DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXVI. La Guerra. El Poder Idiota.

El poder ensimisma, el poder absoluto revienta las conexiones neuronales. El poder absoluto extiende la idiocia. La diferencia principal entre nosotros y Atapuerca reside en la instauración de mecanismos de compensación de ese poder: inventamos la democracia de los Estados hace tres siglos; apenas nos habíamos asomado a dibujar la naturaleza de los equilibrios internacionales del poder.

¿Qué hemos hecho?. Creo que la demolición del capital institucional internacional. En unas horas, las de la cumbre atlántica de las Islas Azores, tres personas y sus piquetes han querido arrumbar los esfuerzos realizados en los últimos cincuenta años. Malo para la economía: confiábamos destinar la eficiencia del capitalismo a mejorar la condición humana; ahora tenemos que empeñarla en construir nuevas instituciones.

Es una guerra simbólica. Como la de Vietnam. La victoria no es posible.

Publicado previamente en Expansión, en marzo de 2003.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXVIII. La Guerra. La Inutilidad de la Guerra.

Los líderes de la coalición internacional que ha querido iniciar la guerra de Irak suelen aducir dos tipos de motivaciones: las primeras, de carácter ético, insisten en la conveniencia de terminar de una vez con el tirano; la situación actual sería moralmente intolerable. Las segundas están relacionadas con el concepto de guerra preventiva y apuestan por una violencia que permita evitar que el futuro depare violencias mayores. Es cierto que cabe hacer lecturas éticas de esta última suerte de motivaciones, pero también cabe preguntarse acerca de la eficacia de la guerra, lo que es una cuestión eminentemente técnica.

Publicado previamente en Expansión, en marzo de 2003.

Distingue Umberto Eco entre dos tipos de guerra, la tradicional o paleoguerra y las nuevas guerras, género inaugurado con la guerra del Golfo. El propósito de las paleoguerras era la destrucción del adversario, con el fin último de alcanzar un beneficio. Su eficacia estaba condicionada al cumplimiento de tres requisitos: la ocultación al adversario de la fuerza y las intenciones; la sorpresa era una gran aliado; la cohesión en el frente interno; y, finalmente, la disposición de todos los medios para derrotar al enemigo. Ello conducía al silenciamiento de la voz procedente del frente enemigo y a la exaltación pública de su exterminio. El objetivo de las neoguerras, o mejor la manera de conducirlas, es sustancialmente distinto: no se busca la destrucción total del enemigo porque su conocimiento público podría conducir a la reprobación de los medios de comunicación. De hecho, pierde la guerra el bando que, de cara a la opinión pública, haya matado demasiado. En las neoguerras muere gente, pero no se gana. De aquí que las partes en conflicto tengan que moverse en un terreno incierto, limitado, de un lado, por el victimismo y, de otro, por la manifestación explícita del resultado de su capacidad destructiva. Lo malo es que ambos extremos pueden conducir a la derrota social y a la deslegitimación de la guerra.

Naturalmente, las características de las neoguerras determinan las estrategias de las partes. Y es aquí donde cabe registrar todo tipo de vacilaciones en las conductas de quienes están más sujetos al escrutinio de su opinión pública. Es más, es posible que un mismo conflicto sea para una de las partes una neoguerra y, para la otra, una guerra tradicional. Evidentemente, la segunda disfruta de una ventaja inicial: su cohesión interna se acrecienta con la información sobre la destrucción del rival y, al mismo tiempo, debilita a la otra parte exponiendo a la luz sus víctimas.

¿Quién es capaz de ganar una guerra así?. Probablemente, nadie. Y menos los generales educados en la técnica de la paleoguerra: las neoguerras son mucho más complejas. La importancia y tecnología de los recursos bélicos sólo determina el alcance de los daños materiales y humanos de la guerra, pero no es la antesala de la victoria. La guerra es inútil: no evita que el futuro depare violencias mayores: no destruye al enemigo.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXVII. La Guerra. Anatomía del Poder Idiota.

