DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXIV. El Prestige. Maquiavelo y el Prestige.

Publicado previamente en Expansión, el 13 de diciembre de 2002.

Sostenía Maquiavelo en El Príncipe que el gobernante sabio administra el rigor y las gracias a los súbditos con ritmos distintos. En términos contemporáneos, conviene dar las malas noticias en una única dosis, y las buenas en pequeñas, continuadas y, a ser posible, inesperadas porciones. La observancia de tal principio de buen gobierno desencadena la gratitud de los ciudadanos y estimula su confianza en el Estado y en quien lo gobierna.

Pues bien, la crónica política de lo acaecido estas últimas semanas debe concluir en que el Gobierno parece haberse conducido por sendas perpendiculares al mandato de Maquiavelo. Hoy, nadie es capaz de aventurar el alcance de los males que afectarán a los intereses de los ciudadanos gallegos y españoles y al medio ambiente; es más, cualquier estimación, por pesimista que sea, será vista con recelo (por escasa) por unos y otros. Habiéndose producido un engaño, nadie es capaz de producir valoraciones de los efectos del mal que disfruten de crédito social. Por el contrario, los afectados directamente por la marea negra saben perfectamente a cuánto puede ascender el valor actual de las ayudas pecuniarias futuras: las únicas sorpresas que caben al respecto son negativas para sus intereses. De aquí debe seguirse lo que todos sabemos, es decir, que la catástrofe económica y ecológica va a venir acompañada de otra no menos importante: la desconfianza de los ciudadanos respecto de las instituciones del Estado y sus príncipes.

Sin embargo, conviene formular alguna matización respecto de lo anterior: nuestros tiempos políticos se rigen por la democracia parlamentaria. En consecuencia, la traslación del principio de Maquiavelo a nuestros días solamente podría dar en el desprestigio social del Gobierno y del partido que lo apoya en el Parlamento, y no del Estado y del conjunto de fuerzas parlamentarias. La atribución de presuntas responsabilidades por parte del Gobierno a la oposición política en la gestión pública de este asunto sería entonces manifestación de la voluntad de atrincherarse en el Estado, aunque sea a costa de llevárselo por delante. Nadie puede imputar el origen del problema del Prestige al Gobierno, pero sí responsabilizarlo de su gestión. Y es en este punto donde el parte de daños parece crecer por momentos: el desprestigio de los medios de comunicación públicos, que ya venían bastante embadurnados, el arrinconamiento hasta fechas recientes de los recursos de las fuerzas armadas, el crédito de científicos y técnicos innominados, e incluso la pereza de la institución parlamentaria; apenas se ha salvado el Estado de las autonomías, pero ha sido porque el PP gobierna en España y Galicia.

Tengo para mí que lo sucedido resulta un efecto no deseado, aunque inevitable, de la copiosa administración de un poderoso narcotizante: “todo va bien”, que se formula en términos de autocomplacencia de los príncipes y negación de la política. Lo malo es que, despertados del sueño, algunos comprueban que el chapapote alcanza las rodillas y que sigue subiendo

Posted by Alberto Lafuente on at 01:54 PM in III.2 El Prestige | Enlace permanente | TrackBack

DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXIV. El Prestige. Maquiavelo y el Prestige.

Sostenía Maquiavelo en El Príncipe que el gobernante sabio administra el rigor y las gracias a los súbditos con ritmos distintos. En términos contemporáneos, conviene dar las malas noticias en una única dosis, y las buenas en pequeñas, continuadas y, a ser posible, inesperadas porciones. La observancia de tal principio de buen gobierno desencadena la gratitud de los ciudadanos y estimula su confianza en el Estado y en quien lo gobierna.

Pues bien, la crónica política de lo acaecido estas últimas semanas debe concluir en que el Gobierno parece haberse conducido por sendas perpendiculares al mandato de Maquiavelo. Hoy, nadie es capaz de aventurar el alcance de los males que afectarán a los intereses de los ciudadanos gallegos y españoles y al medio ambiente; es más, cualquier estimación, por pesimista que sea, será vista con recelo (por escasa) por unos y otros. Habiéndose producido un engaño, nadie es capaz de producir valoraciones de los efectos del mal que disfruten de crédito social. Por el contrario, los afectados directamente por la marea negra saben perfectamente a cuánto puede ascender el valor actual de las ayudas pecuniarias futuras: las únicas sorpresas que caben al respecto son negativas para sus intereses. De aquí debe seguirse lo que todos sabemos, es decir, que la catástrofe económica y ecológica va a venir acompañada de otra no menos importante: la desconfianza de los ciudadanos respecto de las instituciones del Estado y sus príncipes.

