DIARIOS DE UN ECONOMISTA XL. Nuestro Capitalismo. Lo que parecemos.
Publicado previamente en Expansión, el 11 de julio de 2003.
Entre las meritorias contribuciones del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estrátegicos cabe destacar los análisis de percepciones sociales acerca de la marca España: somos lo que parecemos. Los estereotipos vigentes quieren dibujar una imagen internacional más próxima a la calidad de vida que al rigor, más cercana a la diversión que al esfuerzo, según múltiples encuestas realizadas entre ciudadanos de otros países. Sin embargo, la valoración positiva de rasgos personales como la sociabilidad, el altruismo, o la calidad de las relaciones personales, de la transición a la democracia y del éxito de nuestra integración en Europa conduce a que la marca España despierte cierta confianza en lo español, lo que permite competir a la marca con alguna ventaja respecto de otros países mediterráneos.
Lamentablemente, las percepciones genéricas de los compradores de otros países sobre los productos españoles tienden a identificarlos con una calidad baja, una innovación tecnológica limitada y un diseño de mal gusto. En el mejor de los casos, los consumidores europeos sólo los diferencian por su bajo precio.
Por el contrario, identifican a los productos franceses con la distinción (y su alto precio) y a los italianos con el diseño (y una fiabilidad limitada). Naturalmente, lo anterior tiene consecuencias notables sobre la proyección internacional de la economía y la política españolas.
Al hilo de lo anterior y de otras consideraciones, Javier Noya propone el reposicionamiento de la marca España en torno a manifestaciones distintas del capital social de nuestro país, haciendo uso de herramientas de marketing. Así, las percepciones de calidad de las relaciones personales deberían prolongarse en las del cuidado de las transacciones económicas, esto es en la no atribución de comportamientos oportunistas; en definitiva, España podría ser percibido como un país mediterráneo donde regiría la palabra y la confianza; un buen país para hacer negocios. Quizá de esta manera podríamos neutralizar, al menos en parte, las consecuencias negativas de nuestra especialización en la industria del ocio turístico, que parece apuntarnos al jolgorio permanente. Nada que objetar a tan razonable propuesta.
Sin perjuicio de lo anterior llama la atención, sin embargo, que no se quiera extraer ventaja de un hecho cierto: el mundo de la innovación está cada vez más cerca del mundo de la creación; muchos emprendedores no distinguen entre el trabajo y el ocio; la diversión es un componente básico de la motivación laboral. Y es en este punto donde cabe apuntar un sueño: que algún día los ciudadanos de otros países perciban que en España las buenas ideas germinan, la innovación económica y social tiene premio y la libertad hace placentero el uso de la inteligencia.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXIX. Nuestro Capitalismo. El Gobierno de los Españoles.
Qué fácil es explicar a posteriori unos resultados electorales.
Publicado previamente en Expansión, en junio de 2000.
Las elecciones generales del 12-M son objeto de múltiples análisis e interpretaciones. Para unos, la mayoría según los resultados, el 12-M condensa la ambición de futuro de los españoles; significa el cierre de un ciclo histórico; impulsa el afán colectivo de situar a nuestro país entre los países más avanzados de Europa y el mundo. Para otros, los menos según los mismos resultados, las elecciones reflejan la falta de entendimiento de la sociedad española; interrumpen el diálogo entre la sociedad española y la izquierda; son el castigo a la miopía del partido político que ha ocupado un lugar preponderante en la escena política española desde la transición a la democracia, el PSOE. ¿Y los españoles?, ¿qué esperan del futuro gobierno?, ¿somos muy distintos de los europeos?. El estudio del International Social Programme (ISSP) permite dar respuesta a esas preguntas. Sobre la base de encuestas realizadas en más de veinte países, el ISSP aborda cuestiones de interés general, en este caso, las preferencias y exigencias de los ciudadanos respecto de la acción de sus respectivos gobiernos.
Preferencias Ciudadanas.
El examen de las preferencias de los ciudadanos españoles sobre las aplicaciones del gasto público pone de manifiesto que las más importantes se refieren a la sanidad, educación y, en menor medida, pensiones. Se trata de aplicaciones del gasto que se corresponden con el Estado de Bienestar. Frente a tales preferencias, las relativas a medioambiente, seguridad, subsidios de desempleo, cultura y defensa concitan una valoración menor. En términos generales, los resultados del estudio revelan una cierta preferencia por el gasto, con la excepción de la defensa. Ello, además de ser habitual en estudios de este tipo, revela que la acción pública en materia de gasto es considerada una suerte de “free lunch” (comida gratis), esto es, los ciudadanos no ponderan el efecto del incremento del gasto en algunas partidas, en razón de la necesaria disminución de otras, el incremento de los impuestos o los perjuicios derivados de los desajustes presupuestarios.