La referencia a la biografía de Churchill no era caprichosa. Un buen cronista de la política española debe estar al tanto de las lecturas veraniegas de los presidentes del Gobierno.La foto de las Azores será pieza principal de lo que la historia diga de Aznar. Fue un ejemplo de sobreactuación.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en abril de 2003.

Una de las pocas cosas que he aprendido en lo últimos tiempos ha venido de la mano de un viejo amigo, Esteban Ormeche, quien intentó convencerme, con éxito, de la actualidad del síndrome de Abraham, que él prefiere llamar de Yahveh. Recordemos que, según la leyenda bíblica, Abraham es llamado por Yahveh a sacrificar a su único hijo, Isaac, origen previsto del pueblo escogido. El patriarca se dispone a hacerlo, hasta que un gesto último de Yahveh suspende el holocausto. Uno quiere ser dios; otro, su hijo predilecto; y, como el dueño y el esclavo, sólo pueden relacionarse a través del ejercicio déspota del poder. El síndrome se refiere, pues, a la práctica de la obediencia más allá de la razón, la aquiescencia dulce de la crueldad, la sumisión ciega al poder para ser parte del mismo, la renuncia voluntaria al ser. La muerte de la civilización, en definitiva. El síndrome tiene proyecciones distintas. Elegiré una, para ilustrar dos planos distintos del síndrome: el éxito de las convocatorias sacrificiales y la desconfianza respecto del poder: Yahveh frente al discreto Abraham.


La actualidad del síndrome del poder idiota recibe beneficio de un artículo reciente de Carlos Fuentes en “Le Nouvel Observateur”, revista de culto en otras épocas:
“¿Y si la razón psicológica del Apocalipsis fuese la vanidad de un niño de papá, que consiguió pasar por Yale con notas mínimas y ayudas máximas, y que tiene ganas de decirle a su progenitor: “Mira, papá, he sido capaz de hacer lo que tú no te atreviste a terminar””?. Diré que espero que Fuentes se ocupe pronto del hermano listo, Jeb.

La proyección política del síndrome se refiere, así, a la guerra de Irak y tiene que ver con la convocatoria de ritos sacrificiales: necesitamos la guerra para vivir en paz y seguir creyendo en nosotros mismos. Sabemos que una de las consecuencias principales de los atentados del 11-S ha sido que el presidente Bush y sus halcones gustan de amenazar regularmente a la sociedad americana con la (in)seguridad, y el nuestro a la española con el agravamiento de nuestro cáncer terrorista, si no nos sumamos a la próxima guerra. Parece ser que en beneficio de la responsabilidad política. La promesa del dolor social genera réditos políticos; lo descubrió Churchill según Jenkins. En otros asuntos, los económicos, prometen la felicidad: la guerra nos va a hacer más ricos, aunque no sepamos qué quiere decir ser más ricos.

Se nos reclama, en definitiva, un acto de fe, de aceptación del sufrimiento humano y de confianza en nuestro bolsillo futuro. “Créame” decía nuestro primer ministro Aznar en la entrevista de la semana pasada de Antena 3: una expresión pobre del poder vicario y una apelación fracasada a la confianza en la sinrazón
Frente a lo anterior, las manifestaciones del último sábado contra la guerra ilustran la resistencia humana de Abraham, debidamente pasado por internet: la convocatoria no ha fructificado por el auxilio de internacionales de partidos o de sindicatos, apuntados a última hora; ha sido, más bien, el resultado de la rebelión de las gentes. Y ya sabemos como son las gentes; hay de todas las condiciones económicas y sociales y tienen su pequeño corazón. Algunos intelectuales públicos parecen apostar por un renacimiento de la ciudadanía: es sobre todo la expresión de un deseo. Se quedan cortos; debemos confiar en la red, que ha convocado con éxito la primera manifestación universal contra el poder idiota. Quienes se burlan de la nueva modernidad, creyendo que estará sometida a las reglas de los gabinetes de comunicación, no se enteran: las gentes asociadas a internet y a las redes saben cómo saber quién sabe; y, además, quieren decidir. Su grado de globalización es superior a la de los gobiernos. Que tengan cuidado, la red está al acecho. Es el poder de las gentes. Lo ha dicho bien un editorial de The New York Times: en el mundo de hoy hay dos superpotencias, Estados Unidos y la opinión ciudadana, es decir, la red.

