ARAGÓN LIBERAL V. Zaragoza despierta
Un ejercicio de patriotismo municipal. A ver si la ciudad se anima.
Por vez primera en bastantes años viene instalándose en la ciudad la percepción de que va a suceder algo importante, de que Zaragoza podría mudar su apariencia y cambiar de alma en los próximos tiempos. Probablemente, esa percepción es el precipitado del arranque de nuevos proyectos urbanísticos y de comunicaciones, pero también resulta de la constatación de que las costuras del traje tradicional están a punto de reventar y de que la ciudad se enfrenta a la necesidad de vestir un traje más holgado y moderno. Me fijaré en sus tres piezas fundamentales: la talla, el estilo y la calidad del paño.
La naturaleza de las ciudades tiene mucho que ver con su tamaño. Su crecimiento lleva a que se produzcan cambios cualitativos y aparezcan nuevos problemas y oportunidades. Creo que no exagero si digo que la nueva Zaragoza tendrá una población que en el largo plazo alcanzará el millón de habitantes; contribuirá a ello la integración de nuestra ciudad en el espacio metropolitano de Madrid y Barcelona y también el envejecimiento de la población de los territorios de Aragón y la inmigración. No es un secreto que la economía de mercado otorga una importancia creciente a las ciudades y que la contribución del sector primario europeo al crecimiento económico va a reducirse en los próximos años. En consecuencia, guste o no, el crecimiento de la ciudad es inevitable. Su encorsetamiento sólo produciría malestar.
Zaragoza, además, va a mejorar de manera muy significativa sus comunicaciones exteriores, es decir, su accesibilidad. El retraso del AVE es una anécdota de recorrido bufa. Sin embargo, el transporte colectivo doméstico y metropolitano es notoriamente insuficiente y, además, estrangula el remozado de calles y plazas y la propia movilidad de las gentes. No debe extrañar que sea citado por los ciudadanos como uno de los problemas más importantes de Zaragoza. En el horizonte de tamaño citado, la ciudad debería plantearse la posibilidad de hacer del metro la infraestructura básica de transporte colectivo. No es nada extravagante: lo están haciendo ya ciudades españolas con un tamaño próximo como Sevilla o Valencia. Lo ha hecho ya Bilbao. Lo hicieron Madrid o Barcelona cuando hace ya bastantes decenios quisieron apostar por este modo de transporte, contando con un tamaño de población no muy distinto del que estamos hablando.
La prosperidad de la ciudad exige que sus habitantes disfruten de niveles de renta elevados, lo que está muy relacionado con el tipo de especialización económica. Así, sabemos, con absoluta certeza, que en los próximos años la actividad económica que va a arrojar cifras mejores de crecimiento es la intensiva en conocimiento: es la que permite crear empleo cualificado y la que genera efectos multiplicadores superiores sobre el resto de la economía. Además, la economía del conocimiento es esencialmente urbana; si no arraiga en esta ciudad, lo hará en otras. Zaragoza sería entonces una ciudad grande y mediocre. Para evitarlo no hay que descubrir mediterráneos; basta con seguir la pauta de lo conseguido por ciudades europeas de tamaño y localización similar estos últimos años. Naturalmente, un ingrediente fundamental del nuevo modelo económico urbano es la confianza en la iniciativa privada y en un compromiso inteligente de ésta con el futuro de Zaragoza.
Pero la economía no es todo. El género de especialización económica que parece más atractivo viene acompañado de la aparición de una nueva industria que caracteriza a las ciudades prósperas: la industria de la cultura. Debe saberse que constituye el capítulo exportador más importante de algunas de las economías avanzadas y que, en todas, constituye un factor de atracción fundamental de nueva actividad económica, además de ser un argumento de bienestar urbano. Sin una oferta cultural rica y plural, Zaragoza nunca se incorporará a la nueva economía. El conocimiento y la creación están muy cerca.
Algunos de los cambios citados vendrán solos. El acierto o los errores de la administración municipal podrán encauzarlos o entorpecerlos. Otros, sin embargo, requieren una buena dirección política, planteamientos técnicos correctos y una lectura sobre el futuro de la ciudad que sea compartida por las gentes. La próxima campaña electoral es un buen momento para proponer la talla, el estilo y la calidad del nuevo traje. Los resultados electorales alegrarán a unos y llenarán de contrariedad a otros, pero lo fundamental es que determinarán quien procede a la demolición de las murallas de la vieja ciudad y levanta el plano de la nueva. Quien, en definitiva, promueve el primer ensanche del nuevo siglo. Por eso creo que son unas elecciones importantes y que quien las gane se enfrentará a tiempos exigentes y prometedores.