La escala española de preferencias no se ajusta demasiado de la vigente en otros países de la Unión Europea, aunque conviene subrayar la importancia otorgada al medio ambiente en la antigua Alemania del Oeste, a la seguridad en la ex –Alemania del Este, o a la sanidad y educación en el Reino Unido. Ello, claro está, guarda relación con la realidad última o penúltima de esos países.
La preferencia por el gasto público es contradictoria con la manifestada en relación con las políticas económicas que persiguen su contención. Ello, no obstante, coincide con las preferencias otorgadas a la financiación pública de proyectos de infraestructura para la creación de empleo y a las políticas industriales activas, tanto de corte tradicional, apoyo a sectores en declive, como más moderno, fomento de la innovación tecnológica. Conviene subrayar los bajos niveles de preferencia de la sociedad española sobre la desregulación o la reducción de la jornada laboral.
Exigencias Sociales.
Los ciudadanos de las sociedades avanzadas valoran a sus gobiernos sin descontar su fortuna o su mala suerte. Los resultados de una determinada decisión o política gubernamental no suelen ser fácilmente discernibles. Entre otras razones porque dependen de factores ajenos a los aciertos o errores políticos. Es cierto que siempre cabe la comparación internacional o histórica, pero eso queda para el debate político.
El Cuadro 3 muestra el perfil de las exigencias de los ciudadanos españoles y de otros países de la Unión Europea respecto de sus respectivos gobiernos. En lo que se refiere a los primeros, cabe advertir los elevados niveles de exigencia en cuanto a salud, nivel de vida de los mayores o becas de acceso a la universidad. Las exigencias son relativamente menores, aunque importantes, en lo que se refiere a la disminución de desigualdades, creación de empleo o moderación de la inflación. El perfil citado se asemeja al revelado por el resto de ciudadanos europeos con algunas singularidades. Por ejemplo, el relativamente bajo nivel de exigencia de Alemania del Oeste en materia de apoyo a la industria; la elevada exigencia de los ciudadanos franceses respecto del control sobre el impacto medioambiental de la actividad empresarial; a la también elevada exigencia de los británicos sobre el sistema de salud.
Lo anterior contrasta con la confianza limitada de los ciudadanos respecto de la política, lo que queda reflejado en el Cuadro 4. En lo que se refiere a España, los encuestados manifiestan un cierto grado de escepticismo en cuanto a su influencia política, que sin embargo se acrecienta en las campañas electorales, aunque la confianza sobre el respeto de los políticos por los compromisos contraídos en las campañas electorales es limitado. Idéntica lógica se reproduce en el resto de países europeos, aunque, a decir verdad, no puede deducirse de la información disponible una desconfianza notable sobre la consideración de los intereses ciudadanos por parte de los gobiernos.
Lo anterior explica, en gran medida, los resultados electorales del 12-M (del año 2000) y limita el alcance de las hipótesis relativas al desfondamiento del PSOE como alternativa de gobierno o a cambios profundos de la sociedad española: simplemente, la evolución de la economía española en los últimos cuatro años, cualquiera que haya sido el mérito del gobierno, se ha ajustado bien a las preferencias y exigencias de los electores respecto de la acción de gobierno en el ámbito de la política económica. Si esta tesis fuera cierta, la sucesión en el futuro de reveses económicos, cualquiera que sea la responsabilidad del gobierno, otorgaría una cierta ventaja electoral a la alternativa electoral, siempre y cuando plantee propuestas que sean más consonantes con las preferencias de los españoles.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXVIII. Nuestro Capitalismo. El Estado de Bienestar de las Empresas
Publicado previamente en Expansión, el 16 de enero de 2002.
El concepto se refiere a la evidencia de que los Estados de las economías desarrolladas observan una cierta inclinación a compensar los reveses sufridos por las empresas, especialmente por las de mayor tamaño, con la aportación de ayudas, la adopción de marcos fiscales favorables u otras medidas de efecto equivalente. La elección del término no es inocente: pretende confrontar este Estado de Bienestar con la acepción más habitual que se refiere a los regímenes de fomento de la igualdad de oportunidades y de protección económica y social de los ciudadanos, es decir, la financiación pública y universalidad de la educación, sanidad o pensiones. La confrontación es especialmente útil cuando sucede alguna crisis empresarial o hay síntomas de empeoramiento del entorno, porque entonces surgen voces y argumentos de defensa del Estado de Bienestar de las empresas, que generalmente son atendidos por los gobiernos.