Los rituales del sacrificio antiguo exigen silencio y unanimidad. Por eso la presencia de algunas voces, como la de Carlos Fuentes, de los internautas, o de las plataformas de ciudadanos me permiten pensar, ahora, que la apelación a la fe no es ya la manera de resolver los problemas de todos, y que quizá ha llegado el día en que el hambre de razón y la entereza de Abraham empiece a prevalecer sobre la irresistible convocatoria al sacrificio, y, sobre todo, sepa hacer frente a la expresión más caprichosa del poder idiota. Por lo demás, Aznar ha conseguido, al fin, escribir su página. Y nos ha arrinconado, de nuevo, en una capítulo viejo de nuestra triste historia.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXIX. La Guerra. La Responsabilidad de la Guerra

Uno de los efectos principales de las crisis sociales y políticas, por ejemplo la que estamos viviendo en España a raíz de la invasión militar de Irak, es que propician la emergencia de debates fundamentales sobre los principios morales, las normas de convivencia social o las relaciones entre Estado y sociedad. Pasada la crisis, el resultado del debate sedimenta y cimenta las nuevas instituciones, para bien o para mal.

Viene esto a cuento de un lema de éxito en una buena parte de la movilizaciones de quienes están en contra de esta guerra: “no en mi nombre”. El alcance del lema remite a la noción de responsabilidad colectiva, tal y como la plantea Leszek Kolakowski. Los individuos podrían ser responsables de los males perpetrados por la sociedad o grupos sociales a los que pertenecen, con independencia de su implicación en la decisión originaria del mal causado. La suma de renuncias individuales a la responsabilidad, esto es el “no en mi nombre”, conduciría a la ausencia de responsabilidad colectiva o, en todo caso, a su depósito en quienes apoyaron la invasión militar. La Iglesia Católica, por no hablar de algunos países e incluso empresas, ilustra el ejercicio de la responsabilidad colectiva cuando solicita el perdón público por desmanes cometidos en su nombre en el pasado histórico, aunque quienes piden hoy el perdón poco tengan que ver con quienes perjudicaron gravemente a la sociedad: en tales circunstancias, la Iglesia no dice: “no fuimos nosotros, fueron otros”. La renuncia a la asunción personal de la responsabilidad colectiva exige, en definitiva y por razones de congruencia, la autoexclusión del grupo social de pertenencia, llámese nación, confesión religiosa u organización política. Por eso no debe extrañar que las últimas manifestaciones contrarias a la guerra por parte de determinados militantes del PP haya venido acompañada del abandono de militancia.

Publicado previamente en Expansión, el 8 de abril de 2003.

Más difícil es dejar de ser español: no se puede votar con los pies; sólo cabe levantar la voz. En este sentido, el lema citado carece de racionalidad. Curiosamente, los hechos mencionados coinciden con la manifestación por parte de Mayor Oreja de su preocupación sobre el futuro de la unidad de España, si el PSOE ganara las próximas elecciones generales. La hipotética reforma constitucional podría permitir que algunos españoles dejaran de serlo. Naturalmente, tal expresión se acompaña de la apelación a la responsabilidad (colectiva) de los votantes. No resulta fácil desanudar esta madeja, pero sí cabe conjeturar que la solución del puzzle sólo puede venir de la asunción de responsabilidades personales por parte de quienes han trasladado a la sociedad española la responsabilidad colectiva de los males de esta guerra. Naturalmente, la atribución de responsabilidades políticas debe referirse al presidente del Gobierno, quien ha cometido errores de cálculo y ha querido jugar a la ruleta con la vida de la población civil de Irak: pase lo que pase, y porque así lo siente la mayor parte de la sociedad española, la cual, a pesar del lema “no en mi nombre”, desea probablemente seguir formando parte de la misma. La foto de las Azores no admite disculpa. Por eso, la única manera de poner a (casi) cero el contador de la responsabilidad colectiva es la dimisión del presidente del Gobierno, que es la única exigencia social posible. También cabe que se presente a las próximas elecciones generales. Que elija él.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXI. La Guerra. Erizos y Zorras

