DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXIX. Elogio de la queja. El Precio de la Autoestima.

El amigo de pupitre fue defenestrado por el otro amigo en campaña electoral. Todo cabe, menos perder unas elecciones.

Publicado previamente en El País, en 2000.

Poco a poco vamos sabiendo: la remuneración de los directivos de algunas grandes empresas españolas se ha situado en niveles más propios de la prensa deportiva que de las páginas salmón. Me refiero, claro está, a las empresas privatizadas en los últimos años. Se ha querido justificar esta evidencia sobre la base de argumentos dispares; elegiré aquellos que presentan una mayor solvencia técnica.

La tesis de la fidelización se escribe en los términos siguientes: habida cuenta de que la posición competitiva de las empresas y, en definitiva, el interés de los accionistas dependen de que la empresa cuente con directivos más cualificados que la competencia, conviene retenerlos mediante formulas “ad hoc”, por ejemplo, las “stock options”. Confieso que la tesis tiene buen aspecto, pero la simple observación de lo que pasa en España reduce bastante su alcance. Tomemos el caso de TELEFONICA; una buena parte de los directivos incorporados en los últimos años procede de ámbitos ajenos al negocio de las telecomunicaciones. Que el valor de mercado de la empresa haya crecido por encima del IBEX demuestra que para dirigir, en España, una empresa de telecomunicaciones como ésta no se requieren grandes conocimientos del sector y/o en todo caso se adquieren rápidamente. Como las poblaciones de amigos, financieros, analistas y comisarios son bastante amplias, la sustitución de un directivo infiel parece bastante sencilla: no hay que hacer grandes esfuerzos para retenerle. De aquí se deduce, igualmente, que la competencia tampoco va a sacar gran provecho de su contratación.

La tesis de la alineación subraya la importancia de que los directivos se ocupen de los intereses de los accionistas. Si la propiedad del capital está muy repartida, los mecanismos de control societario funcionan mal y, en consecuencia, la manera de prevenir que los directivos adopten decisiones, por ejemplo salariales, en provecho propio consiste en convertirlos en ganadores o perdedores de los buenos o malos resultados empresariales. Lo malo del argumento es que, volviendo de nuevo a la realidad española de nuestros días, esos mismos directivos han hecho todo lo posible para, precisamente, reducir a cenizas los mecanismos de control societario: limitaciones de los derechos políticos de los accionistas, consejeros independientes de éstos, blindajes anti-OPA, limitaciones de acceso a la Junta General, y , por no seguir, todas las prácticas que el Informe Olivencia pretende desterrar. Se aplica por tanto la máxima que dice: si está en tus manos crear un problema y puedes ser beneficiario de la solución, que sea lo más grande posible. Es evidente que las remuneraciones de los directivos serían hoy menores, si los accionistas hubieran tenido la oportunidad de oponerse a la limitación de sus derechos políticos, propiciada por los mismos que ofrecen como solución fórmulas de incentivos generosas.

La tesis de la escasez abunda en el símil futbolístico. La intensidad de la competencia (liga) española en los sectores de servicios básicos obliga a las empresas a realizar esfuerzos económicos para llevar a sus filas a talentos directivos, por definición, escasos. Es la ley de la oferta y la demanda. Sin embargo, en la mayor parte de estos sectores, la competencia es bastante limitada y, desde luego, muy poco abierta al exterior: más parece una liga regional amañada que otra europea. Tampoco se advierten grandes cambios en los equipos directivos, salvo los que se derivan de avatares políticos, probablemente porque la alternativa al puesto de trabajo ocupado, bien remunerado, es la prejubilación. En definitiva, nada que ver con el mercado americano de directivos. Como, por otra parte, la oferta de los talentos requeridos es bastante amplia y, desde luego, elástica respecto de la remuneración, no es fácil aplicar a nuestro caso la tesis en cuestión.

