DIARIOS DE UN ECONOMISTA CXIV. El deporte como metáfora. La economía de la obesidad.

Por fin, un grupo de economistas de la Universidad de Harvard ha querido arrojar algo de luz sobre un fenómeno que preocupa a una buena parte de los individuos adultos de las economías desarrolladas: la tendencia a la obesidad. Aunque el análisis se refiere a Estados Unidos, donde la población de obesos se ha multiplicado por dos en los últimos treinta años, algunas de sus conclusiones podrían trasladarse a España, país que parece situarse ya en los primeros puestos de la obesidad europea, según la Organización Mundial de la Salud. En todo caso, quedamos a la espera de que la profesión económica española decida ocuparse de tan suculento asunto.

Publicado previamente en Expansion, el cinco de mayo de 2003.

Mientras tanto, debe saberse que el incremento de los índices americanos de obesidad podría responder sobre todo a las modificaciones experimentadas por la industria de la alimentación. Hasta hace unos decenios, la producción de alimentos elaborados se realizaba en el propio lugar de consumo, es decir, los hogares. El coste principal de tal actividad productiva estaba relacionado con el tiempo dedicado a la preparación de los alimentos frescos. Pues bien, la implantación de innovaciones tecnológicas en los productos alimentarios ha facilitado la concentración de su elaboración en las propias empresas, de manera que el tiempo dedicado por los hogares a la preparación última de los nuevos alimentos es ahora considerablemente menor: la producción ha abandonado el lugar de consumo, lo que ha permitido la explotación de economías de escala.

De lo anterior se sigue que la tecnología de la conservación de alimentos engorda de dos maneras distintas: incrementa la variedad de productos consumidos (el microondas permite hacer un menú variado en unos pocos minutos) y aumenta la frecuencia de las ingestiones alimentarias (cabe hacer una ingestión en cualquier lugar y momento). Los autores proponen, además, una conjetura respecto de las diferencias observadas por los distintos países desarrollados en cuanto a los índices de obesidad. Lo cierto es que son extremadamente elevadas: en Estados Unidos el 23% de la población adulta es obesa, frente al 6% de Noruega, el 6,5% de Francia o el 2,2% de Japón, por citar países con un nivel de desarrollo importante. La obesidad resultaría del grado de predisposición nacional a hacer uso de tales tecnologías, lo que dependería del signo de algunas políticas públicas y empresariales. Así, la prión a legislar en materia de seguridad alimentaria, la intensidad de los obstáculos a la actividad empresarial, la protección del sector agrícola nacional y el precio del Big Mac podrían tener efectos adelgazantes. La obesidad sería una consecuencia de la globalización.

El elevado nivel de la tasa española de obesidad (13% de la población adulta) invita, por tanto, a formular una nueva dieta, esta vez dictada desde las fronteras de la economía global: no comer fuera de casa, huir del consumo de precocinados, charcutería y alimentos elaborados, y cocinar (cuanto más complicados sean los platos , mejor). Cumplidas estas tres sencillas reglas, cabe comer lo que se quiera y cuanto se quiera.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CXIII. El deporte como metáfora. El oficio más fácil del mundo.

Rajoy respondió. Habrá más dinero para los clubes de fútbol profesional.

Dirigir un club de fútbol profesional o una televisión pública española es el oficio más fácil de este mundo. Cuando los resultados económicos de la gestión no cuadran, basta con solicitar una cita al Gobierno. He tenido la oportunidad de leer un escrito presentado por una delegación de la Liga (española) de Fútbol Profesional (LFP) al vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy. Después de reconocerle como destinatario indiscutible (¿imprescindible?) del comunicado y de dejar sentado que dieciocho millones de españoles (y de españolas, por si acaso) se declaran aficionados al fútbol, la delegación confirma que el endeudamiento de los clubes españoles de fútbol ha alcanzado extremos críticos, por lo cual requiere el liderazgo vicepresidencial para la adopción de soluciones urgentes a tan grave problema. De ello depende que no se produzca un grave colapso de nuestras (sus) competiciones, cuyo inicio para la próxima temporada correría grave peligro. Añade la delegación que existen grandes reclamaciones por parte de la Agencia Tributaria que no se podrán pagar, ni siquiera avalar en caso de recurso. Según la LFP, el origen principal de la crisis permanente es el efecto inflacionario descontrolado en la magnitudes del gasto relacionados con el personal deportivo, tanto a nivel de remuneraciones salariales, como de derecho de traspaso vía amortización. Fin de escrito. Sepa el lector que le he hecho gracia de entrecomillados, aunque le haya dado muestra del detalle de una sintaxis propia de segunda división B (dicho sea sin ánimo de injuriar). La referencia anterior a la televisión pública española tiene propósitos relativizadores. La deuda del fútbol profesional español no alcanza aún la tercera parte de la deuda de la televisión pública. Y, además, tiene más aficionados que ésta, añado yo.