Espero que la próxima generación de líderes políticos mundiales sea venusiana

Publicado previamente en Expansión, el 16 de mayo de 2003.

De vez en cuando, la escritura tropieza con una antinomia que permite dar cuenta de la suerte de los hombres. La última ha sido recreada por Robert Kagan, quien ha querido caracterizar las posiciones adoptadas por Estados Unidos y Europa en relación al nuevo orden político internacional como procedentes de Marte y de Venus, respectivamente. Serían marcianas la coerción, la eficacia y la estrategia del palo; serían venusianas la persuasión, la sutileza y la estrategia de la zanahoria. Concluye Kagan que las dos culturas son contradictorias; naturalmente, el poder de la primera garantiza su vigencia.

La antinomia en cuestión es un reflejo pobre de la recordada hace ya algunos años por Isaiah Berlin, cuando rememorando uno de los fragmentos conservados del poeta Arquíloco (“Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”), proponía la distancia que separa a quienes razonan en torno a un único principio universal, ensamblador de sucesos minúsculos y ordenador de todos los acontecimientos de quienes entienden que el todo es tumultuoso, inaprensible y que sólo cabe comprender lo particular. Ciertamente, las dos posturas son alérgicas entre sí. Como señaló Vargas Llosa en la presentación de la edición en castellano de la obra de Berlin mencionada aquí, los erizos han aportado a la historia de la humanidad grandes hazañas, aunque también el totalitarismo de las ideas; las zorras, por el contrario trajeron la tolerancia, el azar y el respeto de los hombres, aunque también el escepticismo. Naturalmente, las zorras envidian a los erizos; sobre todo, porque es más fácil sufrir cuando se es titular de una verdad universal; sin embargo, es igualmente cierto que en ocasiones la sombra social es un refugio anhelado por el héroe cansado.

La política es terreno propicio para los erizos. Señala Vargas Llosa que las explicaciones totalizadoras, claras y coherentes de los problemas sociales son siempre más populares y, aparentemente, más eficaces a la hora de gobernar. Por eso, los héroes políticos, como Winston Churchill o Franklin D. Roosevelt, son capaces de orientar la historia, inculcando grandes dosis de voluntad en los ciudadanos en torno a sus designios. Sin embargo, cuando los erizos políticos se alejan de la legalidad, ciegan las vías de la crítica social y son intolerantes con la disidencia se convierten en monstruos. En ese momento, muchos preferimos el éxito mediocre a la gran solución única, inequívocamente fatal. Es precisamente tal desconfianza, notablemente alimentada por las formas de proceder de la actual administración americana, lo que ha ensanchado el océano Atlántico, y no el recelo europeo ante la nueva ecuación del poder internacional, como propone Kagan. De aquí la importancia para el mundo de las próximas elecciones presidenciales americanas, que deberían traernos un liderazgo que haga bueno lo que Isaiah Berlin destacaba en su ensayo, citando a Tolstoi: “Es la opinión la que pierde las batallas, y es la opinión la que las gana”.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXX. La Guerra. El Porvenir del Antiamericanismo.

Publicado previamente en Expansión, el 11 de abril de 2003.

The Pew Research Center for the People and the Press desarrolla un interesante proyecto de estudio, mediante encuestas periódicas con una significación estadística aceptable, de la evolución de las actitudes y opiniones de los ciudadanos de un número importante de países del mundo respecto de asuntos tales como la globalización, los cambios culturales o los efectos del 11 de septiembre. Recientemente, el centro mencionado ha presentado los resultados de una encuesta realizada en los albores de la guerra de Irak.

