DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXII. El 11-S. La política cuenta.
Publicado previamente en La Actualidad Económica, en diciembre de 2001.
La concesión del Premio Nobel de Economía 2001 a Akerlof, Spence y Stiglitz invita a leer el futuro económico de las economías desarrolladas desde las aportaciones de la nueva economía institucional. Desde luego, no es el único enfoque, probablemente tampoco el más esclarecedor, pero tiene la virtud de ensanchar las avenidas de la reflexión económica.
Supongamos que la característica principal del momento actual sea la incertidumbre sobre lo que nos depara el futuro. Los economistas institucionales muestran que, junto con otros factores, la incertidumbre genera costes de transacción. Los agentes se ven obligados a multiplicar las actividades de búsqueda de información, diseño de contratos, supervisión de los mismos, negociación antes de llegar a un acuerdo, para tener una cierta garantía de que será provechoso. Naturalmente, si los costes son superiores a los beneficios esperados, la transacción no se realiza; la economía padece el efecto de la incertidumbre. Sin embargo, la magnitud de los costes de transacción depende bastante del marco institucional; así, por ejemplo, no hay que preocuparse demasiado del cumplimiento de los contratos, si la sociedad penaliza la adopción de conductas deshonestas.
Desde esta perspectiva, el estancamiento económico resulta, sobre todo, de la inadecuación del marco institucional. Algunos estudios de otro Premio Nobel, North, muestran que los costes de transacción de las economías desarrolladas crecen más que las propias economías. Suponían el 25% del PIB americano en 1870; un siglo después alcanzaban el 55%. Tal evolución es la contrapartida de la globalización y la aparición de las grandes corporaciones. Pues bien, sólo la adecuación del marco institucional permite reducir los costes de transacción e incrementar la productividad de los factores. En momentos en que el gobierno del Estado no sabe qué hacer con la defensa, la seguridad o la libertad, ha llegado la hora de reflexionar sobre las instituciones.
Por cierto, algunos economistas de la nueva economía institucional han argumentado, a mi juicio con acierto, que nuestra circunstancia propicia la aparición de políticos emprendedores (schumpeterianos), que son capaces de ordenar el futuro de manera que los costes de transacción vuelvan a ser soportables. ¿Quiénes son? ¿Dónde están?. Hay que prestar atención a Blair.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXI. El 11-S. La Economía de Nuestra Guerra.
Publicado previamente en Expansión, el 10 de octubre de 2001.
Los economistas de hoy han querido valorar en términos económicos el impacto de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Digamos que el diagnóstico más compartido apunta a que los stocks de factores productivos (la base productiva) no han sufrido una modificación apreciable; en consecuencia, el impacto tendrá que ver sobre todo con el comportamiento del consumo privado, sensible como se sabe a la incertidumbre sobre la evolución de las rentas personales y familiares. Se tratará, por tanto, de una crisis de demanda. Está implícito en este planteamiento que, desde el punto de vista de la oferta, el impacto económico del 11 de septiembre está vinculado a la destrucción física de factores productivos: limitado y no muy relevante a juzgar por el efecto conocido de algunas catástrofes naturales. El juicio de los economistas, que se expresa de manera disciplente en términos de décimas de PIB, contrasta con los temores de los ciudadanos, el ritmo trepidante de los líderes internacionales y la atención prestada por los medios de comunicación. ¿Miopía de los economistas o conmoción social transitoria?. Me temo que el inicio de la guerra el pasado domingo, con el primer bombardeo sobre Afganistán, ha dado fecha de caducidad a los análisis económicos al uso.
Si recordamos crisis económicas pasadas, por ejemplo la primera crisis del petróleo, podremos concluir rápidamente que el alcance de un shock, en aquel caso el incremento de los precios del petróleo, tiene que ver bastante con la destrucción del valor económico de los activos, simplemente porque las nuevas condiciones derivadas del shock dan lugar a que algunos activos dejan de ser idóneos. Ya no sirven. En el ejemplo que nos ocupa, la súbita obsolescencia económica de un buen número de equipamientos productivos y de transporte se derivó de su intensidad en el consumo de energía. Pasó bastante tiempo para que se produjera su sustitución por nuevos equipamientos; el necesario para la generación y desarrollo de innovaciones tecnológicas ahorradoras de energía. Todo ello dio lugar a una disminución de las tasas de crecimiento de la productividad, que tardaron bastante en recuperar la tendencia anterior. Todavía recuerdo los análisis económicos de 1974, que señalaban que el retorno a la felicidad económica de los sesenta era cuestión de un par de trimestres.