En otras circunstancias, la versión más ilustrada de la reforma del Estado de Bienestar de los ciudadanos hace hincapié en la responsabilidad de estos frente a su futuro; la demanda no suele hacer mención de la responsabilidad de los inversores frente a su patrimonio.
Ejemplos de lo que estamos hablando hay muchos y muy variados: las ayudas prestadas por el Estado alemán al sector financiero en los años 90; las otorgadas a las compañías aéreas norteamericanas como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre; las prestadas a los sectores pesqueros español y francés en 2000 para hacer frente a los incrementos de los precios de los hidrocarburos; o, últimamente, la reforma del impuesto de sociedades contemplada en la Ley de Acompañamiento vigente más el desenlace no conocido de la crisis argentina.. A todo lo anterior hay que sumar los programas de ayudas habituales en las economías avanzadas.
La consulta a las encuestas de ayudas públicas de la Comisión Europea revela el orden de magnitud del fenómeno en Europa: en torno al 2% del valor añadido bruto en la industria manufacturera, frente al 0,2% en Estados Unidos. La tendencia última es decreciente, aunque parece un incremento en el sector servicios. Con todo, tales estimaciones subestiman el alcance del Estado de Bienestar de las empresas.
Si, por simplificar, confundimos las empresas con su propiedad, entonces el concepto debe referirse a los mecanismos públicos de aseguramiento de las rentas del capital. Así entendido, el ámbito se amplía considerablemente y abarca, por ejemplo, la extensión de los mecanismos de garantía de depósitos bancarios a los fondos gestionados por las agencias de valores, aprobada a raíz del conocimiento público del caso GESCARTERA. Otra expresión del mismo fenómeno es el “too big to fail” (demasiado grande para quebrar), que subraya que el capital de las grandes empresas disfruta de una seguridad especial, que se deriva de que las consecuencias económicas, sociales y territoriales de sus crisis las hace inhábiles para la quiebra. Naturalmente, ello tiene un coste ligado a la ineficiencia resultante en la asignación de recursos.
Una tercera acepción del Estado de Bienestar de las empresas tiene que ver con la ausencia de competencia: el monopolio es la vida tranquila, decía el Premio Nobel John Hicks, para significar la ausencia de sobresaltos, es decir, de riesgo cuando se disfruta de este tipo de situaciones, que suelen coincidir, por otra parte, con regulaciones que trasladan a los consumidores los efectos de cualquier cambio adverso del entorno, en beneficio de la seguridad de las rentas de capital. Así, son muchos los que anticipan (¿consideran deseable?) que la ralentización del crecimiento de la economía europea va a dar lugar al estancamiento de los ritmos reformadores de los sectores de servicios básicos.
La consideración de estas acepciones alumbra la evidencia de que el Estado de Bienestar de las empresas es importante en términos de PIB, aunque su contabilización sea compleja por no tener algunos de sus componentes más importantes un reflejo en los presupuestos públicos. También, que la demanda de mecanismos de aseguramiento por parte de los grupos de interés concernidos guarda una relación estrecha (negativa) con el ciclo económico. Hasta aquí ninguna diferencia respecto de la demanda de Estado de Bienestar de los ciudadanos: la demanda social de seguro de desempleo también está relacionada con el ciclo. Sí cabe, sin embargo, traer a colación dos preguntas y una afirmación. La primera es porqué el ardor reformador del Estado de Bienestar de los ciudadanos, generalmente acompañado de juicios sobre la imposibilidad de sostenerlo en el largo plazo, suele ser abrumadoramente más intenso que el desplegado para el otro Estado de Bienestar. La segunda es porqué, a estas alturas, la práctica política parece dudar sobre si un euro invertido en educación rinde más, o menos, que aplicado al reembolso de las inversiones de GESCARTERA. La afirmación tiene que ver con la evidencia de que el debate sobre el Estado de Bienestar está relacionado con un asunto sobre el que habría que abundar: el efecto pernicioso del Estado de Bienestar de las empresas sobre la prosperidad.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXVII. Nuestro Capitalismo. Vecindades
La publicación del artículo me llevó a una correspondencia electrónica intensa con un lector. “Al magrebí, ni agua”, venía a decir, de manera por cierto educada. Seguro que alguna inmigrante cuida a algunos de sus mayores. Los economistas deberían escribir más sobre el asunto en los medios de comunicación. Tienen mucho que decir.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en marzo de 2003.