Sigue en pie la pregunta: ¿por qué en los últimos años/meses se aprecia un incremento notable de las remuneraciones de los altos directivos, especialmente en empresas privatizadas en procesos de liberalización?. La respuesta está en un clásico de las ciencias sociales de setenta años de antigüedad. Me refiero, claro está, al ensayo de Berle y Means sobre las grandes corporaciones en la economía de mercado. Las fijan ellos para ellos. Los defensores del capitalismo tenemos que predicar la moderación de la autoestima.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXVIII. Elogio de la queja. Los Enemigos del Capitalismo Español.

Quiero referirme a las personas que mejor encarnan, en los últimos tiempos y España, a los enemigos de la economía de mercado, a los enemigos del capitalismo. Por citar dos nombres, Amusátegui y Corcóstegui. Diré para empezar que espero lo mejor para ellos en las vicisitudes que les depararán los procesos judiciales actuales y futuros: ninguna persona nacida bien se complace en las dificultades ajenas. Considero conocidas por el lector las indemnizaciones disfrutadas por ambos como consecuencia de su cese en la gerencia de responsabilidades principales en el SCH. Diré que se acercan, en conjunto, a los treinta mil millones de pesetas (que se sepa), aunque su expresión en términos de valor actuarial sumaría más. Añado que no me atrevo a sugerir qué habría pasado si las noticias hubieren aparecido en los medios de comunicación de la patria añorada del capitalismo: la americana. Olvido, voluntariamente, si sus indemnizaciones fueron conocidas, o no, por quienes en el citado banco tienen competencias en esta materia. Lo sabremos, o no, en la próxima, y retrasada, junta general de accionistas del citado banco y en el conocimiento público de lo que se revele, o no, en los procesos judiciales.

Publicado previamente en Expansión, el 12 de febrero de 2003.

Dejamos la penúltima efervescencia de nuestro pobre capitalismo español en una afirmación colateral del entonces ministro Solchaga sobre la oportunidad de enriquecerse en España. Lo dijo al calor de la subida de la bolsa de la segunda mitad de los ochenta. Fue un buen ejemplo de política declarativa; nada importante, aunque inconveniente: los ministros de economía no deberían opinar sobre la bolsa. Pero estamos hablando de otras cosas. No cabe atribuir la responsabilidad del atraco a los intereses de los accionistas del SCH al curriculum profesional de Amusátegui, criado y becado por el Estado en las entrañas de la empresa pública, ni a las finanzas aprendidas por Corcóstegui en una universidad americana de prestigio. Por lo que se sabemos ahora, uno no aprendió el alcance del interés general; el otro no entendió los fundamentos de los mercados financieros. Ambos desaparecerán pronto de los casos de estudio de los aprendices de la administración pública y de las Wharton Schools de este mundo. Suele suceder. Es enternecedor que el SCH haya argumentado, en favor de las indemnizaciones, que la operación de Airtel ha sido muy beneficiosa para el banco; quiere olvidar que eran empleados, no propietarios. No creo, sin embargo, que se atreva a situar el norte de su gestión en la creación de valor para el accionista; mejor volver a los bombones para las señoras en la próxima junta general de accionista.

Dejo un párrafo para los daños. Tengo un pequeño plan de pensiones, con una proporción de renta variable. He llamado a la sociedad gestora para advertirles que me informen si decide comprar acciones de alguna sociedad en la que presten o vayan a prestar servicio profesionales alguno de los dos personajes, Amusátegui y Corcóstegui. Me cambiaría de fondo; probablemente a uno de deuda pública. No me importa que se enriquezcan. Me importa, sin embargo, que sólo se ocupen de su enriquecimiento. Aun más, me preocupa que gentes que han perdido el sentido de la realidad administren tantos intereses. Me preocupa.

en definitiva, mi pensión y mi confianza en el capitalismo. Si fuera un juez americano les condenaría a leer los fines de semana a Max Weber, Bertrand Rusell y (por si las moscas) a Fanfani. Y, como tengo un día ácido, el último informe de Cáritas.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXVII. Elogio de la queja. Incautaciones.

