DIARIOS DE UN ECONOMISTA CVII. Lo que viene. Restaurantes de carretera.
El artículo es una reivindicación de las identidades colectivas. Un asunto políticamente incorrecto en España, pero que merece desde hace poco la atención de algunos economistas teóricos. Mi identidad preferida es la Guía Michelin, pero el sueldo de profesor universitario impide sacar partido a este carné.
Antes de que las autopistas y autovías impusieran la uniformidad gastronómica, una de las decisiones más difíciles del automovilista era la elección del restaurante donde aliviar el cansancio del viaje. Generalmente, la opción preferida era la que había merecido la atención en esa hora de un número mayor de conductores. ” Por algo será”, se decía. Si además, delante del restaurante se alineaban muchos camiones, entonces la confianza adquiría la condición de certeza respecto del acierto de la decisión. “Seguro que se come bien”, se añadía, aunque la lógica que conducía a la atribución a los camioneros de criterio en esta materia no era de fácil discernimiento. Sucede, en definitiva, que cuando no sabemos qué elegir solemos prestar bastante atención a las decisiones de los demás; la ausencia de información conduce inevitablemente a la aglomeración, aunque la elección de restaurante por parte del primer automovilista se haya debido al azar.
Publicado previamente en Expansión, el 18 de julio de 2003.
Se cumplen cincuenta años desde que Solomon Asch publicara los resultados de algunos experimentos reveladores. Me referiré al principal. El psicólogo formó grupos de ocho individuos a quienes planteó un problema elemental con tres soluciones alternativas. Dos de las soluciones eran fácilmente descartables; la correcta era, pues, evidente. Sin embargo, Asch solicitó previamente a siete de los ocho individuos que eligieran una de las soluciones incorrectas; pretendía simplemente observar el comportamiento del octavo individuo, quien indefectiblemente y después de valorar las opciones de decisión elegidas por sus compañeros de grupo seleccionaba la misma solución incorrecta. Por el contrario, cuando la misma solicitud se hacía a un único inviduo, entonces los restantes optaban por la solución correcta. El propio desarrollo del experimento mostraba que ese individuo era mirado después con cierta piedad por sus compañeros. En definitiva, no solamente tenemos muy en cuenta el comportamiento de quienes nos acompañan el una determinada circunstancia a la hora de decidir nuestra conducta, sino que además parecemos estar dispuestos a renunciar a nuestras creencias más asentadas y a la razón. Preferimos equivocarnos juntos a disfrutar en soledad de los beneficios del acierto.
El experimento de Asch ha sido recordado recientemente por Duncan J. Watts en un ensayo sobre el comportamiento de las redes sociales (Six Degrees, Norton, 2003). Que una fracción relevante de nuestros próximos adopte una determinada conducta nos hace a los hombres proclives a la misma. Por eso conviene iniciar el viaje de las vacaciones estivales debidamente pertrechados con alguna guía gastronómica. No nos protegerá de la aglomeración e incluso agudizará la apretura de los horarios de viaje, ni siquiera garantizará el contento gastronómico, pero al menos nos permitirá formar parte de una comunidad que no sea la producida por el azar de la carretera.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CVI. Lo que viene. Cuidado con la Fábulas.
Las fábulas tienen dos características principales: se refieren a hechos acaecidos en un lugar y tiempo imprecisos; y trasmiten valores, que después se constituyen en guías de comportamiento para todo tiempo y lugar. Curiosamente, los economistas aman las fábulas; de hecho, una buena parte del conocimiento económico parte de una pequeña historia, que ejemplifica un problema económico. Después, se procede a la estilización de la situación descrita por la fábula mediante el empleo de herramientas analíticas. Finalmente, el problema y sus soluciones se trasladan a los manuales y al cajón de creencias que orientan las políticas públicas. Es cierto que los políticos (y ahora los directivos) son esclavos de economistas difuntos, pero también lo es que en el origen de esa esclavitud suele haber una fábula. Así, parece inevitable introducir la economía del bienestar mediante la alusión a la fábula de las abejas; referirse a los faros marítimos cuando se explica la teoría de los bienes públicos; recordar la adquisición de Fisher Body por General Motors con ocasión de la revisión de la teoría de la empresa; o dar cuenta de la crisis de los tulipanes si se pretende explicar el funcionamiento de los mercados financieros. Recientemente, Daniel F. Spulber ha publicado una colección de trabajos académicos sobre el origen de las fábulas que han disfrutado de una trascendencia mayor en la economía y, después, en la política económica.
Publicado previamente en Expansión, el 31 de enero de 2003.