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ARAGÓN LIBERAL IV. Cambio de Agenda
Podría empezar este artículo señalando que el siglo XXI deparará grandes sorpresas a la economía aragonesa. Podría, pero no lo haré: sería una tontería. Y es que basta con asomarse a las agendas políticas y colectivas de los países y regiones que aspiran a la prosperidad futura, para comprobar que existe una rara unanimidad sobre lo que hay que hacer para alcanzarla. Casualmente, los empeños coinciden con las claves del desarrollo de las economías occidentales a lo largo de los dos últimos siglos: conocimiento, internacionalización y buenas instituciones públicas y sociales. No debe sorprender que las ambiciones aragonesas sean , en ocasiones, atendidas con extrañeza fuera de la región: no siempre se corresponden con la agenda de la prosperidad.
Una de las claves principales de la nueva economía es el conocimiento. La OCDE viene constatando que existe una relación estrecha entre crecimiento económico e inversión en conocimiento. La tasa correspondiente, que mide la inversión en relación al PIB, alcanza valores próximos al 10% en Estados Unidos y algunos países europeos. La contabilidad de tal inversión suma el gasto en educación, innovación y software de información y comunicaciones, es decir, activos intangibles. Pues bien, las cifras españolas y aragonesas arrojan niveles muy inferiores. Por poner un ejemplo: el 82% de las empresas alemanas realizan regularmente algún tipo de innovación, frente a porcentajes aragoneses que no alcanzan el 10%. De lo anterior debe deducirse que la inversión en infraestructura física no es condición suficiente para la prosperidad; remediadas las carencias más críticas conviene orientar la atención al factor fundamental de crecimiento. Eso sí, con las cautelas debidas: en España, cuando queremos invertir en conocimiento, tenemos la rara costumbre de construir edificios.
Si se examina con cuidado el proceso de industrialización de la economía europea, de la mano, por ejemplo, de David Landes, cabe concluir acerca de la importancia de la movilidad internacional del capital humano. La forma más sencilla de aprender es la contratación de personas que en otros lugares han sabido desarrollar ideas y habilidades. A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX, Francia contrató ciudadanos alemanes expertos en metalurgia; Rusia atrajo a holandeses, alemanes y suecos; millares de artesanos británicos abandonaron el Reino Unido, en búsqueda de mejores condiciones salariales. En nuestros días, la mitad de los empleados de las empresas de Silicon Valley son individuos no nacidos en Estados Unidos. Los países más avanzados de la OCDE cuentan en la actualidad con programas agresivos de inmigración de técnicos e investigadores en áreas donde se detectan carencias importantes. Se les ofrece financiación para sus trabajos, carreras profesionales e incluso, como en Dinamarca, un tratamiento especial en el impuesto sobre la renta.
Se dirá, con razón, que la economía aragonesa muestra una gran apertura comercial al exterior. Es igualmente cierta la importante presencia de empresas multinacionales en la región. Con todo, en lo que nos ocupa, cabe plantear tres cuestiones decisivas. La primera es en qué medida Aragón contribuye a que las plantas de las empresas multinacionales compitan con ventaja con plantas de otros países en los incipientes mercados internos generados en el seno de tales empresas. La segunda cuestión tiene que ver con la cultura internacional de las medianas y pequeñas empresas aragonesas; se sabe que el número anual de alianzas internacionales por cien mil habitantes de las empresas alemanas o francesas triplica el de las protagonizadas por empresas españolas; la comparación con Aragón no ofrece resultados mejores. La tercera pincelada tiene que ver con nuestra universidad. Existe una correlación bastante estrecha entre la calidad de las universidades europeas, incluso españolas, y la internacionalización de sus plantillas de profesores. Desde hace algunos años la Universidad de Zaragoza viene practicando una curiosa política de profesorado de carácter autárquico, casi siempre inspirada en el argumento de que en otros sitios hacen lo mismo. Es posible, pero no constituyen el modelo que nos interesa.