Cabe adoptar varias actitudes a la hora de valorar lo acaecido en el BBVA, GESCARTERA y lo que nos depare el futuro acerca del conocimiento del pasado. La que disfruta de mayor predicamento tiene carácter moralizante y se refiere a pecados tales como la avaricia o la ira. Prefiero hoy hacer uso de otro enfoque de los hechos más próximo a mi oficio ordinario de economista. En concreto: he aprendido que, a diferencia de épocas no muy lejanas, hoy es posible hacerse multimillonario trabajando por cuenta ajena; por ejemplo, administrando patrimonios de otros. La segunda evidencia que quiero comentar se refiere a que las recomendaciones habituales de los economistas sobre la pertinencia social de la moderación salarial han devenido insoportables. Los dos hechos pueden tener consecuencias económicas notables.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2003.

El primero tiene que ver con la nueva capacidad de consejeros y administradores de algunas (¿) de las mayores empresas españolas de expropiar, en beneficio propio, una parte de la riqueza de los ahorradores confiada a su administración. Su reflejo es múltiple: incentivos injustificables, prejubilaciones precoces y millonarias, uso de información reservada, comportamiento de casta, indemnizaciones absurdas y tantas otras prácticas. El acotamiento del terreno de reflexión exige la creación de un concepto: todo lo anterior es asimilable a lo que podríamos denominar corrupción privada. O sea que apenas habíamos despertado del sueño de la corrupción pública, cuando tenemos que enfrentarnos a una nueva modalidad de corrupción. En realidad, no es tan reciente; nació en Estados Unidos al comienzo del siglo XX en Estados Unidos de la mano de la aparición de grandes empresas, cuyo capital estaba repartido entre muchos pequeños ahorradores. La dificultad de controlar a los administradores dio lugar a que éstos adoptaran comportamientos insolentes respecto de sus accionistas y, también, respecto de la sociedad americana; siempre en beneficio de sus bolsillos. Es el origen de las instituciones públicas y de las regulaciones de salvaguarda de los intereses de los pequeños ahorradores.

No estamos hablando de picarescas intrascendentes. Afectan a los hogares que han invertido parte de su patrimonio en acciones, pero también a los demás. Así, en Europa, cabe advertir una relación bastante estrecha entre los índices nacionales de corrupción, medidos por ejemplo por Transparency International, y las rentas per capita de los países. El desarrollo económico está reñido con la corrupción. Tal evidencia tiene, al menos dos interpretaciones. La primera es que la decencia de los administradores, públicos y privados, es un bien de consumo valorado especialmente por las sociedades más ricas; la segunda es que constituye una inversión que garantiza niveles superiores de prosperidad; de aquí la conveniencia de contar con buenas instituciones públicas y mecanismos de represión de las conductas predatorias en el mundo de los negocios. La conclusión es obvia aunque útil.

Lo anterior debe conducir a interrogarse sobre las dimensiones políticas de estos asuntos. Sólo la debilidad del Estado puede explicar que la adopción por parte de los señores del dinero de conductas predatorias dé en el saqueo efectivo del patrimonio de los ahorradores. En el último caso que conocemos, basta con examinar el calendario de la inspección del Banco de España y las manifestaciones de ignorancia por parte del Gobierno para sospechar que hay gato encerrado y que, probablemente, las protestas de virtud no son sino el reflejo de otra incursión de los señores del dinero en el patrimonio de los ahorradores.


No creo que la necesidad de acomodar el crecimiento de los salarios al aumento de la productividad precise hoy de largas argumentaciones. Forma parte del acervo de conocimientos populares sobre las claves de lo que se entiende por una economía sana. Soy de la opinión de que una porción significativa del crecimiento reciente de la economía española se debe a la actitud enormemente moderada de los sindicatos. Pues bien, la certeza de que la evolución última de las retribuciones de consejeros y directivos de algunas de las mayores empresas españolas no guarda relación ninguna con su aportación a los resultados de sus empresas, que en muchos casos ha sido notoriamente negativa en razón de los gruesos errores cometidos, sugiere que el rigor en estas materias va por barrios. Daré un dato: las retribuciones de los consejeros de las empresas privatizadas se ha multiplicado, en promedio, por un factor próximo a treinta desde la privatización. Corresponde a los usuarios de los servicios prestados por esas empresas valorar si su calidad se ha multiplicado por el mismo factor; corresponde a los accionistas valorar el acierto de muchas de sus decisiones. De lo anterior debe deducirse que las tropelías de unos pocos hacen estúpida, para mal de casi todos, cualquier afirmación sobre la vinculación debida entre prosperidad individual y esfuerzo; la realidad de nuestros días indica que resulta más provechosa la incautación de ahorros ajenos. Malas noticias para la economía española.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXVI. Elogio de la queja. Elogio de la Queja