En términos más generales, la destrucción de riqueza es apenas un reflejo del verdadero alcance de los cambios inducidos por una crisis: se produce un incremento significativo de los costes de mantenimiento del orden económico; los costes de organización de la sociedad crecen más que las cifras de negocios de las empresas; el Estado reaparece como máximo reparador del desorden. Como señaló hace bastantes años F. Ewald, el accidente humano es el origen principal del Estado de Bienestar.
A mi juicio, probablemente apresurado, el impacto económico de los atentados terroristas tiene que ver con tres dimensiones principales de la economía de mercado, ocultas tras la contabilidad nacional al uso: la aglomeración, la movilidad y la seguridad. La aglomeración espacial y organizacional de las transacciones económicas viene determinada por la explotación de los rendimientos de escala y de las economías de proximidad: es el origen de las ciudades y las empresas. La movilidad de capitales, mercancías e ideas está en relación con la tendencia natural a la extensión de los mercados y, en cierta manera, es la otra cara de la aglomeración. La seguridad constituye una condición necesaria para que se puedan realizar transacciones económicas; sin seguridad no hay economía de mercado. Pues bien, los procesos económicos que desarrollan tales dimensiones requieren el concurso de determinados activos: generan costes.
Así, no cabe duda de que una buena parte de las infraestructuras de transporte aéreo, es decir del soporte del nomadismo global, se adapta mal a las nuevas exigencias de seguridad, al igual que los equipamientos de defensa a las nuevas amenazas. En los aeropuertos actuales no cabe tanto tráfico con tanta seguridad.
El capital institucional internacional, es decir, los mecanismos de represión de la violencia y de concierto de intereses, parece haber envejecido prematuramente estos últimos días. Las nuevas instituciones, que tendrán que vehicular la estrategia de asfixia financiera del terrorismo y de inclusión económica y cultural de la periferia, no han nacido. La seguridad que viene es extremadamente costosa; exige mucha inteligencia. Las grandes empresas, antes poderosas, nos ofrecen imágenes de fragilidad. Las ciudades no son un refugio seguro frente a los bárbaros.
Así pues, no parece extravagante conjeturar que la crisis del 11 de septiembre es una crisis de los estándares conocidos sobre aglomeración, movilidad y seguridad; afecta a las reglas del juego en un sentido que hoy es indeterminable; modificará los comportamientos de los agentes en una dirección
Cuando nos prometíamos la prosperidad extrema y el consumo de los enormes excedentes generados por las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, cuando vislumbrábamos la libertad máxima proporcionada por la red, cuando endeudábamos a nuestras familias y empresas confiados en el valor cierto de nuestra riqueza, nos vemos obligados a cavar trincheras para defendernos del enemigo y a aguzar el oído. Por eso me parece un error asimilar los atentados terroristas del 11 de septiembre a una catástrofe natural; porque es una catástrofe de origen humano, el género más temible de desórdenes. Por eso me parece que los economistas de hoy se equivocan.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XX. El 11-S. La Economía de Armagedón.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en septiembre de 2001.
El entendimiento de las consecuencias políticas de los atentados terroristas sobre la sociedad americana requiere despojarse de los hábitos propios de un cínico europeo y vestir la túnica de los americanos creyentes. Probablemente, la referencia mítica más citada por las cadenas de televisión de Nueva York a lo largo del 11 de septiembre fue Armagedón, lugar donde dice el Apocalipsis de Juan tendrá lugar la gran batalla catastrófica librada por Dios omnipotente . A lo largo de sus mandatos, Ronald Reagan solía hacer uso de la voz revelada: “ por primera vez en la historia, todo está en su sitio para la batalla de Argamedón" o “no es inminente Armagedón”, en función de los ritmos pedidos por el electorado americano. George W. Bush se ha referido más discretamente al diablo.