Publicado previamente en Expansión, en 2003.

Así pues, mientras la cultura económica del déficit cero ha ganado nuestras conciencias, los clubes profesionales de fútbol se adhieren a lo que los economistas denominan una situación de azar moral. Cuando sabemos que la gravedad de los problemas que podemos crear nos protege de sus consecuencias, podemos disfrutar del estado de irresponsabilidad. Se aplica pues un aforismo cuya autoría reclamo humildemente: “Si está en tus manos crear un problema y eres beneficiario de la solución, que sea lo más grande posible”. Siempre habrá alguien que pague la ronda. La misma teoría señala que ese alguien nunca aceptará volver a salir de copas.

Pero cuando se habla de la gestión económica del deporte profesional español conviene escoger la senda del fatalismo. Seremos capaces de sujetar las finanzas de las administraciones públicas en torno al equilibrio presupuestario. Somos capaces, incluso, de predicar la conveniencia de no condonar la deuda de los países pobres, pues desencadenaría su irresponsabilidad y les convertiría en pésimos deudores: nadie volvería a prestarles dinero. Pero cuando se trata de asuntos futbolísticos o televisivos, la cosa cambia. No es esta la primera vez que los clubes profesionales españoles reclaman que el Estado contribuya a su saneamiento financiero. Como no es la primera, tampoco será la última. Lo cual conduce, si se me permite el cinismo, a concluir que nuestro 0,7% del PIB no tiene mejor aplicación que los agujeros cultivados por los directivos del deporte profesional español y de la televisión pública. Parecerá demagógico, pero evitaría echar mano de las recalificaciones de suelo.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CXII. El deporte como metáfora. El regreso del héroe.

Bajó a segunda y subió. Como no me hacen caso, volverá a bajar.

¿Qué será de la nueva historia del Real Madrid? Hemos visto tantas parecidas.

Leo con preocupación en las páginas de deporte de los diarios regionales manifestaciones y protestas desasosegadas sobre la nueva condición del Real Zaragoza. Como es habitual en estas circunstancias, se reitera el propósito (volver a primera), a la vez que se ventilan aires catárticos (hay que cambiar las estructuras, hay que empezar desde cero). No parece ocioso ante tanta zozobra preguntarse acerca de la razón última de la victoria futbolística. Simplemente, para aplicar los medios.

Publicado previamente en Heraldo de Aragón, en 2002.

Aunque, como es sabido, hay economistas para cualquier cosa, ninguno español se ha ocupado seriamente de la razón del éxito deportivo, lo que llama poderosamente la atención porque la competición deportiva se parece bastante a la competencia por el cliente en los mercados de bienes y servicios y, también, porque la mayor parte de los clubes profesionales de fútbol son sociedades mercantiles. Para consuelo propio, tampoco lo han hecho los economistas europeos, con un par de excepciones, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, donde la economía del deporte de masas goza de una larga y fértil tradición.

Hay que echar mano pues de un economista inglés, Dawson, que ha publicado recientemente un trabajo en una revista académica (Journal of Sports Economics), que toma como base de referencia la liga de fútbol profesional en Inglaterra (Premier League). Como guarda bastantes similitudes con la nuestra, supondremos que las conclusiones son trasladables a la liga española de fútbol profesional. El éxito/fracaso deportivo de un equipo parece explicarse, en primer lugar, por el valor de mercado de sus jugadores. Aproximadamente, dos tercios de la distancia que separa el honor de la vergüenza tiene que ver con la calidad de los jugadores medida a través de lo que estarían dispuestos a pagar otros equipos por contar con sus servicios. Lo sorprendente del resultado empírico es que existen otros factores que parecen ejercer una influencia muy relevante sobre la trayectoria deportiva de un equipo. Dawson ha estudiado dos: la calidad del manager y el azar estadístico, que en términos no académicos recibe la denominación de “fútbol es fútbol”, como dijera nuestro añorado Boskov. Nos fijaremos en el primer factor, puesto que el Real Zaragoza parece querer conformar una nueva estructura deportiva. Dejo el tratamiento de la suerte para otra ocasión.