La tercera clave guarda relación con la calidad de las instituciones. Robert Putnam (Making Democracy Work) ha examinado con agudeza la relación entre el crecimiento económico de las regiones italianas y la calidad de las administraciones regionales. El caso italiano presenta bastante interés para los españoles, ya que permite sacar conclusiones acerca de las ventajas regionales de los procesos de descentralización administrativa. Pues bien, por lo que parece las disparidades en el crecimiento de las diferentes regiones italianas tienen bastante que ver con el grado de ejecución de los presupuestos públicos, la calidad y sentido de las normas urbanísticas, la coherencia de la legislación local y regional, la responsabilidad de la administración frente al ciudadano o, por no seguir con la lista, la capacidad de innovación de la administración regional, es decir, la habilidad de importar cambios institucionales que hayan acreditado su conveniencia, frente a la práctica habitual de mimetizar lo próximo, tenga o no sentido. No es preciso señalar que el examen de lo acaecido en Aragón en los últimos años no invita al optimismo.
De lo anterior se deriva una reflexión política inmediata. Aragón ha sabido construir las instituciones públicas previstas en el Estatuto. Sin embargo, me temo que todavía no ha hecho uso de la autonomía. La agenda de la prosperidad no exige grandes inversiones en capital físico, ni está condicionada por restricciones presupuestarias rígidas. Muchas de las iniciativas desarrolladas en países periféricos, aunque prósperos, como Irlanda o Finlandia son perfectamente desarrollables en el marco actual de competencias. Putnam añadiría una condición: el abandono de la cultura de la queja; nada más alejado de las raíces de la prosperidad en el nuevo siglo.
Posted by Alberto Lafuente on at 12:36 PM in La temperatura de la cueva | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack
ARAGÓN LIBERAL III. Vamos a menos
Sucede lo mismo que con la bolsa. La agregación de todas las previsiones de crecimiento de las comunidades autónomas supera con mucho la realizada sobre el conjunto de la economía española. Luego, el INE pone las cosas en su sitio. Un par de años después. Ningún funcionario/analista se atreve a vaticinar un crecimiento menor. ¿Para qué tanta previsión?
Un estudio reciente del departamento de estadística regional de la Fundación de las Cajas de Ahorro Confederadas (FUNCAS) y firmado por un especialista de mérito, Julio Alcaide, ha estimado que la economía aragonesa ha observado en el período 1995-2000 un crecimiento significativamente inferior al de la economía española. De hecho, con excepción de Asturias, sería la región española con peores resultados económicos. El estudio ha concitado el interés de algunos columnistas de los medios de comunicación de Aragón, aunque sufre la debilidad de que está basado en estadísticas no oficiales, que son las que fijan la historia. Por eso vale la pena echar un vistazo a lo que dicen las estadísticas españolas públicas, es decir, del Instituto Nacional de Estadística (INE). Tal organismo ofrece valoraciones del Producto Interior Bruto (PIB) de las comunidades autónomas desde 1995 hasta el pasado año, 2001.
Pues bien, el INE no se aparta sustancialmente de lo que señala FUNCAS. Primero, entre los años 1995 y 2001 el crecimiento de la economía aragonesa ha sido bastante inferior al de la economía española; así, la tasa acumulativa anual de crecimiento del PIB aragonés se sitúa seis décimas de punto porcentual por debajo de la tasa correspondiente a la economía española; una estimación similar a la del estudio de FUNCAS. A algunos no les parecerá mucho, pero otros, por menos, dicen que los presupuestos generales del Estado de 2003 son una quimera. Digamos que nuestro declive respecto de España equivale a perder, año a año, casi la quinta parte de nuestra agricultura y ganadería. Lo anterior explica que la economía aragonesa representara en 1995 casi el 3,3% de la economía española y que en 2001 el porcentaje supere con dificultades el 3,1%. El fenómeno no es nuevo: en 1960, el PIB de Aragón alcanzaba el 3,9% del español. Las estimaciones históricas apuntan a que en 1800 suponía el 5,7%. Es la tendencia secular decreciente de la participación de la economía aragonesa en la economía española, que, por lo que parece, la autonomía política de la región no ha sabido remediar.
Segundo, en el período citado, la economía aragonesa parece haber observado peores registros de crecimiento que la mayor parte de las regiones españolas, con excepción de Asturias, Castilla León, y por poco Galicia. Otras regiones del interior peninsular y/o limítrofes, como es el caso de Navarra, Rioja, Castilla La Mancha o Extremadura han observado trayectorias más meritorias, lo que parece desmentir la afirmación de que el interior de España padece algún género de injusticia metafísica, como han querido argüir los últimos presidentes de nuestra comunidad mediante una actualización invertida de una teoría que hizo furor en la Latinoamérica de los años setenta: la teoría del desarrollo desigual entre el centro y la periferia: ahora, a favor de la periferia. De igual manera, la evidencia de que algunas regiones más ricas que la nuestra hayan observado un comportamiento mejor parece desmentir la tesis de que el declive aragonés sería consecuencia de un proceso de convergencia entre regiones pobres y ricas. Por lo demás, tampoco es tranquilizador que nuestro crecimiento sea el más bajo de las regiones asociadas al valle del Ebro.