La encuesta parece confirmar la sospecha de un avance del antiamericanismo en todos los países estudiados del mundo. Si en el año 2000 lo porcentajes de ciudadanos de, por ejemplo, Reino Unido, Francia, Italia , Alemania, España o Polonia, que confesaban un percepción favorable de Estados Unidos eran ampliamente mayoritarios, su evolución hasta fecha recientes parece indicar que se han reducido hasta la mitad, en incluso hasta un tercio, como es el caso de Alemania, España o Turquía. Ni siquiera el porcentaje de ciudadanos del Reino Unido alcanza ya el 50% (14% en España). El fenómeno parece tener pocas excepciones: algún país africano y, también, alguna república de la antigua Unión - Soviética.

Es cierto que el deterioro de la imagen social de Estados Unidos más allá de sus fronteras parece estar relacionado con la desconfianza respecto de la política exterior del presidente Bush, de acuerdo con la misma encuesta, pero, quizá, la interpretación más sugerente se refiere a que podría resultar de una insatisfacción generalizada sobre la situación actual del mundo. Así, casi sin excepciones nacionales, la satisfacción confesada de los ciudadanos respecto de su vida privada supera en bastante la satisfacción relativa a la situación de sus respectivos países y en mucho más a la del conjunto del planeta. Hoy, éste es, sobre todo, fuente de inseguridad. Lo que pase después de la guerra será valorado desde esta perspectiva.

Lo anterior tiene una implicación económica inmediata. El nuevo orden político internacional está por definir, pero, en todo caso, tendrá que vencer dos fuentes de desconfianza: el agorafobia de los ciudadanos y el recelo respecto del país hegemónico. Naturalmente, ambos fenómenos constituyen obstáculos importantes al avance de la globalización económica y a la extensión de los mercados. Menos obviamente, podrían dificultar la adopción de comportamientos globales por parte de las empresas americanas. Hace unos pocos días Richard Tomkins se refería en las páginas de Financial Times a las dificultades recientes de las grandes marcas corporativas americanas en algunos mercados exteriores.

Una anécdota apócrifa atribuida a Lord Carrington ponía en su boca la incomprensión respecto de la ambición política americana: “no solamente quieren ser temidos; además, pretenden ser queridos”. Lo malo es que la lógica del capitalismo exige que las marcas sean deseadas. Por eso, en algún momento la administración norteamericana tendrá que conciliar la orientación de su política exterior con los intereses de la mayor parte de sus empresas.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXV. La Guerra. Al Borde del Precipicio.

Era inevitable. La quería el hegemon.

Estábamos en los prolegómenos de la guerra de Irak. Observando un Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dividido y un gobierno americano que enseñaba un rostro impaciente.

Un amigo me reprochó la equidistancia del artículo. Ser equidistante en este género de circunstancias no es correcto políticamente.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en febrero de 2003.

Los próximos acontecimientos relativos a la adopción por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de la resolución que desencadenaría la intervención militar en Irak invitan a examinar su lógica. Hasta hoy, el enfoque predominante ha sido el de los principios morales; nada que objetar al respecto, sino es que, en bastantes ocasiones, la historia se conduce por derroteros distintos: todo el mundo pierde; ningún principio queda incólume. El economista que mejor ha contribuido a explicar la naturaleza de situaciones similares a la actual es Thomas Schelling (Arms and Influence).