El estudio de Dawson ordena a los managers de la liga inglesa de acuerdo con el cociente entre los resultados deportivos de los equipos y el valor de mercado (transferencia) de los jugadores de cada equipo. Conviene subrayar que los dos factores considerados (calidad de los jugadores y del manager) son independientes. La única manera de que un equipo mediocre se mantenga en la Premier es contando con un manager excepcional. De igual suerte, no es preciso un gran manager si el equipo es sobresaliente; tal parece ser el caso, según Dawson, de Ferguson, manager del Manchester United. Añado yo: y el de Del Bosque, y el de Miguel Muñoz en la primera etapa de triunfos europeos del Real Madrid.

Para contento de quienes ejercen esta función, parece existir una relación estrecha entre el valor de sus contribuciones al éxito y las remuneraciones percibidas; de igual manera, la presión sobre los managers ejerce una influencia positiva sobre su productividad. De lo anterior se deduce que no cabe escatimar esfuerzos económicos a la vez en jugadores y manager. El resultado de tal práctica conduce indefectiblemente a la derrota.

Pero lo más sobresaliente del análisis es que los mejores managers parecen responder a un perfil común: ex-jugadores con un amplio y meritorio curriculum deportivo (títulos nacionales e internacionales, especialmente los últimos), que después han adquirido una experiencia también amplia como gestores del espectáculo. Curiosamente, su contribución al buen funcionamiento deportivo del club parece estar relacionada con la existencia de una vinculación anterior, por ejemplo como jugador. Así, no es extraño que los managers que más aportan al éxito de sus equipos sean, según el análisis estadístico de Dawson, personajes tan conocidos como Vialli, Gullit o Keegan. Lo anterior ofrece explicación y criterio sobre los pares Clemente/Camacho, Van Gaal/Cruyff, o Flores/Schuster. Los aficionados me entenderán. Por cierto, la persona que cumple mejor el perfil estadístico de Dawson es, a nuestros efectos, Víctor Muñoz. De lo anterior debe deducirse igualmente que el éxito deportivo es, sobre todo, la conmemoración del regreso del héroe. La victoria tiene memoria.

Para concluir: el análisis de Dawson y de otros economistas del deporte ha demostrado bastante poder predictivo, de manera que, en breve, una vez hayan concluido los fichajes del Real Zaragoza para la nueva temporada, podremos saber la suerte inmediata del mismo. Por el momento, el templo está vacío y el aficionado ayuna: no hay héroes a la vista.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CXI. El deporte como metáfora. La Economía de Zidane.

En la época, la de los últimos campeonatos mundiales de fútbol, los partidos de la selección española eran retransmitidos en horas laborales. Había que echar una mano a los fútbol-adictos.

Desde que en España el fútbol, y España, son de interés general, nunca ha habido unos campeonatos mundiales menos retransmitidos.

La celebración pública de la gloria de algunos atletas en el Campeonato Mundial de Fútbol en curso obliga a echar un vistazo a una de las cuestiones que entretienen al puñado de economistas que se ocupan del fútbol y, en general, de los deportes de masas. La perspicacia editorial de Cambridge University Press ha regalado recientemente un título de Dobon y Goddard (The Economics of Football) que recuerda asuntos distintos. Uno de los más interesantes es el que tiene que ver con la economía de las superestrellas; en concreto, las razones de ser de los multimillonarios salarios de los zidanes y de la razón de que el género de superestrellas sea tan escaso.

Publicado previamente en Expansion, en 2002.