Cabe detenerse en el examen de la última fábula, cuyo éxito social se debe a que fue difundida por dos autores que disfrutan de un reconocimiento muy amplio entre las gentes que cultivan el estudio de las reglas de la economía de la información o nueva economía. Me refiero a Shapiro y Varian. Dice la fábula del qwerty que su éxito (todos los teclados disponen sus caracteres según este estándar) responde a que los costes de cambio a otra disposición de los caracteres serían muy elevados; de hecho, el teclado Dvorak presentaba ventajas con respecto a qwerty, pero no eran suficientes para compensar los inconvenientes de una adopción masiva del nuevo estándar. De aquí se deduce que una de las reglas más características de la economía de la información es que los costes de cambio de estándar son muy elevados, lo que favorece a quienes han establecido el primero. La competencia queda dañada, pues no siempre prevalece lo mejor: ganan las empresas pioneras y también las que aciertan a agrupar a una porción significativa de usuarios. Naturalmente, es inmediato concluir que la política de la competencia debería ocuparse de este fallo de mercado. Lo curioso del caso es que las pruebas sobre la presunta superioridad de Dvorak sobre qwerty, aportadas por el historiador Paul David, que puso en circulación la fábula son extremadamente débiles: no hay tales, como han demostrado Liebowitz y Margolis. Sucede a quienes han encontrado un buen título para un artículo: mejor prescindir del rigor de los detalles. No importa: auguro una vida larga a la fábula del qwerty en las aulas y despachos profesionales.
Cuidado con las fábulas: son un pozo inagotable de presuntos fallos de mercado y, en consecuencia, de (buenas) razones para que el Estado se ocupe de intervenir en la economía. Por otra parte, nada raro: la sociedad ha responsabilizado a los médicos acerca de la salud de las gentes; sin embargo, prosperan con el descubrimiento y diagnóstico de nuevas enfermedades. La porción más respetable de la profesión de los economistas aboga por los mercados, y sin embargo nada les complace más que tropezar con una fábula que les permita hacer la teoría de un fallo. Todo por no vencer la incomodidad de mirar lo que pasa
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CV. Lo que viene. Ofertas de Empleo.
Supe después que una parte importante de las ofertas de empleo, especialmente las anunciadas por grandes empresas, son ficticias. Los curricula van directamente al cubo de la basura. Lo hacen porque queda bien, es barato y parece que la empresa va viento en popa, lo que conviene a los gestores. Son más auténticas las ofertas de sexo.
Confieso que siento una predilección especial por la sección de los medios de comunicación escritos que se ocupa de las ofertas de empleo. No me pierdo una. Mi interés obedece a dos razones. La primera es que constituyen un magnífico observatorio de la economía. Las fases de auge económico coinciden con anuncios amplios y abundantes; las crisis adelgazan misteriosamente los suplementos laborales. También ofrecen una vista panorámica sobre el estado de avance de las nuevas tecnologías: hasta hace unos pocos meses eran numerosas las ofertas de empleo vinculadas a las tecnologías de la información y las comunicaciones; hoy, son casi la excepción y, aparentemente, rozan las condiciones del subempleo. En definitiva, el examen de la sección es más ilustrativa de cómo van las cosas de la economía que la lectura de las estadísticas del INE, o que la comprobación de la salud de Internet a través de la consulta del Estudio General de Medios.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.
Pero la razón más estimulante tiene que ver con el hecho de que la lectura de las ofertas de empleo permite conocer los modos imperantes de la seducción pública en España. Al fin y al cabo un buen anuncio propicia que la empresa oferente de un puesto de trabajo acceda a una gama amplia de historiales profesionales y, lo que es más importante, atraiga la atención de la persona que necesita. La oferta de un empleo, al igual que la publicidad de un producto, es pues un ejercicio de seducción. Sin embargo, cabe constatar dos extremos a este respecto. El primero es que los argumentos de la seducción laboral varían de manera notable a lo largo de cada ciclo económico. Sin ir más lejos, ahora mismo, las ofertas más prometedoras son bastante escuetas: puesto de trabajo fijo, remuneración a convenir y, en su caso, coche de empresa. En cuanto al mercado de trabajo de los jóvenes, las diferencias son si cabe mucho mayores: en lo peor del ciclo, la única alegría que se promete es la del aprendizaje de buenos hábitos laborales; en lo mejor, las ofertas proponen a los jóvenes carreras profesionales envidiables. El segundo extremo es que, en cada momento, los anuncios laborales guardan una sintaxis tan uniforme como la propia de las ofertas periodísticas de sexo; en definitiva, repetición. Nada que ver con la publicidad de productos o servicios, donde reina la creatividad. Hoy, el trabajo es apenas una necesidad y no vale la pena informar acerca del atractivo de un puesto de trabajo. Las personas son así perfectamente intercambiables.