Sin embargo, conviene formular alguna matización respecto de lo anterior: nuestros tiempos políticos se rigen por la democracia parlamentaria. En consecuencia, la traslación del principio de Maquiavelo a nuestros días solamente podría dar en el desprestigio social del Gobierno y del partido que lo apoya en el Parlamento, y no del Estado y del conjunto de fuerzas parlamentarias. La atribución de presuntas responsabilidades por parte del Gobierno a la oposición política en la gestión pública de este asunto sería entonces manifestación de la voluntad de atrincherarse en el Estado, aunque sea a costa de llevárselo por delante. Nadie puede imputar el origen del problema del Prestige al Gobierno, pero sí responsabilizarlo de su gestión. Y es en este punto donde el parte de daños parece crecer por momentos: el desprestigio de los medios de comunicación públicos, que ya venían bastante embadurnados, el arrinconamiento hasta fechas recientes de los recursos de las fuerzas armadas, el crédito de científicos y técnicos innominados, e incluso la pereza de la institución parlamentaria; apenas se ha salvado el Estado de las autonomías, pero ha sido porque el PP gobierna en España y Galicia.

Tengo para mí que lo sucedido resulta un efecto no deseado, aunque inevitable, de la copiosa administración de un poderoso narcotizante: “todo va bien”, que se formula en términos de autocomplacencia de los príncipes y negación de la política. Lo malo es que, despertados del sueño, algunos comprueban que el chapapote alcanza las rodillas y que sigue subiendo

Posted by Alberto Lafuente on at 01:51 PM in III.2 El Prestige | Enlace permanente | TrackBack

DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXIII. El Prestige. La Marea Gris.

De nuevo, otro error. Lo que cuenta entre gentes con dificultades para llegar a fin de mes es la tranquilidad inmediata. El PP acertó cuando garantizó y pagó rentas compensatorias a los afectados. Así fueron las elecciones en Muxía.

Publicado previamente en Expansión, el 10 de enero de 2003.

El naufragio del Prestige es uno de los asuntos más reveladores, entre los acaecidos en los últimos años, de cómo están las cosas en España. El asunto ha merecido la atención de la opinión pública, que parece haber incrementado unos cuantos grados su sensibilidad medioambiental; igualmente, ha descubierto algunos rasgos de cómo se enfrenta la sociedad española y el Estado a catástrofes de esta naturaleza. No quiero insistir en estos extremos. Sí cabe, sin embargo, explorar otras perspectivas menos visitadas. Dejo para otra ocasión la respuesta primera de las empresas españolas más vinculadas al territorio afectado por la marea negra o que disponen, por la actividad desarrollada, de medios humanos y logísticos aptos para hacer frente a estas circunstancias. En general, el balance ha sido desolador. Pero hoy prefiero referirme a la marea que, con toda probabilidad, sucederá al chapapote: la marea gris.

Leo que el presidente Fraga propone, entre otras, las iniciativas siguientes: el acortamiento de los plazos previstos para la llegada del AVE a Galicia, un puerto de refugio en A Coruña, la prolongación de la autovía del Cantábrico a lo largo de todo el litoral gallego, y un conjunto de polos industriales en áreas geográficas pobres de Ourense y Lugo, aunque no vayan a sufrir el impacto social y económico del vertido del fuel, más otro polo de desarrollo en la Costa da Morte. Leo también que la Xunta de Galicia se dispone a flexibilizar su política sobre la instalación de parques eólicos en la costa dañada: bálsamo financiero para sus ayuntamientos. No niego la justicia histórica de tales demandas, ni siquiera su oportunidad. Sin embargo, conviene establecer el denominador común de las mismas: el cemento. Es la marea gris.

Suele ser bastante habitual que la respuesta humana a las catástrofes ecológicas consista en la propuesta y ejecución de programas que pretenden revitalizar la economía destruida por la alteración de las condiciones medioambientales. Un cínico diría que cómo no ha quedado nada a preservar más vale ocuparse del futuro de una manera distinta. Pasa con los bosques incendiados: en ocasiones, después, se convierten en suelo urbanizable. La paradoja es que la naturaleza disfruta de una capacidad notable de regeneración: las catástrofes ecológicas son, en un plazo más o menos amplio, reversibles. Las mareas grises no lo son. Añado también que la fotografía publicada de los presidentes de las principales compañías constructoras españolas y la noticia del reparto acordado de la costa gallega (no se sabe a qué efectos) son todo menos tranquilizadoras. Pero he dicho antes que dejo para otro día la descripción del comportamiento observado por las empresas españolas. En fin, nadie debería dudar que la catástrofe del Prestige ha contribuido a afianzar la sensibilidad medioambiental de la sociedad española, lo que es una buena noticia. Sólo queda acertar con la solución del problema: nada menos que una restauración compleja y masiva. Tengo para mí que debería exigir más inteligencia, investigación y cuidado que cemento.

Posted by Alberto Lafuente on at 01:49 PM in III.2 El Prestige | Enlace permanente | TrackBack

 
Libertad y Organización Info

libertadyorganizacion.org v 4_3