Simplificaremos ésta, señalando que el conflicto de pareceres en el seno del Consejo opone a Estados Unidos y Francia y que está en juego la configuración del nuevo orden político internacional. Los dos países parecen haber adoptado el funambulismo (andan a ciegas sobre un delgado cable que pende en el vacío). Una estrategia de esta características consiste en crear un riesgo de pérdidas importantes para ambas partes, en la confianza de que ello obligará a la otra a negociar un acuerdo. En nuestro caso, Francia amaga con el ejercicio del derecho de veto sobre la aprobación de la segunda resolución; Estados Unidos con iniciar la guerra diga lo que diga el Consejo. Ambos países amenazan, en definitiva, con la muerte del actual orden político internacional. Está en sus manos. Conviene señalar al respecto algo que se olvida habitualmente: los equilibrios internacionales estables otorgan al hegemon la capacidad de imponer reglas de conducta a los otros países en beneficio propio, pero debe ofrecerles alguna ventaja. La hegemonía siempre comporta un elemento de cooperación y de participación en el proceso de toma de decisiones. No hay equilibrios hegemónicos puros. Decía que la postura de los dos países es igualmente amenazante, porque Francia parece negar la existencia del hegemon y Estados Unidos la conveniencia de la cooperación.

La resolución propuesta por Estados Unidos es una máquina del fin del tiempo. Establece el automatismo de la intervención militar vinculado a que en una fecha determinada el gobierno de Irak demuestre su propósito inequívoco de desarme. En general estas estrategias son bastante ineficaces. No consiguen los resultados apetecidos. Simplemente, porque la otra parte entiende que no son creíbles: Estados Unidos perdería mucho si comprometiera el actual equilibrio político internacional. Kennedy lo entendió así en la crisis de los misiles de 1962: no amenazó con una guerra nuclear; simplemente estableció un bloqueo naval sobre Cuba, lo que dio lugar a que Khrushchev ordenara el desmantelamiento de los misiles instalados en territorio cubano. Ambos pactaron tácitamente volver a territorios seguros , aunque el ganador de la crisis fue Estados Unidos. La estrategia francesa parece, por el contrario, más afinada. No amenaza abiertamente con el ejercicio de derecho de veto, cuyo anuncio no sería creíble y, en consecuencia, sería inútil. Más bien, parece decantarse por aducir que el asunto reviste gran importancia y que está dispuesto a presentar batalla, aunque no se sepa cuál sería el último episodio de esa batalla. Sin embargo, la estrategia americana goza de sutileza cuando se la enjuicia desde el punto de vista de un ingrediente básico del funambulismo estratégico: “no hay mucho tiempo para llegar a un acuerdo en el seno del Consejo”, es decir, puede llegar un momento en que ni siquiera nosotros (Estados Unidos) seamos capaces de controlar la situación. Interesa generar este tipo de riesgos cuando se adoptan tales estrategias. Así pues, nos encontramos frente al despliegue de dos ejercicios de funambulismo, el francés y el americano. Lo anterior debería servir para predecir un desenlace, pero antes conviene prestar atención a otro extremo.

En una situación de esta naturaleza conviene ser pacientes. Doy por sentado ahora, en consonancia con lo dicho antes, que tanto Estados Unidos como Francia están interesados en que lo que vaya a pasar resulte de una posición común del Consejo en la que ambos países estén presentes. Pues bien, un economista, Ariel Rubinstein, ha demostrado que la parte más impaciente por llegar a un acuerdo suele hacer concesiones pronto y de cierta magnitud, en beneficio de la otra parte. Por eso, quienes negocian con intereses políticos americanos saben que el tiempo es un aliado imprescindible. Sus medios de comunicación cultivan la impaciencia social y la sociedad americana gusta de pasar página rápidamente a los asuntos incómodos.

Podríamos ser pesimistas. De hecho, casi todo el mundo lo es. Sin embargo, a veces, la realidad es racional. No cabe descartar que, para sorpresa de todos y presiones aparte, alguna resolución concite un apoyo sustancial del Consejo de Seguridad, incluida Francia. Todo esto, claro está, siempre y cuando las gentes no decidan tirar contra sus pies. Por cierto, el no ejercicio del veto es una forma de acuerdo. Por cierto, nuestra pobre España quedaría más arrinconada que nunca. El único optimismo posible es el que lleva a predecir la supervivencia de la Organización de Naciones Unidas.

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