El examen detenido del espectáculo futbolístico alumbra dos características principales. En primer lugar, las superestrellas no tienen sustitutos perfectos. Entre una cola de vaca de Romario y mil minutos de juego más algunos goles de un jugador anónimo, el aficionado prefiere lo primero: no es posible sustituir el genio por la cantidad. En segundo, al ser hoy el fútbol un producto de información, los costes de producción y distribución del espectáculo son independientes del número de aficionados que, directamente o a través de la televisión, disfrutan del talento. Estas dos características explican que las superestrellas sean una suerte de monopolios naturales. Es sabido que en este tipo de mercados, el beneficio, en este caso la remuneración, está en consonancia con el volumen de producto, en este caso el tamaño de la audiencia, más que con el precio pagado por cada espectador que debe ser modesto. De hecho, la compra de partidos en “pay per view” parece concentrarse en un número reducido de equipos.

En otras palabras, el éxito económico de Zidane reside en que el número de espectadores que espera alguna genialidad es muy superior al que contempla con paciencia el juego de Pavón. De lo anterior se sigue que la mejor estrategia económica de un equipo de un fútbol consiste en contar con alguna superestrella e intentar sacar partido de su notoriedad en mercados amplios; que el beneficio quede embalsado en la cuenta de resultados del equipo o se desplace a la nómina del jugador depende esencialmente de la regulación del mercado de trabajo: desde la sentencia Bosman, una buena parte de los beneficios procurados por las estrellas se transforma en remuneración.

El fenómeno podría conducir a que la totalidad de los ingresos de los clubes de fútbol fueran disfrutados por un número muy reducido de jugadores y equipos; aquéllos a los que se atribuye el mérito del genio. En la práctica, también los jugadores menos vistosos están bien remunerados; la razón es que existen límites para las economías de producción del espectáculo. La FIFA acaba de establecer la regla de los 4000 minutos; un jugador que esté sobre el terreno de juego a lo largo de una temporada más de ese tiempo se sitúa en una condición crítica de agotamiento, lesiones graves y acortamiento de la carrera profesional. Tales deseconomías conceden una oportunidad a los jugadores y equipos menos talentosos, que finalmente pueden participar en los ingresos totales generados por el juego. De aquí se sigue que los jugadores más modestos, al igual que los equipos humildes, deberían estar interesados en que las temporadas fueran muy largas.
Conviene añadir a tal consideración la denominada paradoja de Schmelling (referida al adversario de Joe Louis): en el deporte, los ingresos dependen positivamente del grado de competencia. Si no hay duda acerca del resultado final de la competición, la emoción se ausenta, la atención pública se retrae. La razón última reside en que el espectáculo es la producción conjunta por parte de los contendientes de un bien: la propia competición. A todos conviene que cada equipo tenga una estrella.

Una tercera cuestión que merece ser dilucidada es la dispersión de los salarios en un mismo equipo. Cabría pensar a priori que la unidad de espectáculo es el equipo y, no tanto, el jugador. La teoría económica de torneos ayuda a entender la situación, que no se aparta demasiado de la dispersión observada en las empresas según niveles jerárquicos de los empleados. El hecho de que Zidane disfrute de una remuneración superlativa no es sólo el reflejo de la escasez de su talento y de que el fútbol sea un producto de información; también, obedece al establecimiento de un concurso implícito que motiva a todos los jugadores a convertirse en futuros zidanes, multiplicando así sus productividades a lo largo de su carrera, en beneficio de los equipos en los que juegan.. Dicho en otros términos, que las diferencias de salarios sean superiores a las diferencias de productividades fomenta las carreras hacia la fama.

Con todo, la competición interna generada vía diferencias salariales tiene un límite. Algunos estudios realizados sobre la liga inglesa de fútbol demuestran que la existencia de diferencias salariales importantes reduce las tasas de éxito deportivo. Se supone que porque los incentivos pesan poco en relación a la ausencia de equidad, lo que puede dar lugar a un cierto abandono y, en definitiva, a la alineación de las productividades de los jugadores peor remunerados con sus salarios actuales.

Así pues, es perfectamente legítimo echar un vistazo a los partidos del Mundial, aunque sean retransmitidos en horario de trabajo: mejoramos nuestros conocimientos de economía, aunque sea recreativa.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CX. El deporte como metáfora. Las Sociedades Comprensivas y el Tour de Francia.