Pero el interés mayor de los datos proporcionados por el INE reside en que corresponden a años muy distintos: entre 1995 y 2001 ha habido ejercicios de crecimiento intenso y modesto, buenos y malos para la industria, estupendos y horribles para el sector de automoción, mejores y peores para los servicios avanzados, de escasa o suficiente inversión pública, de gobiernos regionales del PP o del PSOE. Da igual: desde 1996, no se ha podido incrementar el peso de la economía aragonesa respecto de la española en ninguno de los ejercicios anuales. Es cierto que el fenómeno se ha mitigado en los últimos tres años, pero también lo es que la desaceleración económica suele repartirse de manera bastante uniforme entre países y regiones. Vamos a menos.
Así, cualquiera podría deducir de lo anterior que el declive de Aragón sería un asunto de debates políticos intensos, discusiones entre economistas, o manifestaciones fundamentadas de los principales actores sociales de la región. Se equivocaría. No hay tales. Por eso, en vísperas de la apertura de la campaña electoral de las elecciones autonómicas, me pregunto: ¿alguien, por ahí, tiene alguna idea?. A ser posible, por favor, que no sea la prédica de que el futuro de Aragón es esplendoroso. Porque, respecto a lo que estamos hablando, el pasado (y algunos dirán que el presente) no lo ha sido. Además, y a ser posible, evítese la reinvención de la realidad. Háblese de ello; como, sin duda, se haría y mucho si en los últimos seis años la economía española hubiera crecido menos que la europea.
Posted by Alberto Lafuente on at 12:33 PM in La temperatura de la cueva | Enlace permanente | Comentarios (0) | TrackBack
ARAGÓN LIBERAL II. Pérdidas de Energía
Viviendo aquí, es inevitable escribir sobre el agua. A pesar de que para un economista es un asunto estadísticamente menor, a pesar de que diría que la política agraria de la Unión Europea es un disparate y que ha llegado la hora de permitir que los productos agrícolas de los países pobres abastezcan a los países ricos. Tenemos la fortuna de poder conservar nuestros ríos y nuestra montaña. Además, la cesta de la compra nos saldrá más barata. Alguien debería explicar la naturaleza del conflicto.
La simplicidad del lenguaje binario (si/no) conduce a obviar que existe una tercera situación, que es anterior a la decisión de hacer o no hacer, de optar por x o por y, o de hablar o callarnos definitivamente, y que nos sitúa en un lugar incierto entre el on y el off. Me refiero a esa instancia vital tan frecuente que es el stand-by, o la espera con opción a pronunciarnos. Cuanto más dramática es la decisión, más intensa es la tentación de refugiarnos en el privilegio de la duda. Sin embargo, conviene caer en la cuenta de que retrasar por mucho tiempo el ejercicio de la facultad de decidir tiene costes importantes y de que, en consecuencia, no cabe prolongar demasiado nuestra permanencia en el limbo. Pondré dos ejemplos.
El primero se refiere a una buena parte de nuestros electrodomésticos. Casi todos ellos (televisores, equipos de audio, microondas, o vídeos) pueden estar en tres regímenes distintos: funcionando, en stand-by, o apagados. En ocasiones, no siempre, el propio aparato nos advierte a través de una luz piloto de la segunda situación; ni una cosa, ni otra. En la práctica, salvo con ocasión de ausencias prolongadas del domicilio familiar, los aparatos están siempre en uno de los dos primeros regímenes. La razón es que suele ser bastante incómodo desenchufar el aparato. Pues bien, hoy sabemos que las pérdidas de electricidad asociadas al stand-by pueden encarecer el recibo de la luz de manera muy significativa: 13% en Australia, 14% en Japón y porcentajes similares en otras economías avanzadas. No hay estudios sobre España. En hogares muy equipados, el consumo inútil de energía puede llegar a alcanzar el 20% del consumo familiar de electricidad. Y es que un DVD o un receptor de televisión por satélite consumen casi lo mismo en stand-by y en funcionamiento pleno. No es extraño que la Agencia Internacional de la Energía y la propia Comisión de la Unión Europea empiecen a ocuparse de esta cuestión. Ahí es nada: reducir de un plumazo más del 10% del consumo de electricidad de los hogares. La vía más prometedora consiste en facilitar al usuario el apagado completo del aparato mediante una modificación del diseño técnico y en reducir la potencia del mismo en la situación de stand-by.