Son conocidas las enormes diferencias de renta y riqueza entre los habitantes de este planeta; por ejemplo, el PIB per capita del país más rico del mundo, Luxemburgo, multiplica por 417 el del país más pobre, Etiopía. Es menos conocida, sin embargo, la evidencia de que tales diferencias son mucho menores si ponemos en relación la renta per capita de los países vecinos. Un estudio reciente de Íñigo Moré ha querido cuantificar la cuantía del efecto escalón en las principales fronteras del mundo. Pues bien, el cociente medio de los PIB per capita de los países limítrofes es de 3,5, poca cosa si comparamos ese escalón con las diferencias de renta entre países no limítrofes. Es más, apenas 55 fronteras de la tierra superan el cociente mencionado; la mayor parte, en torno al 71%, separan las renta per capita en un grado menor. El examen detallado de lo que acaece en las primeras revela la existencia de conflictos, que son la consecuencia aunque también la causa de las diferencias de riqueza. Los pobres parecen tolerar la riqueza lejana, pero no soportan la próxima. Los ricos se defienden de la pobreza próxima, y se permiten ser ignorantes respecto de la lejana. La riqueza y la pobreza se aglomeran en lugares distantes.
Si observamos ahora las fronteras de los países más ricos del mundo, constataremos que España tiene el dudoso privilegio de contar con la frontera de mayor efecto escalón: la que nos separa de Marruecos. Que el PIB per capita de los españoles multiplique por 13 el de los ciudadanos marroquíes asemeja la frontera económica del sur a la que separa a Israel y Palestina, Sudáfrica y Mozambique, Arabia y Yemen, o Israel y Egipto. Nada que ver con la frontera entre Estados Unidos y Méjico, o Alemania y Polonia en las que el efecto escalón es considerablemente menor: 7, en el primer caso; 5, en el segundo. Y decreciendo de manera significativa estos últimos años. Lo contrario de lo que sucede con nuestra frontera con Marruecos; en 1970, el PIB per capital español apenas multiplicaba por 4 el marroquí.
Traduzcamos estas cifras al lenguaje de lo cotidiano. Más de un 50% de las familias españolas tienen unos ingresos mensuales inferiores a 1700 euros. Supongamos que de un día para otro perciben salarios marroquíes y disfrutan, también, de un coste de la cesta de la compra equivalente al de nuestro país vecino. Pues bien, sus ingresos pasarían a ser 300 euros mensuales en capacidad de compra a precios españoles: la mitad de la sociedad española aspiraría a invadir su país perdido, después de tan cruel sueño. La economía de los vecinos pobres no es muy grande; de hecho, la marroquí es apenas 1,5 veces la de Aragón. Pero, su población es numerosa. Así, en la actualidad hay cerca de dos millones de parados; se estima que en los próximos diez años se incorporarán al mercado de trabajo más de tres millones de personas. Como la economía crece a tasas menores que la población activa, varios millones de ciudadanos de ese país son candidatos naturales a la emigración hacia su norte. Diré, de paso, que el 52% de la población marroquí de más de 15 años es analfabeta.
El vecino rico se equivoca cuando protege su ventaja blindando el efecto escalón. Es imposible o, cuando menos oneroso, como demostró la crisis de los balseros cubanos o la de la emigración de los albaneses a Italia. Convendría, por el contrario, tener en cuenta el Tratado NAFTA o la ampliación de la Unión Europea al Este. O, lo que es lo mismo, propiciar la apertura de los mercados agrícolas europeos a los productos de Marruecos, recuperar el marco de cooperación con el Mediterráneo iniciado con la Conferencia de Barcelona de 1995 y arrumbado posteriormente, no enredar con crisis diplomáticas absurdas como la última y, sobre todo, entender que nuestro sur está en el sur más próximo y que sus problemas de desarrollo serán el problema más serio de la sociedad española en los próximos 25 años, si todo va bien. Como es la hora de pedir y predicar, no estaría de más que la mayor parte de entidades financieras española no aplicara, como es el caso, comisiones usureras a las remesas de las emigrantes a sus familias.