Sostenía Albert Hirschman en “Exit, Voice and Loyalty” que las organizaciones sufren una tendencia invencible hacia el deterioro , que se manifiesta, por ejemplo, en la pérdida de calidad de sus productos o en la desatención respecto de sus clientes. Que una empresa no se apoltrone, o una economía crezca, tiene que ver con el funcionamiento de dos mecanismos de expresión del descontento: sus clientes cambian de empresa proveedora; los mismos clientes protestan y exigen la restauración de las condiciones de calidad prometidas. El estudio del primer mecanismo constituye uno de los pilares del análisis económico; de aquí la importancia que los economistas conceden a la competencia. Sin embargo, algo debe pasar, porque proliferan los departamentos de quejas y reclamaciones, los defensores del cliente y, más recientemente, la adopción de responsabilidades de todo tipo por parte de las empresas.

Publicado previamente en Expansión, el 22 de noviembre de 2002.


Debería bastar con que el consumidor disfrutara de un abanico amplio de posibilidades de elección entre oferentes para que las organizaciones se vieran condenadas a mantener siempre una tensión apreciable; el desmayo conduciría inmediatamente a la desaparición. Sin embargo, las cosas no siempre suceden así; digamos que el capitalismo de nuestros días admite la existencia de organizaciones flácidas. La razón podría apuntar a que, en un buen número de mercados, coexisten clientes que parecen conformarse con cualquier cosa con compradores que están a la que salta. Si los primeros constituyen la totalidad de los clientes de una empresa, no hay estímulo a limitar el deterioro; si la empresa se enfrenta a una clientela avisada, no hay posibilidad de error. En general, hay una combinación de clientes indolentes y exigentes.

Pues bien, en el segundo caso la queja puede anteceder al abandono de la empresa. Dicho en otros términos, la protesta constituiría para la empresa la forma menos costosa de saber que las cosas no van bien y que urge ponerse a régimen. Obviamente, el mecanismo sólo funciona si los clientes insatisfechos creen que sus quejas serán atendidas; en otro caso, no perderán el tiempo.

Lo anterior debería servir para interpretar lo que sucede en España respecto del funcionamiento de los servicios de quejas y reclamaciones de muchas de las grandes empresas, especialmente de las que suministran servicios básicos. La experiencia más común sugiere que son trincheras defendidas por gentes de buena voluntad y nula capacidad de decisión, que han sido puestas allí para no pestañear ante insultos y decibelios. Esa misma experiencia indica que el ejercicio de la queja es extremadamente costoso y nada remunerador; si es posible, lo mejor es marcharse cuanto antes. Sólo encuentro una explicación respecto del desprecio que las empresas hacen de la información proporcionada por los clientes exigentes: mejor quitárselos de encima; no vaya a ser que sus protestas tengan efectos educadores sobre los clientes pacientes y se ponga al descubierto la flacidez. Por eso, para conocer la calidad de una organización, conviene iniciar la visita por el departamento de quejas.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXV. Elogio de la queja. Normas, Valores y Coches Usados

Las crisis económicas tienen bastante que ver con la pérdida de confianza respecto de lo que el futuro deparará a empresas, países, ahorradores o trabajadores. La peculiaridad de la crisis actual del capitalismo es que nace de una desconfianza profunda respecto del presente, especialmente en lo que se refiere a los consejos de administración, la contabilidad de las grandes empresas, los análisis de valores al uso, las auditorías, la regulación de los mercados de valores, e incluso el propio capitalismo. Un cínico diría que no es para tanto, que la confianza volverá cuando los índices bursátiles registren cotas más presentables. Es posible; sucede, sin embargo, que la desconfianza hace que ese día llegue más tarde.