La redacción de las ofertas de empleo ilustra bien cómo somos y dónde estamos. Es obligado, pues, echar un vistazo a otras latitudes. Sigo con igual atención las ofertas de empleo de medios de comunicación de otros países, para saber cómo van allí las cosas. He de decir que mi oferta de empleo preferida apareció en la prensa británica hace bastantes decenios. La anunció uno de los primeros exploradores de Antártida, Mr. Stackelton. Pretendía reclutar caballeros fuertes y valientes para su expedición. Decía:
“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.
Toda broma tiene su moraleja. La de ésta tiene que ver con su improbabilidad en nuestra España y en estos tiempos, y también con las ofertas de trabajo que no suelen dar lugar a anuncios en la sección de empleo; me refiero a las generadas por el mercado de empleos políticos, aunque igualmente podría referirme a las dificultades de reclutamiento de personal sufridas por las congregaciones religiosas. Se quejan en voz baja los partidos políticos de que no son capaces de convocar gentes de edad temprana: es inevitable la referencia a la despolitización de la juventud y a la estrechez de su mirada. Y cuando lo consiguen, más parecen futuros jefes de negociado que otra cosa. Sin ir más lejos, es clamorosa la ausencia de las agrupaciones juveniles de los partidos mayoritarios en cualquier cosa que se mueva, por ejemplo, la primera hora de la limpieza del desastre del “Prestige”: debían estar prometiéndose felicidades post-electorales en alguna convención de fin de semana. Igualmente, llama la atención que, en parecidas circunstancias, las ONG´s y los profesores de instituto sean capaces de arrastrar tantos ardores juveniles. Probablemente, lo anterior tiene una explicación bastante sencilla. Los primeros ofrecen trabajo; los segundos proponen aventuras. ¿Quién, en su juventud, no habría mandado el curriculum a Mr. Stackelton?.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CIV. Lo que viene. Economía del Zoco.
Pero la Sociedad General de Autores (SGAE) sigue en lo suyo. Si pudieran, patentarían la paella. Mientras tanto, los nuevos cocineros españoles hacen como sí sus platos no tuvieran secreto. Les va mejor, pero los otros disfrutan del celo de la propiedad.
Las ciudades españolas han visto renacer los mercadillos callejeros. Me refiero a los mercados manteros especializados en la venta de prendas de marca falsificada, algo de artesanía y, sobre todo, discos y videojuegos. Me fijaré en estas dos últimas clases de productos. El éxito de los mercadillos responde a que los precios de discos y videojuegos son muy inferiores a los de los productos originales, esto es, fabricados y distribuidos a través de los circuitos legales. En el caso de los discos, seis euros con posibilidad de regateo frente a precios que no suelen bajar de quince euros. La razón última de tal diferencia es que la tecnología permite realizar copias mediante inversiones mínimas y los costes de reproducción son insignificantes en relación al precio final. Los precios tienen que ver poco con los costes de multiplicación de los discos. Aparentemente, la competencia de los mercados callejeros daña de manera sustancial los intereses de empresas y establecimientos comerciales. El hecho, con todo, no es enteramente nuevo. Prestaré atención a dos precedentes; uno de ellos próximo.
Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.
Es sabido que una de las razones del éxito de los diarios (cuando lo tienen) es que una proporción importante de sus lectores no los compran; acceden de forma gratuita a sus páginas mediante la lectura del periódico cuando toman el café de media mañana en el bar próximo al trabajo o al domicilio. De hecho, si la lectura de los diarios no fuera gratuita en determinadas circunstancias, el número de lectores sería significativamente inferior. La lectura del periódico en los bares es equivalente a la reproducción de discos no controlada por las compañías. La Sociedad General de Autores ha logrado que la producción de discos vírgenes esté sujeta a un canon, cuyos ingresos compensarán a los autores por los ingresos no percibidos mediante la venta ordinaria. De acuerdo con la misma lógica, los diarios, y sus columnistas, deberían beneficiarse de un canon impuesto a los bares sobre la venta de servicios de café. Naturalmente, nadie en su sano juicio plantearía tal iniciativa; sucede que, en ocasiones, la gratuidad es un buen negocio para quien la disfruta, pero también para quien la otorga.
