta refleja una batalla dura; la huelga general de 1988 convocada en España ejemplifica la resolución de un conflicto cuando la tecnología del enfrentamiento es amable. Lo primero dio lugar a la muerte del viejo laborismo; lo segundo, a que los sindicatos españoles orientaran durante algunos años la estructura del gasto público.

No es el empeño lo que cuenta: si así fuera, el propósito del presidente del Gobierno (“no vamos a empatar, vamos a ganar”) despejaría cualquier duda. Mi interpretación del resultado analítico de Hirshleifer dice que el resultado final de la batalla depende mucho de la conflictividad que están dispuesto a soportar los generales y las retaguardias. La lectura de las memorias políticas de la señora Thatcher demuestra que su éxito tuvo bastante que ver con la postración del enemigo laborista y con la crisis de las finanzas públicas. Además, libró la batalla en su primer mandato; ni siquiera la patronal del Reino Unido pudo acompasar su voluntad de lucha. Ninguna de tales circunstancias se producen hoy en España. Adviértase que el vaticinio que cabe establecer sobre el efecto último de la huelga general es independiente de su éxito o fracaso reales. Probablemente, lo peor que puede suceder es esto último: daría lugar a una conflictividad más acentuada en los meses siguientes. A Obélix no le gusta perder. De todo lo anterior se sigue, pues, que nos conviene a todos que la huelga sea un éxito y que los generales romanos no pretendan dar sentido al último capítulo de su mandato mediante la insistencia, aunque no les guste la derrota.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA X. Recortes de legislatura. Operación Intransigencia

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2002

Se dice que a los jóvenes no les interesa la política. Se dice también, con ánimo descalificatorio, que sólo les gusta El Gran Hermano, Operación Triunfo o (se dice) otras bazofias audiovisuales. Es posible, pero de ser así (que su atención se concentre en este género de fórmulas), no saben lo que se pierden.

Viene esto a cuento de mis preferencias en materia de televisión: las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros de cada viernes. Son televisadas en directo por CNN Plus con el apoyo de una gramática elemental: cámara fija, preguntas de los periodistas destacados en La Moncloa/respuestas del portavoz y de los ministros de turno, y ausencia de espacios publicitarios. Como la audiencia del programa es muy reducida, los ministros se comportan como personas y los periodistas como periodistas. Mi referencia a los programas juveniles de éxito responde a que ambos géneros televisivos comparten una sintaxis similar y, sobre todo, retratan bien la sopa primigenia de instintos, vergüenzas y noblezas que configuran la naturaleza humana. Los jóvenes están en lo cierto: se aprende más del origen del hombre en El Gran Hermano que en Atapuerca. Añadiré, y demostraré, que se aprende más de política en las Ruedas de Prensa de los Consejos de Ministros que en la sesión de control al Gobierno por parte del Congreso de los Diputados de los miércoles.

En la última Rueda de Prensa, el recién llegado ministro Zaplana tuvo ocasión de presentar un plan de choque contra la violencia doméstica. Programación veraniega; episodio repetido: desde 1998, el Gobierno ha aprobado tres planes (de choque), con los resultados conocidos. El hecho de que dos días antes el grupo parlamentario popular hubiera rechazado una proposición apoyada por el resto de grupos parlamentarios y un abanico amplio de asociaciones sociales me indujo a pensar que el nuevo ministro haría uso de los habituales argumentos esgrimidos en nuestra joven democracia, que suelen adoptar la fórmula “ad hominem” de la descalificación personal. En términos que ni los adolescentes comprenderían: Chenoa y Manu Tenorio cantan mal porque la primera tiene un carácter difícil y el segundo adopta en los últimos tiempos aires vanidosos. Pero no: el ministro se deslizó por una pendiente nueva que merece esta crónica encendida. Señaló que la iniciativa del PSOE era inconveniente porque su aplicación daría lugar a un empeoramiento del problema de los malos tratos a las mujeres y/o que en todo caso sería inútil, es decir, ineficaz. Naturalmente, no argumentó sobre ninguna de las dos tesis.

Afortunadamente, Albert Hirshman nos previno en 1991 de las formas que suele adoptar la retórica social y política de la intransigencia, esto es de la democracia pobre: entre otras, la tesis de la perversidad y la tesis de la futilidad. El uso de la primera conduce a compartir el propósito perseguido por el adversario político y, al mismo tiempo, a anunciar que la acción propuesta sólo serviría para exacerbar la condición que se desea remediar. El de la segunda pretende sostener que la tentativa de transformación social tiene por único final la melancolía del empeño estéril. La primera tesis es abogada con frecuencia por los adversarios del Estado de Bienestar: propicia la pereza. La segunda suele encontrar acomodo entre los economistas: nada puede alterar el curso natural de las cosas. No es habitual el empleo simultáneo de las dos tesis, por contradictorio, pero eso es lo que tienen de emocionante las ponderadas Ruedas de Prensa.
No pretende Hirshman que cualquier acción política con voluntad transformadora sea conveniente y eficaz; simplemente, nos pone en guardia contra la retórica del pensamiento reaccionario y fija el listón de las buenas prácticas democráticas: la deliberación civil y evitar que el debate político sea poco más que la continuación de la guerra por otros medios. Pese a lo anterior, debo convenir que el ministro Zaplana demuestra una finura en el ejercicio de la intransigencia política nada habitual en los tiempos que corren, tan dados a propiciar el ajuste de cuentas sobre la condición humana del adversario.