Tradicionalmente, el análisis político y económico de las desigualdades sociales se ha centrado en las diferencias entre las dotaciones individuales de recursos al comienzo de la carrera social y entre los recursos adquiridos durante la misma. La igualdad de oportunidades refleja simplemente la voluntad política de que las desigualdades en origen no predeterminen el resultado de la carrera; las políticas del Estado de Bienestar responden al propósito de que las diferencias de capacidades individuales no empujen a los perdedores a la exclusión social. Está implícito en todo ello que la carrera social es una suerte de competición donde algunos están condenados a perder. Las sociedades de bienestar, tal y como las conocemos, producen finalmente muchos empates y pocas derrotas irremediables. Por eso el debate relevante sobre su supervivencia se fija en el crecimiento económico, que la nutre, y la cuantía precisa de redistribución de renta.

Publicado previamente en El País, en 2000.

Sin embargo, la constatación de que la prosperidad no contribuye a corregir las desigualdades entre individuos invita a echar un vistazo a la naturaleza de la competición social de nuestros días. Mi conjetura es que tiende a asemejarse a lo que algunos economistas han denominado mercados de ganador único. Como, tradicionalmente, en el arte, deporte o algunos servicios profesionales, en este tipo de mercados sólo cabe un ganador y, sobre todo, el premio otorgado a éste por la sociedad en forma de reconocimiento y retribuciones es infinitamente superior a los disfrutados por los perdedores; la diferencia entre ambos premios no es proporcional a las existentes entre las capacidades y aportaciones de unos y otros. Sucede simplemente que en los mercados de ganador único, la lógica lleva a subrayar la excelencia del primero multiplicando las desigualdades con respecto a los perdedores. Las sociedades de ganador único generan, así, pocos ganadores y muchos perdedores.

El mejor ejemplo de los mercados de ganador único es la competición ciclista. El ganador y el farolillo rojo del Tour de Francia recorren finalmente la misma distancia en tiempos totales que no difieren en más de un 2%. Sin embargo, las desigualdades en remuneración y reconocimiento exceden en mucho ese porcentaje, de suerte que es habitual que el farolillo rojo opte por la retirada de la competición, simplemente porque la remuneración obtenida no compensa el escarnio social y el esfuerzo desplegado para seguir vivo.

Algunos fenómenos de nuestros días como el ensanchamiento de los abanicos retributivos en el seno de las empresas, derivado de la aplicación de fórmulas que benefician a directivos y consejeros y que coexisten con empleos precarios mal remunerados en los escalones inferiores, como la aparición de nuevas bolsas de pobreza en período de prosperidad económica, o como la concentración de poder económico, apuntan en la dirección sugerida: pocos ganadores, muchos perdedores. Naturalmente, las sociedades de ganador único no son sociedades de oportunidades; la probabilidad de que un individuo medio consiga colocarse en el cajón de los ganadores es estadísticamente irrelevante.

Se ha querido explicar la existencia de mercados de ganador único sobre la base de hipótesis diversas. Así, de manera insospechada las sociedades avanzadas deciden convertir un mercado tradicional en uno de ganador único cuando proceden a convocar excelencias; entonces la naturaleza de las cosas lleva a que el juego concluya en la personalización del ganador. Que ello suceda con la belleza, la oferta de muchos bienes y servicios, o con el pensamiento, y no con las religiones, el tamaño de las vísceras o la calidad de algunos servicios públicos, es una cuestión de difícil discernimiento. También, la conversación social sobre referencias comerciales, ideológicas o institucionales se ve facilitada si existe una aglomeración suficiente de las mismas, es decir si hay pocos ganadores. Finalmente, la lógica del ganador único conduce a que la victoria sea disfrutada por quien cuenta con alguna ventaja, escasa aunque crucial, sobre los perdedores. Estos comprueban al final del Tour, que el líder ha ganado simplemente porque ha sido capaz de recorrer muchos centenares de kilómetros en 15 o 20 segundos menos. Cuanto más intensa es la competición, menores son las diferencias entre los participantes y mayores las desigualdades resultantes de la misma.

La reflexión sobre las sociedades de ganador único no puede concluir, claro está, en una propuesta de supresión del Tour de Francia. Más bien, lo apuntado sugiere la necesidad de contar con una sociedad que comprenda a ganadores y perdedores; donde la participación de quienes saben de antemano que van a perder la carrera sea un mérito social; donde el olor ácido de la derrota no produzca sospecha. Sólo así disfrutaremos de los beneficios de la competición: en las sociedades comprensivas.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CIX. El deporte como metáfora. Estado, Empresas y Espectáculo.