Publicado previamente en El País, en 2002.

Como ha destacado John Kay, la regulación de la actividad económica responde a dos mecánicas distintas: las normas y los valores. Así, las sociedades modernas determinan democráticamente los cauces por los que debe discurrir la economía; conviene prohibir el robo, el bandidaje, o la extorsión porque impiden la prosperidad social. La regulación mediante valores es más sutil: aquellos agentes cuyas conductas no son conformes con las reglas del juego, por ejemplo, con la forma debida de hacer negocios pierden la reputación, y en consecuencia la licencia social exigida para participar en la vida económica. La mecánica de la norma pretende resolver el problema de la desconfianza a través de la formulación jurídica de derechos y obligaciones; la mecánica de los valores amenaza a los tramposos con la exclusión.

La reacción de la mayor parte de los gobiernos frente a esta última crisis de confianza consiste esencialmente en el establecimiento de nuevas normas de orden preventivo y en el endurecimiento de las sanciones asociadas a su incumplimiento. Cuanto mayor es el daño social que las normas anteriores no han evitado, más probable es que los gobiernos sobreactuen, como los malos actores ante un papel que les viene grande. Confieso que me cuesta adivinar el aspecto final del aquelarre purificador convocado en España por los Ministerios de Economía y Justicia, CNMV o ICAC para reformar los soportes societarios de la actividad económica. Además, las reacciones suelen responder a un cierto histrionismo, como el mostrado por el presidente Bush, quien busca asentar la nueva panoplia normativa sobre el mundo de los negocios en un terreno intermedio entre el Antiguo Testamento y la Ley de Lynch. Naturalmente, nadie se atreve a hablar de exceso regulador, ni a mostrarse escéptico respecto de la eficacia última de este derroche jurídico. Los tiempos mandan callar. Y, sin embargo, es más que dudoso que las nuevas iniciativas legales sirvan para algo más que para lavar la cara de quienes consintieron que intereses privados penetraran en los intersticios del Estado, como se ha demostrado en los casos GESCARTERA o ENRON, o de los gobernantes que se reservaron algunos cubiertos en el festín del capitalismo popular español. Digamos que el capitalismo no se fía ni de unos ni de otros. Yo, desde luego, no compraría un coche usado a Bush o a Rato.

La ética corporativa al uso tampoco ha ayudado demasiado. El lema “todo para el accionista pero sin el accionista” apuntaba un único valor empresarial y la conveniencia de una herramienta: la creación de valor (riqueza) para el accionista y los códigos de buen gobierno, al tiempo que proponía algunos modelos ejemplares, como el de ENRON. Hoy, se anuncia una renovación del instrumento. Sin embargo, no creo que el enarbolamiento de nuevos códigos éticos y valores (por cierto:¿cuáles?) por parte de las grandes empresas sirva para restaurar la confianza. Al menos por dos razones: la primera es que sucederán a otros códigos de vida efímera que sabemos lo que han dado de sí; la segunda es que, en bastantes casos, serán formulados por quienes, en reencarnaciones anteriores, no tuvieron ningún problema en conculcar el espíritu de los mismos. Este coche usado tampoco encuentra dueño.

Sigo pensando, sin embargo, que la mejor manera de que se recupere la confianza es a través de la regulación mediante valores. Pero serán los valores exigidos por los inversores, no los producidos por las ensoñaciones de los gestores, quienes suelen utizarlos para atizar garrotazos al enemigo. Sin ir más lejos, algunos de los principales inversores institucionales del mundo están reunidos ese fin de semana en Milán para acordar una mayor presencia en el gobierno de las empresas participadas y una mejor defensa de sus intereses (por cierto: ¿qué hacían antes?). Además, algunos de esos inversores institucionales, como es el caso de CALPERS, creen que es demasiado arriesgado invertir en empresas que sólo se ocupan de sus accionistas; la razón es con bastante frecuencia sus gestores terminan ocupándose en exclusividad de ellos mismos.