Creo que lo anterior es argumento suficiente para que la Ruedas de Prensa posteriores a los Consejos de Ministros sucedan al éxito de Operación Triunfo. Pero, por si no fuera suficiente y en atención al presunto sesgo audiovisual del sistema sensorial de nuestro jóvenes, advertiré una regularidad empírica sobre la que no he encontrado apoyatura teórica apreciable entre los se ocupan de la gramática de los gestos: quienes hacen uso de la retórica de la intransigencia concluyen sus afirmaciones con la mirada fija aunque distraída, mientras desplazan la masa corporal a la comisura izquierda de la boca, que regurgita los últimos gramos de vergüenza hacia un gran agujero negro. La mano sirve para tapar la digestión o para acunar la hambrienta mejilla. Conviene prestar atención porque el gesto dura unos segundos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA IX. Recortes de legislatura. El estilo barroco del gobierno

Publicado previamente en El País, el 11 de febrero de 2001

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Los lectores de páginas salmón lo tenemos complicado: la economía ayuda poco a entender la historia reciente de las liberalizaciones de los servicios básicos y mucho menos la acción del Gobierno en esta y otras materias. A falta de marco teórico suficiente y con ocasión de la celebración del año graciano (cuarto centenario del nacimiento de Baltasar Gracián) me atrevo a situar nuestra circunstancia en la frontera del viejo barroco español. Por intentar el entendimiento que no quede. Doy por recordado el magnífico ensayo de José Antonio Maravall (La Cultura del Barroco, 1975) ; en resumen, gobierno cortesano, presentación de lo viejo como nuevo, recurso a lo oscuro, preferencia por la extremosidad, concentración de la propiedad y mal gusto (Croce), además de decadencia.
La extremosidad barroca, que es algo más que exageración, queda evidenciada por los innumerables programas de liberalización aprobados estos años y los efectos atribuidos a los mismos. El último, de junio de 2000, fue presentado como el más ambicioso desde el Plan de Estabilización de 1958. Además, que yo recuerde, el sector del gas ha sido liberalizado no menos de cuatro veces, el sector eléctrico otras tantas, la sociedad de la información ha merecido innumerables iniciativas; rara es la semana que el Consejo de Ministros no aprueba un plan de choque contra algo, naturalmente efímero (el plan). Y es que el barroco es desbordamiento y reiteración. Tal profusión suele conducir a los medios de comunicación más desconfiados al ejercicio de una de las prácticas habituales del estilo: el desciframiento. Generalmente, con poco éxito. Ya lo dice el maestro Gracián en El Arte de la Prudencia (aforismo 99) : "Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son raros los que miran por dentro y muchos los que se contentan con lo aparente"
También es habitual el recurso a la oscuridad. Hoy nadie discute que la liberalización de los servicios básicos y la introducción de competencia en los mercados de servicios de la economía española recibieron un impulso doctrinal notable en la primera mitad de los años noventa. En la época, el Tribunal de Defensa de la Competencia publicaba de manera regular informes sobre los obstáculos a la competencia en sectores distintos, que aunque provocaban alguna escocedura en los departamentos ministeriales afectados significaban a la postre avances notables. No es casualidad que el Tribunal titulara sus informes de manera levemente ilustrada; probablemente sus autores odiaban como los ilustrados el barroco. Hoy, la consulta a la web del Tribunal informa que el último estudio de estas características está fechado en 1995. El culto a la oscuridad recibe apoyo de la práctica del conceptismo: las ayudas públicas al oligopolio eléctrico merecen el nombre de costes de transición a la competencia, la cobertura de los déficits de explotación de la industria de defensa queda honrada por la apelación a la investigación. Lo recomienda el mismo maestro (aforismo 253): "No explicar las ideas con demasiada claridad. La mayoría de la gente no estima lo que entiende, pero venera lo que no percibe". El amor a la oscuridad del hombre barroco viene acompañado, en los asuntos que nos afectan, por una desconfianza notable respecto de la competencia, que no es estímulo sino destrucción. Lo dice Gracián en el aforismo 114 del mismo libro:" Nunca competir...La competencia, para perjudicar, tiende al descrédito". Mejor la apariencia y el engaño.
Un apunte sobre los gobiernos cortesanos de estilo barroco, y otro final sobre el mal gusto. La literatura sobre lo primero señala que la crisis social sufrida en España entre 1590 y 1680 fue gobernada por un modelo de autoritarismo político que culminaba un complejo de intereses señoriales restaurados mediante el reforzamiento de su predominio en la propiedad de la tierra. En un modelo de estas características, la presencia en la Corte no es garantía suficiente de poder; por decirlo en términos de nuestros días no basta ser amigo, es preciso ser más amigo siempre. De aquí se sigue que el análisis económico de muchas de las decisiones adoptadas por un gobierno cortesano sea práctica inútil; es mucho más esclarecedor asomarse a la geometría de las relaciones de proximidad de quien ejerce el poder. No debe, en consecuencia, provocar extrañeza el abandono progresivo de las modernas técnicas de análisis bursátil en beneficio de la más probada aproximación biográfica a los círculos más íntimos. La manera más segura de saber si una empresa va a crear valor al accionista es saber si su presidente está en alza o baja. Ello nos lleva, sin necesidad de transición, al mal gusto. Está dicho por el autor referido: todo lo anterior desembocó en la extensión de una cultura de baja calidad, digamos de Tómbola, naturalmente subvencionada por los poderes públicos. Es la última consecuencia del integrismo y del secreto.

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