Hay pocos asuntos más tediosos que el debate económico sobre el lugar que deben ocupar el Estado y las empresas en las sociedades modernas. Está dicho casi todo sus respectivos méritos y funciones, sobre la lógica de la intervención o sobre la naturaleza de la captura del primero a manos de las segundas; aparentemente, sólo queda escribir la historia y esperar que ésta evolucione de acuerdo con las creencias personales. Una de las razones del hastío reside en que el lienzo que acoge las sombras del debate es la economía, es decir, los mecanismos de asignación de recursos; si cambiamos la pantalla, entonces es posible recuperar el placer de la complejidad. La reciente celebración del mayor espectáculo universal, los Juegos Olímpicos, invita a explorar territorios vírgenes.

Inédito, 2000

Olimpiadas

La creencia más extendida es que la presencia de las empresas en los Juegos Olímpicos es relativamente reciente, pongamos desde Los Ángeles. Sin embargo, no es cierto. Kodak colaboró con los Juegos de Atenas de 1896 a cambio de publicidad en el programa oficial de las pruebas. Desde entonces y de manera progresiva algunas de las empresas más importantes del mundo fueron asociándose al espectáculo a través de programas de patrocinio. El antes y el después de esta breve historia se produjo en Los Ángeles-1984, cuando el COI redujo de manera significativa, hasta 35, el número de empresas patrocinadoras que en la edición anterior de Moscú-80 había alcanzado la cifra de 200. La nueva filosofía de “menos es más” dio lugar a que el espectáculo generara posteriormente réditos económicos importantes. Hoy, cualquier espectáculo deportivo de alcance internacional disfruta de una financiación vía patrocinio empresarial no inferior al 40% del presupuesto. La paradoja es que, según numerosos estudios empíricos, el patrocinio no es rentable desde la perspectiva empresarial . Aproximadamente, dos tercios de los espectadores de este tipo de espectáculos no recuerdan poco tiempo después de su celebración las marcas patrocinadoras. Además, el porcentaje de recuerdos incorrectos es bastante elevado. Ello responde, en parte, a que algunas empresas practican el denominado “marketing de emboscada”, es decir, campañas publicitarias y de relaciones públicas asociadas temáticamente y en el tiempo al espectáculo, sin pagar por ello los derechos de patrocinio.

La historia de la presencia del Estado en los Juegos Olímpicos es más conocida y, en consecuencia, requiere menos atención. Digamos, en primer lugar, que ha sido agente financiador, aunque tal función haya perdido importancia a raíz de la explotación de los derechos de televisión y patrocinio, concentrándose en la construcción de infraestructuras civiles y deportivas. En segundo lugar, el Estado provee la función de configuración de los equipos deportivos nacionales. Está suficientemente probado que la celebración de unos Juegos por parte de un país genera rendimientos importantes, especialmente para la ciudad organizadora; ello es especialmente cierto desde Los Ángeles-84. Antes, era una ruina económica. De hecho, había muy pocas candidaturas. Resulta mucho más aventurado, sin embargo, valorar el rendimiento para un determinado país del éxito, o fracaso, deportivo de su participación en unos Juegos. Sin embargo, algo debe haber puesto que los Estados totalitarios suelen tomar atajos para mejorar sus posiciones en el medallero, y las autoridades deportivas de los Estados democráticos suelen empeñarse en transformar el agua en vino cuando las cosas vienen mal dadas. A nuestros efectos, la paradoja es que no es fácil encontrar fallos de mercado que justifiquen la relevancia de las banderas nacionales en los Juegos Olímpicos y ,por extensión, del Estado.

Conjeturas

Tenemos pues tres agentes concurrentes en el espectáculo. Las empresas patrocinadoras, que por lo que parece pierden dinero; los Estados, cuya ambición está en consonancia con la emoción social despertada por el número de medallas ganadas; y los deportistas. Nos olvidaremos de estos últimos, pues su comportamiento tiene una interpretación económica inmediata: la medalla de oro de un atleta estadounidense vale 2.000 millones de pesetas en contratos publicitarios. A partir de aquí sólo cabe la formulación de conjeturas sobre la lógica de la conducta de Estado y empresas.