El segundo precedente es histórico y procede de dos economistas de la información, Varian y Shapiro. El negocio del alquiler de libros surgió en el Reino Unido en la primera mitad del siglo XIX. Antes, el número de lectores de libros era muy reducido, apenas 80.000 personas; entre otras razones, porque los libros eran muy caros y no estaban al alcance de la mayor parte del pueblo británico: sus precios equivalían al salario semanal de un trabajador. Como no era posible leer, ¿para qué dedicar tiempo y esfuerzo a la adquisición de una habilidad que después no se podía utilizar?. La aparición de la novela inglesa (empezaba a ser divertido leer) y el alquiler de libros, a un precio mucho más modesto que el de adquisición (empezaba a ser posible leer) tuvo un efecto inmediato: la multiplicación del número de lectores, la ampliación de las tiradas, la disminución de los precios de los libros y, finalmente, el nacimiento de la industria editorial moderna. Naturalmente, los editores de la época pretendieron que el Gobierno prohibiera el préstamo de libros. Afortunadamente para ellos, sin éxito.
Podríamos citar muchas situaciones similares; simplemente, abundaríamos en un denominador común: la gratuidad puede ser un buen negocio; al menos en los productos digitalizables. Esta afirmación sorprenderá viniendo de un economista, pero creo que es la mejor interpretación de lo que sucede en el zoco de Independencia. Los discos de Operación Triunfo han salvado el año al sector discográfico español. Hasta el mes de diciembre de 2001 las ventas habían bajado un 8% respecto del año anterior. La venta de un millón de discos (legales) en las últimas semanas de diciembre permitió recuperar las cifras alcanzadas en 2000. Cabe pensar que una de las razones del éxito reside en que los discos de Operación Triunfo se venden a precios callejeros, seis euros, tanto en mercadillos como en establecimientos comerciales. Las ventas ilegales son mucho menores. Lo curioso es que frente a la evidencia de que es beneficioso para todos (con la excepción de los comerciantes del zoco) reducir los precios de los discos, las compañías discográficas siguen manteniendo sus políticas de precios elevados. Se conducen como los editores de antaño.
El oficio de economista permite mirar el mundo con anteojos laicos, además de dar cuenta de paradojas sociales. La referencia a Operación Triunfo obliga a recordar a los intelectuales ingleses de la época del nacimiento de la novela inglesa y las librerías de préstamo. “Literatura bazofia”, decían de la primera; “pereza y sensibilidad empalagosa”, atribuía Coleridge a sus lectores. Suena tan mal como la crítica a la televisión de hoy. ¿O no?.
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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CIII. Lo que viene. La Era de Torvalds.
Después, pude conocer de cerca a algunas gentes pertenecientes a la secta de los torvaldianos. Aunque la comunicación no es sencilla (no hay intérpretes y se es o no se es), ofrecen una psicología social muy interesante. Creo que esta iglesia va a influir mucho sobre el devenir de la sociedad. Están aquí. Probablemente, son vecinos.
Quizá, una de las principales innovaciones sociales derivadas de la extensión de la sociedad on line tenga que ver con la aparición de nuevas fórmulas de provisión de bienes públicos. Mi ejemplo preferido es la iniciativa de un joven finlandés estudiante de informática Linus Torvalds, quien en 1991 decidió desarrollar un sistema operativo propio para su ordenador 80386 . Después de algunos meses de trabajo y de disponer de una primera versión utilizable, Torvalds solicitó ayuda para su perfeccionamiento a través de Internet a la comunidad (virtual) de programadores. Curiosamente, la respuesta fue muy favorable: desde entonces el sistema, Linux, ha madurado gracias al esfuerzo no condicionado de un gran número de usuarios y programadores; además, cualquiera, haya colaborado o no en su gestación, ha podido hacer uso del mismo de manera gratuita desde su nacimiento.
Publicado previamente en Expansión, en 2001.
No es preciso señalar que una situación como la descrita es imposible en el mundo off-line. Cualquier economista aventuraría que ningún programador estaría dispuesto a perder parte de su tiempo en el empeño de proveer un bien del cual podría sacar provecho sin ese esfuerzo. Cualquier programador-economista aventuraría el fracaso de la empresa y, en consecuencia, se ahorraría la frustración de un empeño inútil: está en los libros que la búsqueda del provecho personal siempre prevalece sobre el interés despertado por los logros colectivos. No es extraño, por tanto, que algunos etnógrafos, de visita en el mundo on line, hayan querido dar cuenta de esta anomalía de la doctrina clásica de los bienes públicos; por ejemplo, Smith y Kollock (Communities in Cyberspace)
Las tesis avanzadas prestan atención, en primer lugar, a los costes de provisión de bienes públicos digitales, cuando su producción resulta de múltiples iniciativas personales no jerarquizadas; en segundo, se fijan en las motivaciones que guían a los individuos de ésta y otras comunidades virtuales. Lo primero es bastante obvio: los costes de comunicación y multiplicación del bien, al igual que los de coordinación, son prácticamente nulos; ello conduce a que un esfuerzo individual pueda situar una buena idea en la órbita de los bienes públicos. Lo segundo no lo es tanto: las tesis más compartidas apuntan a la notoriedad y la reciprocidad.