Me parece que lo que viene es el ejercicio de derechos por parte de los ahorradores y la confirmación de que las empresas son demasiado importantes como para dejarlas al cuidado único de los gobiernos y los directivos.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXIV. Elogio de la queja. La Crisis de la Creación de Valor.

El denominador común de las Juntas Generales de Accionistas que se celebran estos días reside en que los informes presentados por presidentes y consejeros delegados no abundan en compromisos y reiteraciones sobre la creación de valor para el accionista. La evolución reciente de las bolsas no admite bromas. Podría parecer, así, que el objetivo de creación de valor para el accionista es propio de momentos de efervescencia bursátil; ciertamente, no es el caso: la propiedad de la empresa determina en cualquier circunstancia sus objetivos prioritarios. Sin embargo, se adivina una cierta crisis de la cultura empresarial nacida al calor del movimiento de la creación de valor para el accionista, en beneficio de culturas alternativas que apenas han podido resistir la hegemonía mostrada por la anterior en los últimos años.

Publicado previamente en Expansión, el 26 de abril de 2001.

El movimiento de la creación de valor surge a comienzos de los años ochenta. Su mejor reflejo se encuentra en las pautas directivas establecidas desde 1981 por Jack Welch en General Electric, una empresa que se había situado desde comienzos de siglo a la cabeza tecnológica de un buen número de sectores; de la mano de Welch, General Electric ha generado un paquete importante de innovaciones organizacionales en las dos últimas décadas del siglo pasado. Por razones que no vienen a lo que nos ocupa, muchas de las empresas nacidas al amparo de la última ola tecnológica hicieron suyas tales innovaciones; en bastantes ocasiones llevándolas hasta el paroxismo.

Sin ánimo de exhaustividad, las empresas que se han adherido a esta cultura empresarial deben a General Electric la idea de que la reestructuración permanente de la cartera de negocios corporativa, mediante compras y ventas de empresas, permite mantener posiciones de liderazgo; no hace falta invertir mucho en I+D, basta con comprar empresas. También deben a General Electric el downsizing empresarial, es decir, la concentración de las actividades empresariales en torno a las competencias básicas y la reducción correspondiente de la estructura corporativa y el empleo. Igualmente, sus estrategias han sido tributarias de la idea de que la integración vertical hacia los mercados finales mediante la oferta de servicios adheridos a la oferta principal de productos, especialmente servicios financieros, conviene a los accionistas.

La lista sería interminable. Para evitarlo, citaré la atracción por el negocio de los medios de comunicación y, finalmente, el manejo de la estructura financiera, por ejemplo, a través de la compra de acciones propias como método de creación de valor. Naturalmente, el movimiento de la creación de valor ha ocasionado beneficios importantes, especialmente para quienes los han obtenido. La desaparición de la espuma de las cotizaciones bursátiles invita a analizar sus patologías.

La historia de las empresas que han querido hacer suya la cultura del valor empieza a ser bien conocida; puede ser escrita en clave de sus relaciones con los diferentes grupos de interés que concurren en la actividad empresarial.

A diferencia de otras culturas empresariales, la que nos ocupa no aprecia demasiado el compromiso y lealtad entre empresas y trabajadores: un "nonsense", según Welch. Dicen que un dicho recurrente en los círculos directivos americanos de esta clase de cultura corporativa era: “Si quieres lealtad, cómprate un perro”. Queda por saber si la consecuencia inmediata de lo anterior, esto es, que las empresas prescindan de cualquier inversión en empleabilidad de los trabajadores y la ausencia de vínculo de largo plazo entre empresas y trabajadores favorecen el crecimiento de la productividad. Lo sabremos pronto. Lo que se sabe ahora es que, al menos en Estados Unidos, la fidelidad de los clientes a las marcas se ha reducido significativamente en los últimos años, como queda evidenciado por un buen número de estudios sobre comportamiento del consumidor en compras repetidas de un mismo producto. También conocemos la ansiedad de los inversores respecto de las empresas que se rigen por este modelo cultural. Antes de la crisis, la duración media de las posiciones en Amazon.com o Yahoo eran, respectivamente, 7 y 8 días, frente a los 14 meses de empresas tecnológicas más tradicionales como IBM (Business Week). Es difícil que, cuando las cosas van peor, los inversores respondan a las admoniciones de los analistas que predican la conveniencia de mantener posiciones y de construir posiciones sobre la base de los fundamentos de los resultados.
Lo anterior ha llevado a algún estudioso de estos asuntos, por ejemplo Yankelovich, a señalar como las empresas americanas dominadas por este tipo de cultura corporativa han venido perdiendo (cambiando) la mitad de sus clientes cada cinco años, de sus empleados cada cuatro, y de sus accionistas en menos de un año. Creo que no me equivoco si afirmo que la lealtad se va a poner de moda.