La primera es que ambas instituciones son mecanismos de construcción de identidades. Se ha hablado de ello en relación al Estado-nación, pero apenas se ha considerado tal fenómeno desde la perspectiva empresarial; lo cual es ciertamente llamativo, puesto que nadie negaría tal carácter a algunas organizaciones no lucrativas como el Barcelona F.C., Green Peace o la Iglesia Católica, y tampoco a algunos medios de comunicación. La pista más próxima a esta conjetura se inicia en el Informe de la Comisión Dahrendorf sobre la creación de riqueza y la cohesión social en una sociedad libre (1995), ha sido transitada por el nuevo laborismo y tiene a John Kay como mejor exponente académico. A nuestros efectos, las ideas básicas de esta línea de pensamiento son las siguientes: (i) la economía funciona mejor si se respetan valores relacionados con la confianza, la inclusión de grupos de interés distintos de los accionistas en la lógica empresarial, y la igualdad de oportunidades; (ii) los valores son indivisibles: no cabe distinguir entre valores propios del mundo de los negocios y valores aplicables a otros tipos de relaciones sociales; (iii) las empresas son protagonistas principales en la promoción de valores comunes. Es cierto que tales planteamientos destilan un cierto organicismo; sin embargo, ayudan a explicar por qué, en ocasiones, las empresas toman decisiones que no generan valor para el accionista. Desde otra perspectiva, las ideas en cuestión no se alejan demasiado de la Declaración de la OCDE sobre la inversión internacional y las empresas multinacionales, del pasado mes de junio, ni del consecuente Código de Conducta recomendado a este tipo de empresas.

La segunda conjetura establece una ecuación, que salvo sorpresas deportivas chinas y corredores africanos, se escribe así: riqueza nacional/empresas patrocinadoras/éxito deportivo/identidad nacional. El sentido de la causalidad no está claro: podría parecer que la riqueza conduce al éxito deportivo, pero, al igual que se hace con la I+D, la estimación empírica de la elasticidad del PIB con respecto al capital deportivo (o espectacular) de un país arrojaría valores no nulos, e incluso informaría de la existencia de externalidades. La conclusión que cabe extraer de esta conjetura es que el lienzo elegido, el espectáculo como trasfondo de relaciones, crece con el PIB y que el asunto del que venimos ocupándonos no es trivial.

La tercera, y última conjetura, se refiere a las relaciones entre los dos mecanismos de generación de identidades. Por lo anterior, sabemos que en parte son complementarios, aunque también sean sustitutivos: muchos ciudadanos de Bilbao preferirán hoy que se asocie la villa al Guggenheim a otro tipo de identidades. Pero lo más llamativo de la cuestión es que no es fácil encontrar argumentos económicos que hagan preferible un mecanismo a otro, ni siquiera acotando las circunstancias. Tampoco políticos: ya no se trata de optar (únicamente) entre socialdemócratas y conservadores sobre la base, por ejemplo, de sus políticas de ayuda al tercer mundo. Nos tememos que hoy se trata (también) de elegir entre Ikea y Habitat en función de su conducta en los países menos desarrollados o, quizá, en función de la simpatía suscitada por los héroes del espectáculo.

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DIARIOS DE UN ECONOMISTA CVIII. El deporte como metáfora.

Los economistas con buenas intenciones señalan que la competencia es un buen mecanismo de asignación de recursos; el único que promete la prosperidad. Algunos teoremas y el sentido común les asisten. Sin embargo, la competencia es además un espectáculo; de aquí la conveniencia de mirar el mundo del deporte. La llamada paradoja de Schmelling (Max, el boxeador rival de Joe Louis) sugiere que en el deporte los ingresos dependen positivamente del grado de competencia. Sin rivalidad no hay emoción, nadie paga por asistir al espectáculo.

Además, el deporte es interesante porque exhibe rasgos de la crueldad propia de nuestras sociedades modernas. Quise explicarlo a través del examen del Tour de Francia. La diferencia entre el reconocimiento social al ganador y el prestado al farolillo rojo es infinita. Sin embargo, el último recorre el itinerario del Tour en un tiempo que no excede en más de un 3% al empleado por el ganador. Pequeñas diferencias de talento producen abismos de reconocimiento.

Ninguna sociedad como la nuestra: ama el deporte y practica la obesidad

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