En cuanto a la economía, la valoración del impacto de las catástrofes no cuenta con una larga tradición entre los economistas atentos al mundo. Si nos referimos a la economía de Estados Unidos, sin embargo, cabe recordar algunos estudios que se han ocupado de valorar en términos de PIB, el coste económico de dos tipos de catástrofes. En promedio, el coste de los mayores tifones apenas alcanza el 0,08% del PIB de la economía americana, cifra muy inferior al error de medición de esta variable económica. Por otra parte, la mayor crisis padecida por la economía americana a lo largo del siglo XX, la gran depresión de 1929, facturó el 25% del PIB de la época. De lo anterior se deduce que las catástrofes más costosas no son las naturales, sino más bien las que resultan de la conducta de los hombres, aunque no disfruten del carácter destructor de las primeras. Me da la impresión de que los actos terroristas corresponden al género de la catástrofe natural por su apariencia, y al de la catástrofe humana por su origen. De aquí la dificultad de hacer vaticinios y la conveniencia de prestar más atención a las consecuencias sociales y políticas que a las económicas más inmediatas.
No sé de muchos científicos que se hayan ocupado del origen y consecuencias de Armagedón. Entre los no científicos, las contribuciones más esclarecedoras han sido escritas por Gore Vidal. También, Juan Aranzadi se ha ocupado recientemente de explicar el milenarismo americano en su obra "El Escudo de Arquíloco". Me viene a la memoria un breve escrito de Stephen Jay Gould, autoridad reconocida en dinámica evolutiva y científico liberal, publicado en 1999 en The Times Higher Education Supplement. Brevemente: Gould nos recuerda que en el primer cambio de milenio de la era cristiana, Europa (occidente) temió todas las profecías sangrientas asociadas a Armagedón; también señala que la expresión del miedo colectivo en el segundo cambio de milenio de la era cristiana registraba, en la fecha, niveles comparativamente pueriles: el efecto 2000 de los ordenadores. De ahí concluía, con satisfacción, la levedad progresiva del milenarismo. Estaba equivocado.
Pero, lo más importante del escrito de Gould es que formula de manera sintética la lógica de la dinámica evolutiva de la sociedad humana: la tecnología y la conducta humana interaccionan de manera extraña. Un sistema complejo puede ser destruido en una fracción ínfima del tiempo que fue necesario para su construcción: un incendio destruyó un milenio de conocimiento acumulado en la Biblioteca de Alejandría; el último moa de Nueva Zelanda pereció de un disparo o de un golpe de un ser humano, aunque fuera el resultado de la evolución de un millón de años. La discordancia entre el progreso de la técnica y la natural ausencia de acumulación de capital moral es el motor de la inestabilidad, que se expresa en décimas de tiempo secular. Los cambios no son graduales, sino explosivos. La naturaleza da saltos.
La reflexión de Gould ilumina lo que todos sabemos: un acto humano concebido en un lugar apartado del planeta social puede generar grandes alteraciones, en virtud de la técnica que nos hemos dado. Es la otra cara de la globalización. Así, un estudiante filipino de informática puede infectar todos los ordenadores del planeta, de la misma manera que un rumor de origen desconocido puede convertirse en creencia universal. La técnica de nuestros días multiplica los efectos externos de nuestros actos. Curiosamente, la gestión de la brecha que separa el progreso técnico y la moral de los hombres suele apuntar a la técnica o al envilecimiento. Como acaba de decir el vicepresidente Cheney, "puede que la CIA necesite algunos indeseables"; como está por venir, nada escapará, en principio, al escrutinio del ojo del Estado.
La triple referencia a Reagan, Armagedón y Gould no es caprichosa: alumbra la percepción milenarista de que nada va a ser igual después del 11 de septiembre. Basta con volver a vestir los hábitos de un cínico europeo, para concluir que los economistas del siglo XXI tendrán que suponer escenarios sociales integristas, que la libertad de pensamiento es un valor a la baja y que no hay otra meta posible que la victoria. Malos tiempos para los cínicos europeos. En cuanto a la economía, bastante dependerá del grado de despliegue del buen pragmatismo americano.
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