La alternativa a lo anterior tiene que ver con una tesis que circula por ahí. La tesis dice que la proximidad extrema del Gobierno español a las posiciones de la actual administración americana en la crisis de Iraq podría estar relacionada con la búsqueda de protección de lo que he querido denominar efecto escalón y sus consecuencias. Lo cierto es que la tesis tiene alguna verosimilitud a juzgar por la miopía con la que miramos este asunto en España. A juzgar por nuestro desprecio a la geografía.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXVI. Nuestro Capitalismo. Otro capitalismo popular
Publicado previamente en Expansión, el 13 de junio de 2003.
Nadie se atreve a mencionar el término capitalismo popular. Se quiso identificar con el interés de los ciudadanos por el mercado de acciones, antes de que pasara lo que pasó. Se estimuló desde los poderes públicos. Se aplaudió desde las empresas. Se puso en relación con el sistema de capitalización de las pensiones. Murió con la crisis bursátil. Nadie quiere recordarlo. Y, sin embargo, como casi todas las modas gastadas, merece un homenaje. Porque pudo ser una innovación social.
Las empresas y los ciudadanos se encuentran en los tres mercados principales que definen cualquier economía: el mercado de producto, el mercado de trabajo y el mercado financiero. Los mismos protagonistas en tres espacios diferentes de decisiones. El cuarto mercado social, el electoral, enfrenta a ciudadanos y partidos políticos. Por alguna razón de difícil discernimiento, las empresas han querido aplicar lógicas distintas a su comportamiento en los tres mercados en los que operan. En el de producto, ha prevalecido en los últimos años la retención de la base de clientes a través de la fidelización; en el de trabajo, la flexibilidad de las plantillas; en el de acciones, el si te he visto no me acuerdo. Y es así como hemos desembocado en la paradoja de sentirnos, a la vez, deseados, prescincibles y asaltados por el minúsculo puñado de empresas que configuran la realidad de la economía de mercado. Al parecer, éstas se niegan a reconocer su importancia social y, lo que es peor, a entender que son esclavas de sus apellidos.
Insisten en dividir su alma, como si al otro lado de la mesa consumidores, trabajadores y ahorradores fueran individuos distintos. Tampoco parece preocuparles que padezcan, junto con los partidos políticos, la peor de las valoraciones que los ciudadanos europeos otorgan a las instituciones sociales, de acuerdo con el Eurobarómetro y que, según la misma fuente, tal valoración venga sufriendo un declive notorio a lo largo de los últimos años. Aunque son muchos los que vaticinan un futuro difícil a los partidos como mecanismos de encauzamiento de la voluntad popular, nadie sería capaz de vislumbrar un mundo en el que las empresas estén ausentes.
Los defensores más agudos del capitalismo suelen recordarnos su potencia alumbradora de nuevas ideas. Están en lo cierto, además, cuando sostienen que la misma adquiere su mejor manifestación en las reglas del comercio, que impiden el engaño y premian la competencia en el mercado de producto: son la base de la confianza. Es llamativo, sin embargo, que alcen los hombros cuando el ahorro huye del mercado de acciones, dándolo por inevitable; también lo es que disculpen el sacrificio de talento y experiencia que resulta de las políticas de recursos humanos de un gran número de empresas. Algún día, sin embargo, el capitalismo actual querrá prescindir de tanto despilfarro. Será cuando las empresas reconozcan su importancia y de que no cabe dividir su alma entre los mercados en los que operan.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXV. Nuestro Capitalismo. Cuento de Navidad
Era una manera de quitarse de encima el pringue de la solidaridad navideña y del amor ilimitado entre los hombres. En ocasiones, la desigualdad es preludio de la bonanza personal. En las sociedades donde nada se mueve, la prosperidad ajena es interpretada siempre como la desdicha propia.
Publicado previamente en Expansión, el 20 de diciembre de 2002.
Se preguntaba Albert Hirschman hace ya bastantes años (Essays in Trespassing) en qué medida y de qué maneras afecta a los individuos el bienestar de los demás. Lo hacía a través de una metáfora: la felicidad o enfado del automovilista que queda atrapado en un atasco dentro de un túnel de dos carriles viarios (en el mismo sentido). La falta de perspectiva le impide saber la razón del atasco y, en consecuencia, el tiempo que va a permanecer en tal situación. En este estado de cosas, la única información a disposición del conductor es lo que sucede con la circulación en el otro carril. Sostiene Hirschman que la observación de que los automóviles del otro carril empiezan a moverse producirá una cierta satisfacción en nuestro conductor; no porque éste pueda ponerse en marcha, pues sigue parado, sino porque interpreta que el atasco ha sido solucionado y que, por lo tanto, no pasará mucho tiempo antes de que él sea también beneficiado. En definitiva y en ocasiones, la felicidad del otro nos complace, pues deducimos de la misma que el horizonte de la nuestra empieza a despejarse. En ese momento, la mano ansiosa busca el cambio de marchas.