El concepto de empresa sostenible- ¿ habría que decir de creación de valor sostenible?- es bastante antiguo y se refiere esencialmente a la evidencia de que en el largo plazo los resultados empresariales mejoran si se mantienen relaciones no oportunistas con los diferentes grupos de interés que concurren en la actividad empresarial: empleados, clientes, proveedores, y comunidades sociales donde se opera. La penúltima reaparición del concepto tuvo lugar en la recesión económica anterior y – paradoja de las paradojas – respondió a la comprobación del estancamiento de la productividad en la economía americana en los primeros años de la década de los noventa. En la época, recibió cobijo doctrinal en el Partido Demócrata americano y disfrutó de la atención de académicos como Michael Porter, quien se atrevió a proponer al Congreso de Estados Unidos la presencia en los Consejos de Administración de las corporaciones americanas de representantes de clientes, proveedores, empleados y comunidades sociales. Era la economía y las empresas de los stakeholders (grupos de interés) El debate, académico y social, cruzó después el Atlántico y se refugió en el nuevo laborismo y en los escritos de algunos profesores acreditados del Reino Unido, por ejemplo John Kay, y algunos documentos de la OCDE sobre el reparto de los beneficios (valor). Después, desapareció de la escena pública expulsada por las primeras llamaradas bursátiles de los valores tecnológicos. Hasta hoy.

Cada cultura corporativa es titular de un paquete de innovaciones organizacionales; además, sus protagonistas abrigan la ambición de elevarlas a la categoría de valores sociales. La cultura de la empresa sostenible ha venido desarrollando, sin estridencias, algunas de interés notable a lo largo de los últimos años. Una de las más prometedoras consiste en la potenciación de los derechos de propiedad de los ahorradores que confían la gestión de sus patrimonios a los inversores institucionales. El éxito de los fondos de inversión "verdes", es decir, que restringen sus inversiones en renta variable a empresas que disfrutan de un rating favorable en materia de medio ambiente, respeto a los derechos humanos, responsabilidad social o comunicación con los grupos de interés nos ha enseñado lo que cabía esperar: que los ahorradores quieren orientar la gestión de su patrimonio, que existe una correlación estrecha entre este tipo de rating y la calidad de los beneficios empresariales, y que en los rankings de sostenibilidad no aparecen muchas empresas que hayan abrazado en el pasado la cultura corporativa de la creación de valor para el accionista. Algo más que una moda.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA LXIII. Elogio de la queja.

El Diario ha prestado una atención especial a los episodios de enriquecimiento de los directivos de las empresas, españolas y extranjeras. También, a la crisis de la cultura empresarial que servía de excusa a lo anterior: todo para el accionista pero sin el accionista. Ahora sabemos cómo ha terminado. Lamentablemente, el enriquecimiento de los directivos no ha tenido la dignidad revolucionaria del fenómeno descrito hace más de medio siglo por James Burnham, en relación a las grandes empresas americanas. Ha sido mucho más pedestre. No ha habido afán de liderazgo social; simplemente, saqueo del bolsillo de los accionistas.

La publicación de alguno de los artículos siguientes tuvo algún eco en la red. Un internauta me llamó sesentayochista resabiado. Acepto lo segundo, pero de ninguna manera lo primero. Quizá, empleado de un banco de negocios, hoy probablemente estará en el paro.

Posted by Alberto Lafuente on at 07:37 AM in V.1 Elogio de la queja | Enlace permanente | TrackBack

 
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