El propio Linus Torvalds ha querido explicar el éxito de su iniciativa sobre la base de dos hipótesis. De un lado, es preciso que un individuo o un grupo de tamaño reducido hagan el trabajo necesario para diseñar una primera versión del programa; la elaboración colectiva de bienes públicos digitales no surge espontáneamente; en su origen, siempre hay un empeño individual. De otro, el proyecto debe presentar algún atractivo. Sería raro que la comunidad virtual de programadores produjera, por ejemplo, un procesador de textos: demasiado aburrido, según Torvalds. Las dos explicaciones sugieren que la motivación de los promotores de bienes públicos digitales tiene que ver, en primer lugar, con la afirmación pública de capacidades y talentos; algo bastante parecido al proceso creador. Sin embargo, la tesis etnográfica más conocida se refiere a la reciprocidad positiva. Las comunidades productoras de bienes públicos se regirían por la economía de la donación generalizada. El juego de las identidades personales, la persistencia de las comunidades y el carácter bien definido de éstas propiciarían un marco de cooperación no apto para comportamientos oportunistas. Curiosamente, la tesis etnográfica de la reciprocidad negativa ha merecido menos atención, quizá por ser menos tranquilizadora.. La economía experimental ofrece un marco de referencia para entender tales fenómenos.
Fehr y Gachter han desarrollado un experimento revelador. La situación contemplada se refiere a un grupo de cuatro individuos, cada uno de los cuales dispone inicialmente de veinte monedas. Pueden asignar libremente la totalidad o una parte de su dotación a la producción de un bien que genera una renta de 0,4 monedas por moneda invertida a cada uno de los miembros del grupo, es decir, 1,6 monedas en total. Si todos los individuos decidieran asignar la totalidad de sus dotaciones a la financiación de ese bien, sus rentas personales alcanzarían la suma de 32 monedas; sin embargo, es dudoso que sucediera así; como el beneficio privado de la no contribución (una moneda) es superior al coste de oportunidad privado (0,4 monedas), no habrá contribuciones personales a la financiación de ese bien y, finalmente, las rentas de los miembros del grupo permanecerán inalteradas en una cuantía igual a 20 monedas. Eso sí todos los individuos tendrán la esperanza de que los demás hagan este tipo de contribución. Hasta aquí nada nuevo: simple aplicación de la teoría clásica de los bienes públicos.
El experimento consistió en replicar esta situación un cierto número de veces; además, cada miembro del grupo puede penalizar a los individuos que no han realizado ningún tipo de contribución reduciendo en x monedas sus rentas; al hacerlo incurre en un coste de (1/3)x. Los comportamientos personales son perfectamente observables, al igual que las sanciones. El experimento en cuestión fue desarrollado en dos versiones distintas. La primera, o del socio, consistió en la formación de 6 grupos de 4 personas enfrentadas a la situación anterior; la composición de los grupos permaneció inalterada. En la segunda, o del extranjero, la composición personal cambió en cada réplica del juego, de suerte que la sanción de un determinado individuo sobre otro no podía tener contestación en situaciones posteriores, ni había experiencia previa de cooperación con los mismos individuos.
Pues bien, la realización del experimento mostró que el disfrute por parte de los individuos de la facultad de sancionar tiene efectos muy beneficiosos sobre el nivel de las contribuciones personales al bien público; sin esa facultad, la contribución media tendía a converger a niveles muy reducidos en cualquiera de las dos versiones del experimento; es cierto, sin embargo, que la contribución media fue mayor en la versión del socio, pero siempre cuando los individuos ostentaban el derecho personal a sancionar que, por cierto, ejercían con profusión en el experimento. Lo anterior no debe provocar extrañeza: los etnógrafos de las comunidades virtuales han dado cuenta de episodios de violencia grupal contra los individuos que se apartan de la norma colectiva imperante. Si lo anterior fuera cierto, pesará más el miedo a la sanción que el afán de pertenencia a una comunidad.
El experimento ofrece la cara menos amable de la era de Torvalds. Es posible que la sociedad on line produzca de forma natural más bienes (y males) públicos que la sociedad off line, pero lo que es seguro es que la descentralización del monopolio de la coerción y de la sanción, hasta ahora en manos del Estado, nos hará actores del espectáculo del castigo público: una nueva lógica del poder.
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