Naturalmente, la satisfacción que se deriva de la felicidad del prójimo tiene límites: a partir de un cierto tiempo de inmovilidad, los conductores del otro carril son percibidos, simplemente, como unos tramposos. En otros términos, surge la envidia, que es el pecado ordinario cuando pensamos que la felicidad ajena es consecuencia de la desgracia propia. Además, obedece al mismo fenómeno, aunque en el sentido contrario, el impacto de las noticias de atascos circulatorios, cuando son recibidas por los conductores que han debido aparcarse en el hogar a lo largo de un puente español: la próxima vez les pasará a ellos; por lo tanto, se quejan amargamente de su suerte, mientras se dan a la vida muelle.
Lo anterior tiene aplicaciones distintas. Explica, por ejemplo, el contagio de expectativas en agentes económicos situados en ambientes entre los que la única relación es la información. Pero, hoy, vale la pena detenerse en un asunto de nuestros días: las navidades. La solidaridad humana tiene un gradiente geográfico: simpatizamos con la felicidad del otro cuando es víspera de la nuestra, lo que sucede cuando ambos estamos a la vista. Además, a nadie conviene que alguien saque varias cabezas en esta carrera: suscitaría la envidia y el entorpecimiento mutuo. Por eso, las navidades son unas fechas eminentemente familiares y, además, duran poco (algunos pensarán que demasiado). Es posible que lo dicho hasta ahora disfrute de la exactitud propia del cinismo, pero, en todo caso, parece más soportable que tener que escuchar, un año más, que todos hemos tenido suerte porque el premio gordo de la lotería nacional ha quedado muy repartido. Felices navidades lejanas. Aunque, a lo mejor, sucede que los economistas no entendemos nada.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXIV. Nuestro Capitalismo. El Nuevo Capitalismo de Aspen
Me llamó la atención cómo enfocaban la inmigración. Aquí, sin embargo, hemos querido ubicar la dirección de la política de inmigración en las dependencias del Ministerio de Interior.
Publicado previamente en Expansión, el 22 de noviembre de 2002.
En 1998, el Instituto Aspen promovió la constitución de un grupo de trabajo con el fin de formular el futuro de la economía y sociedad americanas. Recientemente, el Instituto ha dado cuenta de los análisis realizados, a través de un documento que lleva un título sugerente : “Grow Faster Together, Or Grow Slowly Apart: How Will America Work in the 21st Century?”. El documento está disponible en www. aspeninst.org y pretende mirar más allá de los efectos de la crisis de confianza derivada de las malas prácticas de gobierno corporativo o del pinchazo del sector de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Naturalmente, la literalidad del documento se refiere a la economía americana, pero su gramática merecería una traducción para la economía española.
Al decir del Instituto, el problema más serio de la economía de Estados Unidos tiene que ver con tres déficits relacionados con el factor trabajo. En los dos próximos decenios, la población activa nacida en Estados Unidos apenas va a crecer; además, la población activa con mayores niveles de educación formal tampoco experimentará un crecimiento apreciable. Tales evidencias suponen una modificación profunda del modelo que ha regido la economía americana en los últimos veinte años, basado en gran medida en el crecimiento de la población activa nativa y de la productividad de las nuevas cohortes de trabajadores. El crecimiento futuro deberá, pues, estar basado en la inmigración, y en la cualificación de los mayores y de aquellos segmentos de la población activa que hasta ahora han permanecido al margen de los beneficios del progreso. Sin embargo, la satisfacción de esta necesidad se enfrenta a una realidad que parece evolucionar en el sentido opuesto: el ensanchamiento progresivo de la brecha que separa las rentas salariales más altas y bajas. Los tres déficits conducen al estancamiento económico.
A partir de tal diagnóstico, los autores del documento proponen lo que yo denominaría un nuevo pacto social. Primero, se debe esperar de los ciudadanos el mejor de sus esfuerzos y la mayor de sus responsabilidades, pero con la contrapartida de su bienestar personal. Segundo, los trabajadores deben invertir en la adquisición de habilidades y conocimientos, pero ello les hace titulares del derecho a participar en los beneficios del crecimiento y de la prosperidad general. Tercero, los trabajadores deben aceptar la movilidad en el empleo, pero ello les hace acreedores a disfrutar de una seguridad económica a largo plazo. Cuarto, el cumplimiento de las obligaciones anteriores no puede ser incompatible con la atención a la vida familiar y con la cohesión social. Lógicamente, el Instituto desarrolla los principios anteriores mediante el detalle de un conjunto de políticas públicas, que ahorraré al lector.