El primer ejemplo es simplemente una metáfora del segundo, que parece importarnos más a los aragoneses. No cabe duda de que existe una mayoría social muy amplia en contra del trasvase del Ebro, pero nos separa la opinión respecto de la regulación del agua y de los modos de abastecimiento para el riego en Aragón. Por decirlo de manera probablemente inexacta: los intereses del llano son contradictorios con los de la montaña. La raíz última de la confrontación tiene que ver con las afecciones sociales y medioambientales de los embalses, de un lado, y la necesidad de contar con una cierta garantía de suministro de agua, de otro. Las manifestaciones masivas contra el trasvase apenas pueden ocultar nuestro conflicto. Y lo cierto es que el piloto encendido del televisor mudo constituye una amenaza permanente para unos, una esperanza devaluada para otros y, en todo caso, consume la energía de ambos de manera inútil. En Aragón, el agua está en stand-by. Dejo al cuidado del lector asociar la lucecilla roja a lo que crea oportuno: el Pacto del Agua, el Plan Hidrológico Nacional o la suma de reivindicaciones históricas no satisfechas.
Por eso no estaría de más que, de una vez por todas, supiéramos qué hacer con el televisor: si considerarlo un mueble más, o si disfrutar por fin de las películas, aunque después comprobemos que son horrorosas, abandonando así el oprobio del stand-by. Se dirá que la mejor manera de dirimir estas cuestiones consiste en contar votos. No debe serlo porque disfrutamos de una democracia desde hace un cuarto de siglo y seguimos igual: perdiendo energía. Por lo tanto, sin perjuicio de que sigamos manifestándonos a favor de nuestros acuerdos, convendría que empezáramos a hablar de los desacuerdos. Esto es a qué hora ponemos el televisor y qué canales conectamos. Así sabremos, también, a qué horas debe estar apagado y no tendremos que esforzarnos en empeños absurdos.
El stand-by del agua en Aragón es algo más que una pérdida de energía: es la razón última de que las administraciones públicas no se ocupen debidamente de los territorios de Aragón; es la razón por la que no existe una política de desarrollo rural digna de tal nombre; es la razón de la ausencia de asistencia a las explotaciones agrícolas familiares; es también la razón por la que venimos asistiendo a una intensificación de la emigración hacia Zaragoza, esta vez más silenciosa que en épocas anteriores. Y que no me hablen de comarcalización, por favor. Es confundir el campo con los funcionarios.
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ARAGÓN LIBERAL I. Zaragoza se queda
El director de Heraldo de Aragón me propuso escribir una columna quincenal. La circulación del medio invitaba a tratar asuntos de la capital aragonesa. Disfruté. Aprendí, sin embargo, que es menos comprometido escribir sobre la guerra de Irak que sobre lo que acontece cerca. La proximidad genera densidad y dificulta la mirada. Por eso tengo muchas dudas acerca de las virtudes de nuestro Estado de las autonomías. Prefiero un Estado lejano a éste, metido en la comunidad de vecinos.
Por lo demás, Zaragoza constituye un buen ejemplo de ciudad sin rumbo. De las muchas que hay en España interior, es decir, sin tradición portuaria, es decir, sin la visita inesperado del extranjero, de lo extraño. Afortunadamente, las cosas pueden cambiar. Ha bastado con que gentes vivían accidentalmente en la ciudad hayan decidido que vale la pena censarse para vivirla. Por ahora son extranjeros de su ciudad.
Los artículos de la serie Aragón Liberal amanecieron en la prensa de algún día de los últimos cuatro años.
Hace algunos meses Pascual Maragall tuvo la idea feliz de iniciar un debate de alcance general mediante la publicación, en las páginas de EL PAIS, de un artículo titulado “Madrid se sale”. Después vinieron una conversación educada entre el promotor del debate y Ruiz Gallardón sobre el reparto territorial de la prosperidad en España, y una visita desafortunada del presidente del Gobierno a Cataluña. El último y más acabado episodio ha sido la publicación por parte del Círculo de Economía de Barcelona de un documento que pretende salir al paso de los desequilibrios territoriales que rigen la sociedad española. Los ecos principales del debate han enfrentado la prosperidad de Madrid con la pérdida de peso de Barcelona en los ambientes de la economía y la empresa. He tenido ocasión reciente de asistir a una presentación del informe referido. “Peor que vosotros”, dije cuando el presidente del Círculo pidió noticia de nuestra situación, aludiendo a mi condición de zaragozano.