El asunto merece un epílogo español. Probablemente, diría que los equilibrios anteriores no funcionan en España y que, en consecuencia, no cabe esperar grandes crecimientos de la productividad mientras, en ésa u otra formulación, no adquieran el grado de las certezas sociales.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA XXXIII. Nuestro Capitalismo. Capitalismo Valiente
Innovador, perspicaz. Otro, en definitiva.
Publicado, junto con Ramón Pueyo, en El País, el 21 de mayo de 2002.
Una de las paradojas más agudas de nuestros días es que las empresas se ven obligadas a competir muy duramente por el bolsillo de un número relativamente reducido de consumidores; no más de unos pocos cientos de millones de personas, cuya característica común es que disfrutan de una renta per capita superior a 15000 dólares. Mientras tanto, desatienden el mercado potencial de mayor volumen. Nos referimos al constituido por 4000 millones de personas con rentas anuales inferiores a 1500 dólares: dentro de cuarenta años, según el Banco Mundial, serán 6000 millones. Se dirá que la paradoja no es tal; que la pobreza y la no concurrencia de las reglas precisas para que prospere el capitalismo desaconsejan prestar atención a ese enorme mercado. Razonamiento de economista. Algunas empresas nos enseñan cómo sacar partido a esa oportunidad, para beneficio propio y, también, de esos países y personas. A ello se han referido recientemente S. Hart y C.K. Prahalad en “The fortune at the bottom of the pyramid”.
Así, cabe citar en primer lugar a UNILEVER, empresa multinacional conocida por todos. En el año 2010, el cincuenta por ciento de sus ventas provendrán de segmentos de población de bajo nivel de ingresos en países en vías de desarrollo. Claro que antes ha tenido que hacer los deberes. Hindustán Lever Limited, filial hindú de la multinacional, producía y vendía detergentes con fórmulas experimentadas en los países desarrollados, hasta la aparición de un competidor local, Nirma. Tal empresa desarrolló un modelo de negocio en el que la especificaciones técnicas del producto, su distribución, envasado y precio estaban adaptados al uso de los detergentes por parte de los grupos sociales más desfavorecidos de la India. HLL respondió ofreciendo productos al mismo segmento, modificando al mismo tiempo su modelo de negocio tradicional. Alteró la composición de su detergente, rebajando el contenido en aceites hidrácidos y sosa y descentralizó la producción, marketing y distribución, atendiendo al uso de los detergentes (se lava a mano) y a la existencia en las zonas rurales de la India de una mano de obra abundante. Carecía de sentido hacer uso de tecnologías intensivas en capital. Aunque los márgenes beneficiarios por unidad de producto son reducidos, el volumen de ventas es muy amplio, de manera que esta línea de negocio es hoy la más provechosa de UNILEVER en la India. La compañía ha exportado, con éxito, el mismo modelo de negocio a Brasil, Congo y Filipinas.
En 1993, el inventor británico Trevor Baylis comprendió que, en muchas regiones del mundo, la radio es el único medio de comunicación remota. Sin embargo, no siempre hay electricidad, ni distribución de pilas al alcance. Existía pues la necesidad de un aparato de radio que no dependiera del suministro de electricidad, inexistente, ni de pilas, caras y difíciles de conseguir. Así nacía la radio a cuerda. En 1994, Baylis firmaba un acuerdo con Freeplay Energy Group . Después, vendrían el cargador de teléfonos móviles a cuerda diseñado por la misma compañía, en alianza con Motorola, y el Apple eMate300, también a cuerda, todavía en fase experimental, que pretende ser el primer paso para proporcionar ordenadores, a un precio asequible, a estudiantes que viven en zonas donde no hay electricidad disponible.