Una de las principales preocupaciones catalanas tiene que ver con la pérdida de sedes principales de empresas; por ejemplo, con ocasión de los procesos de privatización.. Es sabido que un territorio prospera más fácilmente si cuenta con la sede principal (donde se adoptan las decisiones importantes) de empresas que desarrollan actividades en mercados amplios. Pues bien, sucede que la reconstitución de ENDESA ha desplazado a Madrid la sede operativa de antiguas empresas eléctricas públicas, como FECSA y ENHER. La queja me parece un poco exagerada; al fin y al cabo, el mismo proceso trasladó la sede de RETEVISIÓN a Barcelona; de la misma manera, la creación de GAS NATURAL SDG. benefició a la capital catalana. Con todo, la preocupación es oportuna. Sucede lo que ocurría con las antiguas bicicletas de piñón fijo: cuando se deja de pedalear, te caes.
Sin embargo, lo que me parece más llamativo es que Zaragoza ha perdido bastante más, sin que haya habido pronunciamiento al respecto en nuestra ciudad: Eléctricas Reunidas de Zaragoza (ERZ) era ayer una empresa; hoy es una marca comercial en proceso de desaparición; hasta 1996, Zaragoza era la cabecera de una dirección regional de Telefónica que dirigía las actividades de la empresa en el noreste de España y empleaba a más de 1100 personas; hoy, la dirección regional de Telefónica está en Bilbao, la ocupación de la empresa en la ciudad se ha reducido en aproximadamente mil empleos, y corren rumores de que los edificios de Vía Universitas y del centro nacional de formación de La Bombarda están en venta. Dentro de poco, Telefónica será en Zaragoza la suma del 1004, un puñado de subcontratas y una plantilla de menos de doscientos trabajadores.
Los empresarios de Barcelona también están preocupados por la distribución territorial del gasto nacional de investigación y desarrollo (I+D). La razón es que la proximidad física de la producción de conocimientos es síntoma y condición de bienestar. Pues bien, es fácil comprobar cómo las estadísticas aragonesas no levantan cabeza, mientras que las catalanas suponen ya el 27% del total de España, frente al 20% de 1994. Ello es consecuencia de la creación de nuevos centros de investigación y, sobre todo, de la ambición de aproximarse a cifras y esfuerzos europeos.
El debate presta atención también a otros indicadores tales como la cuota de mercado nacional de las instituciones feriales, las conexiones internacionales de los aeropuertos, el peso en la economía española de las empresas con sede social en Barcelona o Madrid, o la oferta de servicios a las empresas. No es preciso señalar que todas las evidencias apuntan a que, trasladado el diagnóstico catalán, la posición de Zaragoza no es precisamente ventajosa.
Pero quizá, lo más interesante del tiene que ver con la configuración del Estado español. Los empresarios catalanes proponen una aproximación al modelo alemán, que suma a la descentralización administrativa la deslocalización de una parte del Estado central. Así, algunas agencias reguladoras se asientan fuera de Berlín; en ocasiones, como la que se ocupa de la electricidad, en ciudades más pequeñas que Zaragoza. Creo que la consideración de este tipo de fórmulas habría desvinculado, para bien de casi todos, la configuración del Estado de los nacionalismos. El asunto no es menor: Barcelona aspira a albergar la sede de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria. No me consta que Zaragoza haya presentado nunca una candidatura en condiciones para cobijar una institución europea; por cierto, España acoge ya a dos, en Bilbao y Alicante.
Siempre me ha parecido admirable que la ambición ciudadana se exprese a través de informes de situación y estadísticas, aunque ello no convenga al poder político. No es extraño que el documento del Círculo haya recibido una acogida fría por parte de la Generalitat: pone en evidencia el alcance de sus logros. En Aragón, el eco principal del debate relatado ha sido el pronunciamiento repetido del presidente de la Comunidad sobre la necesidad de equilibrar el crecimiento de la España del interior con el de la periferia, sobre todo con ocasión de la deliberación del Plan Hidrológico Nacional. Aparte de constatar que no hay una sola mención a esta última cuestión en el documento del Círculo, vale la pena subrayar que la aportación al debate se ha expresado, hasta la fecha, en términos tan retóricos y con argumentos tan alejados de la política y economía de nuestros días que uno debe concluir que, efectivamente, Madrid se sale, Barcelona busca su futuro y Zaragoza se queda.
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