¿Telefonía móvil en el tercer mundo? . La mayor parte de la población mundial vive en zonas rurales y nunca ha hecho una llamada de teléfono. Grameen Phone, cuyo socio es Grameen Bank, líder mundial del microcrédito, pretende ofrecer servicios de telefonía móvil a 100 millones de habitantes de las zonas rurales de Bangladesh, a través de su programa Village Phone. Según Marketing Management, el modelo de negocio es el siguiente: Grameen Bank otorga créditos de alrededor de 350 dólares para la adquisición de equipos de telefonía móvil y el establecimiento de locutorios públicos. A cambio de una tarifa asequible, los propietarios del locutorio-teléfono ponen el teléfono a disposición de los otros habitantes del núcleo de población donde habitan. En definitiva, una fórmula adaptada de franquicia. Grameen Phone, que a finales de 2001 contaba con más de 500.000 abonados, es la compañía de telefonía móvil de crecimiento más rápido en el Sur de Asia. Cada operador local obtiene unos beneficios de alrededor de dos dólares diarios, una vez cubiertos todos los costes. Puede parecer poco, pero duplica la renta per capita de Bangladesh. El éxito de Grameen Phone ha sido tal que Vodafone ha replicado el modelo en Sudáfrica y Uganda, en el primer caso con éxito.
¿Energía eléctrica? Dos mil millones de personas no tienen acceso al suministro de electricidad; la mayor parte de estas personas viven en zonas rurales en países en desarrollo. Las necesidades de iluminación quedan atendidas mediante la combustión de derivados del petróleo a razón de un coste medio mensual que se sitúa en torno a cinco/diez dólares. The Solar Electric Light Fund , organización no lucrativa con presencia en países como India, China, Brasil y Sudáfrica, ha desarrollado un modelo de expansión del servicio eléctrico adaptado a las peculiaridades de esos países; se trata de fomentar la producción local, a pequeña escala, mediante energía solar fotovoltaica. A través de la compra a crédito de equipos, los habitantes de las zonas rurales donde opera SELF, se convierten en propietarios y operadores de sus sistemas eléctricos. La inversión se amortiza en un periodo de alrededor de cinco años; obviamente, procura, además, un mayor bienestar que el de la energía alternativa. Se estima que el mercado mundial de equipos de energía solar para las zonas rurales de países pobres puede alcanzar la cifra de 3.000 millones de euros en 2005.
Una de las dificultades mayores que deben sortear las empresas para acceder al consumidor final en el tercer mundo es la ausencia de canales de distribución. Aunque parezca mentira, las familias no hacen la compra semanal en grandes superficies comerciales. Algunas empresas han conseguido resolver el problema. Cabe citar al respecto la experiencia de Coca Cola en Sudáfrica, relatada en Business Economic Review. Mientras que en los países avanzados, Coca Cola basa su distribución en empresas consolidadas de gran tamaño, en Sudáfrica ha optado por apoyarse una red tupida de microempresas informales, que disfrutan de la posibilidad de comercializar un producto de gran notoriedad con márgenes beneficiarios altos. Se estima que la presencia de Coca Cola ayuda a sostener la actividad de 215000 pequeños comerciantes en Sudáfrica. Para que nadie se lleve a engaño, el modelo de distribución permite a Coca Cola penetrar su mercado potencial, es decir, vender más y mejor.
Podríamos seguir relatando historias ejemplares. Las citadas sirven, sin embargo, para deducir algunas moralejas. Habrá quién diga que el problema de los países en desarrollo tiene que ver con las condiciones precisas para que las empresas puedan explotar las oportunidades; suele aludirse a la ausencia de reglas e instituciones. El razonamiento al uso viene a significar que mientras los países en desarrollo no se desarrollen nunca serán desarrollados. Sin embargo, cabe que las empresas contribuyan de manera efectiva al desarrollo de los países más pobres; no hablamos de conductas filantrópicas, nos referimos a la cuenta de resultados. Para ello, basta con que adopten modelos de negocio distintos de los empleados en los países desarrollados.
En otras épocas, el capitalismo mostraba una capacidad admirable de ahormar reglas, valores e instituciones. Ello resultaba del despliegue de los estímulos propios del mercado y de la iniciativa personal. Eran tiempos en los que la innovación técnica estaba ligada a la innovación social; el diseño de un producto de masas, por ejemplo los coches, estaba pensado para que pudieran adquirirlo quienes los fabricaban. Eran tiempos, creemos, que premiaban el capitalismo perspicaz y valiente. En todo caso, tanto se habla y escribe sobre la globalización que debería concederse un hueco a la conjetura de que el problema no es el exceso de capitalismo, sino la ausencia de capitalismo inteligente; también a la evidencia de que el capitalismo depredador no es el único posible.
Posted by Alberto Lafuente on at 06:12 PM in IV.1 Nuestro capitalismo | Enlace permanente | TrackBack